Todo comenzó con una vertiginosa carrera hacia la nada. Eran los años sesenta y la Affluent Society hacía su aparición triunfal en la vida cotidiana: sillones relax con apertura eléctrica, diseño ergonómico y masaje; escritorios abatibles para duplicar el espacio; sofás-cama con estructura de hierro, somier de retícula, colchón de muelles y un sistema de confort absoluto. El crecimiento económico había despertado alrededor del mundo un entusiasmo sin precedentes desde la época en que Marjorie McWeeney, un ama de casa de Rye, Nueva York, apareció sonriendo, escoba en mano, en la revista Life, entre cientos de vasos de cristal, lavadoras con secadora integrada, envases de sopa enlatada multiplicados hasta el vértigo, ollas express, toallas aterciopeladas, aspiradoras, Corn Flakes, Instant Ralston, Gerbers y algunas decenas de camas alineadas, donde sus hijos —los hombres y mujeres del futuro— irían a soñar con la abundancia. Se trataba de la imagen perfecta de un nuevo imperio: el de las cosas y sus vasallos, los consumidores. Ningún obstáculo parecía entorpecer ese movimiento en ascenso del capitalismo industrial, ningún retrato de la miseria, ni siquiera las imágenes de las hambrunas que aparecían en la misma revista, podría eclipsar aquel esplendor.

Sin embargo, un extraño trastorno del ánimo apareció en medio de la fiesta. Junto a la melancolía crepuscular del domingo —la hora de los trabajadores cansados— crecía un malestar más grave e insidioso, más incurable: la insatisfacción. Los oficinistas, los universitarios, las jóvenes secretarias que habían alcanzado su independencia económica, los apurados padres de familia, todo ese universo en expansión de la clase media se sentía cada vez más frustrado frente al televisor: ahí crecía un mar sin fondo, lleno de expectativas y necesidades creadas que ellos jamás alcanzarían a cubrir (ni aunque trabajaran los días de descanso). Esa misma sensación, esa ansiedad creciente, se apoderaba de ellos al pasar junto a los escaparates de las grandes tiendas, repletas de prendas exquisitas y gadgets irresistibles. Tanta prosperidad los hacía sentirse miserables. Como Jérôme y Sylvie, los protagonistas de Las cosas (1965) de Georges Perec, ellos también “habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Sus placeres habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir”. Pero todos los días, al regresar de sus trabajos extenuantes, eran “devueltos a la realidad, ni siquiera tétrica, sino simplemente angosta —y era tal vez peor—, de su vivienda exigua”. La lógica del mercado no cesaba de empujarlos a consumir; pero era esa misma lógica la que los mantenía en un eslabón inferior, donde sólo era posible el deseo, el espejismo, la resignación. Ahí estaban los nuevos consumidores, inermes, pasivos, jaloneados por fuerzas contradictorias, flotando sobre el vacío.

Pero aquello era sólo el principio. Cuatro décadas después la vida cotidiana no ha dejado de estrecharse. De hecho ya no queda más espacio para desear pantallas de plasma o lavaplatos automáticos; pronto no quedará espacio ni siquiera para los modelos del mercado negro ni los sustitutos proliferantes del mercado chino. Los consumidores han sido finalmente consumidos. Son apenas unos supervivientes, unos invisibles, unos trabajadores sin contrato, unos desocupados. Para ellos, la idea de que la prosperidad está a punto de derramarse de arriba abajo y en todas direcciones sólo multiplica a diario las cifras ocultas del desencanto. ¿Cómo podrían soñar con un auto de seis velocidades, luces de xenón, rines 17, ellos que ni siquiera tienen refrigerador?

Casi nadie los ve pero son miles los nuevos pobres que deambulan con las manos vacías por las catacumbas del primer mundo, ahí donde la mercancía se acumula en toneladas. Los padres de esta generación pauperizada pertenecían a la clase media, eran lectores de Life, trabajaban en fábricas de electrodomésticos que más tarde compraban frenéticamente en las ofertas. Ellos, en cambio, no tienen empleo fijo, mucho menos un piso propio, ni siquiera seguridad social. La economía de la producción sin medida ha obturado herméticamente su espacio vital y en los últimos diez años han vivido una acelerada aproximación a la miseria: tienen cada vez menos, en un mundo donde la industria ofrece cada vez más.

La sociedad de consumo nunca calculó el enorme abismo que se abriría progresivamente entre la embriaguez que prometían sus publicistas y esta realidad simplemente invivible. Mucho menos sospechó que bajo la capa de pasividad y resignación que envolvía al consumidor promedio, podría liberarse algún día la voluntad de rechazo: la inconformidad.

