1/ Un hombre entra en una feria de arte como en un supermercado. Lleva ropa Gucci y una billetera forrada. O mejor dicho: una tarjeta Master Card. O nada. Es un coleccionista y su fortuna es etérea, una condición superior, algo que le hace caminar como si flotara. Todos (artistas, curadores, galeristas, directores de museo) lo reconocen por esa forma de andar y lo siguen discretamente. Es él quien decreta con su dinero lo que es Auténtico, lo que es Valioso, lo que dejará Huella (es decir, lo que se convertirá en Marca). Y es gracias a su presencia que los artistas han desarrollado finalmente un agudo sentido comercial, desprendiéndose de la pesada ética kantiana según la cual toda relación con el arte debe ser desinteresada. Lo han aprendido de memoria en sus escuelas de arte (donde reina el post estructuralismo): después del fracaso del 68 y la caída del Muro, el capitalismo terminó por digerir los márgenes contestatarios (en forma de becas, encargos o transacciones financieras) y no importa qué tan violentas sean las críticas en su contra, las terminará absorbiendo a todas. ¿De qué sirve entonces obstinarse? ¡Por lo menos Las flores del mal de Baudelaire o las primeras proyecciones de La edad de oro de Dalí y Buñuel fueron prohibidas, atacadas, censuradas! Hoy los artistas incendian museos con póliza de seguros y los anónimos del graffiti cotizan sus muros callejeros en la Bolsa. Es la hora de la subversión asistida. ¿Pero en qué momento los artistas urbanos dejaron de ser esos “fuegos de artillería de la guerra entre la calle y el sistema” (Norman Mailer) para decorar y animar el mismo sistema que despreciaban? Lo había previsto Guy Debord, pero nunca con suficiente fuerza: la recuperación de las vanguardias (Dalí convertido en perfumería) prefiguraba ya la flexible capacidad del capitalismo para sobrevivir a todos los asaltos, para neutralizar todas las resistencias. El artista es libre de elegir, de criticar, incluso de rebelarse, siempre y cuando acepte la tentación de convertirse en producto o representante de alguna institución. En otras palabras: la ideología triunfante se ha vuelto más poderosa que nunca porque ni siquiera se experimenta como tal. ¡Y ya no es necesaria la prohibición para que nada cambie! En un escenario así, incluso la libertad resulta impotente… Lo dijo Rainer Rochlitz en Subversión y subvención: a diferencia de las épocas premodernas que sometían al artista a la censura de sus mecenas, a diferencia de la época moderna que hacía del artista emancipado y subversivo la víctima de una sociedad en gran parte obtusa, la época contemporánea intenta institucionalizar la rebeldía y hacer coexistir la subversión y la subvención. He aquí una táctica de fusión entre el poder económico y el cultural dentro del paisaje (¡Insuperable! ¡Único! ¡Indivisible!) de las democracias de mercado. En otras palabras: la coronación sin opositores de la miseria de los tiempos. ¿Pero es este diagnóstico una invitación al conformismo? ¿Existe alguna forma de escapar a la agonía de la post vanguardia, al cinismo incurable y la deposición de las armas? ¿O tendremos que resignarnos al siniestro porvenir con nuestras democracias simuladas, nuestra soledad frente al televisor, nuestros poetas laureados, nuestras vacas envenenadas? Alguien a lo lejos levanta la mano para esbozar una idea: “Contrafuegos hipervisibles”, dice casi en secreto, “una nueva religión”. Los críticos de arte y los curadores (siempre dispuestos a adoptar lenguajes esotéricos) alzan las orejas y ponen atención (quieren escucharlo todo para echarlo pronto a perder).

