Detesto el despertador, animal violento. Nunca lo uso. Lo malo es que ayer me desperté tan tarde que temí seriamente que me cerraran la puerta en las narices. Pero la puerta estaba abierta. Siempre lo está, en la Universidad del Ocio. Era mediodía. Al entrar en sus instalaciones, me sonrieron unos muchachos que sostenían una partida de ajedrez junto a la verja. Todo el mundo —alumnos, maestros, novatos y mirones— tenía expresión de estarla pasando fabulosamente ahí. Algunos jugaban cáscaras mixtas; otros improvisaban una banda crosta con tambor, gaita y trombón; la mayoría leía en las bancas o retozaba sobre el césped. Los jardines eran modestos, aunque suficientes para quienes tomaban cursos al aire libre. A lo lejos un grupo de ancianos conversaba bajo la sombra de un árbol frondoso. Una maestra (o algo parecido a una maestra, aunque pensándolo bien no era una maestra) explicaba a niños y adultos las dificultades de volar un papalote en un día sin viento. Otro profesor discutía con sus pupilos sobre el arte de tenderse en la cama. Y uno más sostenía una acalorada diatriba contra la acumulación de deudas, mientras a unos pasos de ahí se planeaban estrategias para sabotear a los jefes. Más que una institución avocada a la propagación sistemática del conocimiento, aquello parecía un parque de recreo. La Astronomía de Balcón (o Astronomía Poca), la Filosofía de Sentarse en las Sillas, la Estética de la Siesta, la Sombrología (investigación del carácter por el perfil de sombra de la persona en las paredes) y otras microdisciplinas se impartían en la cátedra Macedonio Fernández, escritor argentino que dedicó algo de su tiempo a reflexionar sobre el No-Hacer. Los salones eran habitaciones pululantes y animadas como en una fiesta. No tenían pizarrones, mucho menos pupitres; en cambio abundaban los sillones reciclados, los divanes viejos, las mesitas de té, los pisos alfombrados con cojines. No tardé en encontrarme algunos espacios extravagantes. Entre los mejores estaban la Cámara Anecoica (donde reina el silencio) y la Sala de Música Acostada, donde se enseña a escuchar a Brahms, Stockhausen, Ligeti o Les Luthiers en posición horizontal y bajo el efecto bien dosificado de algún estupefaciente. La mayor parte de la formación ahí es autodidacta.

Idler-Academy-Logo-2
idler academy
Visiten la Academia del Ocio en Londres, institución hermana: http://idler.co.uk/

A pesar de su nombre, en la Universidad del Ocio se percibe una gran actividad, fluida y sin presiones. Pero también tiene zonas de retiro, donde priva la contemplación. Recuerdo el Invernadero de las Camas Aéreas poblado de enredaderas salvajes, orquídeas, riachuelos artificiales y una amplia variedad de hamacas donadas por los alumnos, casi todos ellos tránsfugas de distintos rincones del mundo. En ese paraíso de ociosidad pura le pregunté a una mujer, que parecía sumida en profundas meditaciones, si sabía dónde encontrar a los Discípulos de la Inacción, de quienes me había hablado un amigo. Me miró de reojo, como si se empeñara en moverse lo menos posible. Luego, haciendo quizá un esfuerzo excesivo, se señaló a sí misma y se quedó dormida. La imité. Había demasiadas hamacas a mi alrededor como para desaprovecharlas.

