• ¿Y quién podría decirnos si no comenzaremos a cansarnos un buen día hasta de la propia velocidad?Valery Larbaud

Pienso en una historia política de la velocidad. Comenzaría con los revolucionarios franceses disparando hacia todos los relojes de las plazas públicas.

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¿Qué es un reloj? Una forma de parcelar la existencia en fragmentos definidos y actividades reglamentadas. Un adorno con funciones policiacas.

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Relojes de sol alrededor de los cuales se desplazaban las sombras, inútiles en un día nublado. Relojes en donde escurrían gotas de agua o se deslizaba la arena. Artefactos aproximados e inexactos, anteriores al reloj mecánico, ajenos a la productividad. Los revolucionarios franceses disparaban contra otro tipo de relojes, los mismos que presidieron la vida regimentada de los monasterios desde el siglo XI y más tarde las torres de los ayuntamientos de toda Europa. Esos relojes de precisión se difundieron durante el Ranacimiento en las cortes reales, donde se invertían fortunas para perfeccionarlos. Aparatos cada vez más sofisticados, donde habitarían finalmente el minutero y el segundero, dictando cada movimiento de los hombres, símbolos de poderío y control social, los tiranos de la vida cotidiana.

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El agricultor trabajaba de acuerdo a los procesos cíclicos de la naturaleza; el artesano lo hacía según el tiempo necesario para perfeccionar sus objetos. El obrero, en cambio, trabajaba siguiendo las necesidades de la industria, fundada en el principio de “más producción en menos tiempo” (los orígenes de nuestra prisa). A medida que la gente se trasladó del campo a la ciudad y comenzó a trabajar en los mercados y fábricas, en los albores del capitalismo, sus días se fueron rebajando a segmentos cada vez más finamente divididos. El tiempo para trabajar y el tiempo para comer, el tiempo para abrir las puertas y el tiempo para cerrarlas, la hora de las asambleas y las reuniones en las tabernas, la hora de dormir y la de volver a empezar.
Escena de Tiempos Modernos, de Charles Chaplin, 1936

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“El reloj convierte al tiempo, de un proceso de la naturaleza, en una mercancía que se puede medir, comprar y vender, como telas o jabones” (Geroge Woodcock).

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¿Quiénes son los únicos que no tienen prisa? Los vagabundos, los juerguistas, los desocupados y los niños, que son los emperadores del tiempo verdaderamente libre, ese que no ha entrado en la sala oscura de los interrogatorios. Todos ellos se encuentran en posesión de su tiempo y mientras juegan o caminan hacia ningún lado no hay segundero que les recuerde la hora. Entre ellos se encuentran también los perezosos, los que abandonan la tarea, los que desertan. La pereza es eso, “una estrategia subjetiva para burlarse de las coacciones del reloj” (Barthes). El perezoso es, según la etimología latina, un hombre lento. Alguien que desafía de manera indirecta el dogma unificado de la prontitud, un rebelde pasivo: hace las cosas, es cierto, pero mal y con demora.

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Cambiar la frase: “Trabajar contra reloj” por “trabajar contra el reloj”.

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Como señaló Lewis Mumford, el reloj es la máquina clave de la era de las máquinas, tanto por su influencia en la tecnología como en las costumbres humanas. En su corazón mecánico latía ya el motor del progreso obsesionado con la velocidad, cuyo primer clímax es el automóvil.

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“Uno de los mayores placeres de la vida es viajar en una carroza que corre a toda marcha”, dijo el Doctor Johnson en el siglo XVIII.

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Un siglo más tarde, en 1849, el escritor inglés Thomas de Quincey se adhirió a la celebración de la velocidad, pero al mirar el mundo por primera vez desde el pescante de un coche correo intuyó (“en un relámpago de terrible intuición simultánea”) que se trataba de un placer ominoso, en cuyo fondo se asomaba la posibilidad de que el viaje acabara mal, entre vehículos estrellados, ruedas y piernas retorcidas, en medio de una incomprensible confusión. Al fondo de la velocidad acechaba la muerte súbita.

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El coche correo inglés es uno de los primeros relatos sobre la pérdida de control de nuestras prótesis técnicas. Metido en el vértigo del nuevo vehículo, entre saltos y sacudidas, De Quincey entendió que hay en la aceleración algo irresistible y prohibido, una seducción trágica de consecuencias incalculables, y describió por primera vez el carácter paradójico de la velocidad: por un lado, fuente de fascinación y símbolo de libertad, movimiento e ingravidez (el cuerpo liberado, al fin, de su propio peso); pero también: agente de la catástrofe (una mantis que termina devorando a su amante).

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Como lo haría con el tema del asesinato, la belleza del incendio y los efectos del láudano, lo primero que advirtió De Quincey frente a la llegada del coche correo fue el acontecimiento estético, esos “grandiosos efectos visuales logrados entre la luz del coche y la oscuridad de los caminos solitarios”, esa “gloria del movimiento” asociada a la sucesión trepidante de las imágenes nocturnas. De Quincey amaba la amplitud de perspectivas que adquiría la realidad vista desde el techo del vehículo y también la rapidez con que se trasmitían las victorias de Waterloo. Pero nada superaba el placer de mirar los segundos deslizándose como ráfagas desde la ventanilla. El movimiento de quien permanece inmóvil, eso debió entusiasmarlo enormemente: la forma en que la quietud al interior del vehículo era envuelta por un escenario frenético, exactamente como le sucedía al comedor de opio con sus ensueños. He aquí cómo la velocidad (incluso aquella velocidad de once millas por minuto que hoy nos parece ridícula) era ya percepción alterada del mundo, alucinación instantánea (y sin síndrome de abstinencia) que había llegado para ampliar las dimensiones de la ilusión.

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Antes de que lo hiciera el cine, De Quincey inventó el artificio de la cámara lenta. Después de todo, El coche correo inglés no es sino el relato obsesivo de un accidente detenido en el tiempo: el momento en que un coche, en el que viaja el propio De Quincey, está a punto de provocar la muerte de una joven pareja que marcha distraídamente en un calesín. El hecho inevitable de la catástrofe tuvo un efecto tan brutal en la imaginación siempre excitable de De Quincey —una imaginación que, además de ser la mayor de sus facultades, se había robustecido de manera dramática gracias a su afición al opio—, que tuvo una secuela de pesadillas durante varios meses, como si algo en el fondo de su cerebro necesitara repeticiones continuas (y en ralenti) de aquel momento impenetrable.

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Aunque elogiara la velocidad, De Quincey fue sobre todo un habitante de la lentitud, el medio natural del opiómano y del escritor absorto, ajeno a los dictados del reloj. Hombre de otro tiempo, De Quincey vivió la mutación radical de los ritmos humanos introducida por la máquina, pero nunca se adaptó a la prisa de las grandes ciudades industriales; el opio y la escritura fueron los bastiones donde se atrincheró en solitario. Su narración en cámara lenta, atravesada por el ritmo vegetal del opio, es ya una crítica al exceso de velocidad.

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Tedio, desasosiego, spleen: los primeros malestares de la velocidad.

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“El opio domesticado endulzará el dolor de las ciudades”, ese era el remedio que reclamaría Jean Cocteau para curar a los enfermos de velocidad, una desintoxicación de la realidad por vía de una intoxicación contraria: permanecer inmóvil en la cama, entregarse a la vida mental, renunciar a los horarios de una existencia atrofiada y regida por la producción.

