• Es tan difícil imaginarse a Nietzsche sentado hasta las cinco de la tarde en una oficina, como jugando al golf después de haber cumplido el trabajo del día.Theodor W. Adorno

Hace ya diez años que intento imponerme, sin éxito alguno, un horario de escritura. Lo he probado todo. Desde despertarme antes del amanecer hasta rechazar cualquier invitación a salir de casa después de las seis de la tarde. He diseñado minuciosos esquemas de trabajo por horas o cuartillas, he desconectado el teléfono, he restringido mi acceso a internet; pero siempre termino volviendo al desorden de mis impulsos. Soy inconstante y quizá demasiado indócil como para convertirme incluso en mi propio jefe; la idea de trabajar sin placer me produce asco. Apenas comienzo a escribir por las mañanas tres días seguidos (sobre todo cuando tengo que entregar algún ensayo a un editor de revista), y ya me siento con ganas de tomar un libro cualquiera y ponerme a divagar por direcciones distintas, y hasta contrarias, a las de mi página. Enseguida me distraen una multitud de ideas para nuevos ensayos y cuentos, por lo que todo se resiente, como decía Pessoa, de una especie de imposibilidad. Tal vez por eso la digresión ha tomado el lugar de mi estilo, dejándome en medio de una extraordinaria insolvencia formal, dejándome incluso sin estilo, cada vez más lejos del libro completo, abundante y acabado, un libro hecho de algo más que intermitencias y residuos.

Sospecho que mi bibliografía sería más abultada y rica si me sintiera capaz de someterme a una disciplina. Pero no puedo. Lo más lejos que he llegado es a hacer mía aquella frase de Isak Dinesen: “Escribo un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación”. ¿Y cuánto es un poco? Un párrafo, una frase, una entrada de diario, un post en el blog, casi nada. La disgregación es la mayor de mis debilidades. También lo son la falta de solvencia económica, la ineptitud en la cocina y el exceso de actividad mental nocturna (nunca me voy a la cama antes de la media noche), un modo de vivir que sencillamente no se aviene al ritmo del mundo actual. El ruido de los barrenderos a las seis de la mañana, el escándalo con que madrugan sólo para que podamos rellenar nuestras arcas de basura sin remordimiento, sin el paisaje acumulado del día anterior, me estremece. Para no oírlos me he diseñado unos tapones de algodón. También los uso para no despertarme con las voces de mi hijo y mi esposo cuando se alistan para salir. Tengo suerte: vivo con un escritor diurno que comprende mis necesidades y lleva a nuestro hijo a la escuela todas las mañanas. Él sabe que, a diferencia suya, me gusta escribir durante la noche, a veces de las once hasta el amanecer, otras de doce a tres de la mañana, pero sobre todo de diez a cuatro o de nueve a dos o hasta que se me revientan los músculos del cuello. Es curioso cómo a esa hora tengo que andar a paso de lobo, o de puntitas, para no despertar a nadie. Como un ladrón en mi propia casa, camino a ciegas y en cámara lenta cuando salgo de la cama en dirección a mi estudio, o viceversa, siempre con el temor de tropezar en la oscuridad y hacer un escándalo (a veces lo hago) con las sillas o puertas. Me gustaría flotar para rehuir los gruñidos del parquet que siempre me delatan. Pero no puedo. Por eso, la jornada de mi escritura comienza casi siempre del mismo modo, en medio de una vigilia silenciosa y clandestina, de espaldas al mundo de los que duermen, y en pantuflas.

No creo que la falta de disciplina me haga una simple aficionada. Es decir que, por más inconstante y disipada que sea, no he dejado de escribir y cuando algo exterior me lo impide (el dinero, la enfermedad, la burocracia o algún periodista inoportuno) la vida me parece insoportable. Como Onetti o Levrero, escribo por arranques, cuando tengo deseos de hacerlo, cuando es ineludible, y entonces no puedo parar. De pronto, la noche se perfila sin término. Y pienso en aquella frase de Bernardo Soares: “Escribo como quien duerme, y toda mi vida es un recibo por firmar”. Un fragmento enigmático, como tantos otros de El libro del desasosiego que guardo en mi pulso interior, donde también encuentro esta otra frase, de Kafka: “Escribir es un sueño más profundo, como la muerte. Y del mismo modo que no se saca ni se puede sacar a un muerto de su sepultura, nadie podrá arrancarme por la noche de mi mesa de trabajo”.

Kafka y Pessoa, dos escritores ensimismados y esquivos, dos radicales de la escritura. Para ambos, la interrupción es la amenaza máxima y por eso escribir es estar “fuera de aquí”, en cualquier parte, lejos de la intimidante hostilidad del mundo. Escribo como quien duerme, o en otras palabras: escribo como un solitario que lleva adelante su obra con exclusión de todos, sumergido en una inmensidad psíquica sólo comparable a la del hombre (la mujer, si usted quiere) que sueña. La escritura aparece entonces como una barricada temporal frente al exceso de realidad, aunque luego se acumulen las deudas y la vida se convierta en un recibo por firmar. También Kafka alude a la quietud absorta del acto de escribir: como en la muerte, todo queda en suspenso; la vida, al fin, se ha detenido. Esa densidad, como la llama Don DeLillo en Contrapunto, ese “otro mundo de hielo y tiempo e introspección invernal”, capaz de borrar el ajetreo exterior, es la primera señal de que el escritor ha entrado en la misma senda de los niños y los amantes, de los ociosos y los budistas, de los durmientes, los vagabundos, los locos y los bebedores bien graduados, todos aquellos que viven lejos de la tiranía del reloj.

