Llegará el día en que podré exclamar
A mis seres queridos, personal doméstico, proveedores en general:
Vengo de renunciar y estoy en éxtasis.

Eduardo Ainbinder
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Llegará el día en que podré exclamar

A mis seres queridos, personal doméstico, proveedores en general:

Vengo de renunciar y estoy en éxtasis.

Eduardo Ainbinder

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Escritos para desocupados / Libro web

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Escritos para desocupados nació en 2005 como una bitácora digital donde reflexionaba cotidianamente (y a la vista de todos) sobre mi deserción del mundo laboral, una nueva condición que me llenaba simultáneamente de entusiasmo e incertidumbre.

En internet, la dirección de la bitácora aún permanece activada como un guijarro, pero es probable que desaparezca pronto: http://desokupados.blogspot.com. Hecho a partir de fragmentos, links e imágenes extraídas de mis divagaciones por la red, el blog recibía visitas de usuarios provenientes de los lugares más inopinados del mundo. Dedicaba una enorme cantidad de horas a alimentarlo y discutir con ellos; parecía que perdía el tiempo. Pero sucedía todo lo contrario. Aquella fue mi primera experiencia con un tipo de escritura radicalmente distinta, no sólo modificada por el texto digital, sino por su colindancia con otros blogs, diversas capas de información y videos, una serie de ramificaciones que horadaban la concepción habitual de la página. Lo más inquietante era la presencia del lector como un colaborador más del blog, un tipo de relación que la estructura del libro convencional impedía.

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Durante algún tiempo, conseguí mantener mi identidad oculta tras una voz colectiva; me interesaba prescindir de la tiranía del autor. Pero sobre todo, hacer el llamamiento (el contagio viral de la vida ociosa) desde una invisibilidad no codificable. El anonimato se fiascó un par de años después, cuando mis amigos y conocidos comenzaron a dejar comentarios dirigiéndose a mí, y lo arruiné definitivamente cuando incurrí en la tentación de autopromoverme, anunciando en ese espacio mis laboratorios de escritura, los libros recién salidos de nuestra pequeña editorial y algunas conferencias. En otras palabras: me había puesto a trabajar en el espacio donde había desertado del trabajo. Con el tiempo también advertí que los fragmentos tendían a extenderse demasiado y el blog tomaba el aspecto de otro tipo de interface, cada vez más parecida a un libro: un espacio que perdía intermitencia, velocidad y movimiento, pero ganaba profundidad. Los textos eran tachados de amazónicos por los lectores habituales del blog, pero yo no quería sacrificar aquellos ensayos que me reclamaban más tiempo y espacio. Me entregué entonces a la escritura y reescritura de este libro, con la sensación permanente de quererlo devolver algún día a la red, convertido en otra cosa: un libro aumentado. Porque es cierto que el libro como medio tiene cualidades insustituibles. Pero el espacio digital también. ¿Es posible tener lo mejor de ambos mundos? Pensé que la publicación en papel no era irreconciliable con la apertura de una nueva página web, donde podría resarcir la pérdida que había en el paso de un formato a otro. Desde ahí se multiplicarían las posibilidades de lectura y navegación, entendiendo que el paradigma del libro ha sido ya inevitablemente redefinido por la computadora y que el surgimiento de las herramientas de diseminación gratuita ha hecho posible, hasta cierto punto, crear proyectos autónomos del capital.

He imaginado así un after hours del libro, su prolongación por otros medios. Este sitio donde seguirá evolucionando, donde se reactivarán los videos, documentales, links y animaciones que dialogaron con él durante su elaboración; una página donde se restituirá la presencia participativa del lector, donde habrá más información, reflexiones ulteriores, un archivo abierto, una puesta en práctica de las cosas que se discuten aquí. La renuncia a la concepción del libro como algo acabado (y que le pertenece a una sola persona iluminada), en primer lugar. Eso (también) es internet: el bar nocturno que nunca cierra, el lugar al que nos vamos a meter en las horas de peligro.

Debo decirlo ahora: el libro aumentado sería impensable sin la complicidad de los editores de sur+. Tampoco habría sido posible liberarlo en su versión pdf y copyleft en la red. Estuve varios años buscando inútilmente una editorial que entendiera que no me interesaban las regalías de este libro y que, en cambio, era imperativo que circulara tan libremente como fuera posible. Hasta que una noche, mientras tomaba unos mezcales con ellos, me di cuenta de que los había tenido todo el tiempo frente a mis narices. Unos editores zurdos, arriesgados, políticamente incorrectos, casi tan insensatos como yo, que entendían la escritura menos como una mercancía rentable que como un objeto explosivo, nada inocente, beligerante incluso.

La página web está ya en construcción y lo estará permanentemente. Aunque encuentren todavía sus andamios y vigas al desnudo, pueden entrar aquí en cualquier momento, durante las horas de su ocio liberado: www.escritosdesocupados.com. En este espacio, encontrarán también el lugar donde Escritos para desocupados se descarga gratuitamente. Si creen que vale la pena, háganlo circular. Y si aman aún los libros con sus portadas, páginas y márgenes, su olor a tinta, sus tipografías y apuntes en lápiz, mis editores tendrán más razones para seguir publicándolos, gracias al precio justo que ustedes han pagado en la caja.