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De Quincey entendió que la velocidad era una forma de ver que excedía a la mirada humana. A ella se llegaba siempre demasiado tarde, como si la realidad sobre ruedas fuera inalcanzable y nunca se le pudiera arrojar la sonda del pensamiento. No había modo de armonizar la rapidez del accidente y la asimilación de la experiencia, la lectura de los acontecimientos. Cuando advirtió la dificultad de ver las cosas a través de las barreras de la velocidad, decidió volver al observatorio (extraordinariamente más atento y pausado) de la escritura, la única fuerza capaz de manipular el instante y estudiarlo de cerca, como a un pájaro disecado en pleno vuelo. Escribiendo: así se alivia el alma del shock de la velocidad. En su narración, la catástrofe progresa con un ritmo lentísimo, opuesto al de su violencia súbita, como si De Quincey quisiera meterse en los personajes del calesín hasta hacerlos desprenderse de su agonía.

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“Entre ellos y la eternidad, para todo cálculo humano, no hay más que un minuto y medio”. Conozco pocas frases más bellas y escalofriantes sobre la naturaleza del accidente que ese minuto y medio amplificado en la narración de De Quincey antes de que la muerte apareciera, de pronto, incontestable. Se trata de una frase que anticipa aquella otra, escrita a la vuelta del siglo, en pleno imperio de la velocidad, por otro adorador del opio y sus propiedades para estirar el tiempo, Jean Cocteau: “Un accidente de automóvil, una catástrofe de ferrocarril, son las obras de arte de lo inesperado. ¡Si pudiéramos ver en ralenti cómo velocidad e inmovilidad tuercen el hierro con dedos de modista!”.

La capacidad de detener la acción indefinidamente, ¿no sigue siendo esa una de las cualidades del arte? No se trata sólo de estilizar la atrocidad del accidente, sino de internarse en él para tratar de entenderlo.

Al leer la velocidad, actuamos como taxidermistas del segundo. Nos resistimos a desaparecer.

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Paul Morand dijo que la velocidad —la droga del siglo xx— no era sólo un estimulante, sino también un deprimente, un explosivo cuyo manejo era peligroso, capaz de hacer saltar no sólo a nosotros mismos sino al universo entero. “El único vicio nuevo”, dictaminó en su ensayo “De la velocidad”. Una sustancia tóxica, asesina y vibrante que conectaba a todas las ciudades. Cosmopolita y esnob, adorador de los desplazamientos y los viajes motorizados, Morand se entretenía dándole cuerda todos los días a todos los relojes del mundo. Como primer habitante de la aldea global, la mejor parte de su obra se encuentra en sus libros de viajes. Pero entre todas sus exploraciones (Nueva York y la ciudad de México incluidas), la más lúcida (y peligrosa) fue la que emprendió hacia el centro mismo de la velocidad, una droga que cortejó durante los años treinta hasta que empezó a amarla un poco menos para intentar entenderla mejor. “El ferrocarril se ha convertido en una nueva bebida alcohólica y el turismo más que un tónico es un estupefaciente. La gente pide a gritos que la ayuden a olvidar”, escribió en Le voyage, una indagación fragmentaria sobre la figura del viajero moderno. Su filosofía de carretera.

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Es probable que condenar la velocidad no ayudará a nadie a domesticar su ferocidad implícita, pero desmantelarla a través de los recursos de la escritura tal vez nos sirva para no terminar arrollados como perros por ella. Congelar la imagen. Recortar un trozo de movimiento (ahora estático) antes de encender la máquina de vértigo una vez más. Tomar una fotografía instantánea del fin del mundo. Tal vez ese álbum meditado de nuestra condición efímera pueda devolvernos a las carreteras de la velocidad con “una desorientación más lúcida” (María Negroni).

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Una novela emblemática de J. G. Ballard ha hecho del deshuesadero un museo del tiempo detenido: Crash o la abolladura como afrodisiaco. Ahí los protagonistas, fascinados por una nueva idolatría, se dedican a mirar obsesivamente videos de accidentes automovilísticos en cámara lenta, con la misma excitación del espectador tembloroso frente a un striptease. Al centro: el automóvil, el dios en ascenso de la cultura urbana.

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Cuando el mundo comienza a ver el accidente como obra de arte y la velocidad como fuente de placer, los opiófagos mudan de sustancia. Ya no se resisten a la velocidad; procuran alcanzarla, deletrear su dictado, y el siglo xx desplaza el imperio de la morfina por el de la cocaína. Se trata de algo más que un sucedáneo ante la banalidad de la existencia (ya Sherlock Holmes prefería los efectos de la coca “a la estupidez de lo cotidiano”); la cocaína procura un extraordinario estímulo mental, vigor y una capacidad de trabajo redoblada. No es extraño que se convirtiera en la emperatriz inmediata de una sociedad que glorifica el coeficiente intelectual, la productividad y se subleva frente a la inacción.

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—¿Puedo preguntarle si en este momento tiene en marcha alguna investigación?

—Ninguna. Y es por eso que tomo cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Hay alguna otra cosa por la que valga la pena vivir, Watson?

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El filósofo y urbanista Paul Virilio ha escrito que el proceso de aceleración del mundo es irreversible, pero no por eso debemos renunciar a interrogarlo. Virilio mismo propuso la creación de una nueva ciencia, la dromología, dedicada al estudio y análisis de la velocidad, es decir, a la comprensión del trance descomunal en el que estamos metidos desde que el Doctor Johnson comenzó a correr sobre su carroza en dirección hacia la nada. La tarea parece no sólo fundamental sino urgentísima, como todo en esta época ultrarrápida, o el día menos pensado la realidad se extinguirá frente a nuestras narices por exceso de velocidad, como ya sucede con buena parte de nuestra existencia que consiste en ir de un lado a otro sin parar, o sea, sin tiempo para vivir.

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Paul Virilio: Pensar la Velocidad. Extractos selecionados del film de Stéphane Paoli para el Canal Arte, 2009.

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“Hemos de tener tiempo si es que queremos entretenernos con relojes”, escribió Ernst Jünger en su libro consagrado al reloj de arena, el único tipo de reloj que toleraba en su estudio, precisamente porque nada tenía que ver con el molesto tic tac de un mundo demasiado ajetreado y demandante. El tempo del reloj de arena es, para Jünger, la representación de nuestro tiempo más íntimo, un tiempo que está “vivo no sólo en nuestros días de infancia, de vacación o de jardín, sino vivo en las profundidades de nuestro ser, allá en lo hondo de él”. Es el tiempo que pasa el hombre en su ocio o entregado a las tareas del espíritu, como sucede en aquel grabado de Durero, San Jerónimo en su celda, que muestra al santo absorto en sus pensamientos mientras a sus espaldas lo custodia, sin interrumpirlo, un reloj de arena. Se necesita tiempo para pensar, dice Jünger, y su libro no es otra cosa que una dilatada reflexión, no exenta de melancolía, sobre la pérdida de la facultad de pensar, una pérdida asociada a la constante premura de la civilización mecanizada. “Quien vive completamente inmerso en este orgulloso mundo nuestro de titanes, en sus goces, sus ritmos, sus peligros, podrá llegar a realizar grandes cosas en él, pero lo que no podrá hacer es criticarlo”.
jeronimo en su celdaSan Jerónimo en su celda, de Alberto Durero

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En un par de siglos, la velocidad se ha convertido en el gran absoluto alrededor del cual se organiza todo el sistema, desde las teorías científicas hasta la vida cotidiana, el trabajo, la educación, la comida, los sentimientos. El ritmo de la ciudad global, con su horario 24/7 (a todas horas, todos los días), nunca se interrumpe. Durante la noche, mientras América duerme, las redes cibernéticas siguen dictando su mensaje desde el otro lado del mundo y, al despertar, la secretaria del departamento de facturación encontrará su bandeja de entrada con toneladas de correos electrónicos por responder, es decir, de trabajo acumulado. No es extraño que hoy el tiempo se haya encogido pavorosamente y la humanidad entera sienta que el día no le alcanza, que su ritmo, un ritmo demasiado humano, ya no corresponde a las exigencias de una realidad dominada por el ímpetu de la máquina digital y ordenada bajo la cadencia insensata del stock exchange.

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“¡No tengo tiempo para nada!”, he aquí el grito general de un planeta enfermo de velocidad.