Escribir es estar fuera del tiempo. Ése es, me parece, uno de los más puros placeres humanos, el único alivio para quien se sabe mortal, cautivo del segundero, materia de la carroña. Alguien ha dicho que la muerte está escondida en los relojes, y eso lo intuye mejor que nadie el prisionero de la oficina o la fábrica, arrojado cada hora a la conciencia de su propia mortalidad. En esos espacios, regidos por cronometristas rabiosos, cualquier esperanza de gozo queda abolida no sólo porque de ahí se ha eliminado la singularidad, sino porque las exigencias del segundero son inescapables. Cada golpe de la campanilla perfora el oído del trabajador para recordarle que vive bajo el imperio del tiempo, un tiempo reglamentado y repetitivo, donde hay una hora para comer, quince minutos para fumar, un cuarto de hora para intrigar, contar chistes o entregarse a otras aficiones más o menos degradantes, como humillar a los colegas, con el fin de matar las horas del hastío. (Ahora entiendo aquella frase de Nietzsche: “Ahuyentar a como dé lugar el aburrimiento es una vulgaridad, como es una vulgaridad trabajar sin placer.”) Todo es apremiante, el día no alcanza para nada; y nunca fue más insoportable el lento transcurso de una hora en la oficina que cuando los segundos se volvieron tan escasos. Por eso es fácil saber si alguien es infeliz en su trabajo, basta contar el número de veces que voltea a ver el reloj en una jornada.

Cuando escribo, no miro el reloj. A mis espaldas, colgado sobre la pared, conservo un Helbroz detenido desde hace cuatro años en la misma hora, las tres de la tarde, la hora de ir a comer. No he vuelto a ponerle pilas, ¿para qué? En El libro del reloj de arena, Jünger relata cómo desterró de su estudio todos los relojes mecánicos: le parecía imposible pensar en términos de un horario fijo. Él, como Kafka, como Pessoa, escribía de noche. No es que creyera en las musas del desvelo, sino en las facultades del ensimismamiento, el placer radical de estar a solas, en medio del silencio elástico de la madrugada al que no penetran ni el ruido de las horas ni el apuro de la vida pública. Para pensar se necesita tiempo; por eso, en el transcurso de sus trabajos nocturnos, lo único que Jünger toleraba era la compañía silenciosa de los relojes de arena, también llamados “vasos de horas”, asociados a una época y un tempo distintos a los de la era mecanizada, donde las actividades diarias guardaban aún estrechas relaciones con los ciclos de la naturaleza, y parecían por eso más humanas. En su libro, Jünger interpreta dos conocidos grabados de Durero donde aparecen esos antiguos aparatos de medición temporal: Melancolía y San Jerónimo en su celda. Ambos se abren hacia el interior de habitaciones dedicadas al estudio, cuartos para pensar, “pensaderos”. En uno, San Jerónimo se encuentra abismado en su actividad, escribe; en el otro, el ángel parece entregado a sus pensamientos, la cabeza ligeramente inclinada, ocioso. La atmósfera general es de calma, silencio y una grata placidez tocada suavemente por la aflicción (nos encontramos frente al retrato del pensar melancólico). En los dos grabados, como en mi propio estudio, el reloj se encuentra paralizado a la mitad de su recorrido: es el ambiente del reloj de arena, el aire profundo de la meditación donde el tiempo fluye más lentamente y en algún momento parece incluso que se detiene. Al calce de los grabados podría figurar esta frase de Jünger: “Las horas que el espíritu pasa en su ocio o entregado a una obra creadora, esas horas el reloj no las mide”.

¿Por qué resulta tan difícil, incluso impensable, llevar esa atmósfera a las oficinas de una agencia de seguros? Porque ahí nadie es dueño de su propio tiempo. Ni de su tiempo, ni de su vida, ni de nada. Después de todo, los agentes de seguros no son sino administradores voraces del tiempo ajeno, embaucadores a sueldo de la muerte.

Kafka, que estaba lleno de remordimientos por trabajar como agente de seguros en lugar de consagrarse a su vocación, escribió que no imaginaba mejor forma de vida para él que encontrarse con sus objetos de escritorio y una lámpara en lo más recóndito de una cueva cerrada herméticamente. Empleado de día y escritor clandestino de noche, para Kafka el reverso de la oficina no se presentaba como una posible aventura al aire libre, sino todo lo contrario, como una habitación clausurada, ajena a las coacciones externas, donde se fundirían victoriosamente el trabajo y el ocio: “¡Qué cosas escribiría yo entonces! ¡De qué profundidades las arrancaría! ¡Y sin esfuerzo! Porque la concentración extrema no conoce el esfuerzo”. Está claro que jamás encontró ese tipo de exaltación en la agencia donde trabajaba mal y con pesar, lejos de sí mismo, convertido en un animal eficiente, acaso en una cucaracha. Pero al llegar la noche, Kafka se transformaba en un minero de las cavernas que no temía ni al trabajo ni al peligro mientras bajaba hacia las sombras, siempre y cuando el descenso lo llevara a otra parte, a una especie de territorio espiritual: “Fuera de aquí, nada más. Es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. De espaldas al mundo, es probable que en esa cueva imaginaria Kafka pasara demasiado tiempo, emancipado de la vida activa, y se le olvidara incluso la hora de comer. Dejaría de ir a la oficina, no atendería a su prometida, haría del ayuno una nueva forma de su arte. Toda su familia le diría con preocupación, con molestia: “Date cuenta, estás perdiendo el tiempo”. Nadie entendería su urgencia, su anhelo, esos breves, frágiles, momentos de felicidad, después de varias noches de transpiración frente a la página.

