(tácticas pseudónimas contra la literatura espectacular)

No soy Jerome Rothenberg. Tampoco quisiera ser por mucho más tiempo Vivian Abenshushan, esa marca literaria. ¿Por qué? Porque detesto la economía del control. Además de eso tengo un primo esquizofrénico que vaga desde hace seis años por las calles de Tel Aviv. Se llama Abraham pero le decimos Abi… Abi Abinshushan Abinchunchan Abenchuecan Ave Chucha Aben Chan Chun Ah Chucha Abenshúa Avenís Hushan Abenhausen Bellinghausen Benshushan Shushi Shhhhhhhh. Seguramente Abi habrá padecido tantas veces como yo la confusión del nombre, antes y después de haber probado, en su caso fatalmente, una dosis mal calculada de LSD: Ibn Shoshana “oriundo de Susa” o “hijo de la rosa”, un apellido impronunciable y antiguo. Mis viajes han sido de otra índole, menos psicodélicos, más precarios, menos drásticos que los de mi primo. Pero no por eso menos confusos. En Londres me han tomado por alemana y en Alemania me han preguntado si soy china, maya o azteca. He sido varias veces armenia y una sola vez boliviana y en México nadie cree del todo que sea mexicana. Yo tampoco. Mis documentos oficiales aparecen siempre con nombres distintos y en últimos tiempos he recibido tantas llamadas del buró de crédito preguntando por el señor Viván de los Cobos que he terminado por convencerme de que, finalmente, me he librado del peso cabalístico de mi nombre. Me he vuelto tránsfuga de mí misma o, por lo menos, de ese yo que le importa a los fondos de inversión.

Pero que nadie se confunda; no es exactamente el nombre lo que me pesa. En el fondo, me gusta su sonoridad indecisa y remota, su historia de filólogos y judíos errantes. Me gusta también su esquizofrenia ortográfica, su carácter mudable, su inestabilidad. Lo que me atormenta, lo que me saca de quicio, es que ese carácter volátil y vagamente ridículo haya entrado de pronto en los escaparates de neón del brand system, es decir, en el sistema de la literatura de libre mercado (del libro mercado), donde los autores, incluso los más resistentes, se convierten tarde o temprano en edecanes de su obra. El brand system no es otra cosa que la anulación del individuo por su apariencia vendible, la forma en que nos degradamos a cambio de nuestra membresía social. “El nombre del autor —leo en un artículo reciente del Babelia— es un elemento esencial en la obra literaria. Es la marca que hay que vender y que debe encajar con lo que significa…”. Cuando tengo la mala fortuna de toparme con verdades absolutas como ésta, no me queda más remedio que tratar de imaginar a la luminaria que las proclama sin pudor a los cuatro vientos. ¿Y qué es lo que veo? Un empleado enajenado y exhausto que trabaja horas extra para complacer a una autoridad en la que no cree y que, en el fondo, odia, pero que jamás enfrentará por temor a ser despedido antes de haber pagado su hipoteca. Se trata del mismo servilismo con que los editores, los críticos, los periodistas culturales, los académicos, los escritores y los artistas nos hemos entregado por todas partes a las convenciones más burdas del capital: competir o perecer. To publish or perish. He aquí el nuevo canon de la literatura espectacular, cuyo rudimento más eficaz es la angustia de la ausencia, el miedo a quedar excluido. En este marco de escaparate lo que menos importa es la escritura y lo que se lee en cambio es la actitud del autor, su solvencia cultural. Ya lo sabemos, lo acuciante no es defender una posición estética, sino posicionarse; es decir, mostrar, como si fuera una primicia, las imperfecciones de una obra prematura en todas las ventanas de la celebridad. No es raro que el escritor profesional se preocupe cada vez menos por la falta de ideas que por la falta de visibilidad. Out of sight, out of mind. Lo suyo es estar en todas partes, asistir a todos los actos posibles, ir de aquí para allá con movimientos rápidos (“ser —repite en las mañanas junto con Berkeley— es ser visto”). En Mínima Moralia, Adorno advirtió cómo el intelectual se convertía en un hombre demasiado ocupado: “El trabajo intelectual se lleva a cabo con mala conciencia, como si fuera algo robado a alguna ocupación urgente… Para justificarse a sí mismo, el intelectual se acompaña de gestos de agotamiento, de sobreesfuerzo, de actividad contra reloj que impiden todo tipo de reflexión, que impiden, por tanto, el trabajo intelectual mismo. A menudo parece como si los escritores reservaran para su propia producción justamente las horas que les quedan libres de las obligaciones, de las salidas, de las citas y de las inevitables celebraciones”.