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“Buscábamos el arte elemental de curar al hombre del frenesí de los tiempos”, eso era lo que querían Jean Arp y los artistas de dadá al despegar el siglo xx, un siglo que emplearía como ningún otro la fuerza de la velocidad no sólo para democratizar el confort, sino para arrebatárselo al mundo rápidamente, gracias a la capacidad destructiva de la Gran Guerra, esa violencia multiplicada por radares, bayonetas y aviones, un arsenal ultra veloz que exiliaba al hombre de la vida, como lo hizo con Arp, quien muy pronto huyó a Zürich, una ciudad pequeña y lenta y ajena a la guerra, donde armaría un gran escándalo y una revolución estética (una forma, decía, “de restaurar el equilibrio entre cielo e infierno”), junto con sus amigos de protesta que disolvieron las fronteras entre los lenguajes para darle un dinamismo, hasta entonces desconocido, a la literatura y el arte, un dinamismo violento y explosivo como el de “los émbolos ansiosos y el carbón que se quema”.

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Ahora, como hace cien años, la dinámica de la aceleración sigue exiliando al hombre de sí mismo, y hasta de la misma velocidad: ¿cómo no imaginar la decepción que sufriría Marinetti en estos días, asomado desde su fulgurante auto inmóvil hacia el tráfico que paraliza a las ciudades? La velocidad que celebraban los futuristas nos parece menos atractiva que entonces, tal vez porque ha dejado de ser un medio a nuestro servicio para convertirnos en sus sirvientes. Pero, ¿no era esa la política de la velocidad que celebraba Marinetti? Un fascismo de la inmediatez. Eso hemos llegado a ser: los oficinistas agotados de una velocidad autoritaria y omnipresente. “Lo que hay en mí es sobre todo cansancio / un supremísimo cansancio / ísimo, ísimo, ísimo, cansancio”, escribió Álvaro de Campos, encarnación del hombre con ojeras, expoliado por la velocidad. “Yo, lleno de todos los cansancios… el cansancio anticipado e infinito / el cansancio de mundos por tomar un tranvía”.

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Como valor supremo de la economía turbo (con autopistas, super puertos, túneles, macro aeropuertos y trenes de alta velocidad viajando en todas direcciones a 300 km/h) la celeridad abstracta y loca ha perdido su dimensión humana y el hombre está fuera de ritmo. Las avenidas se van poblando de sombras nerviosas, una masa de semblantes aturdidos que han perdido su rumbo y ya no quieren continuar. La era de la revolución del microchip se ha convertido también en la era de los hombres exhaustos.

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Me he enterado recientemente de que al vocabulario de nuestros malestares se ha agregado un nuevo término: time-sickness, la percepción obsesiva de que el tiempo se desvanece, las horas extra ya no bastan y es necesario pedalear cada vez más rápido para seguir (no se sabe hacia dónde, no se sabe por qué). Un nuevo mal para este milenio lleno de males nuevos, que podría llamarse también “Síndrome del Conejo Blanco” o “Síndrome de Benjamin” (en honor a Benjamin Franklin, ese hombre infatigable que además de haber sido uno de los padres de Estados Unidos, inventó el pararrayos, negoció tratados con las confederaciones indias, formó una milicia para construir fuertes fronterizos, fundó la primera compañía de seguros, el primer cuerpo de bomberos y el primer periódico independiente y dibujó la primera caricatura política de su país, y después de todo eso aún le quedó tiempo, tal vez porque dormía menos de seis horas diarias y vivía bajo un horario estrictamente reglamentado, de configurar la ética del trabajo que dominaría al mundo por los siglos venideros, en libros como The Way to Wealth, donde apuntó: “¡Pero cuánto tiempo desperdiciamos en dormir!”). No es extraño que en Estados Unidos, la patria de la velocidad, el malestar del cronómetro se haya convertido en pandemia, según las estadísticas proporcionadas por el doctor Larry Dossey, quien acuñó el término time-sickness en 1982, después de haber padecido él mismo los efectos de nuestro orgulloso mundo de titanes. Ahora la pandemia se extiende no sólo en Occidente, sino en países orientales que habían vivido históricamente bajo la sabia filosofía de la holganza, como China. Porque lo que está ocurriendo ahora, aquí y en todas partes, es el ultra capitalismo y no hay fábrica u oficina en Taipei o Bangalore que no se haya contagiado finalmente de la angustia del tic tac. Faxes, celulares, alarmas digitales, bippers, ringers, timers, esta es la imparable producción de artefactos que no dejan de invitarnos a orar: “¡Oh, Dios mío, voy a llegar tarde!”, esa nueva Liturgia de las Horas.

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Hay una angustia de la velocidad que consiste en la renuncia radical a la vida, el olvido del ser. Si bajo la estructura de la jornada de trabajo el tiempo ya no nos pertenece sino que le pertenecemos a él, cuánto peor si esa jornada se prolonga indefinidamente y nos sigue a todas partes con trabajo que se lleva a casa, balances que se resuelven durante el viaje en avión, llamadas que no cesan a la hora de la comida. La angustia de la velocidad es sacrificio del tiempo propio (el tiempo del sueño y la conversación, del amor y el cuerpo, de la contemplación y de todo lo que sirve al placer de la gente libre), por tiempo ganado (el tiempo de los negocios). Ahorrar tiempo es ganar tiempo, y si el tiempo es oro, el que lo ahorra y lo gana se enriquece. Y dado que nuestra época ha obedecido como nunca a la exhortación de hacer dinero, se considera legítimo y hasta admirable desaparecer la sobremesa y convertir el restaurante en extensión de la oficina. Rendir a tope, eso es la velocidad. Dejar la siesta. ¿Quién entre los nuevos ascetas entregados a la sagrada causa laboral se opondría hoy a una nueva reforma: la abolición del domingo?

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Es la hora de las grandes impaciencias, de los desquiciamientos prematuros. Y el día menos pensado, toca a la puerta, el burnout: el cansancio de todos los cansancios, el último cansancio, después del cual sólo queda un gran vacío. Ningún afán ya, las manos ya no toman nada. Suena el teléfono, nadie responde. El burnout es la postración de un sistema nervioso exhausto, una resaca por sobredosis de eficiencia. Síndrome de Agotamiento Profesional. Sus efectos están más allá de la fatiga física, los dolores de cabeza, las úlceras, los insomnios, las irritabilidades. El burnout es el preludio de la muerte del espíritu, el alto precio que pagan los soldados del deber, fustigados por un reloj tiránico (cada vez más horas, cada vez más rápido, “casi bien no es suficiente”). El cuerpo cansado es un cuerpo que se rebela, un cuerpo que se ha puesto en huelga y defiende su derecho a reposar. A través del agotamiento, el tiempo biológico intenta imponerle un compás distinto al hombre del tiempo frenético; le dice: “Detente…”. Pero el burnout es una alarma tocada a destiempo, cuando el corredor ya se ha desfondado y se ha convertido en un extraño de sí mismo. Lo que sigue parece más bien un freno inútil, un freno después de la catástrofe. Ansiolíticos para ralentizar un cuerpo inerte. Y entonces los médicos aconsejan una “cura de reposo” que devuelva la vida al paciente: conversar con los amigos, ir al cine, beber una copa de vino de vez en cuando, jugar con los hijos, ensayar una nueva gimnasia amorosa, apagar el celular. Como han dejado de ser hombres, los soldados de la eficiencia requieren que sean otros quienes les recuerden que lo son.

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Algo semejante advirtió Séneca sobre el hombre ocupado, un personaje anómalo en la cultura latina: “¡Pensar que existe gente que tiene que confiar en otro para saber si está sentada! Un hombre así no es un ocioso, hay que darle otro nombre: es un enfermo, más aún, es un muerto. Es ocioso aquel que tiene la sensación de su propio ocio. Y vivo a medias el que necesita un indicio para darse cuenta de los hábitos de su propio cuerpo. ¿Cómo puede éste ser dueño de tiempo alguno?”.