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Mate a su jefe: renuncie

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  • La riqueza de la supervivencia implica la pauperización de la vida. Raoul Vaneigem
 

I. ¡Pare de sufrir!

¿Siente usted que trabaja cada vez más y tiene cada vez menos (tiempo, dinero, deseo, ímpetu)? ¿Cree que sus vacaciones son demasiado cortas o demasiado caras o demasiado aburridas? ¿Ha sentido, al menos una vez en la vida, el deseo de llegar tarde al trabajo o de abandonarlo antes de hora? ¿Es usted un trabajador autónomo (un free lance) y cada mes su vida pende de un hilito? ¿Cuántas veces ha dejado de pagar impuestos por olvido, por falta de tiempo, por insubordinación? ¿Ha pensado que las horas que tarda en desplazarse al trabajo y en regresar a su casa podría emplearlas en hacer el amor? ¿Desde qué edad es usted un multiempleado? ¿Tiene seguridad social? ¿En qué piensa usted durante las horas muertas de la oficina? ¿Aborrece a su patrón? ¿Cuántas veces le ha ocurrido que, incluso estando fuera del trabajo, sólo puede pensar en el trabajo? ¿Sospecha usted que aun si trabajara los domingos nunca tendrá una vivienda propia? ¿Cuántas horas de su tiempo libre dedica a mirar la televisión? ¿A hojear catálogos de mercancía? ¿A gastar su sueldo? ¿A leer? ¿A no hacer nada? ¿Cuántas veces ha deseado estampar en la cabeza de su jefe el recibo de su salario? ¿O acaso es usted un productor de bienes inmateriales (un trabajador creativo) sin jefe, sin contrato, sin salario? ¿Le estremece pensar que lleva una eternidad sudando la gota gorda a cambio de un stereo all around que nunca usa, porque no tiene tiempo para usarlo? ¿Realiza labores de tres o cuatro personas por el sueldo de una? ¿Desde cuándo padece usted la nueva precariedad del cognitariado? ¿Duerme bien? ¿Ha tenido la mala suerte de trabajar para alguien que nunca le pagó por sus servicios? ¿Desea abandonar su empleo pero teme dar un salto al vacío o quedarse sin jubilación? ¿Cuántos libros ha dejado de comprar en los últimos cinco años, porque si lo hace, no llegará a fin de mes? ¿Y aun así no llega a fin de mes? ¿Se pregunta si tiene remedio todo esto? ¿Qué puede hacer? ¡Pare de sufrir! mate a su jefe: renuncie…

 

II. Un esténcil me apunta con el dedo (crónica de Buenos Aires)

Fue a finales del 2004 cuando pasé una larga temporada en Buenos Aires, donde proliferaba el rotundo arte del esténcil: EL MICROCENTRO SE DESPLOMARÁ / WAR DISNEY / NO AL CÓDIGO HIJOS / EL CONSUMO NOS CONSUME / SE CAYÓ EL SISTEMA. Síntesis y humor negro y un efecto estético punzante, el temblor neuronal de un cambio de luces. despertate, decía otro oráculo callejero bajo la alarma de un enorme reloj de cuerda, para advertir sobre el estado de embotamiento al que había llegado la sociedad post industrial. El 2000 había sido el año de la explosión estencilera en BsAs, como si las gotitas del aerosol —unas gotitas furiosas y casi siempre lúcidas— anunciaran la tremenda sacudida que se vendría. Y en efecto, el ramalazo financiero llegó pocos meses después de que la clase media urbana hubiera comenzado a estampar sobre los muros de la ciudad su total desconfianza hacia el sistema y sus precios dolarizados: su vida peligra, anunciaban unas figuras silueteadas en uno de los esténciles más ominosos y bellos de Palermo.

Despertador

Su-vida-peligra

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Tormenta

Se-cayó

Se-deplomará

Viajé a Buenos Aires en busca de los libros que ya no encontraba en México, del cine que aquí nunca vería (el de Mariano Llinás, por ejemplo) y del talante ácido, inconforme, arriesgado del porteño post corralito. Estaba huyendo, en suma, de la frivolidad imperante de la literatura mexicana, en cuyos tentáculos comenzaba a enredarme estúpidamente. Había caído en una trampa y lo sabía: después de varios años de escritura en la sombra y miseria funcional, me había llegado la hora de buscar un empleo y un sueldo fijo y lo hice incluso con entusiasmo. Pero el principio de realidad siempre es terrible. Muy pronto descubrí que el trabajo es un purgatorio inútil, sobre todo si se trata de venderle el alma a la industria cultural —una industria tan salvaje como cualquier otra— que en las últimas décadas ha adoptado un abominable esquema leonino: horarios del siglo xix, subsueldos, impuntualidad en los pagos, ningún contrato ni prestación social, ninguna garantía; o cosas aún más graves, como toda esa mercadería desesperada y a menudo obscena a la que se ha entregado sin reserva, la promoción de una cultura homogénea en su nivel más bajo, el desprecio soterrado hacia el pensamiento y la escritura, el culto al pop más ramplón… Crucé la industria de un extremo a otro, desde festivales de libros (con cantautores que se hacían pasar por escritores), hasta revistas culturales (donde cualquier categoría estética era suplantada a diario por las categorías del departamento de ventas).

