Hace un par de meses tomé una decisión drástica: renuncié a mi trabajo para recuperar mi tiempo, mis lecturas y hasta mi aburrimiento. Quería simplemente encontrarme en casa, como había hecho tantas otras veces en mi vida, escribiendo. Pero me había convertido en directora de una revista, donde pasaba entre nueve y diez horas diarias, y cuando volvía de la oficina llegaba directamente a la puerta del refrigerador o a sentarme frente a la televisión. Recuerdo aquellos momentos de ausencia, en los que yo era apenas yo y mi mente extenuada, mirando fijamente hacia los anaqueles vacíos (no tenía tiempo para abastecerme en el mercado) o con los ojos perdidos entre anuncios de dentífricos. Eran las diez de la noche, la hora de los cansancios temibles, esa parálisis vital de la que habla Peter Handke en su agudo Ensayo sobre el cansancio, y en la pantalla desfilaban los multivitamínicos, las bebidas energizantes, las tabletas con activos naturales que ayudan a contrarrestar la tensión nerviosa o a mantener el estado de alerta durante una jornada y más allá, hasta el fin de los tiempos. Valeriana officinalis, passiflora incarnata, gingseng, esteroides anabólicos, taurina. El destino sanitario de un mundo transformado en flujo imparable de mercancías, la farmacia como garantía de productividad. “¡Levántate y anda!”, “Do more, feel better, live longer!”. Pero aquella era también la hora de las malas noticias: catástrofes financieras, secuestros, asaltos con violencia, descabezados. Toda aquella tragedia humana me hacía sentir, allí mullida en el sillón o reptando entre las sábanas, como una sobreviviente. Y eso era yo apenas: lo que quedaba de mí después de la oficina, una mujer petrificada en lo más íntimo, convertida en una estatua de fatigas.

Una mañana desperté sin poder moverme de la cama, el cuello inmóvil, la espalda doliente hasta el aullido. Ni siquiera una dosis extraodinaria de valeriana officinalis podría haber detenido aquella erosión, una grieta inmensa abriéndose paso en mi sistema nervioso. La llamé, para burlarme de mí misma, Síndrome de Chac Mool, una tortícolis del alma. Sin embargo, aquel desgaste era paradójicamente liberador. Por primera vez en diez meses pude permanecer en la cama hasta el mediodía sin sentimiento de culpa. Que la revista no llegara a tiempo a la imprenta, que la publicidad se cancelara, dejaron de ser para mí problemas reales. Tal vez nunca lo fueron. En ese momento era yo enfrentada a la relidad material de mi cuerpo, un cuerpo que se había alzado en armas y me orillaba, a punta de sablazos, hacia la firma de mi renuncia y el retorno a mi vagancia habitual.

Comprendí de pronto que toda aquella actividad trepidante, el ir y venir de la cultura en busca de su centro (el mainstream), me había alejado de mis aspiraciones originales y de la escritura, convirtiéndome en una esclava impotente de la realidad exterior. ¿Por qué no abandonar el trajín y vivir, como había hecho hasta entonces, en la simplicidad? Recordé las amargas (y lúcidas) palabras de Ciryl Connolly: “Para un escritor todas las incursiones en el periodismo, la radio, la propaganda y el cine, por grandiosas que sean, están de antemano destinadas a la decepción. Poner lo mejor de nosotros en estas actividades es una insensatez, pues con ello condenamos al olvido las buenas ideas lo mismo que las malas”. ¿Por qué había elegido aquella tarea, dirigir una revista? Tal vez porque prometía ser un espacio creativo además de proporcionarme un ingreso seguro. Pero el ingreso no correspondía al esfuerzo y el lugar concedido a la imaginación en una revista de ese tipo (doblegada por los caprichos del mercado) siempre está muy por debajo del nivel de las ganancias. Así que mi traición era doblemente onerosa y me estaba orillando al silencio.

Los primeros días de ocio, ya de vuelta en casa, advertí que el trabajo había gastado mis fuerzas de manera tan extraordinaria que había terminado casi por completo con mi capacidad para reflexionar. Eso duró cuatro o cinco días agotadores de tan vacíos. Entonces me puse a leer, para llenar las horas de mi libertad recuperada. Leí a Séneca, a Thoreau, Stevenson, Lafargue, Russell, y a tantos otros filósofos y escritores que en algún momento concibieron una manera distinta de vivir, ajena a los valores del doloroso tripalium. “Prefiero una pereza inteligente y observadora a una actividad intolerable y terrorífica” (Cioran); “El ocio no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de la clase dominante” (Stevenson); “¿Es posible algo más estúpido que la sensibilidad de los hombres que se jactan de previsores? Están ocupados con excesivo interés en poder vivir mejor: se procuran la vida a costa de la vida” (Séneca).

Aquellas primeras incursiones en el bajo mundo de la desocupación me descubrieron una corriente subterránea poblada por una multitud de desertores, un batallón de vagos, poetas, haraganes, descarriados y mal vivientes que avanzaron en sentido contrario a la domesticación de las fuerzas productivas del orbe y cuya renuncia a la refriega diaria cuestionaba activamente la cultura del sacrificio, según la cual, el dolce far niente es sinónimo de las peores calamidades, entre ellas la pobreza y el vicio. Había encontrado una cofradía de esgunfiados y gandules, una tribu despreocupada y rebelde a cuyas filas deseaba sumarme de inmediato. Quería ponerme a vagar sobre la página, cambiar de rumbo, yendo otra vez de un lado a otro sobre la cuerda floja de la literatura.

Hace unos momentos, al emprender este diario, sentí que me encontraba ya en camino, es decir, andando a la deriva y sin agitarme demasiado. De hecho, desde aquel día en que juré no volver a poner un pie en la oficina perdí por completo la facultad de trabajar en cualquier cosa que no fuera la crítica apasionada del trabajo forzado; en eso me empeño todos los días, durante jornadas magníficas de ocio e incertidumbre.

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Esta mañana me disponía a emprender la lectura de Teoría de la clase ociosa de Thorton Veblen cuando me asomé a la ventana: el día estaba radiante y las vacaciones de semana santa habían vaciado la ciudad. Pensé: “Mejor saldré a dar un paseo. Leeré a Veblen después.” Alguien diría que se trataba de procrastinación, indolencia, falta de compromiso. Yo diría: de contento. Si en ese momento me sentía demasiado perezosa como para leer a Veblen, ¿para qué torturarme con sus argumentos económicos? Hacer una cosa cuando se desea hacer otra es el principio de la infelicidad.

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Un maestro de escuela no educa individuos, forma empleados para el futuro. Los horarios regimentados, la competencia como estímulo, la estructura de jeraquías rígidas, todo en el edificio del sistema educativo está diseñado como un propedéutico de supervivencia para caminar más tarde en la selva laboral. Entendida siempre como un gobierno de los otros, en lugar de un proyecto de construcción o transfiguración personal, la escuela de las democracias neoliberales ha hecho pedazos la instrucción humanista, que es poco rentable, ociosa y lenta. ¿Para qué fomentar la empatía a través de la lectura si de lo que se trata es de obtener el máximo beneficio? ¿Para qué la complejidad, el sentido, el pensamiento crítico, las preguntas sobre un saber vivir, si eso no acumula puntos curriculares? Y luego viene la tarea: el trabajo extra que se lleva a casa y cancela la hora de jugar. Un entrenamiento en la jornada interminable. El principio de la servidumbre.

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Soñé que me encontraba ante un tribunal, acusada de tiranicidio. Usted asesinó a su jefe en plena jornada laboral, me decía una mujer obesa y vehemente, vestida como mesera de Sanborns en hora pico, ya con el delantal sucio y el chongo desacomodado. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle la boca que movía con gesticulaciones grotescas y lentas denotando signos inequívocos de gravedad; un sermón loco. Aquel trabajo, me decía, habría cambiado en buena medida una serie de conductas negativas suyas (ser demasiado introvertida, por ejemplo) y la habría catapultado hacia una vida de éxitos, dinero, conexiones y felicidad que usted ha desdeñado sin justificación. Al fondo de la sala se asomaba algo parecido a un ratón blanco a través de un hoyo en la pared. No era un ratón de laboratorio; tenía el tamaño de una coneja a punto de parir. Imposible poner atención a los cargos en mi contra, con ese ratón nervioso que entraba y salía de la sala, husmeando la podredumbre del tribunal con su gran nariz húmeda. La obesa me decía (su voz se había vuelto estereofónica) que mi castigo consistiría en escribir de ahora en adelante y a pesar mío como subgerente de recursos humanos y que no habría manera de escapar a mi nuevo estilo de memorándum, cosa que por supuesto me sobresaltó tanto que me desperté con taquicardias y sudores. Me puse de inmediato a escribir supersticiosamente, creyendo que así me salvaría del castigo, aunque no atiné a escribir nada más que notas para este diario. Por fortuna, después de un primer momento de parálisis, la escritura comenzó a fluir naturalmente y al ver que estaba todo bajo control decidí tormarme un descanso para ir a caminar, sin antes haber revisado lo escrito con la atención debida (aunque un poco indispuesta todavía por aquel sueño tan espantoso sobre los incumplimientos del contrato laboral que había suscrito con mi ex jefe y en el que se estipulaban: sueldo, prestaciones, horarios de entrada y de salida, vales de despensa, incremento de sueldo y seguro de retiro, sanciones económicas por retardos, pocas vacaciones y ninguna seguridad social) y me sentí repentinamente liberada por haber llegado tarde tantas veces al trabajo y haber mandado finalmente a mi jefe a volar. Sin otro particular me despido ahora sí de mi diario atentamente hasta mañana a la hora que me dé la gana.

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“Se detesta a los jefes, pero se quiere ser empleado a cualquier precio. Tener un trabajo es un honor, y trabajar un signo de debilidad. En resumen el perfecto cuadro clínico de la histeria. Se ama odiando, se odia amando. Y todos sabemos del estupor y el desasosiego que aquejan al histérico cuando pierde a su víctima, a su amo. La mayor de las veces no se recupera” (Comité Invisible).

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Me gustaría extender la confusión entre los burócratas y administradores de la literatura, escribir nada más que digresiones y apuntes, escritos para desocupados.