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De Quincey intuyó que la velocidad se convertiría en la reina indiscutible de la muerte súbita, cuya variante laboral podría ser hoy el karoshi: trombosis, hemorragias cerebrales, infartos del miocardio, el colapso repentino del cuerpo provocado por exceso de trabajo, un ir más allá de las propias facultades, meter el acelerador a fondo hasta hacer estallar los pistones del corazón. En 1969, en Japón, el monstruo asiático del control de calidad, un empleado de veintinueve años que trabajaba horas extra en una compañía periodística falleció a causa de un infarto. Se trataba del primer caso conocido de karoshi después del cual no han dejado de producirse a todas horas (las estadísticas del ministerio japonés del trabajo reportan diez mil muertes al año).

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Leo en una página de internet, dedicada a la defensa de las víctimas de karoshi, la historia del señor Yagi, un hombre que trabajaba catorce horas diarias y gastaba tres horas y media en el tren para ir y volver de la oficina. Murió a los cuarenta y tres años; en su diario personal escribió: “Al menos los esclavos tenían tiempo para comer con sus familias”.

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Un mundo que sólo vive para trabajar y trabaja hasta morir es un mundo de dispépticos que se prepara para transformarse en un mundo de semi dementes. Con todo ese rigor a marchas forzadas sólo se ha logrado que la vida ya no merezca ser vivida. En Japón, al número de muertes causadas por exceso de trabajo se suma el número de suicidios originados por su carencia. Durante su recorrido anual por los bosques de Aokigahara, a fines del año pasado, la policía japonesa encontró setenta y tres cadáveres, la mayoría de jóvenes que se quitaron la vida porque no encontraban empleo o habían sido despedidos. Las presiones que ejerce el sistema financiero actual han llevado a las corporaciones (empresas sin conciencia ética cuyos intereses están por encima de los individuos) a hacer  recortes de personal constantes y sobrecargar de tareas al señor Yagi, para ajustarse a los costos internacionales. De ese modo, los que trabajan lo hacen bajo condiciones de presión inaceptables que soportan —dispuestos incluso a desfallecer— sólo por miedo a perder la quincena, y los desempleados prefieren el suicidio a una vida vergonzante (bajo la moral japonesa no hay peor oprobio que la imposibilidad de servir a la sociedad).

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Pienso en ese bosque de cadáveres al pie del majestuoso monte Fuji y recuerdo aquella frase de Morand: “La velocidad es una ruta sembrada de muertos, una sed perpetua que nada sacia, un suplicio omitido por Dante”. Tal vez Aokigahara sea como una fotografía ominosa, el emblema de un porvenir donde las aflicciones asociadas a nuestra obsesión por la velocidad se volverán habituales, si no, crónicas.

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¿No sería oportuno que alguien se diera a la tarea de inventar una nueva máquina, la Máquina de la Lentitud, un artefacto imposible, capaz de desacelerar el tiempo y de reconquistar las horas de ocio, las caminatas morosas y sin rumbo fijo, las lecturas prolongadas en posición horizontal? Sería una máquina de dimensiones humanas que nos libraría del yugo de las máquinas y nos devolvería la posibilidad de meditar un poco sobre nosotros mismos. Tendría que ser un artefacto lento, torpe incluso, parecido a una bicicleta o un pesado molino, donde la velocidad sería finalmente domesticada. Al hacerla girar, la ciudad adoptaría un nuevo ritmo, sin dejarse atropellar nunca más por la prisa y la fatiga. Bajo su influjo liberador, la taza de té duraría media hora y la gente aprendería a saborear el vino en lentos sorbos, interrumpidos por frases ingeniosas en la plática. Los restaurantes de comida rápida permanecerían vacíos, y la gente se recostaría y se dejaría caer en hamacas muy hondas. Los amigos aprenderían el arte de pasar toda una tarde en un café y los lunes celebrarían la Carrera del Ciclista Más Lento, una prueba cuya única finalidad, como en el aforismo de Wittgenstein (“en la carrera de la filosofía, gana el que puede correr más despacio”), sería llegar al último. Atentos a las minucias del camino en las que jamás habían reparado, los ciclistas filosóficos se empeñarían en una proeza extravagante: coronarse en el pódium de la inmovilidad. Ninguno querría fatigarse, ni rebasar a sus rivales; para estos atletas de la lentitud, la verdadera victoria consistiría en no cruzar la meta.

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Quizás esa gran máquina, que imagino ahora con forma de reloj de arena, de donde los acelerados saldrían andando despacio, ha existido desde que De Quincey le puso pausa a la fatalidad, antes de dar un viraje equivocado sobre la carretera. Esa máquina de desaceleración es la escritura, capaz de retardar el curso del tiempo. Pienso en el día de Leopold Bloom, el día más largo de la literatura, donde un par de horas o quince minutos pueden amplificarse durante doscientas páginas. O en las digresiones de Tristram Shandy que hacen retroceder la trama cada vez que avanza. Shandy huye de los relojes porque no quiere morir. Y encuentra en la digresión (un recurso que multiplica el tiempo al interior de la obra) la mejor arma para esconderse de la horrible velocidad.

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“Lentitud, señal de ocio”, escribió Valery Larbaud en un ensayo contra la velocidad que dedicó a su amigo Paul Morand, para insistir en la defensa de una existencia más pausada, como la que llevaba su heterónimo, A. O. Barnabooth, poeta sin patria, ocioso y multimillonario, que aquilataba como ninguno el privilegio de tener un tiempo propio. En el ensayo, Larbaud habla de cierto personaje anómalo que descubrió en una ciudad extranjera. Todas las noches, hacia las once y media, veía pasar desde su ventana un coche silencioso, elegante y nuevo, que recorría la avenida tan suave y lentamente que parecía a punto de descomponerse. ¿Quién era ese hombre que podía pagarse el lujo de tanta lentitud? Se trataba del rey, quién más, el aristócrata desertor del ritmo general. “La velocidad —escribió Larbaud— ha invadido a tal punto nuestras horas de ocio, de ese poco ocio del que disponemos, que la lentitud tiende a convertise, cada día más, en una mercancía rara y preciosa”.

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Ahora que termino estas notas, que se asemejan cada vez más a un informe clínico, quiero pensar que la literatura puede ser ese vehículo silencioso y lento que recorre las avenidas de la noche a contracorriente, un vehículo excéntrico y remiso donde la gente se desplaza en dirección opuesta a los flujos financieros. Tal vez la literatura no nos cure de la velocidad (nada más desalentator, pensaba Walser, que los libros sanos), pero escribir y leer quizá puedan acercarnos al conocimiento de su tragedia inherente o ayudarnos a descifrar en qué nos estamos transformando y cuál es la dirección imprevisible a la que nos arrastra el nanosegundo.