Sin ningún tipo de gratificación intelectual, todo aquel sacrificio me parecía una simple forma de explotación. No sólo eso, trabajaba de mala gana cerca de diez horas diarias en medio de un ambiente asfixiante y lleno de falsas pretensiones (con demasiada frecuencia escuché esas dos perlas del idioma que definen la ideología de mi generación: “posicionamiento” y “aspiracional”), respondiendo a intereses que no sólo no eran los míos, sino que contradecían violentamente mi idea —una idea acaso demasiado romántica— de la literatura. En medio del desánimo dejé de escribir y comencé a sentirme enferma. Los domingos sólo quería ver partidos de la liguilla y comer pollo rostizado frente al televisor. Me había convertido en el vivo retrato de lo que Adorno llamó “el monstruoso aparato de la distracción”: hordas de hombres acumulando jornadas de trabajo, para obtener su cuota de vacío en “el ínfimo paraíso de los fines de semana, donde la gente comulga en la fatiga y el embrutecimiento” (Vaneigem). El día que tuve que entrevistar a Juanes supe que estaba tocando fondo.

Tal vez por eso, en cuanto llegué a Buenos Aires hasta la basura que se acumulaba en sus calles (había una huelga municipal) me pareció atractiva. Ahí las cosas parecían ocurrir de un modo distinto, con más librerías, mejor cine nacional, más literatura (proliferante, incisiva, vigorosa), menos glamour de por medio. Ahí la cultura no parecía un objeto de lujo en disputa ni una carrera burocrática ni un desierto mediatizado. Ahí la literatura te saltaba encima como las moscas, o sea, como algo natural y ligeramente incómodo y perturbador. Leí a Copi, descubrí a Cucurto, vi la versión cinematográfica de Pornografía de Gombrowicz, encontré cientos de libros que nunca llegarían a las cinco librerías que sobrevivían entonces en el df. En uno de ellos, Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, decía: “¡Digan ustedes si no es lindo vagar! Hay quienes sienten la vagancia, no como el no hacer, sino como un placer físico, una alegría profunda… Y es que en todo vago, aun el más atorrante, hay una naturaleza contemplativa”. Así comenzó a rodearme toda esa fiesta antilaboral, todas esas ediciones de La Marca Editora, como el libro de Hakim Bey, Zona Temporalmente Autónoma, un pasquín que devoré a la sombra de un árbol en Boedo, o la antología Con el sudor de tu frente: argumentos para la sociedad del ocio, con Séneca a la cabeza. Leía en los parques y en los cafés y en las librerías, compraba libros a montón, me dedicaba a la vagancia. ¡Tenía tanto tiempo y tan poco dinero! Así debería ser la vida, pensé, simple, barata, ociosa, con tiempo para ser uno mismo.

Una tarde, mientras caminaba hacia San Telmo (era domingo y las calles estaban desiertas, sucias), encontré sobre un muro descascarado un esténcil que parecía apuntarme con el dedo: MATE A SU JEFE: RENUNCIE. Se trataba del rostro de Mr. Burns, el capitalista siniestro de Los Simpsons, asomando la nariz entre el cochambre de la ciudad. Me quedé helada, como si bruscamente todos mis sentimientos ocultos hubieran encontrado en él una expresión nítida: renunciar, eso debía hacer al volver a México. Tomé una foto de Mr. Burns (en realidad, tomaba fotos de todos los esténciles: me había convertido en turista de los muros) y me marché.

Como ocurre con todos los libros que han dejado una impresión turbulenta en nuestro ánimo, no he dejado de preguntarme desde entonces en dónde radicaba el poder de aquella frase. Tal vez, lo pienso ahora, en que proclamaba no sólo la revolución contra los checadores de tarjeta, sino el alzamiento contra la frustración autoimpuesta y el conformismo. Pero lo mejor de todo era que, en medio de una de las peores crisis de desempleo en Argentina, la pinta tenía la desfachatez de promover la renuncia en masa. No se trataba de ironía, sino de un revival del no trabaje nunca, la proclama situacionista que apareció en los muros de París en 1953, lanzando una crítica radical hacia el carácter insaciable de la economía de mercado, donde la productividad es esclavitud bajo la apariencia de una dicha pasajera.


Memorial del saqueo, documental de Fernando E. Solanas (Argentina, 2003) 1/1

Memorial del saqueo, documental de Fernando E. Solanas (Argentina, 2003) 1/2

No es extraño que una pinta así apareciera en el “París de América”. Durante la década de los noventa, Buenos Aires se ostentó como la capital latinoamericana del rat race, compitiendo absurdamente con Londres, Nueva York y Roma, las ciudades más caras del mundo, donde es necesario trabajar quince horas diarias para pagar un cuarto-ratonera. La supervivencia había sustituido a la vida, pero de todos modos la juventud porteña, la burguesía ilustrada, los escritores, los amantes del shopping parecían felices entre tanto confort de ensueño. Quizá por eso, la debacle argentina encarnó tan plástica y trágicamente la corrosión del bienestar contemporáneo y la fragilidad de sus falsas aspiraciones.

 

III. Que trabajen los enfermos

Nunca antes como ahora se había vuelto tan necesaria la actualización del viejo proverbio chino: “Si el trabajo lo enferma, deje el trabajo”. Pues ¿qué otra cosa representa la productividad sino una degeneración del empleo, una compulsión malsana y autodestructiva? Basta mirarse en ese espejo cotidiano multiplicado al infinito: miles de workaholics solitarios, de mujeres exhaustas que ya no hacen el amor, de jóvenes consumidos por el desencanto y cuya única esperanza se reduce a que llegue el día de la quincena. La noción de futuro es una noción empobrecida, su vigencia es de una semana y aun así la gente se sacrifica diariamente por ella, por la jubilación o el crédito hipotecario o la cuota vencida del estercolero donde irán a parar sus restos cuando muera. El sistema de apartado en el cementerio es un fenómeno altamente revelador de esta época suicida, lo mismo que la reacción de ansiedad laboral con la que responden los asalariados ante las llamadas insistentes de los empresarios de la muerte: “Sea previsor: no se convierta en un lastre para su familia”. Lejos de escandalizarse o sentir por lo menos escalofríos, los empleados de marras, los auxiliares administrativos, las recepcionistas, los agrimensores, los celadores, los freidores de papitas, los supervisores de sección, los oscuros oficinistas de tribunal, los que persiguen todos los días la chuleta, se ponen a trabajar horas extra después de escuchar las palabras ominosas, como si de esa forma agregaran un poco de tiempo a su cuenta regresiva. Tanta gente sudando la gota gorda para pagar a plazos un departamento y un ataúd de las mismas dimensiones ¿no es acaso una imagen aterradora?


