despertado con migraña y he odiado una vez más a la aspirina. Tal vez se deba a que jamás me ha procurado alivio alguno. De hecho, sólo me ha traído problemas gastrointestinales y sufrimientos. Con el tiempo, la misteriosa privación de sus dádivas me ha ido envenenando hasta la médula y me ha arrojado al más obvio de los desconsuelos: saberme inmune a la felicidad. En el prefacio a sus Confesiones de un comedor de opio inglés, Thomas de Quincey se disculpaba por infringir las normas del buen gusto y atreverse a ese “acto de autohumillación gratuita” que es toda confesión, pero justificaba la publicación de sus aventuras opiáceas (valiéndose de una vieja estrategia retórica) al considerarlas útiles e instructivas. Yo, en cambio, confieso desde ahora que escribo estas cuartillas desde la bruma de mi dolor de cabeza, y lo hago sólo por desquite.

Reunir todas las cosas en una sola es una vieja aspiración humana tan desmedida como la idea de progreso. La arquitectura impersonal y desprovista de misterio de los malls, donde se concentran las mercancías de todo el mundo, es uno de sus efectos más horrendos. En el siglo xviii, Jeremy Bentham ideó el Panopticón, un edificio de vista panorámica desde el que se podía escuchar y ver todo al mismo tiempo, una arquitectura con funciones policiacas. 

large.panopticonEl Panópticon, un edificio de vista panorámica desde el que se podía escuchar y ver todo al mismo tiempo, una arquitectura con funciones policiacas.

En estos días, facebook y las redes sociales propician ese tipo de vigilancia permanente, pero sin necesidad de coerción; un espionaje abierto, concedido con júbilo por la propia ciudadanía. Me pregunto hasta dónde llegará nuestra vanidad y nuestra torpeza después de haberle entregado la llave de nuestra casa a los extraños para que la escudriñen a cualquier hora del día. Algo semejante ha sucedido con nuestro cuerpo que hemos dejado por completo en manos de la ciencia, para que nos cure de todo, incluso de la vida misma. La salud se ha convertido en uno de los valores supremos de esta época represiva que promueve un bienestar físico fundado en la restricción, el displacer, los aparatos de tortura del gimnasio, y proscribe el gozo de las pulsiones o de los sentidos. Estar sanos y llevar una vida burda. ¿Pero una vida así vale la pena vivirse? Nuestra obsesión sanitaria no es nueva, ya germinaba en aquella búsqueda obsesiva de la Panacea Universal que emprendieron los alquimistas, un elíxir al que se atribuía la eficacia de curar todas las enfermedades. ¿No fueron ellos mismos los que persiguieron —mucho antes de la manipulación genética— el sueño de crear vida humana? Hace tiempo que nos afanamos en acumular una cantidad interminable de conocimientos e información que somos incapaces de asimilar. Saberlo todo, conocerlo todo, guardar un Aleph en nuestro bolsillo. Mallarmé deseaba resumir el universo en un solo Libro; Leibniz había soñado con un Alfabeto de los Pensamientos; Goethe propuso una Literatura Mundial que abrazaría todas las formas de la creación más allá de las estrechas fronteras nacionales, y el pensador alemán Kurd Lasswitz escribió en 1901 un cuento de ciencia ficción, “La biblioteca universal”, que prefiguraba no sólo la “Biblioteca de Babel” de Borges, sino también la ambición contenida en los actuales flujos de información cibernética: una biblioteca inconmensurable que contendría todos los libros del pasado y del futuro, así como cada uno de nuestros pensamientos y chillidos, nuestras frases y dislates y naderías, alimentándose glotonamente hasta el fin de los tiempos.

panopticon+babelBiblioteca de Babel

Ese tipo de delirios totalizadores me producían una incomprensible fascinación en la adolescencia; crecí rodeada de libros y durante cierto tiempo alimenté la convicción (autoritaria o ingenua) de que la Verdad se encontraba en la Biblioteca. Por fortuna, una tarde (que era casi noche) sentí la atracción de la calle y la vida mundana; el efecto fue devastador, es decir, genuinamente formativo. En cuanto puse un pie fuera de la biblioteca la idea que tenía de ella se relativizó, se distorsionó, sufrió cuarteaduras irreversibles. Comprendí que ni siquiera la suma de todos aquellos libros podía explicar la complejidad de la existencia, y estaba bien que así fuera. Desde entonces los empeños que pretenden concentrar el saber, la intimidad de las personas o cualquier cosa en un solo sitio me despiertan un enorme recelo. Se trata de empresas inhumanas. Presiento que en cada una de ellas se encuentra la semilla de un dogma.