Hay un Kafka libre, un subversivo silencioso, que vive de noche la vida que sus obligaciones ciudadanas le impiden de día. Ese Kafka nocturno, héroe del aislamiento, pertenece al grupo de hombres que, según Nietzsche, prefieren morir de hambre antes que dedicarse sin placer a su trabajo, “aquellos hombres selectivos, difíciles de satisfacer, a los que no los contenta una ganancia abundante, cuando el trabajo mismo no es la ganancia de todas las ganancias. A este raro género de hombres pertenecen los artistas y contemplativos de todo tipo. Ellos aceptan el trabajo y la penuria, con tal de que estén asociados al placer; e incluso, de ser necesario, están dispuestos a realizar el trabajo más pesado”. Trabajo y placer: una ecuación desterrada de las salas de la moral burguesa, la moral del padre comerciante de Kafka que quisiera ver la mitad de la tierra convertida en un almacén y la otra mitad, en depedientes de ella.

Según Adorno, pocas cosas distinguen tan profundamente la vida del intelectual y la del burgués como la relación que guarda cada uno con el trabajo. Si el capataz no comprende la posibilidad de jugar con los empleados, en lugar de arrearlos con malos modos, el intelectual o el artista no admiten la escisión represiva entre faena y disfrute. Incluso en el esfuerzo más desesperado, cuando el escritor se siente (utilizando las dramáticas palabras de Balzac) “como un minero sepultado bajo el corrimiento de tierra”, para él siempre es preferible el derroche de nervios que a veces exige la escritura al derroche de nervios que le provoca la falta de escritura. Después de estar sentado durante horas, exprimiéndose para sacar unas cuantas palabras, se sentirá bien por el simple hecho de haber dispuesto de sí mismo con libertad y de haber satisfecho su urgencia estética, la de “dar sepultura al escozor”, como llamaba Henry Miller a la creación. El ejercicio de esa libertad (crear su propio lugar en el mundo) también desconoce los cronómetros: el escritor trabaja a su propio ritmo, acompañado a veces por el whisky que prohíben los patrones, y si decide permanecer despierto pensando hasta el amanecer o adopta una disciplina estricta, lo hará por decisión propia. Lo mismo sucede si un amigo le llama a mediodía para conversar o se toma un momento para estirar los músculos o se entrega el resto de la tarde a la disipación. Su jornada laboral no conoce la frontera entre lunes y domingo, y para poder escribir consagra buena parte de su tiempo creativo a fumar, leer, ver una película, asomarse a la ventana o salir a vagar, todas esas actividades que la sociedad, dice Adorno, sólo reserva para el final de la jornada, bajo el nombre de “ocio” y “cultura”.

Ahora comprendo por qué la gente, después de preguntarme a qué me dedico (a lo que siempre respondo con ingenuidad: “escribo” o “soy escritora”), arremete con un: “Sí, pero, ¿y qué más?”, como si escribir no fuera una actividad válida o suficiente, como si fuera precisa una dosis de autocondena para adquirir derecho de ciudadanía. En un mundo donde la frontera entre trabajo y ocio es estricta, donde las esferas del deber y el gozo parecen irreconciliables, escribir —esa actividad de “ociosos desriñonándose en el Vacío” (Cioran)— sólo puede despertar sospechas. Work while you work, play while you play, ese es slogan de los simpatizantes del rigor, aquellos que repiten cada mañana: “Con el dinero no se juega”. Todavía mi madre se pregunta por qué me gusta tanto escribir en vacaciones, cuando la muchedumbre ha abandonado la ciudad y me encuentro en las calles como en mi habitación solitaria. ¡Pero si deberías aprovechar y darte un respiro! Y eso es precisamente lo que hago: descanso del teléfono, de los trámites, de las inútiles aglomeraciones, además de la incomprensible carrera detrás del dinero, el éxito y el poder, todos esos valores que esta sociedad tolera y persigue, y que me resultan cada vez más insoportables, porque me alejan de mi necio afán de escribir.

He intentado convencer a mi madre, y creo que finalmente lo he logrado, de que si no me despego de la computadora durante mi tiempo libre, es precisamente porque deseo que sea libre de verdad: un tiempo en el que me ocupo sólo de lo que me interesa, sin presión, sin compulsiones, sin apuro, un tiempo no condicionado desde afuera, donde también hay lugar para la indolencia, para “poder pasear, sentarse, ser cándido, poco importante”, como decía Walser. Del mismo modo, no siento remordimiento alguno cuando permanezco en la cama hasta las once de la mañana (una de mis actividades favoritas) o paso uno o dos días sin teclear. Gracias a internet puedo trabajar la mayor parte del tiempo desde mi casa y vivir al margen del checador de tarjetas, sin rendirle cuentas a ningún jefe despótico, un privilegio que me he obstinado en preservar a toda costa y que en las actuales condiciones tecnológicas podría ser un privilegio compartido por millones de personas, y configurar una nueva ética del trabajo o, mejor aún, una ética del ocio (el uso sabio y fecundo del tiempo propio), si no fuera porque desde niños se nos inculca la máxima del sacrificio: “Es preferible hacer cualquier cosa antes que nada”.

