• Raza de Abel duerme, come y bebe.Charles Baudelaire

 

Hay quienes afirman que el ocioso es un vividor. Y no se equivocan: nadie como él siente un amor tan intenso por la vida. Despreocupado y contemplativo, caminante fortuito de valles y ciudades, el ocioso parece un sobreviviente del paraíso. Para él, la Tierra no es un lugar muerto, reservado a las penurias del trabajo y el desgaste, sino un planeta vivo, palpitante y lleno de misterio donde los hombres y mujeres podríamos vivir como reyes (o, por lo menos, como personas) con sólo advertirlo, en lugar de cargar todos los días con nuestro número de cuentahabientes, empeñados en cumplir obligaciones falsas y rehuyendo nuestra propia (aunque, a veces, perra) existencia.

1.1_El Gran Lebowski_dudevinci Despreocupado y contemplativo, el Gran Lebowski representa el momento triunfal del ocioso carismático en el cine.

Siento hacia el ocioso una gran admiración y una envidia secreta. Me pregunto de dónde habrá sacado su boleto de entrada gratis a las esquinas donde el mundo se escenifica, de qué fuente milagrosa sigue extrayendo tiempo para mirar la ciudad que ya nadie mira. “El paisaje cuelga para los ricos de un marco de ventana”, decía Benjamin. Por ahí echan todos los días un vistazo mustio y lleno de tedio que le cobrarán más tarde a sus empleados. No al ocioso, por cierto, que renunció a su trabajo para no mirar más la pared de ladrillos que daba a su ventana. ¡Para qué quiere un marco si puede tener la calle!

2_Chaplin vs. burgués Charlot, otro célebre vagabundo cinematográfico, le enseña al burgués un poco de mugre de la calle

Siempre hay hombres así en las ciudades. Vagabundos con aspecto de estar en otra parte, sentados durante horas en los cafés baratos donde acumulan conversaciones de poltrones filosóficos. Han reducido su existencia a un mínimo de necesidades y no tienen que pagar un centavo para reírse de nuestro espectáculo cotidiano, la maquinita tragamonedas que nos dice quiénes somos, qué cosas tenemos que conseguir, cuánto tenemos que gastar. Gracias al ocioso, la ciudad puede contemplarse a sí misma, coleccionar sus atrocidades. Sin él, su existencia no se justificaría.

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3_Robert Doisneau_vagabundos

Hay ciudades afortunadas que conservan sus corrientes de agua, grandes ríos que las atraviesan y ayudan a los habitantes a descansar de ellas. También el ocioso cumple una función importante en la ciudad: al no dejarse arrastrar por su ritmo trepidante, al mantenerse lejos de la marcha irreflexiva del progreso, abre un espacio metafísico en bares y cantinas, donde se esmera en no hacer nada más que dejarse atravesar —como los ríos— por la corriente heraclitiana del tiempo.

5_Robert Doisneau_quai du vert galant paris 1946
El ocioso hace habitable una ciudad, la devuelve a su dimensión humana, porque su espíritu es anterior a la ciudad misma. En él pervive un alma nómada habituada al aire libre y la vida salvaje, ajena al yugo de las estructuras sedentarias. El suyo es un mundo pleno que no se ha dejado embaucar por la vieja crónica del Pecado Original, esa fuente de justificaciones más o menos grotescas que ha mantenido a unos amasando el pan con el sudor de su frente mientras otros se echan a pierna suelta a disfrutar. 
6_cafe _Doisneau Las ociosas también hacen habitable una ciudad: la devuelven a su dimensión humana.