Education Education. Why poverty. Un documental escalofriante sobre las expectativas laborales y la realidad sin propósito de los chinos contemporáneos.

Trabajar y morir fueron los castigos divinos por probar el fruto prohibido y los hombres hemos vivido siempre tratando de escapar de ellos. ¿Por qué ahora nos lanzamos histéricamente a los brazos de nuestros verdugos? Hemos visto en los últimos cien años una de las conversiones más embusteras de la historia, la transformación de la maldición bíblica (“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”) en la búsqueda voluntaria de autoflagelación (“Trabajo, luego existo”). Quizá por eso, el día que mandé a mi jefe al matadero, todos los fieles del yugo me miraron con desprecio, casi incluso con horror. Y es que desde el siglo xix una nueva moralidad, la moralidad del dinero, proclamó el pecado de “perder el tiempo”. Se acabó la era contemplativa, sólo queda la televisión. Pero yo les digo a todos los que me miran con alarma que son ellos quienes me preocupan. O como sentencia aquel dicho que escuché a un chileno: “Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos”.


El Cuarteto de Nos le canta a los que padecen el trabajo, como el “Pobre papá”
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Genealogía del ocioso

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  • Raza de Abel duerme, come y bebe.Charles Baudelaire

 

Hay quienes afirman que el ocioso es un vividor. Y no se equivocan: nadie como él siente un amor tan intenso por la vida. Despreocupado y contemplativo, caminante fortuito de valles y ciudades, el ocioso parece un sobreviviente del paraíso. Para él, la Tierra no es un lugar muerto, reservado a las penurias del trabajo y el desgaste, sino un planeta vivo, palpitante y lleno de misterio donde los hombres y mujeres podríamos vivir como reyes (o, por lo menos, como personas) con sólo advertirlo, en lugar de cargar todos los días con nuestro número de cuentahabientes, empeñados en cumplir obligaciones falsas y rehuyendo nuestra propia (aunque, a veces, perra) existencia.

1.1_El Gran Lebowski_dudevinci Despreocupado y contemplativo, el Gran Lebowski representa el momento triunfal del ocioso carismático en el cine.

Siento hacia el ocioso una gran admiración y una envidia secreta. Me pregunto de dónde habrá sacado su boleto de entrada gratis a las esquinas donde el mundo se escenifica, de qué fuente milagrosa sigue extrayendo tiempo para mirar la ciudad que ya nadie mira. “El paisaje cuelga para los ricos de un marco de ventana”, decía Benjamin. Por ahí echan todos los días un vistazo mustio y lleno de tedio que le cobrarán más tarde a sus empleados. No al ocioso, por cierto, que renunció a su trabajo para no mirar más la pared de ladrillos que daba a su ventana. ¡Para qué quiere un marco si puede tener la calle!

2_Chaplin vs. burgués Charlot, otro célebre vagabundo cinematográfico, le enseña al burgués un poco de mugre de la calle

Siempre hay hombres así en las ciudades. Vagabundos con aspecto de estar en otra parte, sentados durante horas en los cafés baratos donde acumulan conversaciones de poltrones filosóficos. Han reducido su existencia a un mínimo de necesidades y no tienen que pagar un centavo para reírse de nuestro espectáculo cotidiano, la maquinita tragamonedas que nos dice quiénes somos, qué cosas tenemos que conseguir, cuánto tenemos que gastar. Gracias al ocioso, la ciudad puede contemplarse a sí misma, coleccionar sus atrocidades. Sin él, su existencia no se justificaría.

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3_Robert Doisneau_vagabundos

Hay ciudades afortunadas que conservan sus corrientes de agua, grandes ríos que las atraviesan y ayudan a los habitantes a descansar de ellas. También el ocioso cumple una función importante en la ciudad: al no dejarse arrastrar por su ritmo trepidante, al mantenerse lejos de la marcha irreflexiva del progreso, abre un espacio metafísico en bares y cantinas, donde se esmera en no hacer nada más que dejarse atravesar —como los ríos— por la corriente heraclitiana del tiempo.

5_Robert Doisneau_quai du vert galant paris 1946
El ocioso hace habitable una ciudad, la devuelve a su dimensión humana, porque su espíritu es anterior a la ciudad misma. En él pervive un alma nómada habituada al aire libre y la vida salvaje, ajena al yugo de las estructuras sedentarias. El suyo es un mundo pleno que no se ha dejado embaucar por la vieja crónica del Pecado Original, esa fuente de justificaciones más o menos grotescas que ha mantenido a unos amasando el pan con el sudor de su frente mientras otros se echan a pierna suelta a disfrutar. 
6_cafe _Doisneau Las ociosas también hacen habitable una ciudad: la devuelven a su dimensión humana.

