• a Gustavo, Alison y Lina, que me hablaron de los freegans
  • Nadie puede ser observador imparcial y sereno de la vida si no se coloca en la ventajosa posición de lo que podríamos llamar pobreza voluntaria.Henry David Thoreau

Cuando parecía que todas las resistencias habían sido disueltas, cuando las glorias del mundo unificado se cantaban en los pasillos blanqueados de los malls, un hombre incómodo emergió desde el fondo más sucio y maloliente de la opulencia: era el lord anónimo de la basura, el emperador desarrapado y libre, el recolector con botas de plástico en busca de los tesoros perdidos entre los detritos de la historia.

Lo vi por primera vez en un documental de la cineasta belga Agnès Varda, Les Glaneurs et La Glaneuse (Los espigadores y yo), una exploración poética a través del universo de los buscadores de rastrojos, hombres y mujeres que se han dedicado a la actividad ancestral de levantar desechos. En el campo, los espigadores van detrás de los restos de arroz o soya, pero en las ciudades, recuperan los cuadernos a medio usar, las sillas cojas, los cojines desplumados, todas esas cosas que han quedado al margen, arrinconadas en las esquinas. Son objetos a medio camino entre el uso póstumo y el olvido, trastos inútiles que un día reciben la atención de los recolectores, una mirada capaz de darle vida a todo aquello que parecía hasta entonces muerto. Arqueólogos de los suburbios, para ellos una licuadora vieja no es diferente de un ánfora babilónica, pero a diferencia de ésta, la licuadora no irá a parar al catálogo estéril de los museos, sino a su pequeño cuarto rupestre, donde los artefactos de la década pasada encuentran siempre un segundo aire.

Varda comienza su documental con un cuadro emblemático del pintor Jean- François Millet: tres mujeres recogen las sobras de la cosecha, la espalda inclinada, el cabello recogido por un pañuelo, los brazos llenos de espigas y hierbajos. Una imagen que parece tan antigua como la agricultura misma, como si agacharse para hurgar en los escombros fuera un recuerdo de ciertos gestos nómadas, los primeros hombres rastreando su alimento a pleno sol. Desde los sembradíos medievales hasta las tierras de cultivo más sofisticadas, el destino de miles de alubias y granos de centeno ha sido siempre el mismo: quedarse a la deriva, lejos de la mano del campesino o de la máquina que no puede segar a fondo. Ahí permanecen los alimentos mudos, invisibles, secándose al sol sin que nadie los mire, hasta que llega la espigadora hambrienta a rescatarlos para llevarlos a la mesa.

La historia se repite de un modo u otro. En estos días, por ejemplo, crece el número de verduras discriminadas, hechas a un lado del mainstream. Feas verduras, calvas y cojas, que sufren los estragos de un gusto domesticado por la publicidad, un gusto que desdeña el sabor y los nutrientes, pero adora la fotogenia. Hordas de tomates se pudren a diario en el campo ya no por omisión, sino por un exceso de la mirada: el rígido escrutinio de las pasarelas agrícolas donde se impone la voluptuosidad de los tomatoes de las revistas gourmet y los accidentes de la naturaleza son desaprobados casi con escándalo. Una papa con forma de corazón, no pasa; una zanahoria encorvada, tampoco. Son verduras sin garbo, mercancía sin valor comercial. Como sucede en tantas otras cosas, lo que prevalece en el mundo de la horticultura es la apariencia. Y así, en la era de las hambrunas y las crisis alimentarias, los controles agrícolas tiran toneladas de vegetales cuyo único pecado ha sido la escoliosis. No apelo aquí a un activismo contra la discriminación de los berenjenas, pero ¿por qué no empezamos a hacer ensaladas deformes, ensaladas que celebren las salidas más estrafalarias de la naturaleza? ¡Abolamos de una buena vez la uniformidad de las escarolas! Contra(horti)cultura. Al menos Varda, en su documental, ha dado un primer paso a través de sus close-ups llenos de simpatía hacia las jorobas de una papa sin fortuna, una papa segregada que de pronto muestra su belleza subterránea, como si se tratara de una pieza esculpida por el azar, un monumento irónico a la civilización del desperdicio.

