Durante cierto periodo de mi vida, una época incierta y sin dinero, solía refugiarme por las tardes en las librerías. Llegaba alrededor de las seis y volvía a mi estudio por la noche, después de haber leído de pie los libros que no podía comprar. De ese modo leí Bartleby y compañía, algunos cuentos de Buzzati, los poemas de e. e. cummings, las conversaciones de Gombrowicz con Dominique de Roux. De vez en cuando encontraba a un amigo con quien platicar o tomar un café, mientras el tiempo transcurría sin sobresaltos. Intercambiábamos lecturas, compartíamos nuestras fobias. Aquello era mejor que asistir a la universidad. Además, yendo de una librería a otra, conseguía refugiarme no sólo de la casera, sino de mi propia incertidumbre, pues aquella era la primera vez que entraba en contacto con la angustia de ser pobre. La librería era eso: una exención temporal del mundo, una isla amurallada que permitía defenderse de la tempestad y el ruido de las calles, un lugar donde privaban leyes distintas, acaso más amables y libres, más hospitalarias, que las del exterior. Esa ciudad de libros, esa Arcadia del todo a la mano, era mi escondite, mi locus amoenus. Alguna vez pensé en la librería como un santuario colectivo y laico, abierto a todas las heterodoxias, un templo al que asistían feligreses lujuriosos capaces de sentir hacia los libros fervores tan incomprensibles como los que despierta la fe. Pero sucedió que un día los libros que buscaba en la librería comenzaron a desaparecer. Y esa sustracción —esa forma particular de censura— significaba algo.

No era sólo que Henry James estuviera siendo suplantado por un ejército de John Grishams, ni que Bouvard y Pécuchet fuera relegado al sótano por los remedios adulterados de la superación personal. Lo que sucedía en el fondo era una batalla cultural de dimensiones insospechadas, una batalla silenciosa entre los intereses del mercado y las inquietudes de la imaginación y el pensamiento, intereses que a la larga se mostrarían no sólo incompatibles sino contrarios, como anticiparon con amargura Baudelaire y Flaubert. Cada vez que un libro quedaba fuera de combate por las presiones del rating, nos volvíamos más ignorantes y más frágiles sencillamente porque permitíamos que eso sucediera. Lo que se estaba imponiendo era un modelo de unificación cultural, que empezaba en los medios y se propagaba por todos lados hasta poner en peligro la diversidad de las librerías. Era como si el refugio hubiera sido descubierto y ya no quedara ninguna zona libre del escándalo o la simulación. ¿Y quién tomaba partido por los libros? Una aceptación tácita del antiintelectualismo imperante, cómplice de todas las censuras, se propagaba en forma de inmovilidad y oportunismo. De un lado estaban las masas crecientes de lectores sumisos y escritores mecánicos seducidos por la celebridad; del otro, una minoría cada vez más exigua de lectores insatisfechos que no sabían cómo defender un derecho que debería ser imprescriptible, el derecho a encontrar el libro que se está buscando (y sobre todo el que no se está buscando). Un día la librería tuvo que deponer su nombre y junto con él perdía también su dimensión humana. Había llegado la era del punto de venta, la hipertienda de impresos industriales con fecha de caducidad, un lugar impersonal y lleno de confusión donde ya no era posible blindarse contra el mundo.

Lo habíamos olvidado; lo olvidamos con frecuencia: desde siempre el libro ha sido un objeto amenazado, vigilado, odiado. “Los que queman los libros —escribió George Steiner—, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable”. Sabemos que existe una tradición de literatura prohibida que adquirió más fuerza que nunca cuando la censura sin fronteras fue promulgada con la fatwa a Salman Rushdie. Pero también existe su reverso: la tradición de los transmisores infatigables, los héroes anónimos de la letra. Me estoy refiriendo a Shakespeare & Co. (la librería de Sylvia Beach que osó publicar ese “pedazo de pornografía”, esa “literatura de letrina” vetada en Nueva York y Londres: el Ulises de Joyce); a Grub Street (una avenida poblada de escritores blasfemos y editores rebeldes, donde cobraron forma los libros que enfrentaron la censura del Antiguo Régimen y anunciaron la Revolución Francesa); a la samizdat (un escuadrón de manos invisibles que usaron la estrategia del copiado —con pluma, papel carbón o máquina de escribir— para evadir la censura impuesta por los países del bloque soviético y poner en circulación obras como Réquiem de Anna Ajmátova). Entre gacetilleros y editores clandestinos, entre libreros y humanistas obstinados, la prole incesante de los libros rebrota y se propaga siempre.

A esa tradición del amor desinteresado por el libro pertenece La Librería de los Escritores (Sexto Piso, 2008), una breve (pero deslumbrante) crónica rescatada de las sombras del totalitarismo que ha caído recientemente en mis manos. Se trata de una aventura emprendida en los meses posteriores a la Revolución de Octubre entre un grupo de escritores y personas próximas al libro —el novelista y dibujante Alexéi Rémizov, el pensador Nikiolái Berdiáiev, el novelista Mijaíl Osorguín, además de algún periodista en ciernes, un historiador del arte y un “bibliógrafo excepcional”—, con la intención más o menos chiflada de construir un refugio en pleno caos, para que los libros pudieran, aún, circular. En medio de la inflación que hacía subir los precios cada hora, cuando todas las imprentas habían sido clausuradas y el fantasma de la censura volvía a recorrer las calles de Rusia, la librería extravagante no sólo permitió la supervivencia de los escritores desempleados que se constituyeron alrededor de ella como cooperativa, sino que brindó a profesores, bibliófilos, artistas, estudiantes y “todos aquellos que no querían romper con la cultura ni reprimir sus últimas inquietudes espirituales” una forma de hospitalidad entonces inencontrable: la conversación y el libre pensamiento. Ahí estaba la librería abierta, el escondite intacto, incluso para quienes no tenían dinero, pero se paseaban a diario entre los libros, como si encontrarse entre papeles impresos fuera para ellos como respirar.