Va esta afirmación como hipótesis: hay una noción que ha domesticado a la escritura: la idea de éxito. Es decir, el afán de dominio de una esfera que no es la del lenguaje (porque el lenguaje es indomable), sino del poder. El éxito en literatura es la confusión de los fines y los medios, la conversión de la página en instrumento de reconocimiento mediático, que es hoy la forma más pujante del ejercicio del poder. La severa divisa de Flaubert ha cambiado de signo: ¡la personalidad lo es todo; la obra nada! Hemos llegado así a la era de las personalidades parloteantes, miles de autores que corren crispados bajo el látigo amable de sus agentes, porque necesitan hacerle un lugar a su obra en la apretada estantería de la oferta literaria. De ese modo, el libro destinado a perdurar es desplazado a diario por el libro sin día después. Ya lo ha dicho el viejo lobo de mar, Jason Epstein, fundador de Anchor Books: hoy los libros duran poco más que el queso y poco menos que el yogurt en las librerías. He aquí una fórmula que clausura toda una época y nos inscribe en el futuro, un futuro empobrecido y confuso, un futuro de ratones hambrientos arrebatándose el queso en los basureros de los supermercados: la obra no perseguirá más franquear los límites del tiempo, sino superar las constricciones del espacio. Una vez que el mito de la trascendencia haya caducado, la batalla de las novedades será campal. Implicará, en primer término, la renuncia del escritor a la soledad y el aislamiento, dos recursos de autosabotaje social sólo tolerables bajo el consuelo gagá de la posteridad. Es comprensible: según un informe reciente del MIT, si las tendencias presentes en industrialización, sobrepoblación, contaminación, agotamiento de recursos naturales y cambio climático continúan al ritmo actual, este planeta estallará (el informe decía: “alcanzará el techo de su crecimiento”) dentro de cincuenta años. Si el tsunami global arrasará con todos los árbitros del futuro, ¿para qué sacrificar las satisfacciones inmediatas de la vanidad? No será extraño ver cómo la desconfianza en el futuro promoverá la hiperactividad de las imprentas, las publicaciones al vapor, la impaciencia de los editores. La escritura del dead line será la escritura de un mundo que se conducirá de manera acrítica hacia su línea de muerte. THIS IS THE END! Ese podría ser el cintillo impreso en todas las portadas con celofán, el mensaje del miedo paralizante promovido por el no-libro del no-futuro. (Descreer de la posteridad es, en última instancia, la mueca nihilista de una cultura que se sabe de antemano póstuma.) Para la escritura del consenso no hay cambio que emprender. Ni literario ni político. Todo lo contrario: de lo que se trata es de recuperar los valores más convencionales, las ideas más superfluas, los riesgos menos tomados. A esa literatura le gusta hacer negocios con el mundo, es una literatura con Wall Street integrado y no le gusta pensar de otro modo, ni siquiera ahora que el Dow Jones se desploma frente a nuestras narices.

Pero no todo está perdido. Cualquiera puede bajarse en la siguiente estación y seguir otro camino, deslindarse. Pero, ¿realmente puede?

Si la neurosis es, como escribió Bernardo Soares, “la contradicción entre los sueños individuales y las aspiraciones colectivas”, yo padezco, a todas horas, ese tipo de neurosis. Me declaro incompetente para procurar el éxito, el ideal que nuestra época ha impuesto como norma. Tal vez por eso nada me parezca más sospechoso que los libros que se adhieren de manera incondicional al pensamiento unánime, los títulos que tranquilizan. Tal vez por eso me incomoden los usos y costumbres del mercado editorial, la forma en que convierten la subjetividad del escritor en mero valor de cambio o intentan seducirlo dándole trato de rock star. Pero tal vez sea esa neurosis, esa inadaptación, la que me ha ido convirtiendo en una máquina mutante, como quería Deleuze, una ausente por tiempo indefinido. Un día estoy, al otro no. Aunque no siempre logre escapar a la codificación (o a mi propia vanidad). La neurosis tiene que ver también con eso. Y con esto otro: escribo de nacimiento con la diestra, pero me inclino a pensar con la siniestra. El diablo es zurdo.