Aunque el castigo de la Providencia por probar el fruto prohibido condenaba a toda la humanidad, en los hechos el trabajo se convirtió en la expiación mayoritaria de los que habían nacido, por razones impenetrables, en una “escala inferior”. Esclavos, siervos, lacayos, peones, mozos, jornaleros, ¡a trabajar! Esta discriminación se efectuó sin ningún criterio; a veces por decreto divino, otras por capricho disfrazado de fatalidad. En cualquier caso el mundo se dividió: de un lado los que mandaban, del otro los que obedecían. ¡Pero si todos podríamos encaramarnos en los árboles —por turnos o al mismo tiempo, ya se vería— para alcanzar nuestras manzanas y de paso compartirlas con el vecino! Después de todo, el problema del sustento, es decir, la necesidad de seguir vivos, es una necesidad natural que hermana a la humanidad. Entonces, ¿por qué unos cuantos habrían de permanecer siempre sentados mientras otros reciben las órdenes? Cioran se preguntaba si el instinto de dominio (el surgimiento de la opresión) no sería la consecuencia directa del Pecado Original, la materialización inmediata de la Caída. Una cosa es cierta: la interpretación alevosa del castigo divino —lo mismo da si se trata de la expulsión del paraíso judeocristiano o el fin de la Edad de Oro entre los griegos— le ha birlado a la mayoría de la humanidad un derecho que debería ser inalienable y universal: el derecho a la holganza. Mientras tanto una minoría (nobles, obispos, potentados, rentistas, caciques, banqueros) se ha dedicado simplemente a garantizar el cumplimiento de la pena terrenal, a cambio de la promesa de una salvación futura (si eres un buen trabajador, oportuno y sumiso, te irás al cielo), convirtiendo la vida de las multitudes sudorosas y anónimas en una larga espera del fin de semana de la eternidad. Esa es la misa del empleo a la que todos van a comulgar, incluso en esta época sin dioses y llena de trabajo en la que meter datos en una computadora carece de cualquier mérito espiritual.

Santiago Bou Grasso, El empleo

Para imaginar una genealogía del ocioso —un personaje al que trato inútilmente de parecerme—, me he puesto a releer algunos pasajes de la Biblia, un libro al que sinceramente casi nunca vuelvo. Tengo la intuición de que ahí lo encontraré en su estado natural, poco antes de ser condenado por los católicos y luego por los protestantes y ahora por los tecnócratas. Según se puede leer en el Génesis, Adán y Eva procuraron hacer un reparto equitativo de la penitencia —la llamada división del trabajo— entre sus hijos: Caín obtendría la propiedad de toda la tierra; Abel sería dueño de todos los animales de ganado. Uno se dedicaría a cultivar; el otro, a pastorear. Es probable que los hermanos tuvieran poco tiempo libre para hacerse bromas y jugar juntos en las laderas del ancho campo, algo que a la larga habría ayudado a crear un vínculo entre ellos, evitando así el desenlace fratricida. Un día Abel y Caín entregaron sus ofrendas a Dios (uno sacrificó a un carnero; el otro ofreció un fruto de la tierra), pero Dios, siempre insondable, sólo aceptó la ofrenda de Abel. Furioso, Caín mató, como todo el mundo sabe, a su hermano. Las interpretaciones del episodio sangriento no se hicieron esperar. Entre todas ellas, hay una que apunta hacia el nacimiento de un antagonismo ancestral: el que existe entre trabajadores y ociosos. Así lo indican las raíces de los nombres: Caín (del árabe gain, “el herrero”) podría identificarse con el homo faber, el hombre que fabrica herramientas, el que ejerce su voluntad transformadora sobre la materia. Él forja el arado para labrar, pero también, el martillo para asestar el golpe. Tiene una mano equipada, una mano adherida al trabajo, una mano llena. Rara vez esa mano se pone a tamborilear. Ella es puro músculo: abre surcos, aplana la tierra, somete brotes, edifica. Es la mano del trabajador. Gracias a la herramienta, esa extensión rotunda del cuerpo, Caín y sus descendientes logran dominar las extensiones salvajes y crear un nuevo mundo artificial. Son los constructores de las primeras ciudades, más tarde asociadas a la corrupción y la pérdida del sentido espiritual. El alma de Caín es sedentaria; arraiga en la tierra que cultiva, se forma unas costumbres, tiene derechos sobre el suelo. Así lo expresa otra raíz de su nombre, la que proviene del verbo hebreo kanah: adquirir, obtener, poseer y, por tanto, gobernar o subyugar. Caín es entonces el propietario, el que posee, y, también, el practicante de las artes de la tecnología necesarias para abrir caminos y conquistar. En él convergen las fuerzas contradictorias de la civilización: la herramienta y el arma, la invención creadora y la violencia.

En esto se convirtió, varios siglos después, la estirpe de Caín: puro músculo programado