A veces pienso que la mayoría de la gente no sabe qué desea ni qué quiere ser, porque ha crecido bajo modelos verticales, modelos de adiestramiento donde no hay posibilidad de pensar en uno mismo, y llegado el momento de reconocerse en el espejo, las personas prefieren refugiarse en los ademanes monocordes que les ofrece la rutina laboral. La actividad ininterrumpida suele ser un gran narcótico; nos apacigua, porque aleja de nosotros la incertidumbre, volviéndonos triviales, predecibles, unívocos, habitantes de la línea recta. La servidumbre voluntaria colma las expectativas de los patrones que nunca han confiado en el uso autónomo del tiempo y prefieren tener bajo la mira a cientos de humanos humillados frente al escritorio, aunque no muevan un dedo o no tengan nada qué hacer. Recuerdo aquella anécdota que cuenta Julio Ramón Ribeyro en sus diarios: estaba en la oficina de la agencia France-Press, un día particularmente vacío de noticias y ya pasado el cierre de edición, leyendo En busca del tiempo perdido, un título emblemático para las horas muertas. Después de que su jefe pasara un par de veces a su lado y lo pillara con las manos en el libro, lo regañó con severidad. “Pero es que no hay noticias”, le explicaba Ribeyro, a lo que su jefe respondió: “Pues invéntese una”.

Para la moral contemporánea, penetrada hasta los huesos por la ética del trabajo, que condena la idea de vivir a expensas de un placer (en el fondo, importa menos el trabajo que la sumisión), parece inaceptable, o por lo menos extraña, la figura del escritor decidido a organizar su tiempo a su antojo, alrededor de una actividad que desdeña, como el juego absorbente de los niños, el llamado al orden del segundero. Qué desfachatez la de esas personas que se desmarcan de las actuales relaciones de producción, donde las personas ya no eligen las reglas de su vida cotidiana, sino que nacen presionadas por necesidades ajenas a su vocación, cada vez más desvinculadas de sus intereses auténticos. No es extraño que el escritor aparezca aún como un haragán, un muerto de hambre y un improductivo, que además se da el lujo, con demasiada frecuencia, de hablar sólo sobre sí mismo en ensayos que no van a ningún lado como éste. A fin de cuentas, siempre queda la sospecha de que quizá merezca vivir en la miseria. Esa es la primera deshonra moral que reciben quienes prefieren pasar el día encerrados en su caverna, negándose a participar directamente de la empresa social, y por lo tanto, de la economía de la ciudad. Como el placer y el juego no suelen ser actividades remunerables, pues de lo contrario se convertirían en tareas y perderían parte de su placer, el escritor, si no ha tenido la suerte de ser aristócrata como Montaigne o heredero como Turgueniev o marido de una viuda rica (una mecenas) como quería Dylan Thomas, tendrá que llevar una doble vida intermitente: artista de noche y burócrata (o cazador de ballenas o fogonero o editora o mesera o periodista de guerra o maestra) de día. Los escritores que han tenido que seguir el régimen de la doble jornada laboral, antes de que pudieran ser autosuficientes y vivir de su propia escritura sin pérdida —es decir, sin hacer todo tipo de concesiones— son legión: James Joyce fue, famosamente, maestro de inglés; Robert Walser, copista, obrero, dependiente de librería y mayordomo; Charles Bukowski, cartero; Colette, artista de cabaret, vendedora de bisutería y dueña de un salón de belleza; Jack London, pescador furtivo de ostras; Juan Rulfo, empleado de una fábrica de llantas donde se sentía “desterrado y triste”; Fernando Pessoa, traductor de correspondencia comercial; Sor Juana Inés de la Cruz, sierva de Dios; David Henry Thoreau, obrero en la fábrica de lápices de su padre, donde trabajaba sólo seis semanas al año para dedicarse el resto a leer y escribir; Georges Perec, archivista de un laboratorio médico; Langston Hughes, ayudante de camarero; Rodolfo Wilcock, empleado de ferrocarriles, puesto que abandonó para convertirse en actor de una película de Pasolini y traductor.