Aunque el castigo de la Providencia por probar el fruto prohibido condenaba a toda la humanidad, en los hechos el trabajo se convirtió en la expiación mayoritaria de los que habían nacido, por razones impenetrables, en una “escala inferior”. Esclavos, siervos, lacayos, peones, mozos, jornaleros, ¡a trabajar! Esta discriminación se efectuó sin ningún criterio; a veces por decreto divino, otras por capricho disfrazado de fatalidad. En cualquier caso el mundo se dividió: de un lado los que mandaban, del otro los que obedecían. ¡Pero si todos podríamos encaramarnos en los árboles —por turnos o al mismo tiempo, ya se vería— para alcanzar nuestras manzanas y de paso compartirlas con el vecino! Después de todo, el problema del sustento, es decir, la necesidad de seguir vivos, es una necesidad natural que hermana a la humanidad. Entonces, ¿por qué unos cuantos habrían de permanecer siempre sentados mientras otros reciben las órdenes? Cioran se preguntaba si el instinto de dominio (el surgimiento de la opresión) no sería la consecuencia directa del Pecado Original, la materialización inmediata de la Caída. Una cosa es cierta: la interpretación alevosa del castigo divino —lo mismo da si se trata de la expulsión del paraíso judeocristiano o el fin de la Edad de Oro entre los griegos— le ha birlado a la mayoría de la humanidad un derecho que debería ser inalienable y universal: el derecho a la holganza. Mientras tanto una minoría (nobles, obispos, potentados, rentistas, caciques, banqueros) se ha dedicado simplemente a garantizar el cumplimiento de la pena terrenal, a cambio de la promesa de una salvación futura (si eres un buen trabajador, oportuno y sumiso, te irás al cielo), convirtiendo la vida de las multitudes sudorosas y anónimas en una larga espera del fin de semana de la eternidad. Esa es la misa del empleo a la que todos van a comulgar, incluso en esta época sin dioses y llena de trabajo en la que meter datos en una computadora carece de cualquier mérito espiritual.

Santiago Bou Grasso, El empleo

Para imaginar una genealogía del ocioso —un personaje al que trato inútilmente de parecerme—, me he puesto a releer algunos pasajes de la Biblia, un libro al que sinceramente casi nunca vuelvo. Tengo la intuición de que ahí lo encontraré en su estado natural, poco antes de ser condenado por los católicos y luego por los protestantes y ahora por los tecnócratas. Según se puede leer en el Génesis, Adán y Eva procuraron hacer un reparto equitativo de la penitencia —la llamada división del trabajo— entre sus hijos: Caín obtendría la propiedad de toda la tierra; Abel sería dueño de todos los animales de ganado. Uno se dedicaría a cultivar; el otro, a pastorear. Es probable que los hermanos tuvieran poco tiempo libre para hacerse bromas y jugar juntos en las laderas del ancho campo, algo que a la larga habría ayudado a crear un vínculo entre ellos, evitando así el desenlace fratricida. Un día Abel y Caín entregaron sus ofrendas a Dios (uno sacrificó a un carnero; el otro ofreció un fruto de la tierra), pero Dios, siempre insondable, sólo aceptó la ofrenda de Abel. Furioso, Caín mató, como todo el mundo sabe, a su hermano. Las interpretaciones del episodio sangriento no se hicieron esperar. Entre todas ellas, hay una que apunta hacia el nacimiento de un antagonismo ancestral: el que existe entre trabajadores y ociosos. Así lo indican las raíces de los nombres: Caín (del árabe gain, “el herrero”) podría identificarse con el homo faber, el hombre que fabrica herramientas, el que ejerce su voluntad transformadora sobre la materia. Él forja el arado para labrar, pero también, el martillo para asestar el golpe. Tiene una mano equipada, una mano adherida al trabajo, una mano llena. Rara vez esa mano se pone a tamborilear. Ella es puro músculo: abre surcos, aplana la tierra, somete brotes, edifica. Es la mano del trabajador. Gracias a la herramienta, esa extensión rotunda del cuerpo, Caín y sus descendientes logran dominar las extensiones salvajes y crear un nuevo mundo artificial. Son los constructores de las primeras ciudades, más tarde asociadas a la corrupción y la pérdida del sentido espiritual. El alma de Caín es sedentaria; arraiga en la tierra que cultiva, se forma unas costumbres, tiene derechos sobre el suelo. Así lo expresa otra raíz de su nombre, la que proviene del verbo hebreo kanah: adquirir, obtener, poseer y, por tanto, gobernar o subyugar. Caín es entonces el propietario, el que posee, y, también, el practicante de las artes de la tecnología necesarias para abrir caminos y conquistar. En él convergen las fuerzas contradictorias de la civilización: la herramienta y el arma, la invención creadora y la violencia.