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Coda (lentísima). Diógenes, el cínico, celebraba el noble arte de dejar las cosas sin hacer. Nadie más digno de admiración, decía, que el que iba a hacerse a la mar y no zarpaba, el que se disponía a casarse y no se casaba, los que estaban preparados para aconsejar a los poderosos y no se acercaban a ellos. Hace tiempo que busco el rastro de esos hombres de paso lento e indeciso, esos prófugos de la acción. Me gusta imaginarlos detenidos súbitamente en medio de la agobiante actividad de la ciudad, como si fueran los actores de una película inconclusa, una película a la que se ha puesto pausa para siempre. Hace tiempo también que he querido escribir un relato sobre ellos. Sería el relato de un grupo anónimo de meseras, cajeros, vendedores de seguros, editores de periódico, que el día menos pensado, al salir a la calle a comprar cigarros para luego volver a la brega, simplemente no regresan y se quedan parados, inmóviles, en medio del frenesí caótico del mundo. Una conjura de seres detenidos en las esquinas, contemplando el cielo, mientras el ajetreo de las avenidas y los automóviles les pasa de lado. Algún día escribiré ese cuento, pero no tengo prisa: hace tiempo que arrojé mi reloj al basurero.
Al margen tengo que decir: yo también conozco el éxtasis de la velocidad. Una noche, para viajar en contra del flujo de la autopista México-Cuernavaca, salí de la ciudad en la víspera de año nuevo. El resto del mundo, en cambio, parecía regresar a ella. De su lado, el tráfico se movía como un molusco. Del mío, la autopista estaba desierta. Fue entonces cuando metí el acelerador a fondo, atenta a la aparición de algún auto. Viajaba sola. Cuando lo hago con mi esposo y mi hijo no subo más allá de 110 km/h, por precaución. Me he convertido en una conductora lenta y los viajes largos en carretera, cuando voy al volante, suelen ser eternos. Le temo a la velocidad porque conozco mis debilidades. Soy una mujer ansiosa y presa fácil de las adicciones. Después de diez años sin fumar, mis pulmones aún no se recuperan de mis noches de tabacómana. Y volver a escribir después de eso fue tan difícil y doloroso que he procurado no asociar mi “trabajo intelectual” a ninguna otra sustancia tóxica. Le temo al dolor de la pérdida, al insoportable día siguiente. Aquella noche, sin embargo, las condiciones habían abolido para mí el límite de velocidad. La autopista estaba sumergida en la oscuridad y sobre ella, atravesándola, las líneas fosforescentes del asfalto adquirían una densidad cósmica. Recuerdo que escuchaba la música electrónica de Air a todo volumen: sonidos interestelares y atmósferas subacuáticas extendidos durante largos minutos. Trip-hop. Descendía a toda velocidad por un túnel de curvas peligrosas cuidadosamente señalizadas. Aquello parecía el pabellón del oído del mundo. En mi cuerpo (la boca del estómago, los muslos), palpitaba una emoción ambigua: mitad miedo, mitad excitación. ¿Me encontraba acaso ante las puertas de una percepción distinta? ¿En el umbral de la transgresión? La luz intensa sobre el fondo negro, la desaparición del paisaje, una sensibilidad acústica intensificada, la cercanía del peligro: todo aquello propiciaba una sensación de ingravidez. Eso es la velocidad: perder peso. De pronto yo era un pez en el acuario, un cosmonauta flotando entre nubes de gas y materia oscura. Atravesaba por una experiencia estética que poco o nada tenía que pedirle a los estados alterados de conciencia. Yo sentía la ebriedad del líquido, el vértigo de esa noche estrellada que sólo me mostraba el movimiento, la huida, el traspaso. Y no había ingerido nada; todo el efecto dependía de la velocidad. En algún momento tuve el deseo de ir todavía más rápido, sentir quizá la cercanía de la muerte. Como me había sucedido tantas otras veces con el cigarro, me encontraba ante las puertas de un placer sublime (sombrío y bello e inevitablemente doloroso) del que emergía un tipo de presentimiento metafísico que algunos cursis todavía llaman eternidad.

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En 1977, Bill Gates fue detenido en Albuquerque por manejar con exceso de velocidad. Una famosa foto lo muestra posando para la ficha policial con una sonrisa adolescente y candorosa. Le sucedía con frecuencia, reincidía sin remordimientos. Dos años antes había fundado Microsoft, una compañía de software donde trabajaba y programaba todos los días hasta el amanecer (incluyendo los fines de semana). Su única distracción: los automóviles. Porsche 930, Porsche 959, Mercedes, Jaguar XJ6, Carrera Cabriolet 964, Ferrari 348. Cambiaba de marca con los temblores de un adicto. Amaba la velocidad casi tanto como la programación. Pero en el fondo, ¿no se trataba de una misma vocación? Llegar más lejos, cada vez más rápido. El espíritu del capitalismo turbo encarnado en una sola persona. No es casual que uno de sus libros sobre la importancia de internet en el mercado se titule: Negocios a la velocidad del pensamiento.

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La velocidad destruye. ¿No es por eso que en el fondo nos parece tan seductora? Pienso en toda esa gente que firma sus pólizas de seguros contra accidentes como si fueran las actas de su sentencia de muerte. Y después de mirar los esqueletos de autos chocados colgando de las grúas, ¿no deberíamos pensar, como lo hizo J. G. Ballard, que si en verdad temiéramos el accidente, la mayoría de nosotros sería incapaz de comprar un auto, mucho menos de conducirlo? Pero en realidad sucede todo lo contrario. Pasamos buena parte de nuestra vida en el auto, aunque le dirijamos a diario nuestras quejas. El siglo XX, dice Ballard, alcanza casi su más pura expresión en la autopista. Hasta la llegada de internet, el auto fue el encierro perfecto, nuestro pequeño universo de metal y plástico, el lugar donde podíamos gozar una sensación de libertad, ligereza, porvenir, mientras veíamos pasar la vida por las ventanas. ¿Qué sustituirá al volante? El desplazamiento a control remoto, es decir, el encierro en las autopistas de la información, donde la velocidad ha encontrado su más allá: la velocidad de la luz, la velocidad de las ondas electromagnéticas.

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Leo Crash, la novela donde Ballard lleva su meditación sobre las claves de una nueva sexualidad asociada al automóvil hasta sus últimas consecuencias. Perturbadora y reiterativa, llena de vísceras y choques grotescos, en Crash los personajes no sólo no temen al accidente, sino que lo desean y procuran obsesivamente. El erotismo perverso del choque de autos, los radiadores hundidos entre las piernas como fetiche sexual. Ese reino donde imperaban la violencia y el coito fue la metáfora admonitoria con que Ballard anunciaba la colonización del cuerpo por la técnica. Igual que su adaptación al cine por David Cronenberg, la novela provocó ríspidas discusiones sobre los límites de la censura. ¿Debía o no publicarse? Ya antes había sucedido lo mismo con una serie de serigrafías de automóviles chocados que realizó Andy Warhol en los años sesenta, con imágenes extraídas de la nota roja. Ninguna galería quería mostrarlas. Porque la sociedad no soporta la exhibición de su propia obscenidad. Y le teme a la muerte (aunque su cercanía le parezca excitante). Después de todo, ¿no vivimos pegados al espectáculo de lo atroz que se transmite cada noche en el noticiero?

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3_warhol-pink-car-crashAndy Warhol, de la serie The Death and Disaster Series.

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He leído que una de cada cuatro veces que alguien escribe una palabra en un buscador de internet, esa palabra está relacionada con sexo o pornografía. No es tu caso, por supuesto. Pero la metáfora del cuerpo-máquina se ha convertido, lo reconozcamos o no, en nuestra manera de estar en el mundo, libres de los apremios del espacio y el tiempo, abducidos por la velocidad de las comunicaciones instantáneas. ¿Puede haber algo más adictivo que la satisfacción inmediata? Eso es internet: la droga definitiva. “Un lugar donde podemos abandonarnos a los placeres corporales liberándonos de nuestros cuerpos reales” (Slavoj Žižek). Los personajes de Ballard creían todavía en el placer de las heridas. Conozco muchos amigos que se han desquiciado alimentando todo tipo de obsesiones a través de la red, maquinando relaciones fantasmales que los mantienen atados a la pantalla como el junkie a la jeringa. Pero sus cuerpos permanecen intactos, lejos de la amenaza del sida o la decepción sexual. La ingravidez (el desmantelamiento del cuerpo) fabrica sus intoxicaciones. ¿Quién no exhalará su impaciencia ante cualquier proceso de seducción real bajo la certeza de que el mecanismo ligero del ciberespacio funciona al segundo, en cualquier parte?