Cuando decidí dedicarme a la escritura, hará de eso unos diez años, entendí que después del lenguaje, mi mayor problema sería el estómago. Porque no se puede escribir con el estómago vacío, por mucho que se intente. Pero antes de venderle mi alma a los diablillos de la academia, el Estado o el mercado (las grandes oficinas de empleo y prebendas del escritor de nuestro tiempo), traté de abrirme paso en el mundo por mi cuenta y trabajé como expendedora en una heladería (un puesto que me hizo subir cuatro kilos), maestra de inglés de un diminuto banquero japonés diminuto (para llegar a su oficina, debía cruzar tres arcos detectores de metales), lectora de galeras (en voz alta), correctora de un suplemento literario, maestra de literatura en una preparatoria, conductora cultural de un programa de tv para subonormales que me provocó migrañas apocalípticas (sólo duré tres semanas), escritora de programas de concierto de música contemporánea (uno de mis mejores trabajos, aunque mal pagado, que me permitía pasar días enteros escuchando a John Cage, Morton Feldman, John Zorn o György Ligeti), negra literaria, gestora cultural, editora free lance y tallerista, viviendo casi siempre en la miseria o muy cerca de ella. La verdad es que me preocupaba menos la pobreza que las cada vez más duras, injustas y precarias condiciones de trabajo a las que se sometía el freelancer y terminé por pedir una beca que me permitió encerrarme durante un año a escribir. Luego pedí otra y otra hasta que no quedaron más becas por pedir o hasta que comencé a preguntarme de qué se trataba todo aquello. ¿Es el escritor un profesional y debe recibir, por eso, un sueldo? Gombrowicz decía rotundamente que no. “Yo escribo lo que quiero; escribo para mi propio placer; escribo por mi propio riesgo; mi tarea, es entonces, estrictamente privada. Tanto mejor si el público además compra mis libros. Así pues, tengo derecho a participar comercialmente en el negocio, pero se trata de una circunstancia secundaria que no guarda relación alguna con la verdadera literatura”. Nietzsche, Flaubert, Auden, Benjamin, Perec (la lista es larga) opinaban lo mismo. Por mi parte, no creo que la pobreza deba ser un voto monástico de la escritura, ni siento vergüenza por cobrar los raquíticos cheques de mis colaboraciones (cuando logro superar la carrera de trabas burocráticas para hacerlo), pero sospecho que el dinero como fin en sí mismo —igual que los premios, los aplausos del público, el reconocimiento— podría llegar a convertirse en un precio demasiado elevado para mis propios intereses, cuando esos intereses son vivir a mi manera y escribir de acuerdo a mis propias reglas.

En una entrevista, Enrique Vila-Matas advierte que detrás de las ofertas más alucinantes puede encontrarse la ruina del escritor: “Es como aquel vendedor de corales del relato de Joseph Roth al que se le instala un vendedor de corales falsos al lado de su casa. El vendedor de corales genuinos se da cuenta de que el vendedor de corales falsos vende mucho más, y entonces decide incluir unas pocas imitaciones y a partir de ahí comienza la ruina de su negocio. Al traicionarse a sí mismo, comienza su perdición. A veces las cosas son al revés de lo que podemos pensar”. Es sabido que Dostoievsky, para superar sus graves problemas financieros, derivados de su afición a la ruleta, se vio obligado a firmar un contrato con un editor que lo comprometía a entregar una nueva novela, después de un plazo poco razonable, a cambio de tres mil rublos que pasarían directamente a manos de sus acreedores. Durante varios meses no pudo escribir una sola sílaba; se quedaba paralizado ante la simple idea de que debía entregar el manuscrito por obligación: “Lo que más me apura es el fiasco del trabajo; no se pueden escribir obras literarias por encargo, bajo la amenaza del látigo; para ello se requieren tiempo y libertad”. Lo mismo le pasó a Bukowski: cuando finalmente le dieron un sueldo por escribir, después de haber trabajado durante catorce años como cartero, se bloqueó durante una semana. Faulkner, que encontró en la administración de un burdel el mejor empleo que jamás le hubieran ofrecido, recomendaba llevar una vida frugal, sin albergar demasiadas ambiciones que pusieran en riesgo la libertad de la creación: “El único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado”. Cuando Beckett renunció a la academia, harto de la pedantería de cubículo, dijo en una conferencia que era preferible la penuria económica a la inanición del espíritu. También Jünger insistía en que la persecución del éxito social podía destruir al escritor o, por lo menos, quitarle mucho tiempo. No son pocos los autores que construyeron su obra sin esperar otra ganancia que no fuera el acto mismo de escribir, aunque incluso un mal pago les hubiera ayudado a sobrellevar con menos suplicio las transacciones de la vida diaria. Pero todo eso parece lejano y romántico a la sombra del confort que la sociedad le ofrece en estos días al escritor profesional, a cambio de su tiempo y, a veces, de su docilidad.

Sé que las circunstancias bajo las que un poeta escribe sus poemas o paga la renta carecen de importancia estética; pero no está mal de vez en cuando hacer un poco de sociología y reflexionar críticamente sobre lo que uno hace y hasta ponerlo en duda, sobre todo si uno sospecha que eso que uno hace (escribir) está amenazado por la banalidad y la sumisión, en una época en que la disidencia se ha reintegrado al circuito de lo vendible y el mercado ocupa casi todo el terreno de nuestro espacio imaginario. Hoy el escritor está demasiado atareado construyendo su figura de escritor, y lo que alguna vez fue una forma peculiar de trabajo (sin su connotación repulsiva) es cada vez menos peculiar y se parece más al de cualquier burro de carga, precisamente porque se ha vuelto un especialista en su materia y produce a la sombra de la academia, las becas, las subvenciones, los contratos y las necesidades del mercado, en lugar de construir puentes y caminos o administrar un burdel, como hacían Juan Benet o Faulkner. Es cierto que gracias a esos recursos, el escritor profesional se ha liberado de la doble jornada laboral para dedicarse sin tantos sobresaltos a la escritura, pero también ha perdido relación con  la vida y la calle y, de algún modo, el tiempo que ha ganado para poder escribir lo ha perdido de inmediato, porque ahora tiene que hacer muchas más cosas que antes, como dar entrevistas, asistir a ferias, escribir artículos en varios medios, cuidar su popularidad en twitter, hacerse estudios fotográficos, practicar de conferencista, sintonizar el estado de ánimo de su emoticon, grabar cápsulas radiofónicas, estar disponible, opinar por teléfono sobre la eutanasia o el día de la mujer, socializar y autopromoverse, en otras palabras, ser más chapucero que nunca, hacer alharaca y publicar a toda prisa, importunando a cada rato a sus contemporáneos —que ve en realidad como rivales— con su frenesí y afán de competencia. Lo más grave es que a la larga muchos escritores sin talento se convierten bajo este sistema en nombres respetables, desprovistos ya de cualquier propensión para la crítica.