“Desde un punto de vista pragmático, desde la perspectiva del capitalismo actual, el momento en que un escritor publica (no importa qué, no importa dónde) comienza a vivir bajo la lógica del mercado” (Tabarovsky). ¿Y eso qué tiene de malo? Nada, al menos para quienes desean permanecer ahí (para quienes desean legitimarse). Para los otros, para los escritores desesperados, anómalos, insolentes, para los traidores que aún se mofan de la norma y desean escuchar la lengua fuera del poder, en el esplendor de eso que Barthes llamó “la revolución permanente del lenguaje”, para ellos, para nosotros, no hay ingenuidad posible cada vez que nos asamos, como San Lorenzo en la parrilla, dando vueltas alrededor de las preguntas manidas de la prensa. ¿Quién ignora que cualquier potencial de rebelión se pierde en el vértigo del corte a comerciales? Por eso, preocúpate cuando te inviten a la tele. Aunque creas que estás siendo sincero, aunque defiendas una postura estética contraria al decorado del set, la televisión te hará finalmente suya. Te maquillará, te editará, te hará sonreír, te neutralizará, te volverá impotente (remember Bourdieu). Y el público habrá visto tantas veces la portada de tu libro a lo largo de tu semana de promoción que lo dará por leído. Se lo oí decir alguna vez a Julio Ortega: “El exceso de presencia traerá la mayor ausencia”. En otras palabras: la saturación de la imagen, la sobreexposición, suplantará la experiencia solitaria del lector. Algo más: en los medios, la comunicación siempre es transparente, nunca se disgrega ni estalla ni pierde los modales ni guarda silencio ni vacila. Tanta transparencia, tanta buena onda de la tele, aniquila al lenguaje poético y lo devuelve a la cárcel del lenguaje convencional. Lo normaliza. Y algo peor: lo explica. La prensa se ha convertido en la guía de lectura del lector contemporáneo, una guía que vuelve insignificante a la escritura misma (¡todo tiene sentido! ¡adiós a la ambigüedad! ¡viva el bluff de lo universal!).  ¿Para qué escribir libros si más tarde tendrás que explicarlos en vivo y en directo? (“La explicación no es literatura”, a  t  e  n  t  a  m  e  n  t  e, Hemingway.) Después del corte tu obra se habrá integrado al catálogo de lo nuevo, lo recién llegado, lo último, se volverá parte del material con que se recicla el sistema. A menos que seas decididamente blasfemo, a menos que seas rotundo e incómodo y perturbes por un momento esa atmósfera controlada y aséptica, a menos que amenaces de muerte a la conductora del programa con una navaja, como hizo en 1972 el artista estadounidense Chris Burden, no habrá escapatoria. Los medios no tienen exterior, son una puerta cerrada. Es preciso destruir esa puerta o convertirse, ya sin ambigüedad, en un joven escritor mediático y contribuir de manera rutinaria a la dinámica del entretenimiento.