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He descrito en el otro extremo de este ensayo el lado sombrío de la velocidad, que ha seducido y conquistado al mundo. He levantado el ministerio público donde se acumulan muertes por exceso de velocidad. Pero de este lado no juzgo. Me pregunto si yo, en lugar de condenar la velocidad, lograra aislarla y mirarla de frente, si pudiera indagar en mi propia relación con ella (sus seducciones, mis resistencias), si consiguiera eso, lograría volverla una sustancia compleja, despojarla de su barbarie: comprenderla. Porque el único crimen del ensayista es el de ser superficial, pasar por las cosas demasiado rápido. ¿La ensayista es una mujer lenta? Yo lo soy, aunque tenga una iMac de cuatro núcleos que es una ráfaga. Soy una habitante del tiempo lento. Demasiado lento. Una mujer impuntual. Y estas son mis confesiones.

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Tengo diez años y en el radio del auto se escucha, minuto a minuto, la “hora del Observatorio, misma de Haste, Haste, la hora de México”. Hace frío, hemos salido corriendo. Mi hermana y yo comemos un pedazo de pan tostado con mermelada en el asiento trasero del Volkswagen. Mi mamá conduce; mi papá permanece en casa dormido (padece insomnio o lee hasta las cinco de la mañana). Recuerdo la escena como una imagen recurrente, casi como una definición temprana de mis ritmos adultos: aunque vivíamos a seis cuadras de la escuela, siempre llegábamos tarde. O sobre la hora. Usábamos la cercanía como coartada para despertarnos tarde y sin prisa, para retrasar nuestra entrada al mundo unos minutos más, que siempre me parecieron demasiado cortos. ¿Cómo hacían los niños que vivían al otro lado de la ciudad para llegar a tiempo? Tal vez no se resistían. O se resistían menos. Pobres criaturas domesticadas. Nosotras, en cambio, como nuestro padre, adorábamos la cama. La adoramos todavía, el encantamiento de la posición horizontal, la sabiduría de la quietud. ¿Una tendencia melancólica? Sólo en parte. ¿Síntomas de un cuerpo enfermizo o sin vigor? Casi nunca. Es simplemente que ahí dentro el mundo no nos reclamaba. En posición fetal o despatarradas, casi obscenas, ahí éramos enteramente nosotras mismas; la funda de la almohada era la bandera con la que exigíamos nuestra soledad. Porque no hay espacio más amplio ni lugar en el que un individuo sea más libre que su propia cama. Desde ahí puede observar sus dominios mentales. La cama es sediciosa, sobre todo cuando se hace un buen uso de ella. No me extraña que la realidad conspire con tanta vehemencia en su contra. Pero todos los acusadores de la cama sermonean en vano: se entra y se sale de la cama, pero a ella se vuelve siempre. Creo que mis mejores ideas (casi diría, las únicas) las he concebido ahí, en la cama, y en cuanto terminé la universidad hice todo lo posible por no volver a tener horarios coercitivos que me sacaran de las sábanas violentamente. Pero el mundo no se detiene en la cama, padece “el mal del ímpetu” y la enfermedad del progreso, como los Zurov, los personajes hiperactivos de la novela de Iván Goncharov. O como mi madre, que es una mujer extraordinariamente activa, valiente, madrugadora, amante de las caminatas y el aire libre: el exacto reverso (y complemento) de mi padre. Nada la detiene, a sus setenta y tres años conserva una energía vital arrolladora. Se inquieta si permanece en la cama y todavía hoy se desespera un poco porque sus hijas pasan ahí más tiempo del debido. ¿Qué habría sido de nosotras sin su contrapeso? Jamás habríamos vencido ese momento de indecisión o pánico que provoca en los individuos sensatos salir de la cama para internarse en la selva de la vida. Con el tiempo mi personalidad se ha convertido en un campo de batalla donde se enfrentan a diario los Zurov y los Oblomov, es decir, los dos extremos que describió Goncharov en relación con el temperamento: la excesiva actividad y la pereza metódica, el frenesí patológico y la indiferencia hacia el ajetreo mundano. La manía y la depresión.

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Debo decirlo ahora: mi mamá también es impuntual. Y no la critico por eso. Todo lo contrario, creo que llegar tarde (y a veces no llegar del todo) ha sido la forma con que ella se ha defendido de su propensión a llenarse de tareas y compromisos, su gusto excesivo por el trabajo. Porque en el fondo toda impuntualidad es un mecanismo de defensa, una respuesta crítica frente a las coerciones permanentes del reloj. El impuntual es un desertor del dead line, la línea donde mueren a diario los soldados del sistema. Si llega tarde es porque busca reencontrarse con el tempo humano, contraatacar la urgencia con dilación. El impuntual dice: los ritmos de las transacciones no son más importantes que los tiempos de mi respiración. Quiere estar a solas. Concentrarse cuarenta minutos más en sí mismo. ¿Es un egoísta? Más bien, un individuo autónomo que ha escapado, por omisión, a la vigilancia del segundero. Un rebelde pasivo. No mira la hora porque no le parece necesario. De algún modo, entiende que el reloj es también un símbolo. Es la familia, la industria, la sociedad, el deber. Obediencia y disciplina ritman, desde los monjes medievales, el orden en el reloj. Y el impuntual es visto entonces como un paria, incluso como un traidor. Se le castiga, se le despide, se le retira la palabra. A nadie le está permitido permanecer absorto.

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Pero ¿no es la impuntualidad otra forma de la prisa?

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Una voz en el radio dice que son las siete cincuenta y cinco. La campana tocará a las ocho. Esa mañana, que son todas las mañanas del mundo, veo en mí a la impuntual que ya soy. De pronto siento ansiedad en las piernas, esa crispación de los nervios, característica de los animales urbanos amenazados por la prisa. En el auto, las tres guardamos silencio, como si mantener la boca cerrada nos ayudara a llegar a tiempo. Afuera: el ruido de los cláxones; adentro, el vaho en las ventanas y las secuencias publicitarias de la “Hora Exacta” que permanecen casi intactas en mi memoria. Chocolates Turín, ricos de principio a fin. La publicidad es así, indeleble. Sobre todo si se oye obsesivamente de camino a la escuela: Jabón del Tío Nacho desinfectante de la piel y cuero cabelludo. Maestro mecánico, Marcos Carrasco, garantiza riguroso control de calidad en rectificación de motores. ¡Atención Reyes Magos! Bicicletas, motocicletas, juguetes, patinetas: Casas Radioamérica, Argentina # 44. Para muebles ni hablar, sólo Baltasar, la esquina que domina: Aldama y Mina, Buenavista. De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardán. Por su regio sabor y deliciosa suavidad, la cerveza es Corona. XEQK proporciona la hora del Observatorio misma de Haste, un nuevo concepto del tiempo:

Siete de la mañana cincuenta y seis minutos. Siete cincuenta y seis.

Qué experiencia inolvidable (es decir, traumática) la de escuchar en tiempo real la precipitación de los minutos en dirección hacia la nada. En general, el paso del tiempo es una experiencia diferida; de pronto miramos el reloj y ya somos treinta años más viejos. Pero con los locutores de la xeqk, que corrían desbocados como los caballos del hipódromo, no había manera de escapar. Este fin de semana en el Hipódromo, Jessie y Colorido, no se pierda otras nueve espectaculares carreras. ¿Por qué escuchábamos la xeqk a todo volumen? ¿Lo hacíamos para angustiarnos o para distraernos de la angustia? En cualquier caso, ese era el nuevo concepto del tiempo al que entraba cada mañana por la ventana de mis diez años: la sincronización universal de los tiempos del sistema. Una década después esa dimensión temporal, definida por la urgencia y el cronómetro, se convertiría en la forma organizadora de toda la vida cotidiana, las actividades financieras, el trabajo, las comunicaciones, los afectos. El planeta del Tiempo Real. Desde que Frederick Winslow Taylor introdujo en el siglo xix la administración científica del tiempo en la fábrica (relojes que medían todas las operaciones de los obreros), hasta la perspectiva hegemónica del tiempo real (la rápida transmisión y procesamiento de datos orientados a hacer transacciones en la medida que se producen) nuestros ritmos se han plegado a la ética de la manufactura industrial cuya consigna es: máxima velocidad, máxima eficiencia, máxima ganancia. De acuerdo a Nicholas Carr, en su libro ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, la ética tayloriana ha encontrado su mayor expresión en el ciberespacio: una máquina diseñada para la colección, transmisión y manipulación eficiente y automatizada de información. Como Taylor, las legiones de programadores del mundo se concentran en diseñar un método que aumente el rendimiento de las comunicaciones, es decir, que acelere el movimiento del “trabajo del conocimiento”. Esta es la hora Haste Haste de nuestra mente. ¿Se trata de la colonización de nuestro cerebro por la máquina o al revés: hemos dispuesto que la máquina avance a la velocidad de nuestro cerebro?