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Existe una especie de ocioso que sólo encuentra placer en no hacer nada cuando hay mucho que hacer. Así le sucedía a Jerome K. Jerome, un haragán nacido en Inglaterra en plena Revolución Industrial, editor entre 1892 y 1898 del suplemento literario The Idler, además de profeta de un nuevo siglo de ociosos y dandies que decidieron experimentar el tiempo de un modo distinto al del calendario. Por desgracia en estos días ya nadie habla de él o lo hacen sólo algunos amantes de la carcajada plena, pues Jerome practicaba un humor directo y sin amargura, una cualidad más bien rara en la tradición del humor inglés donde todos ríen cuando hay que llorar y viceversa. En sus Divagaciones de un haragán, que dedicó a su pipa, Jerome escribe: “Ninguna gracia hay en el estar sin hacer nada cuando nada hay que hacer. El matar el tiempo se convierte entonces en una ocupación, y por cierto que de las más fatigosas. La ociosidad se parece a los besos en que los más dulces son los robados”. Así me sucede a veces: encuentro un gozo inexplicable si me entretengo en leer otra cosa cuando debo mandar por correo una colaboración urgente a algún editor en cierre. Dejo todo un rato colgado de la lámpara (al editor en primer lugar) y me pongo a husmear en mi librero y cuando me doy cuenta ya es hora de comer y no he escrito ni una sola frase. Si el editor se atreve a molestarme por teléfono, yo bajo la velocidad aún más y no retomo la escritura hasta después de la siesta. Pero, ¿qué hay detrás de este malcriadismo? Recuerdo que, durante un viaje que hice a Calcuta, me sorprendió la costumbre de algunos bengalíes de pararse en seco en medio del torbellino humano. La escena la vi repetirse cientos de veces, sobre todo en las zonas más tumultuosas de una ciudad siempre apiñada sobre sí misma, hecha de multitudes sucesivas que se reproducían de un modo escalofriante. Dondequiera que pusiera el ojo, había un gentío interminable y caótico; unos corrían, otros andaban sin mirar por dónde, algunos cojeaban, cargando su pesado cuerpo deforme, muchos chocaban violentamente sin detenerse, pero todos se apresuraban, impacientes por llegar pronto quién sabe a dónde. Sin embargo, en medio de la actividad loca, alguien decidía detenerse a fumar las hojas de loto de la indolencia y permanecía ahí, inmóvil, el resto del día, a la orilla de toda aquella precipitación. Era como si hubiera comprendido de pronto la insensatez de la carrera y optara por sustraerse de la lucha. ¿Para qué todo ese ajetreo? Entonces la gente se tropezaba con el desertor, la fila de la multitud se descomponía, alguien llegaba un poco más tarde a su destino. Era como el caos que se introduce en una hilera de hormigas cuando una se distrae, otra se lastima y el resto se sale de cauce. Aquella forma en que una pequeña disidencia podía tener efectos, si no desastrosos, por lo menos molestos, me pareció fascinante. Toda la actividad de la maquinaria del trabajo se atrasa si un obrero escaquea una hora o una semana; lo mismo sucede en la redacción de una revista si un colaborador haraganea y entrega dos semanas después. ¿Qué sucedería si todos los ciudadanos se detuvieran un día en plena marcha? Las pequeñas grietas en el orden establecido se volverían fallas de San Andrés.

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La lentitud es una afrenta para el sistema nervioso del capital.

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Dejar la fila india sin remordimientos de clase, sin temor a perder el turno. Al final de cuentas, no importa en qué lugar de la escala nos encontremos, todos hacemos fila hacia la muerte, la gran democratizadora.

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Alguna vez Cioran —quien no creía en nada más que en la santidad del ocio— se preguntó: “Si una hormiga, si una abeja —por el milagro de una idea o por una tentación de singularidad— se aislara del hormiguero o del enjambre, si contemplara desde fuera el espectáculo de sus penas, ¿se obstinaría en su trabajo?”. He aquí una posible definición del ocioso: una hormiga lo bastante lúcida como para no volver al hormiguero. La hormiga haragana, la anti hormiga, la descarriada, ha llegado a comprender que la fugacidad de la vida no merece evaporarse entre los sudores anónimos de la supervivencia. Es la hormiga que se resiste a que la engañen; intuye que hay un bosque más allá del sustento y, como sucede en todo el reino animal, al que las hormigas atareadas no hacen honor, quiere echar una buena siesta por la mañana.

Lin Yutang, el filósofo chino conocido en Occidente como “el apóstol del ocio” por su libro La importancia de vivir, solía procurarse un poco de reposo después de mirar la indolencia con que se propaga la vida en la naturaleza. En su ensayo “El hombre, único animal que trabaja”, escribió: “Las palomas vuelan en torno al campanario sin preocuparse por lo que van a tener para el almuerzo”. Yo creo que los humanos también podríamos dedicarnos a revolotear con gracia, si no fuera porque nuestra vida civilizada se ha complicado hasta el extremo de hacer de nuestros almuerzos una cadena interminable de fatigas. Eso es la civilización: un sistema intrincadísimo de sembradíos industriales, mataderos, fábricas, hornos, carreteras, expendios y un asombroso número de empleados llenos de deberes y responsabilidades, que culminan en la elaboración de un sándwich insípido, el platillo cumbre de Occidente. “El peligro —dice Lin Yutang— es que nos civilicemos en exceso y lleguemos al punto, como hemos llegado ya en verdad, de que obtener la comida sea tan penoso que perdamos el apetito en el proceso de conseguirla”. Así sucede a menudo con el fast food, el menú de los que nunca tienen tiempo y han perdido el goce de la comida, trabajando siempre horas extra y comiendo todo tipo de bazofias en los pasillos, para alcanzar a pagar las ventajas de su vida ultra civilizada.

¿Por qué no nos hemos dedicado simplemente, como las palomas, a recoger las semillas caídas alrededor de la fuente? ¿Por qué hemos preferido inventar complicados sistemas de recolección, peso, deshidratación, envoltura, transporte, distribución, venta, desenvoltura, rehidratación y preparado instantáneo, en lugar de buscar los frutos maduros en nuestro jardín? Es probable que de haber seguido el camino de la simplicidad, no habríamos tenido que hacer esfuerzos tan desproporcionados para pagar la renta ni nos rendiríamos ante el checador de tarjeta, nuestro capataz electrónico; en cambio, seguiríamos libres por nuestro camino, cazando las codornices que aparecieran a nuestro paso, y al final del día contaríamos diez horas alegres en vez de dos. Pero los hombres preferimos ir siempre hacia delante, derribar árboles y abrir carreteras. Estamos tocados por el demonio del progreso y solemos llevar nuestra vida hasta su tensión más alta en busca de recompensas que casi siempre resultan engañosas o decepcionantes. La ocupación perpetua se ha constituido en ideal y nos movemos sin cesar, como si así lográramos ocultarnos de la muerte. Pero con todo ese ímpetu, en lugar de ahuyentar nuestra decrepitud, ¿no hemos logrado más bien precipitarla? La gente trabaja hoy hasta explotar y ocupa toda su energía en asegurarse una propiedad —aunque no tenga tiempo para habitarla—, en vez de desarrollar libremente lo único que realmente le pertence: su personalidad. Y a nuestro alrededor el mundo no parece ser distinto. Ha bastado un siglo y medio de industrialización para que llegáramos al límite y agotáramos los recursos del planeta, y aun así no se ve que el empuje disminuya ni que termine la carrera.

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¿Quieren conocer las entrañas del sistema? Miren el interior de un matadero industrial, donde los trabajadores son tratados igual que los cerdos. En esas fábricas inmundas y de dimensiones inhumanas, los animales viven hacinados y sometidos a crueles sistemas de engorda, dosis inmoderadas de químicos y antibióticos, inmovilidad total. Los trabajadores (migrantes sin papeles) no se encuentran en condiciones distintas: criaturas sin contratos, sin defensa, sin valor y sin forma, realizan operaciones cada vez más especializadas y mecánicas, cada vez más por debajo de lo humano. No se detienen ni para estornudar: deben sacrificar veintisiete millones de animales al año. Adiós a la granja. La demanda de comida rápida no tiene tiempo para pensar en las personas, mucho menos en las unidades de producción, también llamadas vacas.

Veo Food, Inc., un documental del cineasta Robert Kenner sobre el lado siniestro de la industria alimentaria estadounidense, cuyo máximo valor es la ganancia a corto plazo, por encima de cualquier cosa. Bajo esa premisa no sólo se produce lo que comen (y exportan) los estadounidenses todos los días; ahí se crean otros engendros: la bacteria E. coli, la multiplicación de diabéticos, la obesidad como atrofia de la civilización, las semillas gnenéticamente predispuestas al suicidio. Estos son los efectos colaterales de las corporaciones y su poder intocable. Monsanto, por ejemplo, hostiga a los agricultores que se niegan a sembrar su semillita de maíz patentado. La censura del mercado ha llegado hasta nuestros estómagos.

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El diario es lo que escribo cuando no escribo. Es la insolvencia, el fragmento, la falta de control sobre la trama inestable de la vida (la derogación de la trama). Entonces, el diario es lo mejor que escribo.

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Se puede renunciar a la oficina y pagar la renta. Se puede vagar y seguir viendo a los amigos a la cara y hasta invitarles un café. Lo que no se puede, como dice Renard, es “ser perezosos en conversar y beber, es decir, en ser perezosos”.

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Conocí a un muchacho sensato y libre. Le pregunté: “¿En qué trabajas?”. Me respondió: “En mí mismo”.

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El ocio es otra corriente de nuestro espíritu, más insubordinada, que intenta devolverle al hombre su soberanía con respecto al ídolo del trabajo.

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Decía el Dr. Johnson —quien solía permanecer en la cama hasta las dos de la tarde— que aquel que es conocido por no hacer nada, siempre se alegra al encontrar a otro tan ocioso como él. Eso me sucede a mí, que suelo descorchar una botella de vino cada vez que un amigo me cuenta que ha renunciado a su trabajo. Pero en estos tiempos en que hasta los niños están demasiado ocupados, es difícil encontrar compañía. Por eso me he puesto a hurgar entre los libros, donde nunca me ha faltado conversación. La gente decente no se equivoca: la literatura y la filosofía están pobladas de ociosos. Al menos así lo muestra la nómina de mi Biblioteca Desocupada que en estos días no deja de crecer. Nada más en mi escritorio, y en una mesa que he dispuesto para apilar los libros asociados a mi nuevo centro de interés, encuentro a Diógenes, Séneca, Epicuro, Basho, Chuang-Tzu, Erasmo, Fourier, Montaigne, Jerome K. Jerome, Stevenson, Wilde, Lafargue, Swift, Nietzsche, Kropotkin, Unamuno, Marx, Larbaud, Woodcock, Walser, Thoreau, Russell, Adorno, Cage, Barthes, Lin Yutang, Arlt, Vaneigem, Debord, Bob Black, Bukowski, Kerouac, Huizinga, Marcuse, Jünger, Onfray, Racionero, Hodgkinson, Hakim Bey, Dada, la Internacional Situacionista, Tiqqun, El Comité Invisible… La sola ennumeración me ha dejado exhausta, pero la agradezco. No he encontrado mejor antídoto contra la arrogancia de los tecnócratas que esa suma de ensayos, panfletos y apologías escritos con generosidad por los haraganes. Lo cual revela que nadie se ha ocupado más del ocio que el ocioso mismo, un magisterio para el que se muestra paradójicamente impetuoso y activo, un contagio cuyo objetivo es extenderse siempre más lejos. Tal vez porque no ve en eso una labor asfixiante —un trabajo—, sino un modo de procurarse compañía, el ocioso no se cansa de elogiar en público las delicias de esta pasión benéfica ni de salir a la calle para velar por sus amigos, desalentando en ellos la excesiva atención que le prestan al reconocimiento o la riqueza. El ocioso, de temperamento contemplativo, es un filósofo que no ha renunciado a la praxis por la teoría, alguien preocupado en cultivar una sabiduría de la existencia concreta, un saber vivir desterrado hace tiempo de los claustros y las academias. Filósofo de azotea, dice Arlt; vagabundo de lujo, agrega Onfray. El ocioso, que no aspira a ningún título, suele estar mejor dotado que cualquier doctor honoris causa para demostrar, en los hechos, el gran Teorema de la Cualidad Vivible de la Vida (la idea es de Stevenson), es decir, de educarse a sí mismo a partir de la propia experiencia.