Gracias a una serie de circunstancias extraordinarias, La Librería de los Escritores logró convertirse durante el periodo que va de 1918 a 1922 en una zona temporalmente autónoma, el único lugar donde era posible blindarse contra la centralización del poder y encontrar libros “sin necesidad de autorización”. Algo más. Filántropos de la letra, los fundadores compraban con frecuencia libros invendibles a personas caídas en desgracia y se empeñaban en pagar lo justo, incluso si estaban al borde de la bancarrota, a quienes remataban sus bibliotecas por unos costales de harina. Y cuando imprimir libros se volvió absolutamente imposible emprendieron su samizdat a pequeña escala: la publicación de una serie de obras en un único ejemplar escrito a mano. Es probable que el catálogo completo de aquellas ediciones autógrafas se perdiera durante el largo exilio de Osorguín. Sin embargo, entre los escombros de la historia sobrevivieron algunos ejemplares como las Poesías de Marina Tsvietáieva, que aparecen en facsimilar, junto con los dibujos de Rémizov, en la magnífica edición que tengo ahora en mis manos.

Para los Escritores de la Librería —una nómina de excéntricos que podría figurar en cualquier ficción de Kafka, Borges o Bolaño— estaba claro que en tiempos difíciles los libros pueden ser tablas de salvación. Esa convicción, esa forma de orgullo humanista que no se extingue ni siquiera cuando las palabras parecen haber perdido su valor, cuando la miseria obliga a usar los libros como combustible, es lo que da sentido a su proeza. En todo el relato de Osorguín prevalece ese orgullo —que es también una forma de responsabilidad intelectual, algo que podríamos llamar “la ética del editor y el librero”, un espíritu hoy sepultado bajo las presiones comerciales. En el fondo, él y sus amigos creían todavía que la supervivencia humana depende de la posibilidad de convencerse a través de las palabras, de propiciar vuelcos en la sensibilidad y defenderse contra las tiranías. Convertida en atalaya del espíritu, La Librería de los Escritores sostuvo una auténtica guerra de posiciones: mientras los libros estuvieran a salvo, existía la posibilidad de repensar nuevamente el mundo; en cambio, dejar que los libros cayeran en manos de comisarios ignorantes y purgas feroces era una capitulación, una forma de suicidio. Así, bajo la premisa de vida o muerte, La Librería de los Escritores se convirtió en el último reducto de independencia moral a lo largo de aquellos años de terror y hundimiento de ciertos valores culturales. En última instancia, una librería es eso: un santuario abierto a todas las heterodoxias, es decir, a las formas más diversas y personales de penetrar la realidad.

Por eso, la crónica de Osorguín es mucho más que una curiosidad editorial: es un trozo de vida cotidiana recobrado de las tinieblas que nos permite saber más sobre la historia social y política de la edición y nos introduce de nuevo en los misterios del libro, en el tipo de pasiones que es capaz de provocar entre los individuos. Pero también habla de todo lo que se pierde cuando cierra una librería o cuando confunde sus objetivos, como sucede en el mundo entero desde que el modelo de la hipertienda de novedades con fecha de caducidad se impuso en lugar de las pequeñas librerías de barrio. Lo que se pierde es la soberanía de los libros frente a los dioses del mercado, que son hoy quienes concentran la mayor parte del poder económico y político del orbe. La inquina burocrática que describe Osorguín no parece peor que la ignorancia mercantilista de los libreros contemporáneos: ambas asfixian la existencia del libro. Poner fuera de circulación un título después de tres meses porque no se ha vendido lo suficiente es el modo en que la rentabilidad coloca a la cultura de rodillas. Es una forma de censura sin hostigamiento que hace peligrar la naturaleza misma del libro, porque su trascendencia (su lectura y reescritura) no se puede medir en semanas.

En Tumba de la ficción, el ensayista Christian Salmon ha escrito que las macropolíticas de la globalización han terminado por instalar en todas partes el reino de lo mismo. “Peor aún que la censura de los derechos individuales de expresión resulta hoy el espacio cultural que se está imponiendo por la fuerza. Un espacio cultural estandarizado, homogeneizado, dominado por las grandes agencias mediáticas y las industrias culturales trasnacionales”. En estos días la censura significa, ante todo y por doquier, “la tiranía de lo Único”. Basta con echar un vistazo a las grandes cadenas de librerías o revisar los catálogos de las corporaciones editoriales. ¿No será esta la hora de tomar nuevamente partido por los libros, de fundar otras librerías extravagantes, de entrar al servicio de los títulos amenazados? Como ha escrito Roberto Calasso, La Librería de los Escritores “queda como el modelo y la estrella polar para quienquiera que trate de ser editor en tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles”.