Varda lo documenta: la práctica de los espigadores no se ha detenido jamás; en realidad sólo se transfigura, se desplaza, crece, va de los surcos de tierra a los fosos marginales de las grandes urbes. Okupas, gitanos, madres solteras que desean ahorrar, desempleados con el estómago vacío, familias mileuristas, recolectores de ocasión, artistas: en la travesía de Varda cientos de personas se inclinan a lo largo del territorio francés para recobrar, a escondidas, calabazas enanas o sillones contrahechos arrojados a los lotes baldíos donde conviven vagabundos, perros y pepenadores. Se trata de un antiguo ejército de espaldas dobladas (pero que no se doblegan), un contingente al que se ha sumado la compañía sublevante del freegan: el espulgador consciente de la basura, el desertor de la abundancia. “To bend is not to beg”, reza la antigua proclama de los espigadores. A lo que el freegan agrega: “We will eat your scrap but we won’t buy your crap. Comeremos sus sobras, pero jamás compraremos su escoria. No estamos frente a un simple acto de pillaje, sino frente a “tácticas alternativas de suministro”, estrategias para frenar la dilapidación que en estos días se propaga como un incendio. Para el freegan la recolección de desechos no es un acto de supervivencia, sino una crítica radical hacia una sociedad que ha abrazado la seducción masiva del consumismo. No comprar, no participar en la economía convencional, no derrochar, no sujetarse a los ideales seculares de trabajo, dinero, propiedad y poder. En español podría llamarse: anarco pepena o anarco recolección. Es decir, un tipo de anarquismo posterior a la caída del Muro, atento a la colaboración horizontal y autogestiva, crítico de las estructuras burocráticas y la economía de mercado, entregado a la acción directa no violenta.

En lugar de la esperanza abolida de la revolución (toda revolución culmina en una nueva reacción) queda lo que Deleuze llama el devenir revolucionario de los individuos: movimientos impensados, contingentes, inubicables desde donde se proyectan otras formas de organización social; comunidades autónomas en resistencia creativa. La anarco recolección es eso: una insurrección nómada que se propaga a través de pequeños grupos por los linderos de la ciudad hedonista. Cansados de las aspiraciones de la sociedad post industrial —larga vida, llena de riquezas materiales, cómoda y segura, pero incapaz de soñar—, los freegans son individuos del hartazgo, ingenuos sin ingenuidad, que se han desmarcado de los flujos de la mercancía. Cansados de ser criaturas apáticas, abolidas por sus pasiones tristes, no desean ser espectadores pasivos de su desintegración, pero ninguno querría encabezar una revuelta con comandos armados. Su protesta carece de centro, no es uniforme, opta por la inspiración heterogénea: es altermundista, ambientalista, zapatista, lúdica, pero también cercana al andar errático del situacionismo y a otros movimientos empeñados en reunir arte y vida (como los Diggers de Haight-Ashbury, aquella comunidad de artistas callejeros ubicada en San Francisco que a lo largo de los años sesenta vivió bajo la economía del regalo, el reciclaje y el trueque). La anarco recolección es la concepción de una nueva forma de convivencia que ha entrado en consonancia con los enclaves de autoproducción “Do It Yourself” (Hágalo usted mismo) y la proliferación de grupos en rebelión que se dispersan por todos lados en estos días sofocantes (monos blancos, hackers, anticorporativistas, eco guerrilleros, comunidades indígenas autónomas, cooperativas, cibernautas que proclaman la era de los códigos abiertos). Átomos en fricción para reavivar el deseo y abrir grietas en la fría lógica del capital o los discursos de una izquierda centralizada y caduca. Grietas, conductos, fisuras, los freegans son como esas lombrices que oxigenan los detritos, abriendo huecos por donde pueda pasar, de nuevo, un poco de aire.

La aspiración última del freegan, el consumo cero, parece una forma de activismo de la renuncia. Es decir, la abdicación sin ambigüedad a un sistema de producción “donde el beneficio ha eclipsado las consideraciones éticas”. En su página web, los freegans consignan una lista interminable de compañías (de Exxon a Pfizer, pasando por McDonald’s y Burger King) que ejercen algún tipo de violencia sobre la vida, fábricas que destruyen el ambiente, corporaciones que violan los derechos humanos, cadenas de comida rápida que abusan de los animales, contaminan el agua y el aire o multiplican las horas de trabajo sin compensación. Pero boicotear esas marcas, argumentan los freegans, no basta para erradicar la enfermedad. Es preciso deslindarse por completo, abandonar la metrópolis de todos los excesos, no volver a consumir jamás.