No creo que el ocioso sea un indolente; tampoco un ser deprimido. Es alguien que busca saciarse por la vida misma, sin los sucedáneos de la técnica o la variedad de las commodities. Prefiere la despreocupación del que nada tiene que perder, a la ansiedad permanente del inversionista. Su forma de vida es excéntrica, una elección soberana, marginal, distinta a los valores hegemónicos. Por eso, la sociedad no tolera al ocioso. Un  barbaján. Un inútil. Un desertor hedonista. Un inmoral. Entregado al disfrute cotidiano y sencillo de la existencia, donde el encuentro con otros y la cooperación vuelven a ser posibles, el ocioso no puede despertar más que intranquilidad y sospecha. Y hay razones para ello: en toda desocupación voluntaria prevalece el desprecio por la vida oficial, llena de trámites que estragan la salud mental de los ciudadanos. Quienes insisten en ver en el ocioso el colmo de la indiferencia, un ser apenas vivo, un zángano, y se sienten incómodos en su compañía, lo hacen porque detrás de él acecha un peligro: el desplazamiento de la normalidad, que el ocioso encuentra intolerable, hacia el juego o el carnaval. Este pícaro lo pone todo de cabeza. Es un provocador (más insolente que indolente), pues ha cometido el pecado de la singularidad, siempre al margen de la vida gregaria del trabajo, donde las pulsiones particulares apenas palpitan debajo de la repetición mecánica.

Un sujeto que juega toda la tarde al dominó o se la pasa leyendo tiene en el fondo un espíritu indomable. No desea renunciar a su ser auténtico y sospecha, como Nietzsche, que detrás de cada apologista del trabajo se esconde un policía, un censor de lo único e irrepetible que hay en cada individuo: “En la glorificación del trabajo, en los inevitables discursos sobre los beneficios del trabajo, veo la misma secreta intención que en los elogios de los actos impersonales y de interés general: el miedo secreto a todo lo que es individual. Se comprende ahora muy bien, al contemplar el espectáculo del trabajo —es decir, de esa dura actividad que se extiende de la mañana a la noche—, que no hay mejor policía, pues sirve de freno a cada uno de nosotros y contribuye a detener el desenvolvimiento de la razón, de los apetitos y de los deseos de autonomía. El trabajo gasta la fuerza nerviosa en proporciones extraordinarias y quita esta fuerza a la reflexión, a la meditación, a los ensueños, a los cuidados, al amor y al odio; nos pone delante de los ojos un fin siempre vano, y otorga satisfacciones fáciles y regulares. Una sociedad en que se trabaja rudamente y sin descanso gozará de la mayor seguridad, que es lo que el presente adora como si se tratara de una divinidad suprema”. ¿Se puede agregar algo más a la advertencia nietzscheana?

Todo esto me lleva a pensar que el ocioso es, sobre todo, un rebelde y que desde los tiempos de la maldición divina el ocio ha destilado fermentos de subversión. Ya lo dijo alguna vez Paul Lafargue, padre de la haraganería de la época industrial: “Todo elogio de la pereza despierta en los hombres peligrosos sentimientos de altivez e independencia”. Si el ocioso se empeña en darle la espalda a los valores corrientemente admitidos (la familia, el ahorro, la propiedad), es porque en el fondo busca con su desdén una transfiguración. ¿Para qué seguir ocultando bajo la máscara prestigiosa del deber la mueca de la infelicidad solapada? ¿A santo de qué deberíamos seguir creyendo en toda esa gente de bien que nos hace trabajar hasta el hartazgo por nuestro propio bien? El ocioso busca invertir los valores o, por lo menos, acercarlos al lugar del que nunca debieron haber salido, los tiempos distendidos de la Grecia antigua, cuando el trabajo era visto como una actividad degradante y moralmente condenable. Es cierto que entonces los esclavos realizaban la labor, mientras los ciudadanos libres participaban en la política, la filosofía y las artes. Pero el ocioso contemporáneo no aceptaría una situación similar, en la que una minoría tuviera tiempo libre gracias a que la mayoría estuviera obligada a trabajar de un modo cada vez más degradante. ¿No es eso lo que hace el capitalismo con nosotros todos los días? Para el ocioso es urgente cambiar las condiciones materiales y dejar de vivir bajo la tiranía de lo económico; sólo así podríamos empezar a realizar lo que hay de mejor en cada uno de nosotros. Lo suyo es un llamado a sentirnos culpables por entregarnos a la laboriosidad y no al ocio fecundo, es decir, una invitación al desacato, el escaqueo y la dimisión, a dejar de obtener la pitanza a costa de la propia libertad.

Por eso, hoy que todos veneran el mismo credo, el de la productividad como fin último de la vida humana, el ocioso se ha convertido en un disidente, un hereje contrario al evangelio unificado del trabajo. Su despreocupación, la manera en que permanece en la cama sin atender la hora del rito laboral, es manifiesto de ateoleogía. Es un bribón, un pillo, el que lleva la contra. Pero también un médico de urgencias, alguien que podría comenzar a curarnos de nuestro malestar con cierta dosis de serenidad y muchas horas para la vida especulativa, la lectura, la celebración comunitaria o los paseos en soledad.

Es verdad que en su desprecio al trabajo, el ocioso socava uno de los cimientos de la, así llamada, civilización. Pero también recuerda que sin tiempo libre jamás se habría desarrollado la cultura, nadie habría escrito libros ni cultivado las ciencias, tampoco se habría ahondado el pensamiento. La ausencia de ocio nos devuelve a la barbarie, que es más o menos el estado en el que nos encontramos ahora, luchando encarnizadamente por el bienestar.

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“OCIO, S. INTERVALO DE LUCIDEZ EN UNA VIDA DESARREGLADA” (Ambrose Bierce).

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Trabajar toda la vida sólo por el trabajo mismo, disfrutar un castigo que se ha hecho pasar por una virtud, pensar que es posible sentirse pleno gracias al servilismo, ¿de dónde nos viene toda esta patrañería insoportable? En una obra ya clásica, Max Weber expuso que la ética del trabajo proviene del nacimiento simultáneo del capitalismo moderno y la doctrina calvinista de la predestinación, la forma en que el ahorro, el éxito económico y la renuncia al impulso sensual mediante el trabajo se convirtieron en garantías de gracia divina. He ahí la cuna de la laboriosidad contemporánea que aborrece, desprecia y persigue a los perezosos, mientras elogia la eficiencia productiva sin importar si reporta algún tipo de satisfacción personal. Johann Kasper Lavater, padre de la fisiognomía y eclesiástico de la iglesia reformada, escribió que ni siquiera en el cielo “podemos conocer la bienaventuranza sin tener una ocupación”. En otras palabras: el paraíso ya no es el ocio (anterior a la maldición divina); ¡el paraíso es el trabajo mismo! En eso consistió, entre otras cosas, la gran reforma de la iglesia: en poner al cielo y al infierno de cabeza. Porque sólo el surgimiento de un nuevo mito, el mito de la salvación por el trabajo, podría revertir en el hombre su íntimo rechazo al yugo, su propensión a holgazanear.

Cada vez encuentro más esclavos entre nosotros, hombres ultra democráticos, orgullosos de nuestra libertad. De haber vivido en esta época, en que millones de ciudadanos ponen en peligro su vida y destrozan sus nervios por llenarse de ocupaciones hasta en la playa, probablemente Lavater se sentiría en la gloria. En el fondo, todas esas personas fatigadas y neuróticas se han convertido, sin saberlo siquiera, en los mártires modernos de la ética protestante, para la cual el trabajo más que una necesidad, es un llamado, el sentido último de la existencia, una versión moralizadora del sustento que con el tiempo se impuso a diestra y siniestra.

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¿No fue Marx quien hizo del trabajo sinónimo de actividad humana por antonomasia, el factor esencial en la realización del hombre? Sí, pero a menudo se olvida que Marx también entendía el ocio como la riqueza real que tiene cada individuo, el momento en que comienza a ser auténticamente libre. Una sociedad justa sería aquella en la que hombres y mujeres fueran capaces de realizar sus capacidades distintivas, en lugar de efectuar un trabajo para el que no son aptos o no les gusta y al que sólo los obliga la necesidad. Esa autorrealización, ¿no es acaso la máxima aspiración del ocioso? En eso pienso mientras leo un magnífico ensayo publicado en estos días por el crítico inglés Terry Eagleton, “Elogio de Carl Marx”, donde dice: “El objetivo de Marx es el ocio, no el trabajo. La mejor razón para ser un socialista, excepto para los pesados a los que sucede que no les gusta, es que detestas tener que trabajar”.

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Encontré un poema, “En la oficina”, de Robert Walser, quien desempeñó tantos trabajos minúsculos y sombríos y desdeñó tantas veces el trabajo:

La luna desde afuera nos contempla,
y me ve a mí, pobre empleado,
languidecer bajo la mirada severa
de mi jefe.
Confundido, me rasco el cuello.
En toda mi vida no he conocido
un sol duradero.
La carencia es mi destino:
rascarme el cuello
bajo la mirada de mi jefe.

La luna es la herida de la noche,
gotas de sangre son las estrellas.
La felicidad me queda muy lejos,
por eso mi índole es modesta.
La luna es la herida de la noche.

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¡Cuántos han querido asesinar a su jefe y se han conformado con una borrachera!

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El trabajo es la instancia que ha permitido históricamente que la esclavitud perdure adquiriendo formas convenientes. Si, como escribió Weber, el espíritu del capitalismo encontró en la ética protestante su justificación esencialmente religiosa, más tarde, con la muerte de Dios, la clase media encontró en la compulsión laboral un nuevo credo, o mejor aún, un nuevo vicio, el vicio del trabajo, esa forma anestésica (y hasta productiva) de escapar a su propia nada. No más dolor de ser en el mundo: la víctima del exceso de trabajo terminó por encontrar consuelo temporal en la renuncia (ascética) de sí misma.

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Existe también la servidumbre del ocio: la pereza mercantilizada. Esa versión vacía, impermeable, codificada y siempre seductora del entretenimiento, donde un barniz oculta y separa al ocio de la auténtica intimidad. Ahí reinan los placeres indiferentes ofrecidos por la libertad del poder adquisitivo, la única libertad en la que creen los animales del consumo, la libertad de elegir entre una infinita variedad de lo mismo. Incluso el pundonor más rancio de la ética laboral queda mancillado cuando entra al supermercado del deseo: la gente no honra más al trabajo, sino a las cosas que puede comprar con él.

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“¿Qué somos? Consumidores: subproductos obsesionados por un estilo de vida” (Tyler Durden en El club de la pelea).

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¿De qué sirve vivir más si en realidad se ha de vivir menos? Todo ese empeño de los científicos por alejarnos de la muerte para que sean finalmente la oficina, la fábrica y la televisión quienes nos la administren en dosis diarias y homeopáticas.

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El espectáculo ha convertido al ocio en otra forma de perder el tiempo, como pregonaban sus detractores.