En esto se convirtió, varios siglos después, la estirpe de Caín: puro músculo programado

Abel, del hebreo hebel: aliento, soplo, nada, pertenece en cambio a la estirpe de los nómadas, de los que se desplazan de continuo como el aire. En lugar de asentarse como el agricultor, se mueve hacia donde lo lleva su rebaño. Abel no depende de ningún lugar concreto, pues su alimento va consigo a todas partes. ¡Y se multiplica sin necesidad de trabajar! En la primera repartición laboral de la humanidad, al pastor le tocó el lado menos áspero, menos atado a los rigores del clima y el esfuerzo físico de la vida agraria. Tal vez por eso, a diferencia de Caín, Abel no se extenúa. Es más libre, más ligero y tiene mucho tiempo para haraganear. Cada vez que sus animales han encontrado el sitio exacto para alimentarse, él se descubre en medio de un tiempo vacío, distendido, el tiempo que el homo ludens emplea para sus juegos y meditaciones. Mírenlo ahí ensimismado a la sombra de los árboles, viendo pasar las horas como si las horas no existieran. Todo lo contrario al tiempo programado de Caín, un tiempo asociado a la producción, el cultivo y el trabajo, un tiempo útil alrededor del cual se ordena la vida. Abel es un habitante natural del ocio, un ser tranquilo y errabundo, celoso de su autonomía, ajeno a las jerarquías de la aldea. En él no ha germinado la voluntad de dominio ni la ambición de poder. (Tal vez por eso, San Juan y Cristo lo consideran “un justo”.) Como no le interesa dejar huella —él es apenas un soplo, transitorio como la vida misma— su existencia se ha desgravado de propósitos y su única ocupación es mirar. Mientras escucha el aleteo del viento o ve cómo se cortejan los pájaros, Abel vigila a su rebaño. Necesita abrir bien los ojos, y comprende que eso es también la contemplación: habitar el mundo con la mirada. Esa destreza ocular, entrenada sin esfuerzo en las tardes de su tiempo libre, se convierte en una forma de observación distinta, el nacimiento de la especulación intelectual y el temperamento artístico. Abel se ha sentado a pensar por sí mismo; su ocio es una forma de reflexión y tal vez, también, de melancolía. ¿Y no fue ese el pecado de sus progenitores, el deseo de saber? ¡Ah, el ocio, madre de todos los vicios!

Acá uno de los himnos del ocioso contemporáneo, descendiente de Abel, con su ritmo a contracorriente: “La hamaca” de Kevin Johansen

Seguramente Caín también sentía una envidia secreta hacia el ocioso. ¿Por qué, a diferencia suya, el pastor de ovejas muestra tanto placer mientras realiza sus actividades diarias? Quizá porque en su trashumancia Abel se mantiene lejos del fardo de la civilización y sus artificios multiplicados. En la ciudad de Caín, cada edificio viene acompañado de nuevas tareas, el ajetreo cotidiano se duplica, el peso de los costales se triplica y las penas de los esclavos no tienen fin. “Raza de Caín —escribió Baudelaire—, tu tarea aún no fue cumplida bastante…”.

La gran calamidad de las ciudades es que en ellas nunca se deja de trabajar. ¿Merece la búsqueda de comodidad toda esa molestia, todo ese agotamiento? Si el ocio es el propósito final del trabajo, ¿por qué no simplemente entregarse a él sin remordimientos? Eso es lo que hace Abel, una vez que ha satisfecho sus necesidades primarias.

10-Pieter Bruegel - Los proverbios flamencos - d1559Todos trabajan; el ocioso mira

Abel podría ser emblema de toda una estirpe amante de la simplicidad, refractaria a la fama o la riqueza, esas cargas de la vida oficial. Siendo nómada lleva dentro de sí su choza y sus posesiones; no acumula, no se deja atrapar por el peso de la vida material; él prefiere flotar, como lo hacen sus pensamientos al atardecer. Algo de esa levedad, una levedad mal vista por la estirpe de Caín, sobrevive en el lüftmensch, palabra yiddish que designa negativamente al vagabundo, al hombre improductivo, sin trabajo ni sueldo fijo, dedicado a perder el tiempo y a cavilar.

Perdido entre libros y divagaciones, el lüftmensch es literalmente un “hombre de los aires”, “un hombre flotante”. ¿A qué aspira? ¿A dónde se dirige? Como Abel, este ocioso no tiene planes ni proyectos, es un hijo errático que siempre angustia a su mamá.