Desperté poco después de las cuatro de la tarde. Tenía hambre y me dirigí al comedor, donde me sirvieron una lenta comida pantagruélica a cambio de que lavara mis trastes y donara algunos de mis libros a la biblioteca. Acepté encantada y el resto de la tarde me dediqué a pasear entre jardines, estanques, huertos de lechugas hidropónicas, laberintos construidos con arbustos. No sé si me habré perdido en un lugar prohibido (nada parece prohibido en la Universidad del Ocio), pero después de un par de horas de errabundeo me tropecé con el cascarón de un barco a medio construir, un Fitzcarraldo abandonado entre los matorrales, digno de una institución que valora el menor esfuerzo. El interior, invadido de yedras, conservaba algunas mesas y suficientes barriles de ron como para salir de piraterías. Al otro lado del barco, crecía un pequeño plantío de marihuana (haré mutis al respecto, puesto que podrían enviar mañana a la polaca, siempre enemiga del ocioso, a cerrar ese santuario del saber). Oscurecía.

woman-reading-vintage-photographVoluptuosas estudiantes de la primera Universidad del Ocio, ahora profesoras eméritas.

 

En ningún momento me esmeré en buscar la oficina o la vicerrectoría para pedir informes. ¿Plan de estudios? ¿Lista de materias? ¿Sistema académico? ¿Créditos? ¿Currículum? ¿Calificaciones? Nadie parecía preocupado por eso. La Universidad del Ocio (también conocida como la Escuela del Trabajo No Alienado o Instituto Dolce Far Niente) es el único lugar del mundo donde se enseña a hacer cada vez menos. Una de sus premisas radica en reducir gradualmente las horas de trabajo, una vez que se han asegurado (sin urgencias corrosivas) las necesidades y comodidades básicas de cada cual. No es una escuela para el hedonismo consumista, sino un jardín epicúreo para el disfrute individual o comunitario, para el debate y la reflexión. En lugar de colegiaturas, los alumnos y maestros que acuden voluntariamente intercambian horas de labor en la biblioteca, los espacios verdes, los baños, ¡la taberna! El lugar no es perfecto. Nunca falta quien llegue con ansias de dar órdenes (o hacer menos para que otros hagan más), una de las pocas razones por las que se puede contraer una expulsión.

¿Debemos educarnos para el ocio? Bertrand Russell pensaba que sí: “Cuando propongo que la jornada de trabajo se reduzca a la mitad, no quiero decir que todo el tiempo restante deba malgastarse en frivolidades […]. La educación debería dar un paso más y dirigirse, al menos en parte, a despertar aficiones que instruyan al hombre para usar su tiempo libre con inteligencia”. Por ejemplo: recuperar las posibilidades estéticas o intelectuales del viaje, erosionadas por el turismo; participar en algunos juegos o deportes en lugar de aceptar pasivamente su espectáculo; bailar, cocinar, conversar con otros, contra la masificación de la soledad; hacer de la cultura una experiencia verdaderamente liberadora, crítica y creativa, en lugar de someterse a esa especie de despotismo ilustrado que alimentan las academias y frente al que la mayoría de la gente (que no tiene tiempo para leer ni medio libro) se siente indiferente o marginada. Sin una educación para el ocio, el tiempo libre se consume entre las fauces del espectáculo, hasta convertirse en un tiempo banalizado, impersonal, políticamente inofensivo.

FLUXUS FAUTEUIL DE REPOS copia
La Universidad del Ocio es el único lugar del mundo donde se enseña a hacer cada vez menos.

En los años sesenta, el músico John Cage creía que la tecnología lograría consolidar un sistema de enorme abundancia que permitiría a los ciudadanos un ingreso anual garantizado, permitiéndoles ser libres para usar el tiempo a su manera: “Antes ligábamos la virtud y el dinero con el trabajo; ahora debemos tener toda una moral distinta, basada en el desempleo y la responsabilidad de utilizar esta libertad”. Una realidad así sería posible si la riqueza concentrada en el uno por ciento de la población mundial se distribuyera justamente, y precisaría una mentalidad diferente, una ética del ocio gracias a la cual la gente aprendería a vivir su propia vida, más que la vida de segunda mano que le ofrece la televisión. Eso es lo que enseña, si es que algo enseña, la Universidad del Ocio.

01-vs-alegria-port3Bibliografía recomendada en la Universidad del Ocio
IDLE portada