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Es difícil ser una ociosa de verdad en esta ciudad, donde la gente anda siempre a la cacería del beneficio o en la lucha por la subsistencia. Hay que ir todo el tiempo a contracorriente, no dejarse contagiar por la prisa, el anhelo, el espíritu de movilidad. Para los desocupados (en realidad para cualquiera) las grandes ciudades y sus obligaciones económicas hacen la vida impagable. Yo me las arreglo como puedo y a veces no llego a fin de mes. Pero entre una cosa y otra consigo lo necesario para tener el estómago satisfecho sin sacrificar un ápice mi juramento de no volver a poner un pie en la oficina. Tal vez lo mejor sería mudarme al campo, como hizo Wilcock que se había retirado “a una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros”, como escribe Ruggero Guarini en la introducción a la La sinagoga de los iconoclastas (título extravagante si los hay, casi tanto como El estereoscopio de los solitarios, del mismo Wilcock, espíritu libre y alucinado). “Creo que en su guardarropa —dice Guarini— sólo hay dos viejas chaquetas, tres o cuatro camisas desgastadas, algún pullover agujereado y unos cuantos pantalones de pana: todo ello ropa comprada en mercados de segunda mano. Además del teléfono, sus grandes lujos son un viejo Volkswagen y una buena radio para escuchar, cuando lo dan y tiene ganas, un lied de Hugo Wolf o un cuarteto de Anton Webern. Pero tampoco él trabaja: escribe poemas y cuentos, pergeña algún artículo para la prensa, traduce dramas elisabethianos y, echado en un diván, lee y relee a Joyce y Wittgenstein”. ¿Se necesita algo más para vivir? Definitivamente, yo debería algún día quemar las naves y huir a una casa de campo en un pueblo alejado como Wilcock, ya que seguramente nunca me atreveré a vivir en medio del bosque como Thoreau. O quizá deba partir hacia ciudades menos densas, con el tiempo menos parcelario, donde no sea preciso ser malabarista de la vida cotidiana y actuar en varias pistas a la vez. Como hago aquí, incluso mientras vago por los márgenes y trato de escapar a la violencia del trabajo.

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Me jacto de un solo privilegio: levantarme de la cama a la hora que me da la gana.

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Me pregunto por qué sigo viviendo en esta ciudad inmunda. Tal vez porque me gusta jugar a las estatuas de marfil en medio del tumulto, como aquellos hombres afantasmados e inmóviles de Calcuta; he descubierto un extraño placer en desertar en pleno movimiento y a la vista de todos, detenerme de pronto y sin aviso en las calles más pobladas o en las conexiones del metro durante la hora pico, simplemente para mirar a mi alrededor. Con el placer del explorador que descubre algo, me entusiasma ponerle pausa a la cinta del mundo y contemplar detenidamente los gestos de las personas que se tropiezan conmigo, hasta discernir alguna mueca humana entre la masa. Luego la sigo por tiempo indefinido, dejándome llevar de un lado a otro. De pronto me siento en plena aventura, andando por un terreno peligroso, en mi calidad de espía, a la espera del acontecimiento (aunque nunca pase nada y en realidad deambule hacia el centro vacío del ser). Me siento como aquel hombre del célebre relato de Edgar Allan Poe, el hombre que, tras mirar a la extraordinaria concurrencia de peatones desde la ventana de un café londinense, decidió perderse en la multitud para seguir a un hombre que no iba a ninguna parte, un hombre anónimo que era la encarnación del “espíritu de las tinieblas”. Tal vez sigo en la ciudad porque me gusta la idea de perderme entre la multitud como a Baudelaire, que había encontrado en el relato de Poe su propio destino vagabundo, aunque aquí la flânerie sea una cursilería improbable o, por lo menos, una experiencia extrema, sobre todo para las mujeres; aquí en esta selva llena de acosos, un universo dominado por el miedo y la inseguridad, donde nadie sabe quién es quién y sospechamos, como Poe hace más de un siglo, que detrás de cada rostro perdido en el torbellino humano puede esconderse “el genio del crimen tenebroso y profundo”.

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El ocio es un exilio voluntario, el viaje hacia la habitación donde cada individuo puede volver a ser él mismo.

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Otros escritores que han dado la espalda a la vida urbana o eligieron, en algún momento de su vida, pequeños poblados para escribir, cada vez más lejos de la vida pública: Michel de Montaigne, Ernst Jünger, Julien Gracq, Pascal Quignard. Uno muy radical en su aislamiento fue Robert Graves, quien de tanto estudiar la cultura clásica, una cultura que propendía al ocio como máximo ideal y tenía más de cien días de fiesta al año, seguramente terminó por odiar la idea de servidumbre que hay en el trabajo. En 1932, se marchó de Inglaterra y construyó una casa en Deiá, Mallorca, rodeada de olivos, algarrobos y almendros. La llamó Ca N’Alluny, es decir, “la casa lejana”, y ahí se retiró en repudio a la vida británica y para hacerse preguntas sobre los orígenes mágicos de la poesía. En La Diosa Blanca, un libro extraño y provocador donde responde precisamente a esas ideas, escribió: “Digan, si quieren, que soy la zorra que ha perdido el rabo; no soy sirviente de nadie y he decidido vivir en las afueras de una aldea montañosa de Mallorca, donde la vida se rige todavía por el viejo ciclo agrícola. Sin mi rabo, o sea sin mi contacto con la civilización urbana, todo lo que escribo tiene que ser leído perversa o impertinentemente por aquellos de ustedes que están todavía engranados a la maquinaria industrial, ya sea directamente, en calidad de obreros, administradores, comerciantes o anunciantes, o ya sea indirectamente, en calidad de funcionarios públicos, editores, periodistas, maestros de escuela o empleados de una corporación de radiotelefonía. Si son poetas, se darán cuenta de que la aceptación de mi tesis histórica les compromete a una confesión de deslealtad que estarán poco dispuestos a hacer; eligieron sus tareas porque prometían proporcionarles un ingreso y tiempo para prestar a la Diosa que adoran, un valioso servicio de media jornada. Preguntarán quién soy yo para advertirles que ella exige un servicio de jornada completa o ninguno absolutamente. ¿Y acaso les sugiero que renuncien a sus tareas y, por falta de capital suficiente, se establezcan como pequeños arrendatarios o se conviertan en pastores románticos —como hizo Don Quijote cuando no pudo ponerse de acuerdo con el mundo moderno— en remotas granjas mecanizadas? No, mi falta de rabo me impide hacer cualquier sugerencia práctica. Sólo me atrevo a hacer una exposición histórica del problema; no me interesa cómo se las arreglan con la Diosa. Ni siquiera sé si son serios en su profesión poética”.

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Me pregunto con frecuencia por la situación de todos esos escritores demasiado ocupados que ya no tienen tiempo para escribir, y no sólo por exceso de trabajo, sino por exceso de notoriedad. (A veces me pregunto por mi propia situación.) Entrevistas, presentaciones, programas de radio y TV, viajes, autógrafos, firma de contratos, firma de renovación de contratos… Es como si la fiebre productiva hubiera finalmente infestado el trabajo intelectual, ese que algunos consideran ocioso, y se hubiera logrado ¡al fin! poner a bregar a toda esa gente que sólo lee y escribe, y encima le gusta la bebida.

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No se llamarán más “negros literarios”, sino “chinos literarios”. (Distinto nombre, mismo sistema de explotación.)

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Si le vin t’empeche de travailler, supprime le travail” (cartel encontrado afuera de un bar parisino, Chez Robert, durante una animada caminata etílica).

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Tal vez Graves tenía razón, la escritura no soporta el servicio de media jornada. Se escribe a todas horas del día, decía Marguerite Duras, dentro o fuera de la casa, bajo cualquier luz, en cualquier circunstancia. “No hagas ninguna otra cosa en la vida que no sea eso: escribir”, le sugería Raymond Queneau a Duras, y ella le hizo caso de manera radical, escribió todos los días de su vida, incluso cuando no escribía, en profunda soledad. Escribió en su casa lejana en Trouville, pero también en su apartamento de París; en las habitaciones de hotel no escribía, bebía whiskey. Sobre eso, sobre el oscuro e incierto camino de la escritura, sobre la soledad radical y el whiskey, sobre sus retiros en la casa de campo, habla Duras en Écrire, una especie de cartografía de la casa remota de la escritura.

Escribir. Eso o nada.

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¿Contra qué luchamos los ociosos? Contra la privatización del tiempo.

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Releo los diarios íntimos de Renard, Ribeyro, Gombrowicz y me sorprende la densidad de sus frases eléctricas, la lucidez descarnada con la que discutían consigo mismos. En cambio nosotros, que escribimos todo en público (blogs, twitter, facebook), no sólo hemos perdido el pudor, sino esa escritura: la escritura de la intimidad.

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Las librerías como puntos de venta; los autores como marcas registradas; el editor como jefe de producto. He aquí un lenguaje que agoniza para dar paso a otro, y con él toda una idea de la escritura y del libro tal y como los había conocido hasta ahora. Se trata del arribo de una literatura de libre mercado, la literatura de la supervivencia, cuyo imperativo es competir o perecer.

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No, señor, mi patrón no es el lector.

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El escritor convertido en fábrica de novedades, un obrero sometido a las presiones de la sobreproducción, hasta que el desgaste se vuelve nota periodística: “En conferencia de prensa el escritor chileno, Premio Cervantes y Premio de las Américas, Jorge Edwards admitió que hoy la profesión de escritor le genera un fuerte estrés y una gran presión por parte de la industria editorial y se lamentó del ‘pobre que quiera ganar el premio Planeta’ de novela, por las exigencias mediáticas que implica y las pocas virtudes literarias que imperan…”.

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Es extraño (es idiota) cómo se esfuerza todo el mundo editorial en estos días, cómo trabaja hasta el embrutecimiento, para aumentar sus ventas y conseguir lectores, esos pobres seres que están tan ocupados como los propios gerentes de las multinacionales de la edición, tan ocupados y sin tiempo para leer.

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¿Es la escritura un trabajo?

¿A quién sirve el escritor? ¿A sí mismo? ¿A sus editores? ¿A la posteridad? ¿Al arte? ¿Al pueblo? ¿A sus amantes? ¿A sus acreedores? ¿A nadie? ¿Al lenguaje?

¿Debe el escritor ser la zorra que ha perdido el rabo (un exiliado, un outsider que vive a la intemperie, como decía Gombrowicz) o, más bien, un profesional reintegrado a la sociedad, un asalariado que fabrica y cobra por cuartilla? ¿Un becario?

¿Cómo se gana hoy el sustento un escritor? ¿Lava piscinas, atiende un bar, cobra cheques del Estado? ¿Las becas y los premios domestican la escritura? ¿La academia momifica o revive al escritor? ¿Y el trabajo editorial? ¿Y el periodismo? ¿Es posible la autonomía radical del escritor en tiempos de penuria para la subversión?

¿Los negros literarios deberían sindicalizarse?

¿Puede un escritor declararse en huelga? ¿Cuáles serían sus motivaciones? ¿La exigencia de un alza en el valor del lenguaje? ¿Una disminución en los trabajos imbéciles que le impone la construcción de su imagen? ¿Una toma de distancia frente a la tiranía del público?

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Como sólo tengo dudas, escribiré un ensayo: “La jornada de la escritora”.

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En las circunstancias actuales, la desocupación voluntaria es extraordinariamente difícil, una epopeya cotidiana de la que salgo, sin embargo, mucho menos disminuida que de una jornada de trabajo desmoralizador. Yo la he convertido en mi disidencia doméstica, una microrresistencia que empieza en el círculo más próximo y se contagia hasta crear una cofradía de la lentitud y el barullo.

