1. Cuando algún periodista me hace la pregunta infaltable: “¿Cuáles han sido los autores que la han influido?”, respondo sin dudar: Kafka y los hermanos Coen. A veces varío: Kafka, Montaigne, Gombrowicz y los hermanos Coen. O Kafka, Walser, Perec y los hermanos Coen. Y así. Las influencias cambian con el paso del tiempo porque no somos, por fortuna, estructuras monolíticas. Pero Kafka y los hermanos Coen permanecen. “¿Los hermanos Coen?”, replican con desconcierto y me piden que esclarezca. Los periodistas nunca dejan de lanzar sus anzuelos para cazar explicaciones; no toleran la incertidumbre.

Retrato-de-los-hermanos-Coen_54244861614_53389389549_600_396Los Coen pertenecen a la estirpe de la desmesura.

2. Tal vez exagero, pero esa me parece una de las grandes tragedias de la era del entretenimiento: el exceso de transparencia, la forma en que nos vamos quedando idiotas, es decir, sin ideas propias. Que todo sea dicho de una vez y sin ambages. Que la trama se desenvuelva con fluidez y dosificaciones exactas de suspenso. Que no queden hilos sueltos ni ambigüedades. Que los efectos cómicos estén cronometrados y hayan sido vaciados de acidez. Que las intenciones del autor sean identificables, modestas y se atengan a la ortodoxia de los géneros. Que los personajes correspondan a tipos deslactosados, sin quiebres ni dilemas ideológicos. El entretenimiento propone un mundo liso, obvio, confortable, sin escollos para el espectador. Un mundo desprovisto de complejidad. Y eso vale lo mismo para el cine que para la literatura. Pero el cine es un arte colectivo y costoso, mientras la escritura es solitaria y austera. Cuando una película fracasa, se colapsa un mundo y por eso su creatividad suele estar aún más condicionada por los imperativos comerciales.

3. ¿Entiende usted ahora por qué vuelvo con frecuencia al cine de los Coen? No sólo por la forma en que han desarrollado a lo largo de casi tres décadas una filmografía brillante, oblicua, imprevisible, al filo (y a veces en contra) de las presiones monetarias de Hollywood (y lo han hecho con una osadía y una desfachatez envidiables). También porque en sus mejores momentos (Barton Fink, El Gran Lebowski, El hombre que nunca estuvo) han reformulado, parodiándolas, las convenciones más rancias de los géneros y han desbordado (para desconcierto del público y la crítica) los diques que volvían inofensiva la noción de trama. Los Coen pertenecen a la estirpe de la desmesura. En sus películas, como en las caricaturas a las que son abiertamente aficionados, pasan siempre demasiadas cosas. Ni equilibrio ni mesura ni armonía ni causa-efecto. Alejadas de la narratividad clásica, reina en ellas el nonsense, cuya expresión anímica es el humor negro. Sus personajes son tan excéntricos y las situaciones que construyen tan sui generis, descoyuntadas y violentas que es difícil que el espectador no se revuelva un poco en sus asientos. Una de sus estrategias centrales radica en reventar el argumento llevando su formulación más elemental (una cadena ininterrumpida de hechos) hasta sus últimas consecuencias. Por ejemplo: una policía y un ladrón se enamoran y deciden mudarse a una casa rodante en el desierto de Arizona. Son infelices, porque no pueden tener hijos y todas sus solicitudes de adopción son rechazadas. Entonces, deciden robarle un bebé a un magnate (después de todo tiene quintillizos). Pero la dicha dura muy poco: el bebé robado es, a su vez, secuestrado por un par de criminales que lograron fugarse de la cárcel.

raising arizonaEducando a Arizona
Todo lo demás (los chantajes y las pesquisas, las persecuciones en carretera) bordean deliberadamente la inverosimilitud. Se trata de Educando a Arizona (1987), la segunda película de los Coen, una comedia enloquecida sobre los falsos sueños de la felicidad doméstica. Ahí están en potencia las mejores cualidades de los Coen: desparpajo, ironía feroz, diálogos afilados, el saqueo y la reinvención de varios géneros (road movie, spaghetti western, comedia slapstick). Y en el centro, un argumento nómada, que no deja de desplazarse. En Educando a Arizona todo es posible (al final, el bebé es rescatado y la pareja perdonada), porque en el fondo todo carece de sentido. Ese es el hallazgo del cine bicéfalo de los Coen: la exacerbación de la trama (hasta quebrantar su orden lógico) como una forma de escapar a su tiranía. Las rutas del argumento se multiplican sin freno y esa falta de desembocadura conduce invariablemente hacia el absurdo, que es, como en Kafka, el territorio donde habitan las criaturas de los Coen.