Abel, del hebreo hebel: aliento, soplo, nada, pertenece en cambio a la estirpe de los nómadas, de los que se desplazan de continuo como el aire. En lugar de asentarse como el agricultor, se mueve hacia donde lo lleva su rebaño. Abel no depende de ningún lugar concreto, pues su alimento va consigo a todas partes. ¡Y se multiplica sin necesidad de trabajar! En la primera repartición laboral de la humanidad, al pastor le tocó el lado menos áspero, menos atado a los rigores del clima y el esfuerzo físico de la vida agraria. Tal vez por eso, a diferencia de Caín, Abel no se extenúa. Es más libre, más ligero y tiene mucho tiempo para haraganear. Cada vez que sus animales han encontrado el sitio exacto para alimentarse, él se descubre en medio de un tiempo vacío, distendido, el tiempo que el homo ludens emplea para sus juegos y meditaciones. Mírenlo ahí ensimismado a la sombra de los árboles, viendo pasar las horas como si las horas no existieran. Todo lo contrario al tiempo programado de Caín, un tiempo asociado a la producción, el cultivo y el trabajo, un tiempo útil alrededor del cual se ordena la vida. Abel es un habitante natural del ocio, un ser tranquilo y errabundo, celoso de su autonomía, ajeno a las jerarquías de la aldea. En él no ha germinado la voluntad de dominio ni la ambición de poder. (Tal vez por eso, San Juan y Cristo lo consideran “un justo”.) Como no le interesa dejar huella —él es apenas un soplo, transitorio como la vida misma— su existencia se ha desgravado de propósitos y su única ocupación es mirar. Mientras escucha el aleteo del viento o ve cómo se cortejan los pájaros, Abel vigila a su rebaño. Necesita abrir bien los ojos, y comprende que eso es también la contemplación: habitar el mundo con la mirada. Esa destreza ocular, entrenada sin esfuerzo en las tardes de su tiempo libre, se convierte en una forma de observación distinta, el nacimiento de la especulación intelectual y el temperamento artístico. Abel se ha sentado a pensar por sí mismo; su ocio es una forma de reflexión y tal vez, también, de melancolía. ¿Y no fue ese el pecado de sus progenitores, el deseo de saber? ¡Ah, el ocio, madre de todos los vicios!

Acá uno de los himnos del ocioso contemporáneo, descendiente de Abel, con su ritmo a contracorriente: “La hamaca” de Kevin Johansen

Seguramente Caín también sentía una envidia secreta hacia el ocioso. ¿Por qué, a diferencia suya, el pastor de ovejas muestra tanto placer mientras realiza sus actividades diarias? Quizá porque en su trashumancia Abel se mantiene lejos del fardo de la civilización y sus artificios multiplicados. En la ciudad de Caín, cada edificio viene acompañado de nuevas tareas, el ajetreo cotidiano se duplica, el peso de los costales se triplica y las penas de los esclavos no tienen fin. “Raza de Caín —escribió Baudelaire—, tu tarea aún no fue cumplida bastante…”.

La gran calamidad de las ciudades es que en ellas nunca se deja de trabajar. ¿Merece la búsqueda de comodidad toda esa molestia, todo ese agotamiento? Si el ocio es el propósito final del trabajo, ¿por qué no simplemente entregarse a él sin remordimientos? Eso es lo que hace Abel, una vez que ha satisfecho sus necesidades primarias.

10-Pieter Bruegel - Los proverbios flamencos - d1559Todos trabajan; el ocioso mira

Abel podría ser emblema de toda una estirpe amante de la simplicidad, refractaria a la fama o la riqueza, esas cargas de la vida oficial. Siendo nómada lleva dentro de sí su choza y sus posesiones; no acumula, no se deja atrapar por el peso de la vida material; él prefiere flotar, como lo hacen sus pensamientos al atardecer. Algo de esa levedad, una levedad mal vista por la estirpe de Caín, sobrevive en el lüftmensch, palabra yiddish que designa negativamente al vagabundo, al hombre improductivo, sin trabajo ni sueldo fijo, dedicado a perder el tiempo y a cavilar.

Perdido entre libros y divagaciones, el lüftmensch es literalmente un “hombre de los aires”, “un hombre flotante”. ¿A qué aspira? ¿A dónde se dirige? Como Abel, este ocioso no tiene planes ni proyectos, es un hijo errático que siempre angustia a su mamá.

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Si Caín representa la técnica y la responsabilidad de la edad adulta, su hermano, en cambio, es un bribón, un adolescente aligerado de deberes. Caín es pragmático; Abel, locuaz. Uno ama la pachorra; el otro cree en la diligencia como artículo de fe. En todo parecen espíritus contrarios. Y las dos formas de habitar el espacio a las que dieron origen, sedentarios y nómadas, representan dos formas, tal vez irreconciliables, de encarar los dilemas de la supervivencia: sucumbir al peso del trabajo en nombre del progreso o aprender a vivir en nombre de la vida misma.

Es curioso que Dios despreciara a Caín precisamente porque en su sacrificio obraba por simple apego al deber, en lugar de hacerlo por generosidad, por amor genuino, como Abel. (Si atendemos a la explicación de San Juan, Dios buscaba a los hombres y no las cosas que ellos hacían con sus manos, del mismo modo que prefería lo que crecía naturalmente, en lugar de lo que se obtenía a través de impulsos codiciosos, como el arado con que se obliga a la tierra a germinar para luego lucrar con su fruto.) ¡Cuánta ira habrá palpitado en las sienes del agricultor cuando al final de la jornada premiaron a su hermano, el ocioso! Aquello era en verdad como para matarlo. Y así durante un rapto de furor destructivo el homo faber liquida de golpe al homo ludens. ¿Qué tenemos aquí? La forma en que el trabajo reprime finalmente la propensión a lo lúdico, una propensión que sólo puede despertar intranquilidad y sospecha en un mundo que ha llevado la locura hasta el punto de ver la existencia misma como castigo. En un mundo así, la penitencia termina con el juego, la obligación con el placer. Y la esquiva posibilidad de hacer del trabajo una cosa alegre, o por lo menos pasajera, después de la cual el hombre podría dedicarse a lo que le vieniera en gana, ha sido cancelada para la gran masa de personas sobre las que se han descargado las faenas más serviles y rutinarias.