Desde mi perspectiva, escribir es el privilegio de vérsela sin modales con el lenguaje, ser libre, incomodar, desaparecer del cuadro de honor, crearse una estética y un pensamiento propios, rechazar la normalidad, en fin, todas esas cosas que la sociedad y el poder toleran difícilmente. El trabajo es por eso la forma más eficaz de domesticación del escritor, el camino que lo convierte, también a él, en un asalariado, un buen hombre de costumbres regulares y agendas apretadas que, además, no descansa los domingos. En “El escritor de vacaciones”, Roland Barthes se burla de una foto de André Gide, publicada en Le Figaro, donde el autor de El inmoralista aparece leyendo a Bossuet mientras baja por el Congo. “Esa postura resume bastante bien el ideal que tiene el burgués de nuestros escritores ‘en vacaciones’: junto al placer banal, el prestigio de una vocación que nada puede detener ni degradar”. Hay algo tranquilizador en la imagen: aun “los especialistas del alma humana” están sometidos a las condiciones generales del trabajo moderno, con horarios, fechas de entrega y vacaciones de verano; pero a diferencia suya, los escritores nunca dejan de dar vuelta a la manivela de sus pensamientos, ¡son trabajadores de tiempo completo! Trabajan incluso cuando beben rusos negros junto a la piscina. Uno toma notas de su viaje, otro corrige pruebas, el tercero busca citas para su próximo ensayo. Y el que no hace nada lo confiesa con culpa o intranquilidad (o ya completamente ebrio), como si hubiera sido abandonado por su musa.

Es probable que los gerentes de la literatura se sientan felices al ver las fotos de sus autores en la casa de campo, rodeados de papeles. Mientras descansan, lejos del trato mundano con los hombres, no han dejado de producir. Dice Barthes: “La imagen sencilla del ‘escritor en vacaciones’ no es más que una de esas mistificaciones retorcidas que la buena sociedad opera para sojuzgar mejor a sus escritores: nada muestra mejor la singularidad de una ‘vocación’ que contradecirla”. ¿Cómo la contradice? Haciendo pasar al escritor por espectáculo o mercancía, interrumpiendo a todas horas su concentración y pidiéndole que no muerda la mano que le da de comer. En la lógica capitalista, escribir y no hacer nada son la misma cosa. Por eso, la sociedad intenta procesar al escritor atribuyéndole a su obra un valor de cambio, que no guarda relación alguna con su valor literario, como si dijera: incluso esa pérdida de tiempo que es la escritura puede ser digna de ser vendida. En la contraportada de los libros, en los artículos periodísticos, en la publicidad, se escamotea constantemente la realidad estética de la obra, cuyo valor objetivo pasa siempre a segundo plano. (En la lógica comunista, el escritor también era obligado a representar un papel social cada vez más alejado de su arte: ser el guía o portavoz de una ideología.) Así, cuando Gide es capturado por la cámara, su foto se convierte en parte de la mercancía que circulará el próximo fin de semana, cuando los empleados compren la imagen de algún figurón de la cultura para echarle un ojo en las horas de su propio ocio —es decir, las horas que les quedan libres entre las obligaciones de la oficina, el supermercado y la familia. La situación entraña la siguiente paradoja: para el escritor, leer y escribir son parte integral de la existencia, no son un sucedáneo ni un hobby, del mismo modo que las “actividades banales” en apariencia ajenas a su tiempo de trabajo (viajar por el Congo, por ejemplo) no están en estricta oposición a éste. Si “escribe en vacaciones”, es porque vive fuera del tiempo cuadriculado de las fábricas y no acepta la distinción puritana entre deber y placer. Pero al ocupar una página entera de Le Figaro, su raro modo de vida, que hasta entonces había sido refractaria a la ética del trabajo, se normaliza, se introduce en la cadena de producción y cumple una función en el mercado del tiempo libre: la del experto que sube al empíreo de las palabras para distraer o iluminar a los hombres, mientras descansan de su propio fastidio, los domingos.