2/ Un hombre entra en un Walmart como si entrara en una catedral. Va vestido de reverendo evangelista. En los bolsillos, ni un centavo. El hombre va dispuesto a predicar. Es el Reverendo Billy y lo sigue un grupo de feligreses compuesto por un coro de gospels. Mientras la gente hace fila para consagrarse al consumo, el Reverendo Billy se aproxima a la caja registradora y de pronto, poseído por la fuerza de la devoción, comienza a exorcizarla: “¡Aléjate de nosotros, Espíritu de la Falsa Necesidad!”. Sus feligreses levantan las manos, gritan, se prosternan. “¡Deténganse antes de comprar otra secadora que guardarán en el clóset! ¡Evitemos juntos el Shopocalypse, el Apocalipsis de las Compras!”. Y la gente, desconcertada, no sabe si reír, indignarse o pedir ayuda. La mayoría mira con curiosidad. Están en Nueva York y sospechan que en cualquier momento llegarán las cámaras o la patrulla. Entretanto los policías no se atreven a sacar del pasillo de charcutería al Reverendo, que ya se mueve hacia los edredones para sermonear a más consumidores con un allure entre aterrador e irresistible. Por fin, una señora repentinamente conversa se decide a sacar de su carrito, no sin aflicción, algunos gigantescos envases de helado y sumarse a las filas de la Church of Life After Shopping[1], una iglesia sin dioses ni santos determinada a oponerse por todos los medios (misas callejeras, conciertos de gospel, videos, libros, página web, talleres de autogestión, entrevistas en los noticieros, acción directa no violenta) a la tontería fascinante en la que esta época funda su consenso. Mientras el presidente de Estados Unidos llama a las familias a comprar, comprar lo que sea para reactivar la economía, el Reverendo Billy le recuerda a los amnésicos que uno de los orígenes de la crisis más grave que han sufrido después de 1929 fue precisamente su insaciabilidad, la forma en que el dinero ficticio, empleado para gastar más de lo que se tiene, se convirtió en carteras vencidas. “¡Adiós a las tarjetas de crédito!”, exclama el hereje en plena catedral del mercado. Fundada en 1996 por William Talen, un artista formado en el teatro de vanguardia y el performance, esta iglesia refractaria al evangelio macroeconómico comprendió que para infiltrar los medios dominantes con su crítica era necesario camuflarse, convertirse en medio (o mejor aún: en medium), transformando la vieja vocación militante de la izquierda (la confrontación y la retórica) en ironía y comunicación masiva. ¿Cómo mostrarle a los consumidores que se han vuelto rehenes de una realidad que adoran a ciegas? ¿Cómo luchar contra un adversario omnipresente, virtual e indoloro como el mercado? Talen y su colectivo entendieron que era preciso volcar las estrategias más malévolas de los bienpensantes en contra de sí mismos, es decir, desviar hábilmente la fraseología de los televangelistas (sus mitos, sus discursos, su teatralidad mediática) hacia un público, el gringo, que según el historiador Morris Berman está tocando el punto más bajo en la historia de su coeficiente intelectual. Ahí está no sólo toda la fuerza de seducción de la Iglesia, sino también las técnicas de intoxicación cerebral de la publicidad dándose un puñetazo en plena cara. Se trata de un segundo momento del détournement situacionista, una estrategia de contrafuegos, que hasta ahora ha mostrado su capacidad si no para desestabilizar al sistema, por lo menos, para enfrentarlo en sus propios términos: la recuperación de su discurso para obligarlo a decir lo contrario de lo que quería. Centros comerciales, Times Square, Disneylandia, Starbucks (“el reino de la falsa bohemia que explota a sus trabajadores mientras sirve los cafés más caros del mundo”), ahí donde prospera la sociedad de consumo asiste sin falta la Church of Life After Shopping. Eso no significa que ella logrará socavar las reglas del juego que nos limitan a ganar suficiente dinero para parecernos a un anuncio. Pero pone al desnudo su mecanismo de domesticación y no ha dejado de enfrentar directamente a los bancos, las trasnacionales, las industrias predadoras y las instituciones del arte desde hace más de una década, con un espíritu que parecía sepultado bajo la anestesia general y que reaparece inteligentemente con un humor persuasivo y malicioso. Alguna comezón debe provocarle al sistema el Reverendo Billy pues no lo ha convertido aún en predicador de ninguna bienal ni le ha ofrecido una beca de consuelo (pero lo ha arrestado en más de una ocasión mientras su coro lo acompaña cantando a la comisaría). Y entre la gente de la calle Billy no es considerado un artista, sino un hombre piadoso, un loco, un activista, un payaso, un radical. Qué más da.


[1] La Iglesia de la Vida después del Consumo.