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Es una pena que haya sido la estirpe de Caín la que sirviera de inspiración a numerosas generaciones posteriores entregadas al trabajo compulsivo, llegando hasta la mesa de Benjamin Franklin, quien definió al hombre, en el siglo xviii, precisamente como “el animal que hace herramientas” y proscribió de su agenda la posibilidad de descansar. “No perder tiempo; siempre mantenerse ocupado en algo útil; suprimir todas las acciones innecesarias”, esas eran las notas más altas de su himno, el himno del homo faber, que hizo del tiempo el principal recurso para administrar: “Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día o a holgazanear en su cuarto, aunque sólo dedique seis peniques a sus diversiones, en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más”. Cuánta razón tenía Vaneigem cuando escribió: “Las necesidades de la economía se acomodan difícilmente con lo lúdico. En las transacciones financieras, todo es serio; no se juega con el dinero”. También los romanos entendieron que la palabra negocio significaba eso, nec otium: la negación del ocio. Por eso Cicerón, que perteneció a una cultura que despreciaba el trabajo y encontró en el ocio la forma más alta de libertad, advirtió: “¿Qué cosa de honorable puede salir de un negocio? Todo lo que se llame negocio es indigno de un hombre honrado, porque los comerciantes no pueden ganar sin mentir… Quienquiera que dé su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se coloca en el rango de los esclavos”. (Pero Cicerón podía darse el lujo de decir eso, precisamente porque él tenía esclavos.)

“La vida pasa” del situacionista Raoul Vaneigem fue entonada por primera vez por algunos trabajadores en Bélgica, durante las grandes huelgas de 1961.

¿Es posible un bienestar que no le haga daño a nadie? Tal vez la dicha sencilla del ocioso, un ser libre que se abandona al fluir de la vida, sin intentar agradar o someter al vecino. Y aunque la Biblia nada dice sobre la descendencia de Abel (lo que hace suponer que no tuvo tiempo para dejar alguna), su espíritu nómada y su pasión por la riqueza espontánea del juego han resurgido a lo largo de la historia en muchas partes. En los bosques de Walden, en las orillas del Mississipi o en las tabernas sucias de París, entre trotamundos, conspiradores, vagos y flâneurs, su andar sigue cantando las glorias del no hacer.

Los Ilegales: “No me gusta el trabajo”, en Todos están muertos, 1985.

Links para ociosos
The Idler: http://idler.co.uk
Anxiety Culture: http://www.anxietyculture.com
The Play Ethic: http://www.theplayethic.com
Why Work: http://whywork.org

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El mal del tiempo libre

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Fue a la playa para pensar en la nada. No es que fuera esa su intención (en realidad, buscaba lo contrario), pero todo se dispuso para que, echada sobre la tumbona ante el majestuoso paisaje del puerto, acabara teniendo la impresión de que había ido hasta ahí para sentirse miserable. Imagino esta escena mientras leo un artículo sobre la “depresión de la tumbona”, una rara amenaza psicológica que acecha a los vacacionistas del nuevo milenio, el síndrome irónico de un mundo que ha perdido su capacidad para refocilar. Ahí está la jefa de recursos financieros en bikini, lejos del memorándum de último minuto y liberada del apremio y las llamadas telefónicas. Pero ella se siente desfallecer. Intenta leer y no puede, quisiera contemplar la puesta de sol pero no tiene ánimo, un vodka apenas aminora sus incomprensibles ganas de llorar. Añoraba esas vacaciones, tantas veces postergadas, pero ahora que han llegado no las puede disfrutar. El ocio le causa un incomprensible dolor. Y así, inquieta, se revuelca sin parar en su tumbona, fustigada por un insecto invisible, menos prosaico que las pulgas de arena, más lacerante, metafísico incluso: el mosquito del vacío. “Nada tan insoportable para un hombre que estar en reposo absoluto —escribió Pascal—. Entonces siente su nada, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia”. Lo único que desea la jefa en vacaciones es volver a trabajar. Porque así, inmóvil y puesta a contemplar su paisaje interior, le ha llegado de pronto la sensación recalcitrante de haber desperdiciado una vida, la certeza de que, lejos de la oficina, ya no es nadie. La insatisfacción se adueña de ella mientras se aplica el bronceador y no puede dejar de pensar en lo que habría llegado a ser si hubiera sido fiel a sus impulsos de juventud. Se trata del Angst, sobre el que tanto escribió Connolly en La tumba sin sosiego, el remordimiento por haber aceptado “hábitos convencionales de existencia, debido a un conocimiento superficial de nosotros mismos”.

2_Imagen tumbona_OK“Nada tan insoportable para una persona que estar en reposo absoluto —escribió Pascal—. Entonces siente su nada, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia”.