Es una pena, pero a veces, la libertad económica del escritor se consigue sólo gracias a su servidumbre. Hace casi tres siglos, en Carta a un joven poeta, Swift se preguntaba con ironía: “¿Por qué todo hombre dotado de recursos no tendría la posibilidad de añadir un criado de más a su servicio, e independientemente del loco o del capellán (que a menudo son la misma persona), mantener a un poeta en su familia?”. Ya entonces Swift intuía que muchos de los rituales con que se adora al poeta sólo tienen como propósito hacer de él un mayordomo de la cultura. De una forma sutil y, en el fondo, perversa, todo se trastoca: la posición social del escritor deja de ser la del paria, el tránsfuga o el rebelde para adoptar la del profesional de las letras (ese trabajador que siempre está ocupado), el artista finalmente hecho prisionero por los engranajes sociales. O algo aún más grave: la del intelectual alentado por el gobierno para viajar por sus colonias y traer de regreso un retrato condescendiente y bucólico en la maleta, orillándolo a la contradicción. Ahí está Gide y el escándalo de su libro Viaje al Congo, que defraudó las expectativas de sus mecenas, porque en él arremetía contra el violento sistema de dominación que ejercía Francia en África. ¡Pero si lo hemos mandado ahí para que se tome un descanso en nuestro traspatio!

Me parece que en lugar de que ese lujo del escritor —ser dueño de su propio tiempo— se hubiera democratizado con el avance de la tecnología, como profetizaban los optimistas de los años sesenta (“las máquinas deben trabajar, los individuos, pensar”, era el lema de la ibm), lo que ha sucedido es todo lo contrario: el escritor ha terminado por renunciar a las horas que le pertenecían para entrar finalmente como empleado en el tiempo-que-es-dinero y que lo corroe interiormente, introduciendo también en él un ritmo acelerado, el de las novedades, las convocatorias y las expectativas de los lectores, sus auténticos patrones. Stevenson lo dijo hace mucho sin rodeos (y sin la ironía de Swift), en una carta dirigida también a un joven aprendiz de escritor: “Sin duda, es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vista) por servicios que desea ver realizados”. ¿Y cuáles son esos servicios? La clase media desea que la alejen de su habitual monotonía, y para eso es necesario tener en casa, además de la televisión, a un novelista laureado (o por lo menos eficiente en su manejo del suspense). El escritor profesional vive a menudo bajo el yugo de sus lectores masificados; ellos le piden que achique el horizonte de sus pretensiones, que atienda los temas del momento o cambie el destino de sus héroes. Ahí la literatura, atada a un modo específico de servicio, se convierte en entretenimiento, y las tendencias que estudia el mercado, en fuentes de inspiración. El escritor a sueldo construye personajes entrañables y tramas redondas; mezcla cualquier género con una buena dosis de thriller, erotismo y cocina gourmet. Publica siempre; suprime las palabras complejas. Sus libros son ya la película de la próxima temporada. Y debe aprender a gustar, si es que aspira a volar en primera clase. Porque, en el fondo, de eso se trata: de acceder a los valores de una sociedad a la que ha renunciado a criticar para entretenerla, una sociedad enamorada del consumo, el ascenso social, la ganancia y su propia estupidez.

Si el escritor que descubre el mundo con los ojos de la mercancía ha decidido sustituir el riesgo por la eficacia, la incomodidad por el aplauso y la pasión por el cálculo, es asunto suyo, pero ¿por qué demonios su modelo de trabajo y su concepción utilitaria de la escritura ha terminado por imponerse en todas partes? ¿Por qué los editores consideran que escribir cualquier otra cosa que no sea una novela es una pérdida de tiempo (y de dinero)? ¿Por qué dedicarle cinco años a la escritura de un libro, que podría escribirse en seis meses, es considerado insensato, pedante y hasta reprobable? No haré más preguntas retóricas: la dominación mercantil privatiza todo lo que toca y el escritor profesional es ya un artículo de consumo, un dispositivo del mantenimiento del orden, un productor de códigos espectaculares, una estación emisora de la corriente general. ¡Y los organizadores de ferias se indignan porque declinas una invitación y prefieres quedarte a escribir en casa! Trataría de explicarles, si no pensara que es inútil: a veces, simplemente quisiera habitar en las catacumbas, como Kafka. Decir: no, como mi toque de retirada.

¿Por qué escribe usted?, me pregunta un periodista. Porque no me gusta trabajar, le respondo. Y agregaría, para que su risa fuera completa: “Un poeta debe ser deliberadamente un vago; tiene que escribir tan poco como le sea posible” (T. S. Eliot). Por eso, porque está dominada por los roles de la figuración y los valores de la ganancia, me sucede que la escritura a destajo y la facturación por cuartilla me produce violentas reacciones de carácter respiratorio, nervioso o eruptivo. De algún modo, la figura del escritor profesional es la de alguien que ha convertido el juego en obligación, el rapto en artículo comercial, la escritura en producto. Una parodia de sí mismo. Su tempo no es el del reloj de arena, sino el de la máquina industrial y la producción en serie. Y aquello que suponía una conquista histórica, su independencia económica, acaba por dominarlo. Al sacrificar su tiempo creativo o al autocensurarse, el escritor profesional (antes, el ocioso) se reintegra a la sociedad. Es un empleado que ya no desprecia a su empleador. En otras palabras: cuando la joven escritora, la promesa literaria, suelta sus sonrisas, también trabaja. Y desde ahí ha tenido que aumentar prodigiosamente su capacidad de fabricación, para satisfacer los ritmos del mercado, la academia o las becas. Como sucede con todos los empleados del orbe, el ocio se le ha convertido en otra forma del deber. Se ha reificado por completo. Ahora tiene que escribir en su laptop mientras vuela en avión de una conferencia a otra, perseguida por un sentimiento evidente de fatiga y ansiedad. La escritora con surmenage. No sólo eso: la atmósfera silenciosa de su cuarto de estudio ha sido invadida por el hombre de la cámara de televisión, que ha tirado sin querer el reloj de arena dejándolo inservible, junto con la posibilidad de estar a solas, fuera del tiempo. Es como si un buldózer hubiera sacado penosamente al muerto de su sepultura. Kafka ha sido arrancado, así, de su mesa de trabajo.