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Si alguien observara durante varias horas al jugador de billar sin saber qué hace, pensaría que trabaja. ¡Tanto tiempo, tanta concentración, tanto empeño! Pero al verlo festejar y sonreír frente a una carambola, cambiaría de parecer. No: este hombre feliz no puede ser un empleado.

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“El trabajo piensa, la pereza sueña.” (Jules Renard)

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Este mediodía escribí una hoja volante que he reproducido en fotocopias y he deslizado por debajo de la puerta de mis vecinos. A la letra dice:

“Señor, señora, joven repartidor de pizzas, estimado gerente de producción, admirable vendedora de McDonalds: la desocupación voluntaria es la forma en que la vida vuelve a la vida. Se los digo yo que hace un año renuncié a mi empleo, en pleno ascenso laboral y ante la mirada incrédula de mis colegas: no conocerán ustedes bonificación más perdurable ni recompensa más inmediata que dejar de ser extraños de sí mismos. Sólo así, dispondrán de inmediato de su propia vida con el mismo vigor con que la depositan diariamente en su cuenta bancaria. Señor, señora: el trabajo sólo puede ser redituable si se ha elegido por vocación, si en él se multiplica la expresión de nuestra verdadera personalidad. (Y aun así no es necesario dedicarle todo el día.) Piénselo bien: convertirse en extraño de uno mismo no es una cuenta pendiente que pueda esperar hasta la jubilación. Entonces usted ya no recordará cuáles eran sus aspiraciones originales, ni podrá disponer como ahora de sus cualidades más notorias: el tiempo, la curiosidad, el entusiasmo vital. Para entonces, habrá cruzado la línea de sombra de los sesenta años y sólo le quedará revisar cada mañana su pequeña boleta de retiro. Sabemos que la invitación al ocio será juzgada por los patronos como una invitación al desahucio. Pero la vida misma es un salto al vacío sobre el que siempre intentamos construir falsas redes de contención”.

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Por la tarde pasé varias horas echada en la cama pensando cómo me convertí en una ociosa. Porque no siempre fui ociosa. De hecho ha sido el exceso de trabajo el que me ha vuelto así. En un tiempo fui trabajadora, demasiado trabajadora. Digamos que en mi juventud me desfondé. Llegué tan lejos en mi afición por el estudio y el trabajo que ya sólo me quedaba descansar. Era imposible rebasarme. Eso debe venirme de mis padres, que han trabajado mucho, como todos los padres de la clase media. Mi madre ha sido editora, especialista en derechos de autor, y hubo una época en la que trabajaba más de diez horas diarias. Le apasionaba su trabajo. Lo padecía. Cuando yo tenía dieciséis años, para platicar con ella, tenía que visitarla en su oficina, donde había siempre una extraordinaria actividad. Ahí, mirando, aprendí muchas cosas. En aquella época yo quería ser editora (y escritora y cineasta y experta en neurobiología). Quería hacerlo todo, saberlo todo, leer todos los libros posibles, conocer el mundo. Padecía una violenta voracidad. Pero no comía. Era muy delgada y pasaba las horas leyendo, estudiando y hablando de naderías. Bueno, con mi padre hablaba de libros. Él era un lector, es decir, un ocioso. Pero vivía enjaulado en una oficina que siempre, hasta la fecha, detestó. Mi padre es empleado de la empresa estatal más grande del país, donde todos checan tarjeta temprano, pero casi nadie trabaja. Son como aquellos “estancistas” del cuento “El Taller del Ocio” de Macedonio Fernández, personajes que buscaban perfeccionarse en el arte del No-Hacer y encontraron en la redacción de memorias e informes el ingrediente primario de la laboriosidad inútil y el “precioso vivir del burocratismo”. Mi padre me contó la historia de Mr. Carrot, un pelirrojo atarantado cuya única labor consitía en pasar legajos de un escritorio a otro, todos los días de su vida. Alguien gritaba: “¡Mr. Carrot!”, y él se sobresaltaba y corría para trasladar unos papeles al escritorio de enfrente. Se trataba de un personaje que dejaba entrever algo cómico y, a la vez, terrible. Los burócratas saben ingeniárselas para No-Hacer. Salvo mi padre. Siempre hay alguien que hace el trabajo de los demás.

Tanto sufrimiento debió advertirme a tiempo sobre la amenaza del cautiverio. Pero durante las vacaciones de verano, mientras mis amigas viajaban a Los Ángeles, pedí trabajo en un taller de edición; quería aprender el oficio. Recuerdo una imagen: la media luz de un galerón improvisado donde decenas de hombres y mujeres, sentados frente a frente como en un interrogatorio, leían pliegos amarillentos en voz alta, mientras hacían anotaciones en los márgenes con un lápiz. Eran los apuntadores y revisores de galeras, tan diligentes y mal pagados, que han pasado a mejor vida. Cuando leían, se movían hacia adelante y hacia atrás como si estuvieran borrachos o leyendo la Torá. Aquel oratorio tenía algo de rezo, un himno secreto que venía de muy lejos, de las celdas de los monjes medievales o de los pequeños talleres de impresión de tipos móviles, donde la relación con el libro era todavía artesanal. Se respiraba una atmósfera densa, de templo y mazmorra a la vez. De concentración y martirio. Aquel mundo —o submundo— que se entregaba a la producción de libros de forma casera estaba a punto de desaparecer. El galerón de los lectores anónimos anunciaba ya cierta masificación, la proximidad del trabajo editorial despersonalizado. Sin embargo, aquél era todavía un taller de dimensiones humanas y algunos correctores podían seguir el proceso de un libro desde la llegada del manuscrito hasta su impresión, sin perderse en los infinitos recovecos de la cadena editorial. Otros, menos afortunados, leían fragmentos de obras de las que no sabían ni entendían casi nada. Luego checaban tarjeta y volvían a su casa, vacíos.

Como yo sabía inglés (estudiaba en una de esas prestigiosas escuelas bilingües que eran el estandarte de la clase media con aspiraciones de ascenso), dejé rápidamente el coro de los atendedores y pasé al cuartito de cotejo. Mi labor consistía en revisar que los párrafos de las traducciones coincidieran con el original, pues era común encontrar algunos saltos o lagunas (párrafos olvidados por el traductor) que, llegado el caso, debían ser traducidos por mí. Era un trabajo inclemente, que podía embotar a cualquiera, pero por alguna razón me gustaba. En el fondo, me sentía como una guardiana invisible, llamada a salvar la biblioteca no sólo de las erratas, sino de los anacolutos y la traición de los traductores. Tenía dieciséis años, estaba en pleno despertar sexual, trabajaba cinco horas diarias y estudiaba otras tantas. ¡Y nadie me obligaba a ello! Tal vez así podía ayudar a la economía familiar, siempre amenazada por las  crisis del país. Me sentía feliz, aunque en el fondo aquella felicidad era un poco tétrica.

“No cabe la menor duda de que la gente debe ser bastante holgazana en la juventud”, escribió Stevenson en “Apología del ocio”, un ensayo que leí demasiado tarde. Sin embargo, esa fue la primera lectura que le dejé a mis alumnos adolescentes cuando más tarde di clases en una prepa. No deseaba que se convirtieran en aquello para lo que estaban pre diseñados: mano de obra eficiente, ejecutivos sin tiempo para leer. Tampoco quería que fueran estudiantes demasiado preocupados por los números huecos de las calificaciones, como lo estuve yo, alumna de dieces. Tuve notas tan sobresalientes en el colegio que mi padre siempre pensó que me doctoraría en Harvard. La verdad es que ni siquiera terminé la licenciatura. Un día a la mitad de una frase (iba en la página 146) decidí abandonar mi tesis. Se trataba de una larga excursión a través de la narrativa mexicana reciente (primer error) escrita sobre la ciudad (segundo error), un territorio desbordado que la teoría posmoderna había vuelto intransitable. Pensé: “¿Cómo escribir sobre una ciudad de la que sólo conozco la bibliografía?”. Me dediqué a caminar, me hacía falta calle. Por aquel entonces tuve un novio que estudiaba filosofía, preparaba una tesis sobre Leibniz y fumaba mariguana desde las ocho de la mañana. Con él aprendí a perder el tiempo. Quiero decir: a hacer, como dice Stevenson, todo eso que a la gente decente le parece amenazante y escandaloso. Pasábamos días enteros hablando de libros, vagando por las colonias más recónditas o haciendo el amor. Tomé un curso de fotografía analógica y me compré una Canon AE-1. Podía pasar tres o cuatro horas en el cuarto oscuro, donde la realidad parecía tener más brillo que en el exterior. Buscaba la soledad y alejarme de los prejuicios más recalcitrantes de mi formación pequeño burguesa. Aquello duró unos dos años. ¡Dos años! Un día mis padres comenzaron a preocuparse, a pesar de ser personas sensibles, cercanas al libro y nada autoritarias. Pero, ¿qué pensaba hacer con mi vida? De pronto decidí tomar un desvío drástico en mi camino: dejaría la academia, me convertiría en escritora. La traición de las expectativas como mi primera sublevación. Pero tenía cierta dificultad para encontrar algo a qué asirme. Entre un libro y otro, di finalmente con mi estrella polar: un hatajo de vividores y réprobos que iban de Diógenes a Vaneigem, pasando por Villon, Baudelaire, Hugo Ball, Miller, Walser. Se trataba de escritores nómadas que habían decidido andar sin rumbo fijo, callejeando lejos de casa en busca de un pensamiento propio. Aquella reunión imaginaria de dropouts, que a veces se quedaba sin comer o dormía en buhardillas inmundas y parques públicos, había emprendido un camino distinto para esculpir su existencia. No intentaban agradar a nadie, habían renunciado a la fama y las convenciones sociales, eran la encarnación de la singularidad o el descontento. Si algo deseaban, era tan sólo ir en contra de la ley general del conformismo y vivir según sus principios, a espaldas de un mundo cada vez más indigente, un mundo vaciado progresivamente de sentido.

En aquella época daba clases de literatura en un colegio privado fundado por españoles republicanos en el exilio. Tenía libertad de cátedra y me dediqué a desobedecer el programa oficial de la unam sistemáticamente. Mis alumnos leyeron ahí libros de autores contemporáneos con una pasión inusitada. La recuerdo como una época gloriosa en la que me empeñé en descarriar a tantos adolescentes como me fuera posible, es decir, en recuperar su espíritu indócil, independiente, inquisitivo y de franca sospecha frente a las certidumbres más pusilánimes de los adultos. Algunos de esos alumnos se dedican ahora a la filosofía, la edición, el cine o la literatura. ¿Habré hecho mal? En cualquier caso, creo que ahí encontré mi verdadera vocación, la de dar clases en los márgenes de la escuela, es decir, en el patio del recreo. Algo más parecido al jardín epicúreo que a la academia platónica. Qué feliz he sido ahí. Y ya sabemos que eso (sentirse un poco feliz durante cinco minutos) no es un gatillo fácil. Aquella fue también una época en que tuve mucho tiempo para escribir. Dinero casi no tenía, pero eso era lo de menos. Yo me abandonaba a la fuerza esencialmente devastadora de la literatura y comer me interesaba poco. Mi novela de cabecera era, por supuesto: Hambre, de Knut Hamsun. Como el protagonista, yo también sufría porque no tenía dinero para comer. Y deambulaba por la ciudad con el estómago vacío. Creía que vivir así era parte de mi proceso de aprendizaje. Las comidas frugales con las que me contentaba, el minúsculo departamento en el que habitaba, no me hacían añorar los aspectos más cómodos de mi vida anterior. En los momentos de miseria (una miseria nada literaria ni metafórica ni romántica, sino cruda y real) acudía a casa de mi madre que me prestaba dinero para comprar más libros o me daba de comer. Hasta que la situación se volvió insostenible. Necesitaba trabajar. La búsqueda de empleo me sumió en zozobras intolerables. Mandaba solicitudes. Acudía a entrevistas. Bla bla bla. Que me rechazaran no era el verdadero problema. A lo que temía realmente era a ser aceptada en aquellos lugares monótonos donde la cultura se consumía hasta las cenizas. Lo irremediable sucedió y firmé mi primer contrato y en poco tiempo me convertí en un ser monstruoso. Algo parecido a una babuina tras las rejas.