No hay cosa que en manos de un freegan no encuentre una segunda existencia. Así, el aceite vegetal que ha sido usado para freír en los restaurantes es trasformado en combustible, del mismo modo que las piezas de las viejas pcs, reinas de la caducidad, sirven para crear computadoras ensambladas. En el fondo, lo único que busca el freegan es restablecer cierto equilibrio perdido. Después de todo, lo que llamamos reciclaje no es sino la recuperación tardía de un proceso natural, la forma en que la vida se reintegra a la vida. Ya lo sabemos: en la naturaleza nada es desperdicio, al menos para los gusanos, las rémoras, los ácaros, las aves carroñeras y los microorganismos. La tierra misma, ¿no se nutre acaso de excrementos y frutos podridos? Sólo en la civilización hay basura: ese caldo de jeringas, recipientes de unicel, botellas y bolsas de plástico que hace tiempo flota en el Pacífico (más de seis millones de toneladas de basura terminan en el mar cada año), donde los lobos marinos chapotean hasta agonizar. Nuestros desechos se han convertido, después de dos siglos de actividad industrial, en las cimas de la civilización: sólo ellos son hoy capaces de desafiar a la eternidad.

Sobre todo en la comida nos hemos vuelto súbditos del derroche y la tontería. He sabido de una práctica común entre los agricultores italianos que destruyen cada año la sobreproducción de tomates para conservar su valor. La pregunta es evidente, ¿por qué no mejor donan o rematan sus excedentes a los desempleados o los inmigrantes? Porque en la ecuación inflexible de la oferta y la demanda regalar equivale a devaluar, es decir, a perder dinero. Lo mismo sucede en los emporios de comida rápida, las panaderías, los supermercados. Cada noche en los botes de basura del primer mundo se acumulan enormes cantidades de rosquillas, panes o croissants a los que ningún censor de la repostería pondría algún reparo. O quizá sólo uno: que mañana serán el pan del día anterior. Si la existencia de las donas sólo tiene sentido recién salidas del horno, ¿por qué entonces se producen tantas? Porque en la lógica de la abundancia nada es demasiado y, además, hay que mantener la vitrina rebosante, la vitrina que es el primer anzuelo arrojado sobre la libido del consumidor. Tal vez por eso los freegans se han empeñado en rescatar rosquillas (pero también yogurts a punto de caducar, fruta envasada, bolsas de espagueti ligeramente rotas) de los depósitos comerciales, y reutilizan los muebles, la ropa y los electrodomésticos que otros arrojan a la calle porque sí, por dispendio, por exceso.

Como nueva transformación del ethos de la clase media, los freegans no son mendigos sino ex gerentes, ex corredores de bolsa, ex ejecutivos de grandes corporaciones que finalmente han dejado su pecera asfixiante (algo parecido a un tubo que se extendía de la casa a la oficina y de ahí al centro comercial), para nadar en los mares procelosos de los suburbios. Sus comunidades florecen precisamente en las ciudades del gran consenso, donde aún hace unos meses se celebraba la boda interminable de la democracia y el liberalismo económico, como si se tratara de una relación sin fisuras. Pero en Manhattan, Los Ángeles, París, Barcelona, Hong Kong, Londres, Berlín, Tokio y recientemente en México[1], los recolectores anarquistas anunciaban una crisis —la saturación irracional del sistema de consumo—, agrupándose alrededor de pufs y love sits abandonados, cacerolas y lámparas apenas rotas, los guijarros de hojalata dejados en la orilla por las grandes mareas de la novedad. Desde hace diez años, los freegans salen, a medianoche y en grupos, a recorrer las rutas del desperdicio, como lo hacían los miembros de la Drop City, aquella ciudadela hippie de construcciones geodésicas armadas con techos de automóviles viejos. Se detienen a las afueras de los restaurantes y los supermercados, donde es posible encontrar alimentos seguros y en perfectas condiciones para preparar sus propias comidas o para compartirlas en fiestas públicas. Porque los freegans no sólo aspiran a subvertir la economía de la devastación a través del propio ejemplo, sino que abogan por la generosidad, la cooperación, el desprendimiento y, sobre todo, el sentido de comunidad que prevalecía entre las espigadoras del Medievo. En una época donde la norma es la contraria, donde lo que priva es la indiferencia, el aislamiento y el miedo, el espíritu freegan nos deja perplejos. Es como si hubieran transformado su indigencia voluntaria en un espejo que devolvía a esta época indigente su propia imagen deformada.