4. ¿Es posible conocer la verdad? ¿Cómo vivir en una realidad que ha perdido sus códigos éticos? ¿Tiene sentido tomarse en serio este mundo sin sentido? Las preguntas acechan desde una aparente superficialidad. Porque en el fondo, este es siempre un cine perplejo, lleno de personajes que se abandonan al fluir centrífugo de los acontecimientos sin entender qué sucede a su alrededor. Pienso en El Gran Lebowski, cuyo protagonista (“The Dude”, caracterizado magistralmente por Jeff Bridges) es implicado en un ajuste de cuentas que no le corresponde. También está Ed Crane (Billy Bob Thornton) en El hombre que nunca estuvo, la encarnación del héroe negativo, el hombre sin iniciativa ni pasiones que ha vivido siempre al margen del acontecimiento, hasta que se convierte involuntariamente en asesino. Y no olvido a Barton Fink (John Turturro), uno de los personajes más claramente kafkianos de los Coen, el escritor con bloqueo que se encierra en un hotel siniestro mientras intenta terminar un guión para Hollywood y, en lugar de inspirarse, se sumerge en pesadillas interminables. Se trata de seres tragicómicos envueltos en tramas que son incapaces de desentrañar, solitarios hallados en los suburbios de la vida. Vagos o forasteros, barberos insignificantes o policías incorruptibles, no importa; todos viven enfrentados a algo desconocido con lo que buscan en vano entablar una relación ordenada.

el gran lebowskiEl gran Lebowski

5. Es aquí donde aparece ese hombre ordinario, vestido apenas con bata de baño, bermudas y pantuflas, el rey del desaliño y la vida campante: Dude, es decir, “El Fino”, “El Finolis”, “Finolino”. Un melenudo. Un ocioso. Un neo hippie. Un fumador de mariguana. Un desempleado de buen talante, amigo de la conversación y el boliche. Dude es el reverso del estadounidense ejemplar, la crítica viviente de la cultura puritana y la ética del trabajo que reduce al individuo a su ser profesional. La primera escena de El Gran Lebowski (1998) es inolvidable y representa una de las entradas triunfales del vago carismático en el cine. La voz en off de El Forastero (Sam Elliot), nos presenta al héroe de la película, con un tono fuera de contexto, venido de la épica del oeste. El narrador es torpe, olvidadizo, y mientras seguimos en la pantalla un arbusto rodante que viaja desde el desierto hasta el suelo del asfalto urbano, le escuchamos decir que Dude es “el tipo más vago de Los Ángeles”. ¿Qué clase de heroísmo puede encarnar, siguiendo el tono épico del Forastero, un gandul, inútil y arruinado como Dude? El melenudo entrañable aparece a medio despertar, en el supermercado. Abre un envase de leche, revisa su fecha de caducidad, huele el interior y se lo bebe sin que nadie lo vea. Su bigote está manchado.

big_lebowski_the_dude_Un monumento a la fodonguería.

6. Un paréntesis necesario. Hace algunos años —después de una racha de explotación laboral de la que prefiero no acordarme— juré no volver a trabajar. Desde entonces le rindo culto a la pereza indómita, aunque sea como aspiración lejana y nunca del todo satisfecha. He hablado ya en otros ensayos de este libro de la historia de un buen número de holgazanes que, como yo, dimitieron de los valores de su época. Creo que uno de los momentos culminantes de esa historia es sin duda el nacimiento de Dude y su tranquila forma de vivir, un personaje que se sitúa, junto con Thoreau, Huckleberry Finn o Kerouac, en la gran línea de la contracultura estadounidense, la del héroe libre y fugitivo que se opone o se sustrae a la opresiva deshumanización social, el trotamundos romántico que enarbola intereses distintos a los materiales, como la vida de la mente, la aventura vital, la amistad o la rebeldía. De inmediato he colocado a Dude al lado de mis héroes de la vagancia y me he convertido, como tantos otros antes y después de mí, al Dudeísmo, un culto laico que lo considera una encarnación moderna de Lao Tse, un gurú accidental (puesto que sería incapaz de preocuparse por serlo), desprovisto de cualquier parafernalia esóterica, quizá un virus entregado al contagio masivo, es decir, al proselitismo de una nueva forma de vida: la vida inactiva. (Interesados favor de consultar: http://dudeism.com. No se arrepentirán.)
dudeismo

7. Atrapado en una época contraria a sus aspiraciones más profundas (la historia de El Gran Lebowski transcurre a principios de los noventa durante la Guerra del Golfo), Dude representa el anverso del paisaje moral imperante, dominado por el abuso del espectáculo, la devoción hacia el dinero y el éxito, la propagación de la violencia. Es un hombre anclado a los sesenta, un pacifista extraviado en la era bélica de Bush. Lleva una existencia despreocupada cerca de la playa, pasa muchas tardes jugando boliche con sus amigos (un dúo de perdedores sin rumbo como él) y sostiene una rigurosa dieta de drogas suaves “para mantener la mente, ya sabes… ágil”.

takeiteasy
Así transcurre la cotidianidad de quien se ha liberado de la opresión maldita del trabajo, dejándose llevar por el fluir natural de las cosas (“Tómatelo con calma…” es una de sus frases predilectas). ¿Se podría pedir algo más? Sin embargo, el anacronismo de Dude, esa forma de estar en la hora y el lugar equivocados, es el origen y la tensión de esta farsa hiperbólica que la crítica tachó en su momento de floja y absurda, pero que con el paso del tiempo ha generado una horda de seguidores devotos, para muchos de los cuales El Gran Lebowski probablemente no sea la mejor película de los Coen. Pero sí la más subversiva.