Voy terminando este ensayo, que he escrito a lo largo de varias semanas en medio de todas las interrupciones de nuestra época, y lo hago volviendo a la pregunta inicial: ¿debe el escritor regular su vida? En eso pensaba una tarde en que me encontré, casi al mismo tiempo y por azar, los horarios de trabajo que se habían autoimpuesto dos temperamentos antagónicos: el diligente Benjamin Franklin, rector de la ética del trabajo, y el indómito y más bien estrafalario músico francés Eric Satie. Me pareció haber encontrado ahí dos jornadas paradigmáticas y contradictorias: la del capitalista puritano y la del artista sinvergüenza y visionario (véase el cuadro comparativo). Por un lado, Franklin, en aras de acercarse a la “perfección moral”, llevaba un seguimiento minucioso de sus actividades en un cuadernito de notas, donde diseñó su famoso “Horario”, una joya de la cuadriculación de la vida cotidiana, en el que cada gesto, cada mínimo respiro, tiene un periodo del día asignado y sin desperdicio (“nunca pierdas el tiempo, ocúpate siempre en algo útil”). Satie, en cambio, compuso un esquema igualmente pormenorizado, pero que se distingue del primero por el sentido paródico, extravagante y hasta imposible de su jornada (“una vez por semana, debo despertar sobresaltado a las 3.19 hrs.”), demostrando hasta qué punto es ridículo y estéril tratar de domesticar la vida mental y creativa.

Por mi parte, creo que en el escritor hay un yo atareado que no deja de teclear; pero también hay un yo que prefiere pasar las horas vagando. El primero puede ser un administrador efectivo de su tiempo, como quería Franklin, y producir novelas eficaces, acabadas, solventes. Pero le hará falta el riesgo, la profundidad, las visiones súbitas del segundo. Uno complace a su época; el otro, la traiciona. También es cierto que el lado puramente contemplativo del escritor se quedaría sin escribir si no apareciera de vez en cuando el otro, el lado laborioso. Pero en realidad escribir exige una enorme capacidad de incertidumbre, la posibilidad de perderse a través de vastas topografías interiores, si es que se quiere llegar a algún lugar en la mesa de trabajo, y aún más allá: un lugar fuera de aquí.

 

LA JORNADA DE BENJAMIN FRANKLIN
MAÑANA
La Pregunta: ¿Qué bien voy a hacer este día?

 

5-8

Levantarse, asearse, vestirse e invocar a la Bondad Todopoderosa; planear las actividades de la jornada y tomar la resolución del día. Proseguir los estudios en curso y desayunar.
8-12 Trabajar
MEDIODÍA 12-2 Leer o revisar las cuentas y tomar un almuerzo
TARDE 2-6 Trabajar
ANOCHECHER
La Pregunta: ¿Qué bien he hecho hoy?

 

6-10 Poner las cosas en su lugar, cenar. Música o diversión o conversación. Examen del día.
NOCHE 10-4 Dormir
LA JORNADA DEL MÚSICO ERIC SATIE

El artista debe regular su vida.
Aquí tienen el horario detallado de mis actividades diarias:

Me levanto a las 7.18 hrs; inspirado: de 10.23 a 11.47 hrs.

Almuerzo a las 12.11 hrs. y me levanto de la mesa a las 12.14 hrs.

Saludable paseo a caballo, en el fondo del parque: de 13.19 a 14.53 hrs

Otra inspiración: de 15.12 a 16.07 hrs.

Ocupaciones diversas (esgrima, reflexiones, inmovilidad, visitas, contemplación, destreza, natación, etc.), de 16.21 a 18.47 hrs.

La cena se sirve a las 19.16 y se termina a las 19.20 hrs. A continuación, lecturas sinfónicas en voz alta: de 20.09 a 21.59 hrs.

Me acuesto normalmente a las 22.37 hrs. Una vez por semana, despertar sobresaltado a las 3.19 hrs. (los martes).

Sólo como alimentos blancos: huevos, azúcar, huesos rallados; grasa de animales muertos; ternera, sal, coco, pollo cocido en agua blanca; mohos de fruta, arroz, nabos; morcilla alcanforada, pastas, queso (blanco), ensalada de algodón y algunos pescados (sin piel).
Me hiervo el vino, que bebo frío con zumo de fucsia. Tengo apetito; pero no hablo nunca comiendo, por miedo a atragantarme.

Respiro con cuidado (poco cada vez). Bailo muy raras veces. Cuando ando voy por los lados y miro fijamente atrás.

Muy serio de aspecto, si me río es sin querer. Por eso siempre me disculpo y con educación.

Sólo duermo con un ojo; tengo un sueño muy duro. Mi cama es redonda y perforada por un agujero para que pase la cabeza. Cada hora, un criado me toma la temperatura y me pone otra.

Desde hace tiempo estoy abonado a una revista de moda. Llevo un gorro blanco, medias blancas y un chaleco blanco.

El médico me ha dicho siempre que fume. A sus consejos añade:
—Fume, amigo: si no, otro fumará en su lugar.