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Hace meses que enciendo mi computadora con cierto temblorcito en los dedos, un deseo imperioso sólo comparable al que sentía en mi época de fumadora. Cada dos horas (a veces, menos) reviso obsesivamente mis correos y las respuestas o interacciones generadas con mis tuits. Abominaba facebook (esa encarnación del tedio y el derroche del tiempo más íntimo), pero de pronto sentí que me volvía anticuada y misántropa y ahora me veo alimentando mi estatus dos o tres veces al día. Y mantengo dos blogs (el tercero, dedicado a la deriva, murió de inanición). A pesar de mi escepticismo corro, como el resto de la humanidad, hacia el futuro. No me justifico, pero es cierto que me sumergí en el fluido de la información por razones políticas, una tarde en París, después de una acción urbana que realicé junto con un grupo de mexicanos que radicaban en Francia. Se trataba de una protesta en Trocadero contra la estúpida guerra antinarco emprendida por el gobierno mexicano, que ya entonces había costado más de 30,000 muertes, un estado injustificable de terror y violencia que se empecinaba en continuar con una estrategia a todas luces fallida. Los que participaban en la acción se comunicaban invariablemente por tuiter, facebook y, a veces, por el celular. Yo estaba desconectada. Era la víspera de los indignados en España y Wall Street, y en Europa la Primavera Árabe era una referencia que despertaba el entusiasmo dentro y fuera del ciberespacio. Fue entonces cuando mi postura conservadora frente a las redes sociales sufrió un desplazamiento que comenzó como una actitud política (un entusiasmo inconforme propagado de tuit en tuit), pero que al poco tiempo se convirtió simple y llanamente en una nueva adicción.

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Como escribo y trabajo en mi estudio, paso una buena parte del día frente a la pantalla. Ahí, inmóvil, siento a diario el vértigo de la comunicación instantánea, la conexión de cientos de miles de circuitos neuronales cruzándose sin tocarse en los flujos de la red. Breves estallidos, diseminación de las frases, pensamiento no lineal, contactos efímeros con las palabras de otros. Y un principio de seducción implícito. En general, la perspectiva me parece extraordinariamente estimulante. Quizá porque toda esta sociabilidad repentina contrasta con mi habitual hermetismo. ¿Me estaré convirtiendo en otra persona? Las redes sociales tienen el efecto del alcohol en las fiestas tumultuosas: necesitamos una máscara para actuar de nosotros mismos. Y también: nos ataviamos para ser vistos, como animales en celo. Arreglamos nuestro perfil, subimos fotos retocadas, procuramos frases excepcionales. Y en el camino se producen altas dosis de dopamina, endorfinas y placer, recompensas altísimas; porque la especie siempre ha premiado eso: la seducción. Conectarse a la red es encender el artefacto de los apareamientos ilusorios. Y sin consecuencias reales. ¡Internet es mejor que la píldora! Pero qué vulnerable es todavía el ciberadicto al despertar de sus excesos, instalado en las nuevas patologías del yo digitalizado, donde rumia sin ayuda. Qué resacas insoportables, un no va más que se repite al día siguiente del embotamiento, los dolores de espalda, los calambres en el codo. Me he sentido así alguna vez. Pero hay heridas más profundas que esas, un encierro definitivo, un olvido de sí. En el capitalismo de los flujos el derecho a desear es también el derecho a quedar insatisfecho.

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Lo que describo no es una sintomatología infrecuente, sino el gesto cotidiano de cientos de miles de personas alrededor del mundo: he desarrollado un síndrome obsesivo-compulsivo, parecido al de los consumidores incontinentes o los ludópatas, enfermedades del capital y su maquinaria de seducciones intermitentes. En mi pantalla multitasking, reverberan en este momento dos tuits que tomo prestados, como resonancias de una misma impaciencia (y esa homogeneidad es sospechosa): “Se descompuso mi fiel netbook y he vuelto a trabajar en mi Dell de escritorio. Es lenta, lenta, lenta. Grrrrr”, “Adolescente en la fila del Seven Eleven: ‘¿Me dejas pasar antes? Me urge ponerle crédito a mi celular para contestar un mensaje’”. Yo también me inquieto si estoy lejos de la computadora y en cuanto llego a mi departamento me dirijo al monitor, por mi dosis del día. Si el buscador no aparece al instante, desespero; mi urgencia no tolera las fallas de la banda ancha. Sé que me encuentro en una zona de peligro. No me resulta nueva. La conozco desde que tenía quince años y fumé mi primer cigarro. Una noche, diez años después, exhalé tres cajetillas seguidas. ¿Escribo aquí para curarme? En los intercambios ultrarrápidos de tuiter no hay tiempo para el análisis. La escritura en tiempo real es ingrávida, carece de profundidad. (No podría ser de otra forma. Sin la dispersión ni el surfing, sin ese movimiento veloz sobre la superficie, ¿qué quedaría de internet? Nada. Se volvería pesado, como lo ha sido habitualmente nuestra cultura. Se perdería su carácter vaporoso, ligero, sensual, desenvuelto. Tendríamos hondura, pero sin la excitación de las ideas simultáneas.) Si busco mi desintoxicación en el ensayo, es porque su escritura me exige un retraso, una dilación. En él, todo tiempo real es diferido por la duda. Me aparta de la impaciencia y de cualquier contingencia efímera. Me devuelve a mi elemento. Un ensayista en tuiter pagaría lo que fuera por haber callado. Conozco a uno, amigo mío, que borra sistemáticamente sus tuits. ¿Será porque también sospecha que la velocidad se ha convertido en nuestra mejor coartada para no pensar?

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“La medianía es rápida. El genio es lento”, escribe Baricco en Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Me importa ese libro, aunque sus estrategias retóricas me hayan fastidiado un poco, porque escribo marcada por las dos tensiones que ahí se describen: el carácter contemplativo, melancólico, solitario y lento de un mundo en vías de desaparición, y el arribo de un temperamento lleno de nuevos valores entre los que se encuentran la rapidez, la espectacularidad, la dispersión electrónica, la disolución de ciertas verdades y jerarquías, “una revolución tecnológica que rompe de repente con los privilegios de la casta que ostentaba la primacía del arte”. Sé que podría volverme junkie de internet, instalada en el flujo acelerado de las partículas, en la muerte de los afectos reales y el contacto físico, el estado grogui de una insensibilidad generalizada, si no fuera porque creo que una vida sin reflexión (y agrego: sin cuerpo) no merece la pena ser vivida. Ahora mismo busco en Google la frase de Sócrates y la encuentro a toda velocidad. No he tenido que pararme de mi asiento ni buscar penosamente en los Diálogos de Platón, perder el tiempo. Ya se asoma la bárbara que hay en mí, porque vivo simultáneamente en dos ritmos contradictorios, la lentitud y la velocidad, el humanismo y la técnica, y así viajo cada día, lejos del confort de una y otra, siempre con un pie fuera del vehículo, como los usuarios de los peseros en la ciudad de México, listos para descender en plena marcha.