Esto es lo que finalmente sucedió en Italia, en la época en que Berlusconi pasaba del puesto treinta y cuatro a ser el cuarto hombre más rico del mundo. Estaba claro que algo no marchaba del todo bien en la era del “rey del entretenimiento”, pues una de cada cinco familias ya no llegaba a fin de mes. ¿Y dónde quedó el oro derramado?, se preguntaba todo el mundo. Si algo hizo el gobierno de Berlusconi fue repartir con más equidad las vejaciones, permitiendo que un mayor número de personas de la pequeña burguesía se hermanara con los mendigos. Así, mientras él disfrutaba el arte de vivir, sus súbditos tenían que aprender el cada vez más difícil arte de la supervivencia.

Pero no todos los vasallos del consumo seguían pegados al televisor. De hecho el primer sábado de noviembre del 2004, los centros comerciales comenzaron a temblar. Trescientos italianos subempleados —militantes del grupo I Desobbedienti también llamado Tute Bianche o Monos Blancos, refiriéndose al tipo de trajes desechables que usan los trabajadores contratados temporalmente— se reunieron en un conocido supermercado de Roma para hacer su primer acto masivo de shopsurfing (una estrategia de consumo sin gasto ingeniada por una multitud hambrienta). Los desobedientes entraron con sus bolsillos vacíos, pero no por eso escatimaron frente a los embutidos o los refrigeradores de lácteos. Revisaron los precios, ponderaron la calidad de la polenta, fueron exigentes en su elección. Después de una hora de paseo, con los carritos llenos de comida y enseres domésticos, se enfilaron a las cajas como un tropel amenazante. Eran trescientos y sabían que juntos constituían un solo cuerpo invencible. Alguien dio la señal y entonces comenzaron a exigir al unísono un descuento del setenta por ciento (el porcentaje estimado del encarecimiento de la vida cotidiana en Roma). “¡Setenta por ciento menos o de lo contrario —gritaban— nos largamos de aquí con los carritos llenos y sin pagar!”. El director de la tienda no lo podía creer; los policías tampoco. Y no se atrevían a hacer nada porque los desarrapados eran legión. ¿Cómo arrestar a las personas, sólo porque ya no les alcanza el sueldo? Aun así, el director, que era un tipo testarudo, no dio su bracito a torcer. Pero los desobedientes gritaron de nuevo: “Oggi non si paga. É San Precario[1], y se fueron con su mercancía, sin pagar. Como los antílopes que avanzan en manada para protegerse cuando están en peligro, habían descubierto la solidaridad de la selva.

Más tarde el tropel se dirigió a una librería para repetir la acción y negociar una rebaja en libros y cds, “porque la canasta familiar debe ir del sabor al saber”, dijo Francesco Carruso, portavoz napolitano de la organización. “Los libros se han convertido en objetos de lujo para los diez millones de italianos que no llegamos a fin de mes… Nosotros queremos el pan, pero también las rosas. Comer, pero también leer”. En otra ocasión, se disfrazaron de fiesta y asistieron a un restaurante para celebrar el bautizo de un falso bebé de juguete. Bebieron vino tinto, se sirvieron abundantes porciones de ensalada césar, cortaron con cubiertos cuyo fulgor hacía temblar la carne del pato asado. Al terminar el último brindis, los invitados salieron sigilosamente, sin pagar la cuenta, y dejaron sobre la mesa al muñeco arropado, como prenda de su desafío.

Con estas acciones de desobediencia civil —más que un robo, explican, se trata de una “autorregulación de precios”— los invisibili se volvieron finalmente visibles frente a los medios y la ciudadanía, y han logrado poner en evidencia no sólo que la precariedad existe, sino que es parte de la opulencia. Desde entonces saben que si el bienestar económico radica en trabajar tres jornadas para ir viviendo, lo mejor será rezarle a San Precario (“el santo más poderoso de todos”) y luchar con más acciones de shopsurfing contra toda esa gigantesca ostentación de mercancías, que los ha reducido a ser los voyeurs incómodos de la abundancia.

 


[1] He aquí la oración original de San Precario, el santo de los invisibles, los desocupados, los free lanceros, los inmigrantes sin documentos, los que no llegan a fin de mes: “Oh San Precario, / protector nuestro, de los precarios de la tierra / danos hoy la maternidad pagada, / protege a los dependientes de las cadenas comerciales, / los ángeles de los call centers, / las cuidadoras migrantes, / los autónomos pendientes de un hilo. / Danos hoy los días de fiesta y las pensiones, / la renta y los servicios gratuitos. / Sálvanos de lúgubres despidos. / San Precario, / tú que nos proteges desde abajo en la red, / ruega por nosotros interinos y pasantes cognitarios / y lleva a Pedro, Juan, Pablo y a todos los santos nuestra humilde súplica. / Acuérdate de las almas de los decaídos contratos. / No te olvides de los torturados por las divinidades paganas, /por el libre mercado y la flexibilidad / que nos rodean de incertidumbres, / sin futuro ni casa, sin pensiones ni dignidad. /Ilumina de esperanza a los trabajadores en negro. /Dales alegría y gloria. / Por los siglos de los siglos: /¡mayday mayday! / www.sanprecario.info