Pero tal vez exista otra salida. Por ejemplo, podríamos simplemente desaparecer, como hizo Arthur Cravan entre la bruma del Golfo de México, o renunciar a las glorias de la personalidad, como B. Traven que permaneció oculto bajo un directorio de nombres mutantes: Ret Marut, Hal Croves, Traven Torsvan, Arnolds, Barker, Berick Traven, B. T. Torsvan, Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Heinrich Otto Baker, Adolf Rudolf Feige Kraus, Martínez, Fred Gaudet, Lainger, Goetz Ohly, Antón Riderschdeit, Robert BeckGran, Arthur Terlelm… Podríamos abdicar de las entrevistas y los reflectores como Pynchon y Salinger, o declararnos en huelga, dejar nuestro puesto vacío, como Robert Walser, héroe del ausentismo, quien alguna vez dijo: “El escritor no es una máquina de escribir, y en ocasiones su silencio tiene la fuerza de un grito. Este silencio es la señal que anuncia una huelga del escritor”. Es sabido que en un congreso de escritores soviéticos, Isaac Babel fue blanco de feroces críticas. Llevaba varios años sin publicar. Todo el mundo cultural manifestó su extrañeza, ¿no sería eso una forma solapada de mostrar su desacuerdo con el comunismo en marcha? Insolente, Babel replicó: “Siento por la literatura tanto respeto, que pierdo el habla, me callo. Tengo fama de gran maestro en el arte del silencio”. Nuestra tentativa podría ser esa: convertirnos en maestros del silencio, quedarnos callados ante la incredulidad de la audiencia nacional.

Se ha hablado demasiado sobre las formas en que el sistema termina por absorber a sus detractores. De lo que se trata aquí entonces es de formular nuevas tácticas para superar la cultura de la decepción, para abrir boquetes en la neurosis del encierro. Una de esas tácticas es la adopción de reputaciones imaginarias, la vuelta a la vieja estrategia del camuflaje literario, el uso de pseudónimos, heterónimos, anónimos. Nada hay más contrario al imperio del estrellato que el sacrificio de la propia imagen, la autoinmolación. Después de todo, el pseudónimo es la forma en que el artista duda sobre el estilo de vida falso en el cual le ha tocado nacer. Duda y luego se transforma para volver a ser libre, para estar de acuerdo consigo mismo. Adoptar un pseudónimo tiene algo de conversión y de renuncia. En el budismo, se abandona el nombre propio para iniciar una vida distinta, para elevarse por encima de la posesión y alcanzar otra altura espiritual. Así sucede con las identidades falsas, que buscan elevarse por encima del bienestar anestésico. El pseudónimo es un descanso del rostro una vez que ese rostro se gastó hasta ser una película delgada sobre objetos sospechosos (un logotipo). En Punks de boutique, Camille de Toledo ha escrito que el pseudónimo es “la única estrategia de resistencia válida contra la transformación de nuestros seres poéticos en vendedores de sopa. El ser del disimulo frente al ser de la promoción”. He aquí una estrategia literaria, pero también una actitud política. Pseudónimo: nom de guerre, nombre de batalla. Atención: la máscara no es una huida, sino una confrontación; un dar la espalda al público para volver a hablar de frente. Pero, al mismo tiempo, es una estrategia de bandolerismo literario, una disidencia recuperada. Hacerse pasar por alguien más permite eludir los puestos de control y romper el blindaje de la publicidad o del poder (o de la autoridad del padre, como le sucedió a Neruda). “No hay control sin identidad, ni identidad sin rostro. Quien esconde el rostro, disuelve la identidad y frustra los procedimientos de control”, dice de nuevo Camille de Toledo. El anonimato nos vuelve inasimilables.