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En la velocidad hay una paradoja ineludible donde se combinan el placer y la catástrofe. Del otro lado de esta página hablo de la catástrofe; aquí he tratado de describir el placer.

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“La belleza marcha de prisa, lentamente”, escribió Cocteau en Opio. Diario de una desintoxicación. Todo estado alterado de conciencia empieza así, con una percepción paradójica del tiempo. Alguien tendrá que escribir algún día sobre la química de la velocidad como se ha hecho ya sobre la naturaleza de otras drogas. Qué sustancias empujan el torrente sanguíneo hacia el acelerador, qué taquicardias nacen en el contacto con el volante. Un científico mexicano, Luis Eugenio Todd, ha encontrado el lugar donde anida la golosina: el sistema límbico, la región cerebral que está asociada a los satisfactores. Se trata de nuestra pequeña jungla de animales en celo. Ahí, todo acto de supervivencia es recompensado con placer: el deseo sexual, la sed, el hambre, el miedo. Si el área cortical del cerebro, el lugar donde están los pensamientos, la razón y el conocimiento, es, a diferencia del sistema límbico, lo que nos distingue de los animales, entonces todo este sentimiento de acabose, esta sensación de estar viviendo una nueva invasión de los bárbaros, la destrucción del alma de la civilización por una serie de valores superfluos, no es más que una batalla al interior de nuestros cerebros. El imperio de la velocidad es el advenimiento de nuestro lado más salvaje. Fomentar el deseo, la insaciabilidad, el placer, ¿no son esas las funciones del imperio de la publicidad? Miles de millones de dólares invertidos cada año para darle de comer a nuestro animal, reprimido por varios siglos de racionalismo. De pronto la denominación del “capitalismo salvaje” adquiere para mí un nuevo sentido.

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En Enfermedades del siglo xxi, Todd traza una topografía cerebral, con incendios y saturnales, para explicarnos que el sistema límbico es el mismo que se altera cuando se consume mariguana, cocaína, café, alcohol, nicotina. Entonces, ¿todo el lado izquierdo de este ensayo no sería más que una forma de protegerme de esa ribera salvaje que el capitalismo alimenta como a una bestia desesperada? ¿Un ensayo cortical? Un ensayo que cree en la lentitud, la duda, el pensamiento. Un ensayo civilizado, un género humanista. Pero de este lado practico un ensayo límbico: subjetivo, zigzagueante, atento a las vísceras, posthumano. Y en él me gustaría reivindicar cierta idea de placer que experimenta el cerebro al internarse en los rizomas de internet, pero no ese placer vulgar que se olvida del cuerpo y de sí, no un hedonismo atizado por el consumo. Sino un placer que se interroga y que hace de la velocidad de las redes y sus posibilidades, pero también de la deriva urbana, los banquetes y la conversación, un espacio para fomentar la insolencia y planear la diatriba.

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¿Las carreteras del exceso nos conducirán, como escribió William Blake, al palacio de la sabiduría?

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La velocidad es a menudo una forma de violencia, incluso en las situaciones más anodinas. Recuerdo la tarde en que me preparé por primera vez un mate, una sustancia inocua si pensamos en el café o la cocaína. Por ignorancia lo bebí demasiado rápido, pasando por alto el ritual moroso de su preparación y su compañía. Muy pronto, la mateína, un alcaloide que tiene la particularidad de acelerar los procesos mentales e incrementar los estados de alerta, se me subió a la cabeza. El mundo me parecía desesperantemente lento. Los meseros, obtusos; las personas, imbéciles. Me transformé en un ser despótico e impaciente. Usé la palabra “cretino”, más de una vez. Mi esposo advirtió mi nerviosismo y para hacerme una broma comenzó a actuar y responder con una lentitud deliberada y exasperante. Se mostraba distraído, guardaba silencios prolongados. Se ausentaba. Él actuaba bajo mis ritmos habituales (esa lentitud mía que a veces lo saca de quicio), cuando no estoy bajo los efectos del estrés o la prisa. Él era yo y tenía ganas de matarlo.

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Tal vez eso hace el ensayo: contrastar las velocidades. Se detiene en seco para que podamos advertir nuestro exceso de velocidad. Mira los detalles amplificados del accidente en cámara lenta. Interroga, incluso si no hay tiempo para hacerlo. Prefiere entender a no entender. Desmantela. Y en eso es contrario a la lisura de las autopistas de la información; se mueve entre las cosas como un molusco, incluso cuando vuela. Por eso, no soporta a los adeptos impacientes y torpes. A los frívolos. Se aparta de ellos, los condena a la incomprensión y el accidente.

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En “La mano lenta”, Roland Barthes dice que toda la evolución de la escritura (digamos del acto gráfico de la escritura, desde la demótica egipcia hasta la taquigrafía) se debió a una necesidad de escribir más rápido. ¿Por qué? Porque ese era el ritmo que imponía el comercio. Las sociedades que escribían más rápido, ganaban tiempo, es decir, dinero. Para escribir a mayor velocidad los sumerios pasaron del pictograma a la escritura cuneiforme. ¿Levantar la pluma le hace perder tiempo a la escritura? No la levantemos más: he ahí el origen de la letra manuscrita. En las cursivas es posible ver cómo corren las grafías. También es cierto que hay una rivalidad entre la velocidad gráfica y la velocidad mental. He dicho que soy lenta y sin embargo no escribo más a mano: me gusta la experiencia de ver cómo se produce el texto en la pantalla a la velocidad de mi pensamiento. Sueño con la posibilidad de una escritura estenográfica que pase directamente de mi voz a la pantalla, o mejor, de mi mente al libro.

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La velocidad de la computadora es fascinante porque parece emular nuestra velocidad mental. Discurrir es como correr, decía Galileo para defender un método fundado en la economía de los argumentos y la agilidad del razonamiento. Siendo, como fue, un visionario, Galileo palidecería ante nuestra perspectiva del pensamiento transmitido en tiempo real. Nunca antes el escritor había tenido una respuesta tan inmediata de sus lectores como ahora en tuiter. Tuiter es la velocidad (y la democratización) máxima en escritura. ¡Justo en medio de los funerales de la escritura! Es probable que hayamos encontrado un nuevo placebo, más eficaz que las becas del Estado; minuto a minuto, incluso el poeta más abatido puede sentir que alguien lo lee y está vivo. No me extraña, entonces, que tantos intelectuales se sientan seducidos por los 140 caracteres: he ahí una nueva sensualidad de la cabeza.

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¿Escribir con lentitud es ir en contra de un mayor rendimiento de la escritura? ¿O es simplemente una forma de pereza? Quizá escribir con lentitud ensayos digresivos que postergan en cada página su conclusión sea una forma deliberada de fracaso, una ética antagonista de la ética tayloriana aplicada al texto. He escrito este ensayo tres veces. La primera, corría hacia su fin, sin desviarse; la segunda, se accidentó y se quebró en fragmentos diseminados e inconexos; la tercera es esta que se escribe en los márgenes, cuestionando sus propios fundamentos. Reescribo el mismo ensayo como si no quisiera terminarlo. Una estrategia para aplazar la llegada, un desmantelamiento del éxito al interior de la escritura. Eso es la digresión, otra forma de la impuntualidad, y por eso escribo ensayos. Durante mucho tiempo tuve la sensación de que llegaba tarde a todo. En la universidad, por ejemplo, era la última en entregar y a veces llevé mis trabajos a casa de los maestros, porque el plazo había vencido. Me aceptaban porque les entregaba “buenos textos”. Era lenta, me esmeraba demasiado. Ahora mismo, mis editores esperan este libro, que se tarda en concluir. ¿De dónde viene mi lentitud? Exijo mis cuarenta minutos extra conmigo misma, sobre todo a la hora más importante del día: cuando me siento en una silla y me pongo a pensar.