Como fenómeno social, la anarco recolección parece haberse convertido en algo más que una subcultura sui generis, un grupúsculo enternecedor o una manía romántica. En sus pequeños departamentos okupados, donde lo desechable encuentra un nuevo sentido, los freegans practican una forma de vida fundada en la pobreza deliberada, la misma que practicó el filósofo anarquista Henry David Thoreau durante su estancia en los bosques de Walden. Lejos de los centros comerciales, lejos de las tarjetas de crédito, los seguros y las hipotecas, los freegans viven con las manos vacías “en una austera y espartana sencillez”. Saben que entre menos dinero necesiten para sobrevivir, más débil será la tentación de sacrificar su vida para obtenerlo. El consumo cero es una purga del sistema. Y también: una forma de desobediencia comercial. “Lo que el hombre necesita, más que medios de acción, son fines, esencia: ser algo”, escribió Thoreau. El freegan es a menudo alguien que ha recuperado el ser, después de haber vivido extenuado por el tener.

Pienso, por ejemplo, en Steve Gutiérrez, el fundador de un taller de bicicletas recicladas que antes había sido banquero de inversiones en Wall Street. Una tarde, Steve se preguntó, como alguna vez había hecho Bukowski: “¿Cómo puede un hombre ser feliz si su sueño es violentamente interrumpido por una alarma a las seis y media de la mañana, para abandonar la cama, desayunar, mear, lavarse los dientes, peinarse y pelear contra el tráfico con la única finalidad de llegar a un lugar donde esencialmente se dedicará a hacer un montón de dinero para alguien más, alguien que lo obligará a darle las gracias por haberle dado la oportunidad?”. Steve podría haberse dejado convencer por el confort, pero algo en él comprendió que su cama de agua le ofrecía un bienestar cada vez más fúnebre, y se largó a pedalear en su bicicleta de segunda por la ciudad.

Algo parecido le sucedió a Madeline Porcaro, una mujer que ganaba un sueldo de ensueño en Barnes & Noble, hasta que un día, mientras participaba en una marcha contra la guerra en Irak, decidió abandonar el barco con todo y sus arcas hinchadas. Protestar contra la guerra sin cortar las ramas de su propia comodidad, ¿no era una salida en falso? Después de todo, su profesión consistía en alimentar la insaciabilidad de los compradores e inyectar energía a la sociedad del entretenimiento contra la que gritaba cuando tomaba las calles. Porcaro comenzó a enfermarse de sí misma, a intoxicarse a fuerza de contradicción, a deprimirse (esa forma de impotencia). Entonces renunció a su empleo, cambió su loft de clase alta en Manhattan por un pisito amueblado con objetos encontrados en la banqueta y dejó el estilo obsolescente (la idea de que las toallas terracota deben tirarse cuando ha pasado el otoño) por el reciclaje.

“La mayoría de la gente —cuenta Porcaro en una entrevista— pasa más de cuarenta horas a la semana en trabajos que detesta para comprar cosas que no necesita”. Una profunda infelicidad debe estar germinando en el centro mismo de la opulencia para que sean precisamente sus habitantes privilegiados quienes comiencen a emigrar hacia el lado contrario, hacia la negación del consumo y la abolición de los checadores de tarjeta. Free your life from work! Los freegans no sólo recogen cacharros del suelo, también se dedican a recuperar el tiempo perdido. En lugar de embrutecerse acomodando en excel cifras piramidales de dinero que nunca verán en sus bolsillos; en lugar de convertirse en los obreros malogrados de alguna multinacional que los hará trabajar en condiciones cada vez más precarias, bajo la única certeza de que serán despedidos cuando las fuerzas laborales de Bangladesh hayan alcanzado el nivel de la esclavitud que no cueste nada a sus dueños; en lugar de amargarse entre las paredes de una empresa que arroja desechos tóxicos a los ríos del tercer mundo, los freegans se han entregado abiertamente al proselitismo de una nueva forma de vida: la vida ociosa. No es extraño que la gente los considere parásitos y chalados; después de todo, han faltado a las más básicas normas de urbanidad: se han desnudado del capitalismo a la vista de todos. La suya es una moral contraria a la ética del trabajo, donde la competitividad es sustituida por la cooperación, el enriquecimiento por el intercambio y el yugo de las horas extra por el juego. El conjunto de sus gestos y estrategias de convivencia (las ollas comunitarias, los bancos de tiempo, el trueque) podría resumirse en una pregunta incómoda: ¿por qué el capitalismo ha acumulado más recursos de los que jamás se hubieran visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, la explotación, la desigualdad? Ellos han optado por el desempleo deliberado, los enclaves de trabajo cero, la ayuda mutua, el autoempleo, el activismo; cambian los nombres y las formas, pero en el fondo la idea es la misma: el renacimiento de un sentido de colaboración que hace posible el ocio compartido y la posibilidad de entregarse a una percepción más sensible de la realidad. Y algo más: la no participación en las transacciones laborales que sostienen al sistema.