En los años noventa, una vez que las redes del ciberespacio propiciaron un nuevo ambiente de anonimato, una multitud llamada Luther Blisset provocó la segunda gran revolución en la historia de las identidades fabricadas. Sesenta años después de que Pessoa hubiera hecho estallar la idea del individuo como estructura compacta, después de que encarnara la disgregación del hombre moderno (desprovisto de centro) a través de la invención y la práctica extrema de la heteronimia (más de sesenta autores otros, cada uno con su sistema de creencias, su obra, su historia clínica, su metafísica), Luther Blissett invirtió la ecuación de Pessoa y, en lugar de la hazaña de un autor solitario procreando una población infinita de autores ficticios, concibió la identidad colectiva (un solo nombre imaginario animado por un número indeterminado de personas). Luther Blissett fue una reputación abierta, un alias multiusuario, un mito. Cualquiera podía ser Luther Blissett simplemente al adoptar el nombre, y cualquiera podía alimentar desde cualquier lugar del mundo la guerra que había emprendido contra los monopolios oficiales de la información. A través de aquella revolución sin rostro, Blissett logró filtrar una gran cantidad de notas falsas en los medios amarillistas para manipularlos y denunciar, desde el interior, sus mecanismos de simulación. Era la táctica de la máscara-que-desenmascara empleada en la misma época por la guerrilla zapatista, una táctica que se diseminó como metáfora y raíz de nuevas formas de protesta. Entre 1994 y 1999, cientos de artistas, escritores, cibernautas, perfomers, okupas y activistas se desplegaron a lo largo de toda Europa, donde aparecían esténciles, pintas, publicidad intervenida, radios libres y fanzines bajo la misma firma. Luther Blissett estaba en todas partes y, sin embargo, propiamente no existía. Algo más: ese fantasma ubicuo también tuvo la osadía de escribir ficciones amotinadas, novelas a varias manos y voces irreconocibles, novelas-regalo que se desprendían gratuitamente de internet, novelas sin copyright (Q, 54, New Thing y el guión de la película Lavorare con lentezza) escritas bajo una nueva encarnación colectiva, Wu Ming (en chino, “cinco nombres” o “anónimo”). Estos cinco escritores sin nombre no sólo han hecho rechinar las quijadas de los magnates de la edición, sino que han denunciado el efecto nefasto de su expansión voraz, la forma en que los monopolios de la cultura convertían los frutos intangibles del pensamiento y el arte en mercancías cautivas.

No me interesa aquí proponer ningún paradigma ni fundar un movimiento de insurrección cultural. Nada más ajeno a mi neurosis que la posibilidad de un nuevo orden. Sólo reúno ideas que pudieran informarnos sobre el futuro de la escritura, un futuro distinto al de la escritura del consenso y la indigencia. Pienso, por ejemplo, en una comunidad imaginaria de escritores insolventes y tránsfugas. Una Cámara de Escritores Desocupados empeñada en un solo propósito: escribir y esfumarse. Como la de Blissett, ésta sería también una cofradía de fantasmas, hecha de obras sin rostro, un contingente de escritores libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, favores y obligaciones; seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y, por lo tanto, libres para elegir. Y su elección será una escritura difícil y rara, una escritura de la “importunación” macedoniana, llena de recodos y sinuosidades que no agraden al presente; una literatura minada que herirá con frecuencia a sus visitantes y les pedirá correr con ellos algún riesgo, explorar zonas cada vez más escarpadas o réprobas, caminar a tientas entre las fallas del lenguaje. Todo en ella se ocultará (el autor, en primer lugar) y es probable que su secreto nunca llegue a verse por entero. Será una literatura del aplazamiento. Una derogación de la inmediatez. Le gustará postergar la gratificación del lector hasta lo imposible, convencida de que sólo así podrá ofrecerle un placer más intenso y duradero. En cierto modo se acercará tanto a lo no-identificable que quedará en el umbral de la desaparición. Será una literatura invisible, anómala, paradójica, sublevante y dirigida hacia la nada. Aunque en el mundo prevalezca la conciencia de que no hay futuro, esta literatura será escrita con la esperanza de que el futuro le pertenecerá algún día. Para decirlo de otro modo: los escritores de la desaparición inventarán una escritura posterior a su mundo, posterior a la servidumbre y la propiedad, posterior a la mercancía. This is the end! En medio del sentimiento general de acabose, pedirán batirse una vez más frente al lenguaje, saltarán sin paracaídas sobre el abismo. “Nuestra salvación es la muerte, pero nuestra esperanza es vivir”, susurrará el círculo de los escritores suicidas, asesinos del autor. Siguiendo el dictado de un viejo precepto epicúreo, oculta tu vida, su método consistiría en no ser alguien. Rehuirán cualquier forma de codificación, ya sea del mercado, la academia o el Estado. ¿Cómo? Declarando la guerra a la utilidad de los lenguajes entendibles y a los consorcios de la gran solemnidad. Desaparecer, ésa será la finalidad suprema de la Cámara de Escritores Desocupados, que habrá contemplado desde el principio su propia disolución. Enemiga de la comodidad y la costumbre, esta sociedad invisible suspenderá de pronto sus actividades y se fugará entre la bruma del amanecer, sin dejar tras de sí rastro alguno.