Sin embargo, una tarde un par de años después, perdí mi celular y dejé de contestar el teléfono. Me volví inencontrable. Ahí comenzó mi primera conversión. Con eso había ganado un poco de tiempo, dos horas al día, por lo menos. Luego dejé de asistir a presentaciones de libros o inauguraciones de arte (los libros podía leerlos cuando quisiera y los museos abren también los domingos); por lo menos seis horas recuperadas de mis quincenas. Finalmente renuncié a los trabajos alimentarios, forzados e inútiles, y reconquisté ocho horas diarias de mi vida mental que es como haberme ganado el paraíso.

Y bien, aquí estoy. Punto final de mi autobiografía vagabunda.

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“Sin dinero y con todo el día, es decir, con toda la vida, a mi disposición” (Roberto Bolaño).

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Sobre la fecundidad literal del ocio. Después de una larga introspección he pasado de un invierno a otro. ¿Qué ha sucedido? He estado ocupada como nunca, meses y meses sin dormir. Tengan cuidado con el ocio, si se distraen un poco se pondrán a crear… Yo he ido más lejos: he procreado y estoy de vuelta con un hijo… Me ha sorprendido que en menos de seis meses el bebé mostrara su natural disposición al No-Hacer y desarrollara eso que ya he llamado “la tonsura de la pereza”, una calvita magnífica que no se encuentra fácilmente entre sus contemporáneos. ¡Pero cuánto hay que hacer para que el nene duerma tranquilo! Lo mejor viene ahora que ya empieza a jugar. Así nadie se aburre, nos divertimos juntos. Esto me hace recordar aquel epígrafe que usa Stevenson en su “Apología del ocio”:

 

Boswell: Cuando no hacemos nada nos aburrimos.

Johnson: Eso es porque como los demás están ocupados nos falta compañía. Pero si

tampoco ellos hicieran nada, no nos aburriríamos, nos divertiríamos unos a los otros.

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Nadie juega por encargo o mandato y, si lo hace, no juega: cumple un deber. Eso es el trabajo, la anulación del juego. Pienso así mientras releo el Homo ludens de Joseph Huizinga, el filósofo holandés que recuperó, en las primeras décadas del siglo pasado, la importancia del juego en la cultura, no sólo como forma de socialización, sino como forma de libertad. “El juego es distinto a la vida corriente, a la vida propiamente dicha, porque crea su propia esfera temporal”. Pero aunque se sitúe momentáneamente fuera de la existencia controlada por el reloj, aunque se encuentre al margen de la normalidad, el juego puede absorber los rasgos de esa realidad y recrearlos y hacerlos incluso más vívidos. En eso se parecen el juego y la escritura. Ambos son representaciones del mundo y al mismo tiempo crean un mundo aparte, donde se suspende provisionalmente la vida ordinaria, donde se juega a “ser otro” y las horas transcurren de un modo distinto. El encanto del juego, dice Huizinga, radica en esa fuga de la realidad habitual, en su carácter extraordinario. Lo mismo sucede con las horas entregadas a la lectura o la escritura, momentos de excepción, paréntesis inmóviles en el ruido de fondo.

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¿Qué sería lo contrario del trabajo? La pasión por una actividad elegida libremente y no por razones exclusivamente alimentarias o asociadas al prestigio social. Una actividad desinteresada, electrizante y absorta, donde no existiera la conciencia del tiempo, como sucede a menudo en el juego. Esa experiencia es posible encontrarla aún entre los escritores, los filósofos, los hombres de ciencia, los artistas y los pocos privilegiados que han tenido la posibilidad de organizar su trabajo según sus propias intenciones, lejos de los horarios establecidos y sin la tajante división de la existencia en empleo y ocio. En una actividad así, el trabajo no es un cautiverio, sino tiempo libremente vivido.

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He visto muchas veces el drama de los niños cuando sus padres los obligan a interrumpir la construcción de una nave imaginaria en el parque. Se acabó el juego, es hora de volver a casa. ¿Y quién es el aguafiestas? El reloj, por supuesto, el policía del tiempo. Ese tipo de dolor lo he sentido muchas veces, cuando fui niña y ahora, ya en mi vida adulta, cuando alguna tarea externa me obliga a interrumpir la escritura. Por eso no contesto el teléfono ni el interfón ni la puerta: cuando escribo no hago negocios con el mundo. También los niños le cierran la puerta a los intrusos.

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El juego es sobre todo una actividad libre, dice Huizinga, lo mismo que la escritura, pienso yo. Escribo porque encuentro placer en hacerlo, incluso en los momentos en los que me siento incompetente, disminuida, imbécil (me sucede de vez en cuando), y en eso consiste precisamente mi libertad.

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¿En qué trabajo estos días? Hago esfuerzos extraordinarios para no dejarme tiranizar por el estilo (o la degradación del lenguaje por la técnica). Roland Barthes ha escrito que el lenguaje es el patrón del escritor, el lenguaje es fascista. Y no hay escapatoria. O sí: la ineficiencia lingüística, la suspensión del sentido, el juego, la digresión anarquizante, la neologización enloquecida, la destrucción de la gramática. O la huelga del escritor. Nada, ni una línea. Ni una palabra…

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Simpre encuentro algún tipo de resistencia, de malestar, cuando tengo que leer un libro por encargo, para escribir una reseña o hacer una presentación. Por eso he decidido no aceptar ninguna de esas propuestas, aunque le parezca odiosa a otros escritores, salvo si encuentro en ellas algún interés personal, para hacer de la experiencia un tiempo auténticamente vivido.

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Lo mejor de tener un hijo es la repentina recuperación de la infancia. Todo un mundo, que creíamos desaparecido, vuelve cargado de una vitalidad levemente nostálgica que no quisiéramos perder jamás.

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Ya es septiembre en este diario sin fechas donde no pasa el tiempo.

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“¡Pero hay que ganarse la vida!”, repiten los notarios y las gerentes cada vez que alguien adopta una pose medio irónica y holgazana. Al ocioso, siempre atento a las triquiñuelas del lenguaje, le parece extraño que alguien tenga que ganarse la vida, pues la vida le ha sido ya dada al nacer. ¿Para qué malgastarla entonces en jornadas inhumanas? Lo dijo Lafargue, hace más de un siglo: hasta que los trabajadores dejen de procurar con tanto ímpetu su propia prisión, sin secundar los discursos más demagógicos de la izquierda, la derecha, el centro, la centro izquierda, los conservadores y los neoliberales (nada como la defensa del pleno empleo y el delirio persistente del crecimiento económico para derribar las diferencias partidarias), las condiciones nefastas del mundo no cambiarán.

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En 2006, fue aprobada en Francia la reforma laboral que ponía en marcha “el contrato del primer empleo”, un periodo de prueba de dos años para alumnos universitarios o recién titulados, con bajos salarios y despido libre. Los estudiantes y trabajadores protestaron por toda Francia; no deseaban ser explotados con el descaro de la magnanimidad. Dos años después, la Unión Europea acordó ampliar los límites de la jornada laboral para que un empleado pudiera trabajar “hasta un máximo de sesenta y cinco horas semanales”, si así lo acordaba con el empresario. Esta es la jornada laboral más larga desde 1870 y devuelve al mundo a los primeros tiempos de la Revolución Industrial cuando la jornada se extendía entre sesenta y cinco y setenta horas semanales. “¿Qué será lo próximo? —se pregunta una obrera francesa que actualmente trabaja más de cuarenta y ocho horas legales—, ¿rebajar la edad mínima para trabajar a los siete años?, ¿suprimir el fin de semana de dos días?, ¿reinstaurar el derecho de pernada?”.

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No hay que humanizar el trabajo. Hay que desaparecerlo. Sólo entonces podremos volver a él razonablemente, no más de cuatro horas al día.

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Sigo aquí en mis vacaciones permanentes, sin padecer la división entre lunes y domingo, como hacía Séneca que “procuraba celebrar todo el año el mes de las saturnales”, es decir, regir su vida diaria por el júbilo de la fiesta en lugar de someterse a los imperativos del deber. Las saturnales no eran cualquier celebración, sino la fiesta cumbre de la Antigüedad, también llamada la “fiesta de los esclavos”: unas vacaciones auténticas hechas de tiempo liberado, un carnaval en el que todas las jerarquías sufrían un vuelco radical. Celebradas durante el solsticio de invierno, el periodo más oscuro del año seguido de un nuevo periodo de luz, estas fiestas de carácter dionisíaco estaban llenas de subversiones permitidas: los esclavos no sólo recuperaban su libertad, sino que ocupaban el lugar de sus amos y se hacían servir por sus patrones. Los hombres de la Antigüedad y la Edad Media sabían abrazar la fiesta y el juego sin temor, arrojándose a sus potencias liberadoras, porque despreciaban el trabajo y supieron, como no sabe nuestra era de hombres cansados, celebrar verdaderos rituales colectivos para crear zonas temporalmente autónomas, como las que Hakim Bey nos llama a restituir en su nueva geografía del anarquismo ontológico, banquetes y bacanales donde toda estructura queda disuelta en la horizontalidad de la mesa y la profusión de la comilona. El espíritu de las saturnales, la inversión de los valores, sobrevivió en otras tantas ceremonias públicas del medievo como la Fiesta del Asno o la Fiesta de los Locos, a las que se refiere Fulcanelli con entusiasmo, casi se diría con envidia, en El misterio de las catedrales. Se trataba de una “kermesse hermética procesional, que salía de la iglesia con su Papa, sus dignatarios, sus devotos y su pueblo —el pueblo de la Edad Media, ruidoso, travieso, bufón, desbordante de vitalidad, de entusiasmo y de ardor—, y recorría la ciudad [...]. Sátira de un clero ignorante, sometido a la autoridad de la Ciencia disfrazada, aplastado bajo el peso de una indiscutible superioridad. ¡Ah Fiesta de los Locos con su carro del Triunfo de Baco, tirado por un centauro macho y un centauro hembra, desnudos como el propio dios, acompañado del gran Pan; carnaval obsceno que tomaba posesión de las naves ojivales! Ninfas y náyades saliendo del baño; divinidades del Olimpo, sin nubes y sin enaguas: Juno, Diana, Venus y Latona, dándose cita en la catedral para oír misa! ¡Y qué misa! Compuesta por el iniciado Pierre de Corbeil, arzobispo de Sens, según un ritual pagano, y en que las ovejas de 1220 lanzaban el grito de gozo de las bacanales: ¡Evohé! ¡Evohé!, y los hombres del coro respondían, delirantes: Haec est clara dies clararum clara dierum! Haec est festa dies festarum festa dierum! (¡Este día es célebre entre los días célebres! ¡Este día es de fiesta entre los días de fiesta!)”.