Al final de su libro sobre la vida de los filósofos cínicos, y de Diógenes en particular, el filósofo francés Michel Onfray convoca a la práctica de un nuevo cinismo, una sabiduría jovial y al mismo tiempo insumisa capaz de descubrirnos una alternativa frente “a los mercaderes del apocalipsis y los teóricos del nihilismo”. Onfray no llama a usar el pelo largo, vestir mantos agujereados ni habitar entre la mugre; los nuevos cínicos tendrían que ser simplemente individuos celosos de su autonomía, figuras resistentes frente a la arrogancia de los poderosos, hombres y mujeres a quienes correspondería la tarea de arrancar las máscaras consumibles de la sociedad actual. Con sus morrales a cuestas, vagabundeando junto a los perros entre escondrijos y depósitos prohibidos, los freegans podrían pertenecer sin dificultad a la estirpe de Diógenes. Cerca de veinticinco siglos después, ellos no sólo se niegan a comulgar con la ostentación del momento —como hiciera Diógenes, llamado perro porque se identificaba con la simplicidad de la vida canina—, sino que también están dispuestos a denunciar, a través de la acción, las supercherías de su época. Como los cínicos, los freegans se contentan con lo que encuentran a su paso y comen en los linderos de la plaza pública, entregados al azar alimenticio, sin obedecer los ceremoniales solitarios de los merenderos masivos con su fast food y sus tetrapacks multiplicados. Y también invitan al escándalo con esa práctica tan suya de comedores de basura que despierta la curiosidad horrorizada de las chicas de la tele que no dejan de fruncir la nariz cuando los entrevistan. ¡Pero si no tienen necesidad! ¿Por qué se sumergen en la inmundicia? ¿No es antihigiénico? ¿No les da miedo la enfermedad?

La gente escamotea a los freegans, los ridiculiza, se ríe de ellos. Pero al final lo hace siempre con un temblorcillo en los labios, el temblor de quien ha quedado al descubierto, desnudo, muriéndose de frío. “Tal vez —piensa la gente desde el fondo de su imaginación apocalíptica— si el mundo no cambia, todos terminaremos arrebatándonos McNuggets entre los desperdicios… ¡como ellos!”. La visión es tan estremecedora, que la chica del noticiero matutino, que nunca luce sus vestidos más de una vez, termina por aplaudir al freegan, con lágrimas en los ojos, por haberla salvado momentáneamente del fin de los tiempos. “You’re making the difference”, le dice mientras le retira el micrófono, tratando de limpiarlo discretamente para evitar un contagio de piojos. Los freegans podrían ser chics, claro que sí. ¿Acaso Converse no fabrica zapatos y ropa para las personas de todo el mundo que viven con optimismo, creatividad y rebeldía? ¡Como los pepenadores cosmopolitas! Pero el freegan no sonríe, algo en él permanece impermeable a la banalidad televisiva, y no deja de soltar cifras y documentos sobre el desquiciamiento ambiental y el arrecife de materia descompuesta bajo el que yace, por ejemplo, Nápoles, una ciudad cuya basura no cabe ya en ninguna parte y de donde la gente ha comenzado a exiliarse, huyendo de su propia mierda.

¿Y si los freegans fueran nuestros desaguadores de emergencia ahora que nuestros despojos se han desbordado, saturando de miasma las ciudades y los mares? A diferencia de las retóricas difuntas de la izquierda tradicional o de las prácticas ambiguas de las buenas conciencias anticonsumistas, los freegans han pasado del discurso a la práctica cotidiana, de la representación al acto. La suya no es la elaboración de una teoría, sino la capacidad para vivir —de acuerdo a los dictados de una sabiduría desesperada— una existencia sencilla, generosa, inaudita. Y mientras comer desechos sea contrario a la idea de civilización, su espíritu inconforme permanecerá intacto, y su basurero, ajeno a la domesticación de la publicidad.


[1] Mientras hacía la última revisión de este manuscrito, fui invitada a una sesión de trueque público en una cooperativa de artistas. Al final, un grupo de voluntarios de Comida No Bombas cocinó para todos un estofado de papas y una ensalada de lechuga, preparados con verduras sobrantes de la Central de Abastos. Debido al inmenso poder que tiene la mafia de la basura en la ciudad de México, siempre me pareció impensable que surgiera un movimiento como el freegan aquí. Sin embargo, la recuperación y redistribución de alimentos desechados comienza a ser posible: http://comidanobombasmx.wordpress.com.