8. Sin embargo. Esa es la fórmula que todo lo perturba. Así sucede con Dude cuando una mañana la realidad lo alcanza con un puñetazo en la cara y lo involucra en una trama infernal construida sobre líos ajenos. Dude es confundido con su homónimo, un magnate llamado El Gran Lebowski (David Huddleston) cuya mujer (una pornostar de segunda) le debe dinero a medio mundo, entre ellos un pornógrafo de Los Ángeles. Empieza la desmesura, todo se desquicia y entramos al universo extraordinariamente embrollado y cómico de los Coen. Dude es ultrajado, golpeado, pisoteado, en su bungalow. Y algo peor: se han meado en su tapete persa. Siguiendo su peculiar sentido de la dignidad, él busca restituir su tapete y pide una cita con el magnate en una de las escenas emblemáticas de la película: el enfrentamiento de dos mundos. De un lado, la majestuosa casa en Pasadena, un feudo republicano y conservador, presidida por la retórica del self made man, el hombre que ha forjado su fortuna a partir del propio esfuerzo y alza sus trofeos y se muestra sonriente en las revistas de mucho tiraje; del otro, el holgazán impertérrito, desocupado y cínico que vive en un bungalow cochambroso de Venice, el último bastión de la cultura psicodélica. Uno de esos tipos que saben, que “un par de tragos jamás abolirá el azar” (Fabián Casas). El millonario pregunta: “¿Tiene trabajo, señor? Usted no sale así vestido a buscar trabajo, en un día laboral, ¿verdad?”, a lo que Dude contesta: “¿Trabajo? ¿Es este un día…? ¿Qué día es hoy?”. Alguien le llamaría a esto sin exagerar una escenificación de la nueva lucha de clases.

9. El crítico español, Fernando de Felipe, escribió que El Gran Lebowski podría llevar por advertencia la misma que antepuso Mark Twain a Las aventuras de Huckleberry Finn: “Toda persona que trate de hallar un argumento en esta obra será pasada por las armas”. El enredo es frenético y en él hay de todo. Un secuestro, un rescate fallido, un grupo de nihilistas, un meñique cercenado, una artista desnuda que pinta lienzos desde las alturas (y quiere semen de Dude para procrear un hijo)… En medio de todo eso, Dude parece el menos indicado para desenredar los entuertos y conocer la verdad. Porque en el fondo, todo se trata de eso: de perseguir la verdad en un mundo fundado en el simulacro. El Gran Lebowski es una versión muy libre, incluso paródica, de la novela negra Big Sleep de Raymond Chandler. Los Coen querían hacer una película de detectives, pero no ortodoxa, situada en Los Ángeles, la nueva Babilonia, con tipos contrastantes y personalidades border, como el mejor amigo de Dude, Walter Sobchak (John Goodman), un veterano de Vietnam, obeso y psicótico, que siempre pierde razón. En este mundo descabezado, Dude se convierte en un Marlowe imposible, un héroe por equivocación. A medias sobrio (como parte de su régimen desayuna rusos blancos) y perdido a menudo en sueños y alucinaciones, Dude va descubriendo, sin proponérselo, cómo lo que originalmente aparecía como verdadero se revela como falso: el millonario es en realidad un parásito, el secuestro de su mujer, un montaje. De esta forma, los Coen no sólo dinamitaron las connotaciones clásicas y míticas del detective privado, sino que hicieron un ácido comentario sobre la difundida hipocresía moral del American Dream, una suma de fraude y pesadilla, como decía Burroughs.
american dream

10. Para terminar. He visto tantas veces El Gran Lebowski que ya he perdido la cuenta. Y en todos los casos me he sentido ligeramente drogada, con ataques de risa incontrolables, como si estuviera bajo los efectos de una buena cannabis hidropónica. No creo exagerar si digo que El Gran Lebowski es una de las cumbres cinematográficas de la estética drogada. Y también de la cultura del boliche (el pasatiempo preferido de los Coen cuando no están filmando): un orbe cerrado y casi infantil, donde no pasa el tiempo y las personas se entregan a la conversación y las tardes distendidas. El encuentro de esos dos mundos, en manos de la mirada cinematográfica cada vez más sofisticada de los Coen, hizo posible aquella secuencia inolvidable, rodada desde el interior de una bola en movimiento, con el mundo de cabeza. También aquella alucinante película dentro de la película: Gutterballs, una secuencia onírica producida por el efecto de los barbitúricos, donde Dude se sueña como un bailarín seductor vestido de electricista, entre valkirias imponentes, bolos y bolas erotizadas, coreografías hollywoodenses y un Saddam Hussein convertido en encargado de bolera. O el viaje de Dude en su tapete volador, como un Aladino extraviado en una época despiadada y frívola sobre la que gravita sin problema. Hasta que cae, como los personajes de las caricaturas, cuando advierte ominosamente que está suspendido sobre la nada.