Soñé que me encontraba ante un tribunal, acusada de tiranicidio. Usted asesinó a su jefe en plena jornada laboral, me decía una mujer obesa y vehemente, vestida como mesera de Sanborns en hora pico, ya con el delantal sucio y el chongo desacomodado. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle la boca que movía con gesticulaciones grotescas y lentas denotando signos inequívocos de gravedad; un sermón loco. Aquel trabajo, me decía, habría cambiado en buena medida una serie de conductas negativas suyas (ser demasiado introvertida, por ejemplo) y la habría catapultado hacia una vida de éxitos, dinero, conexiones y felicidad que usted ha desdeñado sin justificación. Al fondo de la sala se asomaba algo parecido a un ratón blanco a través de un hoyo en la pared. No era un ratón de laboratorio; tenía el tamaño de una coneja a punto de parir. Imposible poner atención a los cargos en mi contra, con ese ratón nervioso que entraba y salía de la sala, husmeando la podredumbre del tribunal con su gran nariz húmeda. La obesa me decía (su voz se había vuelto estereofónica) que mi castigo consistiría en escribir de ahora en adelante y a pesar mío como subgerente de recursos humanos y que no habría manera de escapar a mi nuevo estilo de memorándum, cosa que por supuesto me sobresaltó tanto que me desperté con taquicardias y sudores. Me puse de inmediato a escribir supersticiosamente, creyendo que así me salvaría del castigo, aunque no atiné a escribir nada más que notas para este diario. Por fortuna, después de un primer momento de parálisis, la escritura comenzó a fluir naturalmente y al ver que estaba todo bajo control decidí tormarme un descanso para ir a caminar, sin antes haber revisado lo escrito con la atención debida (aunque un poco indispuesta todavía por aquel sueño tan espantoso sobre los incumplimientos del contrato laboral que había suscrito con mi ex jefe y en el que se estipulaban: sueldo, prestaciones, horarios de entrada y de salida, vales de despensa, incremento de sueldo y seguro de retiro, sanciones económicas por retardos, pocas vacaciones y ninguna seguridad social) y me sentí repentinamente liberada por haber llegado tarde tantas veces al trabajo y haber mandado finalmente a mi jefe a volar. Sin otro particular me despido ahora sí de mi diario atentamente hasta mañana a la hora que me dé la gana.