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Si Caín representa la técnica y la responsabilidad de la edad adulta, su hermano, en cambio, es un bribón, un adolescente aligerado de deberes. Caín es pragmático; Abel, locuaz. Uno ama la pachorra; el otro cree en la diligencia como artículo de fe. En todo parecen espíritus contrarios. Y las dos formas de habitar el espacio a las que dieron origen, sedentarios y nómadas, representan dos formas, tal vez irreconciliables, de encarar los dilemas de la supervivencia: sucumbir al peso del trabajo en nombre del progreso o aprender a vivir en nombre de la vida misma.

Es curioso que Dios despreciara a Caín precisamente porque en su sacrificio obraba por simple apego al deber, en lugar de hacerlo por generosidad, por amor genuino, como Abel. (Si atendemos a la explicación de San Juan, Dios buscaba a los hombres y no las cosas que ellos hacían con sus manos, del mismo modo que prefería lo que crecía naturalmente, en lugar de lo que se obtenía a través de impulsos codiciosos, como el arado con que se obliga a la tierra a germinar para luego lucrar con su fruto.) ¡Cuánta ira habrá palpitado en las sienes del agricultor cuando al final de la jornada premiaron a su hermano, el ocioso! Aquello era en verdad como para matarlo. Y así durante un rapto de furor destructivo el homo faber liquida de golpe al homo ludens. ¿Qué tenemos aquí? La forma en que el trabajo reprime finalmente la propensión a lo lúdico, una propensión que sólo puede despertar intranquilidad y sospecha en un mundo que ha llevado la locura hasta el punto de ver la existencia misma como castigo. En un mundo así, la penitencia termina con el juego, la obligación con el placer. Y la esquiva posibilidad de hacer del trabajo una cosa alegre, o por lo menos pasajera, después de la cual el hombre podría dedicarse a lo que le vieniera en gana, ha sido cancelada para la gran masa de personas sobre las que se han descargado las faenas más serviles y rutinarias.

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Es una pena que haya sido la estirpe de Caín la que sirviera de inspiración a numerosas generaciones posteriores entregadas al trabajo compulsivo, llegando hasta la mesa de Benjamin Franklin, quien definió al hombre, en el siglo xviii, precisamente como “el animal que hace herramientas” y proscribió de su agenda la posibilidad de descansar. “No perder tiempo; siempre mantenerse ocupado en algo útil; suprimir todas las acciones innecesarias”, esas eran las notas más altas de su himno, el himno del homo faber, que hizo del tiempo el principal recurso para administrar: “Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día o a holgazanear en su cuarto, aunque sólo dedique seis peniques a sus diversiones, en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más”. Cuánta razón tenía Vaneigem cuando escribió: “Las necesidades de la economía se acomodan difícilmente con lo lúdico. En las transacciones financieras, todo es serio; no se juega con el dinero”. También los romanos entendieron que la palabra negocio significaba eso, nec otium: la negación del ocio. Por eso Cicerón, que perteneció a una cultura que despreciaba el trabajo y encontró en el ocio la forma más alta de libertad, advirtió: “¿Qué cosa de honorable puede salir de un negocio? Todo lo que se llame negocio es indigno de un hombre honrado, porque los comerciantes no pueden ganar sin mentir… Quienquiera que dé su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se coloca en el rango de los esclavos”. (Pero Cicerón podía darse el lujo de decir eso, precisamente porque él tenía esclavos.)

“La vida pasa” del situacionista Raoul Vaneigem fue entonada por primera vez por algunos trabajadores en Bélgica, durante las grandes huelgas de 1961.

¿Es posible un bienestar que no le haga daño a nadie? Tal vez la dicha sencilla del ocioso, un ser libre que se abandona al fluir de la vida, sin intentar agradar o someter al vecino. Y aunque la Biblia nada dice sobre la descendencia de Abel (lo que hace suponer que no tuvo tiempo para dejar alguna), su espíritu nómada y su pasión por la riqueza espontánea del juego han resurgido a lo largo de la historia en muchas partes. En los bosques de Walden, en las orillas del Mississipi o en las tabernas sucias de París, entre trotamundos, conspiradores, vagos y flâneurs, su andar sigue cantando las glorias del no hacer.

Los Ilegales: “No me gusta el trabajo”, en Todos están muertos, 1985.

Links para ociosos
The Idler: http://idler.co.uk
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The Play Ethic: http://www.theplayethic.com
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