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Promulguemos el Día Internacional de los Trances Locuaces, todo el año.

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Jubilar: relevar del trabajo. Del latín jubilare (alegrarse o regocijarse), que a su vez se origina en el griego iôbêlaios y en el hebreo yôbel, un sonido agudo y prolongado, de cuerno, con el que se anunciaba el inicio del año del jubileo entre los antiguos israelitas. Durante ese año —que se festejaba cada medio siglo— nadie sembraba ni cosechaba, los esclavos y prisioneros recuperaban su libertad, las deudas eran canceladas y todas las propiedades que habían sido vendidas hasta ese momento retornaban a sus antiguos dueños.

La pregunta es: si distribuyéramos mejor la abundancia que se concentra en un porcentaje obscenamente pequeño de la población mundial, ¿no podríamos rescatar esa fiesta pública y darnos todos los ciudadanos del mundo un año de ocio cada cinco o seis, como hacen los académicos con su sabático?

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En mis vacaciones permanentes me he liberado del fin de semana y la obligación sagrada de descansar. Me siento mejor así, lejos de los pesados preparativos de la temporada vacacional y los viajes de terror hacia las playas sudorosas. ¿Levantarse a las cinco de la mañana para no perder el avión? ¿Madrugar de nuevo para alcanzar la travesía en lancha detrás de unas tortugas que huyen despavoridas? A eso le llamo el aburrimiento programado: camping, surfing, snorkeling, jogging, rappel, avistamiento de delfines… Los turistas simulan que descansan, simulan que descubren, simulan que están en medio de una aventura, pero la aventura está controlada y las vacaciones van siendo devoradas de a poco en el agobio de su propia aniquilación.

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Aunque muchos vean en las vacaciones una conquista laboral, en el fondo no son más que una compensación mediocre. Siempre demasiado cortas y acompañadas por la sombra del trabajo, casi nunca sirven de reposo auténtico, sobre todo si al regresar a la oficina, los pendientes se han acumulado por partida doble. ¿Y por qué los vacacionistas no pueden permanecer en posición horizontal? Hace poco me horroricé ante el espectáculo de un grupo de señoras que hacían coreografías colectivas en la alberca al ritmo de un animador (un buen hombre que también desea ganarse el pan con el sudor veraniego de su frente y cree, como los puritanos del siglo xvi, que ni siquiera en el paraíso se puede estar sin una ocupación). Parecían ballenas.

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“Los niños se moverán en la playa como una plaga. Sus actividades no darán tregua. Desplegarán una irritante gama de rituales; buscarán moluscos, construirán castillos, se ‘harán milanesa’, arrojándose mojados en la arena seca, se cubrirán de arena hasta la cabeza, ensayarán juegos nuevos, inauditos y exasperantes. Por su parte, los perros, invariablemente, molestarán. Sufrirán, invadirán terreno ajeno, aborrecerán el agua, se moverán en exceso y establecerán continuos conflictos. La situación de las vacaciones, la alegría del descanso y el ocio, les será misteriosa y ajena.” (Balnearios, Mariano Llinás)

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El ocio contemporáneo se ha convertido en negocio, es decir, en la negación de sí mismo. “Ahora trabajamos también en nuestras horas de descanso y ponemos a trabajar a miles de nuevos amos y servidores. Hay que alimentar a la televisión, las agencias de viajes, los hoteles, los restaurantes, las aerolíneas” (Félix de Azúa). De ese modo la industria del ocio, en realidad, industria del entretenimiento, ha sido diseñada para reproducir las reglas del trabajo dentro del llamado “tiempo libre”, un tiempo que para producir dividendos ha de mantenerse siempre activo. Y una vez que se han convertido en mercancía, las actividades más gozosas, o que habíamos elegido libremente, se transforman en su opuesto: en tareas impuestas o forzadas, más enajenantes y estúpidas incluso que el trabajo mismo.

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Las vacaciones como suplicio o la podredumbre del placer. Largas filas para comprar boletos de camión, aglomeraciones en los baños, la tarjeta de crédito sobregirada, los nervios destemplados, las parejas riñendo. Vamos entusiasmados a los balnearios (sitios infinitamente remotos, incómodos, masivos, donde nuestro deber es pasarla bien) y al llegar sufrimos una especie de decepción. ¿De qué se trata? Apenas hemos dejado las maletas en la habitación del hotel y ya estamos extenuados, escurriendo sudor. ¿No será que el veraneante encuentra siempre una infinidad de pequeñas ocupaciones sólo para rehuir ese vago malestar? ¿O será, como dice el cineasta argentino Mariano Llinás en su magnífico (y desopilante) documental sobre los balnearios, que entre nosotros los occidentales modernos es imposible hacer nada?

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Según Marx, “solamente se puede considerar tiempo libre aquel que permite el desarrollo de las cualidades humanas”. Por eso no deberíamos dejar que las agencias de viajes y los animadores de la piscina se hagan cargo de nuestro ocio, pues lo han convertido en una prolongación del yugo, con-todo-incluido, menos pasión individual.

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La lentitud será el ritmo del futuro o no será.

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Igual que le pasó a Oblomov cuando recibió las cartas perentorias del casero, esta mañana he sentido ese tipo de temblor que precede a los grandes derrumbes. Algún día tendré que volver a trabajar. Pero no lo haré con horarios ni jefes ni grillas ni oficinas. Lo juro. Lo juro. Tal vez fundaré mi propia editorial, una editorial que difunda “el derecho universal a la pereza”, una editorial que sea ella misma como una tumbona situada en medio de la ciudad. Tumbona Ediciones.

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Percibo en mi forma de escribir un anacronismo, un estar fuera de tiempo y de lugar, un retardo. Construyo ese destiempo como rechazo de la inmediatez, como traición a la época.

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He perdido la mañana haciendo trámites, ladrones de mi tiempo. Mientras hacía fila, pensé: “Un hombre con vocación de burócrata es un monstruo: un carcelero encarcelado, un desvío de la naturaleza. Viviendo siempre entre legajos enfangados o llenos de polvo, su rostro es un recordatorio de nuestra propia mortalidad. Si del polvo venimos y al polvo volveremos, ¿por qué no sacudirse un instante el polvo entre la cuna y el ataúd? El ocioso prefiere la dignidad ausente del vagabundo, ajeno a los documentos y los fichajes, que ser reducido a la condición de cadáver viviente”.

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En mi vida
fui demasiado perezoso para hacer carrera
de la verdad o del paraíso ya no me ocupo
tres medidas de arroz en el bolso
un haz de leña junto al hogar
¿para qué buscar pruebas de iluminación o de locura?
De la gloria o la fama de este mundo de polvo
mejor ni hablar
la lluvia nocturna de mi choza de paja
estiro las piernas, a gusto.

Ryokan (monje zen, 1791-1851)

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El crack del 29 es ahora el crack del 2009, cifras tan redondas, catástrofes tan cíclicas que deberían hacernos pensar, por lo menos durante un momento, en aquella modesta proposición que viene desde Paul Lafargue en el siglo xix, se refina con Bertrand Russell en el xx, persiste en la década de los ochenta (cuando todo el mundo metía la cabeza en el horno del neoliberalismo) con Luis Racionero y en estos días encuentra ecos en las teorías del decrecimiento o los enclaves de consumo cero de los freegans y otras comunidades dimisionarias: la propuesta de acabar con el desempleo dejando de una vez por todas de trabajar. No se vaya a creer que se trata de una propuesta irónica como la provocadora (y nunca bien interpretada) idea de Swift de comer niños asados para terminar con la pobreza. Tampoco es una tomadura de pelo inmoral y cínica como la del secretario de desarrollo social que ha salido esta mañana a declarar ante la prensa que para sobrellevar la crisis se pueden tomar algunas medidas, como, por ejemplo, saltarse una comida… Lo que sugieren estos tres detractores del trabajo es simplemente dejar de vivir bajo la ley de la jungla del capital, que nos ha dejado en la anorexia del espíritu y preguntándonos teatralmente: ¿qué será de nosotros?

no trabajes más de cuatro horas diarias. Esa es la consigna detrás de El derecho a la pereza de Lafargue, del Elogio de la holgazanería de Russell y Del paro al ocio de Racionero, un panfleto y dos ensayos (la Trilogía de la Pereza) que ofrecen una alternativa realizable a la concepción hegemónica del trabajo, aunque para alcanzarla sea necesario emprender una guerra cultural de grandes dimensiones, como señala Racionero, una batalla entre los valores mediterráneos y humanistas (el disfrute, la mesura, el otium cum dignitate, es decir, el ocio con dignidad) y el espíritu de ganancia y competencia de los “bárbaros del norte”, herederos del puritanismo calvinista.

La Trilogía de la Pereza señala una contradicción fundamental (y por eso insoluble) en el modelo capitalista e industrial: su intención de mantener el pleno empleo en la era de las máquinas que desplazan al empleo. Como eso no es posible, la maquinaria del sistema intenta combatir el desempleo con ¡más producción! Y entonces reaparece el paisaje catastrófico (la carnicería del hombre por el hombre) descrito supra como estribillo de la crisis: se produce más y se trabaja más para comprar más cosas que son cada vez más perecederas (e inútiles). La maquinaria nunca se detiene, la economía se reactiva temporalmente, la vida se vuelve imposible. Y no tarda en reaparecer la bancarrota que aporrea a medio mundo. Crisis industriales de sobreproducción, las llamó Lafargue, cuando vivió la primera “gran depresión” de 1873 que era una prefiguración, muy anticipada y desarmante, de las crisis actuales, aunque éstas sean irremediablemente más violentas y absurdas, con la especulación financiera sin restricciones y la fuga de capitales.

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El exceso de trabajo genera exceso de mercancías. ¿Y qué vamos a hacer con todas ellas? ¡Expandir los mercados! Es decir, descubrir consumidores, excitar sus apetitos, crearles necesidades ficticias (¡y hacerlos trabajar el doble!). Porque, después de todo, ¿qué son las horas extra sino el resultado de haberse endeudado más allá de la cuenta, la forma en que el capitalismo mantiene a raya a sus consumidores? Vivir para trabajar (y consumir hasta morir). Algunos atrevidos le han llamado a eso: el bienestar.

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Encuentro en la librería a una conocida. Ha tenido un hijo y toda ella es queja. No duerme. Amamanta todo el día. No tiene tiempo para sí. Se deprime. Y sus ojeras le ocupan el rostro entero. Le doy algunos consejos que algún alma caritativa nos había pasado a mi esposo y a mí, cuando nuestro hijo tenía diez meses y aún despertaba tres o cuatro veces por noche. Se trataba de un ritual que incluía un somnífero infalible: Santa Hildegarda de Bingen. El aspecto central del método radicaba en que fuera el padre quien lo durmiera (o le hablara al oído si despertaba por la noche), de tal forma que el crío no se inquietara (“excitara” fue el verbo que usó luego el pediatra) con el olor de la leche materna. Mi amiga me miraba con desencanto: “Mi esposo no lo hará, y lo comprendo. Trabaja todos los días y tiene que levantarse muy temprano. En cambio yo —decía esto con una resignación que era más bien una forma del rencor— he asumido que mi chamba es cuidar a mi hijo”. Me quedé muda y me dije para mis adentros: “No hay servidumbre que no sea voluntaria”. Me pareció inquietante que la crianza apareciera todavía en nuestra época, y entre mujeres ilustradas, como una forma de yugo, una chamba, un boulot, un tripalium. Un castigo, en suma, ejercido sobre la madre por permanecer en casa “sin hacer nada”, mientras el cónyuge, el proveedor, se rompe el lomo por la familia. Bajo un esquema laboral así, yo jamás habría tenido un hijo. Afortunadamente en mi ociosa familia todos somos desempleados voluntarios y, aunque no sin dificultades, nos turnamos en periodos de escritura y cuidados del crío, quien se ha convertido ya en un pequeño homo ludens y el tiempo que uno pasa a su lado suele ser revelador y gracioso.