BAYER VINTAGE 0_
Ahí está, por ejemplo, la maldita aspirina, una virtuosa curalotodo. Su historia es tan insípida como ella misma: a finales del siglo xix un químico casi desconocido de los laboratorios Bayer —entonces, sólo una pequeña fábrica de tintes de una ciudad de provincia— inventó algo parecido a la Píldora Total. No hay evidencia alguna de que Felix Hoffman actuara siguiendo las ansias totalizadoras de sus compatriotas o como tardía recompensa a los desvelos de sus precursores, los alquimistas. En realidad, sintetizó el acetilsalisílico urgido por los dolores reumáticos de su padre y probablemente nunca sospechó el lugar privilegiado que ocuparía su prodigioso miligramo entre los consumidores mundiales.

Durante años he buscado, con morboso celo intelectual, elementos que le resten atributos a esta odiosa tableta. Mi labor no ha sido fácil. En los manuales médicos desfilan sus numerosas bondades (la mayor de todas, hélas!, es la de aliviar el más común de nuestros males: la jaqueca vulgar), al lado de pálidas contraindicaciones (algunas de ellas, como la posibilidad de generar malformaciones genéticas, han sido desmentidas; otras, como la hepatitis padecida recientemente por un amigo mío y atribuida al consumo inmoderado de aspirinas, son casos aislados que no me ayudan a darle forma estadística a mi rencor). Además, su generosidad es amplia: no requiere prescripciones médicas, está  al alcance de todos los bolsillos y en esta era de prisas y empujones procura un alivio rápido y seguro. Por eso, en momentos en los que nadie cree en las panaceas universales, la aspirina proporciona fáciles mitologías compensatorias. Los beneficios que la gente le ha endilgado (y que yo, desde mi desconfiada ignorancia, le atribuyo a “somatizaciones positivas”) me corroen el alma: si regresas de una jornada de trabajo infernal, toma una aspirina; si te extorsionó un policía barrigón y eso te ha confirmado que vives en el peor de los países posibles, toma otra aspirina; si quieres dejar el sublime placer del cigarro para estar en sintonía con los parámetros estandarizados de la salud contemporánea, masca chicles y toma una aspirina; si por la noche buscas consuelo en la cantina y al día siguiente sólo se duplica la impresión desastrosa que ya te producía la realidad, toma dos aspirinas, y si quieres ir más lejos —un suicidio suave y económico— toma tres gramos de aspirina (según Antonio Escohotado, ésa es la dosis letal). “Un centímetro cúbico cura diez pasiones”, podría decir el publicista de Bayer, como lo hacen los consumidores de soma, la droga perfecta de Un mundo feliz.

BAYER-VINTAGE-doble¿Qué sería de nosotros sin un dolor de cabeza de vez en cuando? Seríamos lo que ya somos: seres aturdidos, atareados siempre en nada, incapaces de pensar.

Este culto inmoderado me parece, por lo menos, sospechoso. Diré, para empezar, que a diferencia del soma de Huxley, la aspirina no procura vacaciones artificiales, y para que realmente conceda “alegría de vivir”—obedeciendo a las consignas de la hora— se le ha tenido que agregar a su fórmula el sucedáneo de la cafeína. Como analgésico sustituto del opio, este inocuo curalotodo es muy inferior: no ensancha los confines del alma, no aísla nuestro espíritu de la grisura del mundo, y si De Quincey hubiera acudido a la aspirina, en vez de probar el opio para mitigar su dolor de muelas, no habría expiado su adicción en una obra de arte. Algo más: es sabido que al hombre le gusta inventar frágiles encantamientos que terminan por duplicar su esclavitud. No es extraño, entonces, que la aspirina inmaculada encontrara su canonización gracias al fanatismo productivo e higiénico de nuestros días en los que enfermarse se considera una inmoralidad: además de evitar el ausentismo laboral por resfriados y cefaleas, prohíbe los momentos de ocio y no sólo no crea adicciones, sino que su uso es tan recomendable como hacer aerobics sin quitarle horas a la oficina.

En pocas palabras, la Píldora Total no es más que una sustancia hipócrita y prepotente. Una de sus paradojas y peligros radica en que detrás de los alivios momentáneos que prodiga pueden esconderse graves males. Hay enfermedades que anidan en la oscuridad, lenta y progresivamente; otras, que envían señales claras e inmediatas. Las cefaleas (que no son una enfermedad, sino un síntoma, un portavoz de diversas alteraciones del organismo) se encuentran a medio camino de estas dos formas, la elusión y la alusión, mediante las que un desorden interior se expresa. La aspirina sólo sirve para apagar los focos rojos del cuerpo y, a veces del espíritu, que encuentran su cauce indirecto en el dolor de cabeza. Así mantiene al mundo a raya, tiránicamente, al tanto de sus horarios y rutinas, pero a costa de otras tempestades que suelen crecer en la noche muda de la jaqueca. El día menos esperado el cuerpo se subleva y reivindica para sí ese único lugar donde ahora es posible retirarse a solas, cerrar las puertas al mundo exterior y meditar sobre cualquier cosa: la cama del enfermo. ¿Qué sería de nosotros sin un dolor de cabeza de vez en cuando? Seríamos lo que ya somos: seres aturdidos, atareados siempre en nada, incapaces de pensar.

Mientras busco en mi botiquín alguna pastillita con ergotamina, concluyo que:
a) Como barata entrada al paraíso la aspirina es falsa, y
b) como supuesta panacea universal es excluyente. Me ha excluido a mí y, por eso, la odio. Nunca he sido beneficiaria ni de sus virtudes reales ni de las imaginarias. Y juro que he puesto todo de mi parte: he sido constante, he tenido fe, he invocado. Pero mis hiperbólicos dolores de cabeza se resisten, quizás con razón, a tantas acciones irracionales. Cuando inicié mis indagaciones sobre esta caprichosa inmunidad a la aspirina sólo encontré una explicación paranoica: entre los archivos ignorados de la compañía Bayer figura la producción del gas Zyklon-B, empleado por los nazis para matar judíos en masa. Tal vez la vocación represiva de la fábrica alemana —pensé— se ha filtrado a través de la aspirina y mi origen judío se rebela contra su conspiración mundial… Deseché esta teoría después de decidirme a ver un médico (que luego me mandó a ver al psiquiatra). La persistencia de mis neuralgias merecía una explicación científica y la encontré, por desgracia, en la ineptitud de la aspirina: su fórmula de exclusión me puso de golpe y sin clemencia frente a los horrores de la Migraña.

Debo decirlo ahora, la migraña es un dolor onanista, incurable y ajeno a los dominios de esta gragea charlatana. Pero mi relación con ella no ha sido, después de todo,  tan mala. Padezco un tipo de migraña benigno que me permite, una o dos veces al mes, reencontrarme conmigo misma. Es de una naturaleza singular: hiperestésica, en carne viva, extraordinariamente sensible. Los momentos que la preceden son de una rara felicidad. He llorado muchas veces en medio de un ataque intenso, pero no lloro de dolor. Se trata de otra cosa. Ocurre algo (un intercambio de cargas eléctricas, una languidez profunda), que finalmente resuelve las contradicciones y tensiones acumuladas por semanas en mi cuerpo (y también en mi espíritu). Como si allí, tendida sobre la cama durante horas, lejos de las llamadas telefónicas y de las comunes presiones cotidianas, en medio del vacío, recordara lo que es estar viva de nuevo.