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¿Qué lugar ocupan los niños y el juego en nuestra sociedad ultra ocupada? En The Freedom Manifesto (un manual para el usuario haragán, que echa mano de la sabiduría ociosa de anarquistas, punks, poetas beatniks, hippies y pensadores del medievo), Tom Hodgkinson advierte cómo la familia contemporánea se ha convertido en una mera carga financiera, la forma en que las personas se ven obligadas a aceptar trabajos que detestan. Y entonces la familia, que podría ser un espacio para la complicidad, la ternura, el placer y la responsabilidad compartida, se convierte más bien en un recurso interminable de miseria, ira, crueldad y amargura. Una mazmorra a la que es mejor no volver sino hasta bien entrada la noche, después del trabajo.

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En un mundo unificado, ¿es posible exiliarse?

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Vuelvo de una larga estancia en una playa remota, un mes de dolce far niente como ya nadie se permite en México, este pobre país reformado por la cercanía tiránica del Big Boss, el jefe de las horas extra y el carácter industrioso. Si nadie escapó a la hegemonía del capitalismo, ¿cómo habríamos de hacerlo nosotros? Desde este lado del Río Bravo esa cercanía se ha vivido como una dolorosa “ventaja competititva” y en los noventa nos entregamos a la apertura de los mercados como quien se entrega a un destino trágico. Aunque el Tratado de Libre Comercio y sus vientos de prosperidad sólo han terminado por arrasar las economías locales, la competitividad sigue estando en boca de los analistas financieros como un cliché ominoso, invitándonos a abdicar de la pereza, a madrugar y emular a nuestros vecinos del norte. Mientras tanto yo he seguido el camino desviado de este diario y luego he pasado tres semanas chapoteando sin mayor gasto (cuarenta pesos al día) y me he dado el lujo incluso de aburrirme, como los gatos o los niños que no le temen a la cercanía de sí mismos. Jugué al lobo con mi hijo, de vez en cuando hice el paseo del faro, leí cinco libros yendo de uno a otro a mi antojo, recogí conchas y piedras pardas, me abandoné al muertito en la alberca. Las horas se volvían extraordinariamente plásticas, no era necesario apresurarse para llegar a ningún lado. Entre una cosa y otra, escribía bajo la palapa.

A mi regreso todo mundo me ha dicho: “¡Qué envidia!”, y algunos me han lanzado incluso una mirada de reprobación. Tal vez he exagerado, tal vez no debí dejar que mi bandeja de correos electrónicos se pusiera rebosante, ni que mi contestadora automática se trabara de tanto decir que no estaba. Alguien se ha atrevido a reprocharme el hecho, por lo visto inaceptable, de que no se me pudiera localizar en ninguna parte. Otros sólo me mandaron correos para preguntar: “¿Ya has vuelto?”, como si me hubiera perdido y no fuera a retornar jamás, como si me hubiera descarriado. Todas esos mensajes esperándome a la entrada de mi casa me hicieron pensar en un rebaño amenazado. Los workahólicos contemporáneos han terminado por convencerse de que “el ocio es enemigo del alma”, o por lo menos enemigo de un frágil equilibrio social, y todos me invitaban a retomar la senda de la realización por el trabajo como buenos pastorcillos.

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Me pregunto en qué momento hasta las vacaciones de verano se volvieron censurables.

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Recuerdo que en mi infancia los veranos duraban dos meses, un paraíso del no hacer, un paraíso casi insoportable de tanta dicha en el que salíamos mi hermana y yo a la calle a jugar lejos de la mirada de los adultos o poníamos en práctica juegos tan largos que necesitaban continuación al día siguiente. Pero las vacaciones comenzaron a angostarse (y las calles se volvieron peligrosas). Porque esas vacaciones desmesuradas atentaban contra los pilares de la causa neoliberal: enriquecer a los jefes. Se recortaron los días festivos, se adelantó el reloj despertador con su grito alucinante, se alargaron las horas en el aula, las vacaciones se redujeron a la mitad. Así se construyeron las Escuelas del Nuevo Orden donde se aprendía a macanazos. Lo mismo sucedió en las oficinas, las empresas, los servicios. ¡Todo mundo a trabajar! La consigna estaba encaminada a combatir el vicio nacional de la pereza que nos tenía sumidos históricamente en el subdesarrollo. Pero pronto se descubrió que en México simplemente se trabajaba cada vez más para producir cada vez menos.

Hay costumbres profundas, como la pereza, que se abren paso en la oscuridad. En México, por ejemplo, hay 9 días feriados, 14 días pagados de vacaciones (después de 10 años de empleo) y se trabajan semanalmente en promedio 43.2 horas; en Francia, en cambio, hay 11 días feriados (poquísimos si se comparan con las gloriosas temporadas festivas de la Edad Media), 25 días pagados de vacaciones y se trabaja un promedio de 38.6 horas a la semana. Lo central es, según leo en un análisis de la revista Picnic. Supervivencia y Bienestar, el llamado “índice de dispersión” (es decir, el porcentaje entre el tiempo trabajado y el tiempo productivo). Ahí la cosa es alarmante: en México el índice de dispersión, esa forma en que las horas se esfuman frente a nuestras narices como volutas de humo, es de -75, mientras en Francia es de -26… En otras palabras, según la tabla —donde también aparecen Alemania, España, Japón, Brasil, Estados Unidos, Italia—, México se encuentra en la cima de la improductividad: es el rey de las horas sentadas, las horas nalga, los días muertos de laboriosidad simulada. Trabajamos cada vez más, para estar cada vez peor.

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El memorándum, el oficio y el reporte son géneros en los que no se han hecho muchos progresos. Una forma de enriquecerlos sería, por ejemplo, transcribir fragmentos de novela y luego hacerlos firmar por los jefes.

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De entre todos los ociosos, me inclino cada vez más hacia quienes practican una gaya ciencia, un saber alegre que crece en la ironía y la insolencia. “A veces el humor se revela como el único sentido del universo”, ha escrito Enrique Vila-Matas y eso lo intuye el ocioso mejor que nadie pues en su quietud ha conocido de cerca la atracción del vacío. Sabe que el hombre, aunque pretende marchar en alguna dirección, en el fondo no tiene idea hacia dónde va. O si lo sabe trata de olvidarlo, porque se dirige hacia la muerte. ¿Cómo alcanzar la felicidad en un mundo condenado a la entropía? Quizá el único sentido sea el sentido del humor, la forma en que advertimos la falta de sentido. El humor es una forma vital del escepticisimo, está destinado a relativizar. El ocioso se pregunta sin dar cátedra, vive en la duda sistemática, propende a una ética lúcida y lúdica. Prefiere la subversión incluso en la sintaxis, donde las rutinas y las convenciones, como en el trabajo, han terminado por quitarle vida y espontaneidad a las palabras. Eso son los clichés: los burócratas fosilizados del lenguaje. No expresan ninguna singularidad, están sometidos a las ideas recibidas. En cambio el ocioso recurre al humor no sólo para multiplicar las posibilidades del idioma, sino para inventar otras formas de existencia.

Pienso en Diógenes, acaso el más sabio de los griegos, puesto que era un ocioso entre los ociosos. Le llamaron el Cínico por vivir como los perros, pero también le pudieron llamar Diógenes el Ocioso: NO SER ESCLAVO DE NADA NI DE NADIE EN EL PEQUEÑO UNIVERSO DONDE UNO HALLA SU LUGAR, esa era su única divisa. Diógenes no tenía más posesiones que un manto, un báculo, un zurrón, un cuenco y una tinaja donde dormitaba. Pero tenía una lengua mordaz y un ingenio verbal demoledor. Es el precursor de los outsiders, los dropouts, los artistas de la provocación, los okupas. Cuando veía a las grandes figuras engreídas por su fama o su riqueza, pensaba que nada había más insulso que el hombre. “Sólo quien no es necesitado por el público puede ser un individuo despreocupado, es decir, un ser humano feliz”. También se extrañaba de que los matemáticos estudiaran el sol y la luna con tanta diligencia y descuidaran sus asuntos cotidianos, del mismo modo que los músicos que afinaban las cuerdas de la lira durante todo el día tuvieran desafinados los impulsos del alma. Así procedían también los avaros: haciéndole reproches al dinero mientras lo adoraban.

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La desempleada voluntaria sabe que corre un riesgo. El riesgo del desprecio. El riesgo de la precariedad. El riesgo de la burla. El riesgo de la soledad. ¿Cómo puede ser popular alguien que se pronuncia en contra de la patria del trabajo? La mayoría de las veces es vista como un traidora. Pone en riesgo la propia subsistencia de la tribu.

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“No llevar el paso de la propia tribu, dar un paso fuera de la tribu a un mundo más amplio en sentido mental pero más reducido en el numérico: si el aislamiento o la disidencia no es tu posición habitual o grata, este es un proceso complejo y difícil.” (Susan Sontag)

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El trabajo mataba en dosis homeopáticas. Con la Reforma Laboral (aprobada hoy en México por el senado) lo hará como la epidemia del ébola.

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Mi desacuerdo con el trabajo me ha acarreado consecuencias menores (algunos insultos en internet, la incomprensión de los desconocidos, penurias), pero la verdadera venganza que la tribu me ha inflingido es la de devolverme al trabajo. Así es: me he llenado no sé cómo de ocupaciones, llamadas telefónicas, agendas apretadas, pendientes por resolver. Todo eso me produce terribles calambres. Pero al mismo tiempo me ha seducido el ímpetu de los libros. Como tenía tiempo de sobra fundé, junto con otros desocupados, una pequeña editorial. El problema es que el oficio de editora (oh contradicciones, siempre acechantes) no es uno en el que se pueda rendir culto a la holgazanería fácilmente. Se trabaja duro, se gana poco o nada, ¿para qué? Para que sean otros quienes se echen luego a pierna suelta a leer. ¡Mártires de la edición, ya es hora de que también ustedes tengan tiempo para gozar los libros que hacen! He tenido una recompensa: he leído ahí todos los libros que había querido leer. Y de qué manera.

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Hay días en los que no puedo mirarme más que con ironía, como cuando mis amigos me dicen: “¿Todavía sigues trabajado en tu libro contra el trabajo?”. Es en esos días en los que me gusta quedarme detenida en una frase a medias. Una frase de este diario que no progresa ni va a ninguna parte. Me quedo como ahora en una página inacabada, una página anómala, a medio hacer o mal hecha, sin control de calidad, de duración variable. Aquí no reina la eficiencia.