Los psicólogos austriacos que acuñaron el término “depresión de la tumbona” lo atribuyen a la incapacidad de los trabajadores para liberarse del estrés acumulado durante el año, la fatiga como causa de angustia. Pero esta experiencia de sinsentido súbito podría asociarse también a lo que sucede con los jubilados que mueren de tristeza lejos del trabajo, hombres y mujeres en la última recta del camino para quienes la vida se revela, descargada de pronto de su mecánica estéril, como una habitación inabarcable y vacía. Los jubilados podrían convertirse en los artistas organizadores de ese vacío, esculpir al fin su propia existencia, pero no tienen ánimo para hacerlo. Después de tomar el coche cada mañana, después de entrar en la oficina, clasificar archivos, almorzar rápido, volver a los archivos, salir del trabajo, beber una cerveza, regresar a casa, encontrar al cónyuge, besar a los niños, comer un sándwich con la televisión de fondo, acostarse y dormir, desempeñando el mismo papel durante cuarenta años, sin salidas de tono ni variaciones reales, el jubilado es expulsado de la escena laboral para que sea, finalmente, él mismo. Pero ignora cuál es su parlamento auténtico, pues ha vivido bajo una lastimosa continuidad de clichés. Además, tiene poco tiempo, apenas lo que queda entre la salida del público y el inicio de la nueva función. Poco tiempo y el cuerpo gastado y la memoria roída para amueblar de nuevo la habitación vacía, para comenzar de cero. ¿Tiene eso sentido?

Al trabajo se le ha concedido en todas partes el lugar de la identidad, nos atareamos para ser alguien a la vista de los demás. Y si el trabajo es la única forma de realización personal, entonces la jubilación se convierte en una repentina supresión del rostro, la entrada en la existencia sin mérito. Por eso, para muchos jubilados, que nunca fueron educados en el uso fecundo de su tiempo, el retiro es como un arribo anticipado a la fosa común. El asunto empeora cuando son despojados de sus fondos de retiro, hoy expuestos a las veleidades de Wall Street, también llamadas “fluctuaciones financieras”. La economía de mercado desprecia a la vejez, torpe, maniaca e improductiva, tanto como la despreciaban los jóvenes del Diario de la guerra del cerdo, la perturbadora novela de Bioy Casares donde un batallón de muchachos se empeña en exterminar de una vez por todas a los ancianos. No veo diferencia alguna entre el cinismo soslayado de este sistema de locura y fraude en el que vivimos, su crueldad implícita, y aquella cacería sin cuartel de viejos lentos y encorvados por las calles de Buenos Aires: después de haberle exprimido hasta el último centavo, la sociedad despacha al jubilado hacia la muerte por la puerta de atrás, desnudo. Ha dejado de ser empleado y consumidor, ahora es un ocioso, y de él lo único que interesa al banco es especular con sus ahorritos. ¿Y si lo pierde todo en un revés bursátil? Qué más da, el viejo estaba a un paso de la tumba.

Me he quedado pensando todo el día en la tristeza de los jubilados y la depresión de los vacacionistas, dos mundos que sólo pueden tener un final siniestro cuando se reúnen inevitablemente, como intuyó Michel Houellebecq en una crónica sobre un grupo de “jubilados en vacaciones” que aparece hacia el final de El mundo como supermercado. Esos hombres y mujeres retirados de la vida activa alguna vez fueron jóvenes animadores destinados a entretener vacacionistas en un Holiday Inn Resort, un hotel inmenso con más de trescientas habitaciones, discoteca y terraza de espectáculos y hasta centro comercial, una especie de ciudad con todo a la mano, incluido un clima de ensueño. “Hace tiempo, éramos animadores de los lugares de vacaciones; nos pagaban para entretener a la gente, para intentar entretener a la gente. Después, ya casados (o más a menudo divorciados), volvemos a esos lugares de vacaciones, esta vez como clientes. Los jóvenes, otros jóvenes, intentan divertirnos. Por nuestra parte, intentamos tener relaciones sexuales con algunos miembros del lugar de vacaciones (a veces ex animadores y a veces no). A veces lo conseguimos; la mayoría de las veces fracasamos. No nos divertimos mucho. Nuestra vida ya no tiene sentido”. De ese modo, el tedio deposita en la playa los restos del ocio destruido. Porque en la ronda generacional de los animadores de hotel (como en las familias circenses) parece que no hay variación posible; ni pasado ni presente ni futuro: cada día vuelve a empezar, idéntico a sí mismo, el círculo perverso donde el ocio se ha convertido en una extensión más del trabajo. Y nadie se sorprende cuando alguien encuentra el cadáver de un ex animador “entre dos aguas en la piscina que miraba al mar”.

En fin. Miro por mi ventana que no da al mar y no puedo dejar de pensar en la jubilación y las vacaciones (yo que no tengo cuenta de retiro y vivo en mis vacaciones permanentes, que para eso me hice escritora), dos rostros desoladores y mórbidos del falso ocio de nuestra época, la forma en que los tiempos cada vez más estrechos que la sociedad concede al hombre para el auténtico disfrute de sí, se transforman en su reverso: una temporada en el infierno.

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Contra la aspirina

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despertado con migraña y he odiado una vez más a la aspirina. Tal vez se deba a que jamás me ha procurado alivio alguno. De hecho, sólo me ha traído problemas gastrointestinales y sufrimientos. Con el tiempo, la misteriosa privación de sus dádivas me ha ido envenenando hasta la médula y me ha arrojado al más obvio de los desconsuelos: saberme inmune a la felicidad. En el prefacio a sus Confesiones de un comedor de opio inglés, Thomas de Quincey se disculpaba por infringir las normas del buen gusto y atreverse a ese “acto de autohumillación gratuita” que es toda confesión, pero justificaba la publicación de sus aventuras opiáceas (valiéndose de una vieja estrategia retórica) al considerarlas útiles e instructivas. Yo, en cambio, confieso desde ahora que escribo estas cuartillas desde la bruma de mi dolor de cabeza, y lo hago sólo por desquite.

Reunir todas las cosas en una sola es una vieja aspiración humana tan desmedida como la idea de progreso. La arquitectura impersonal y desprovista de misterio de los malls, donde se concentran las mercancías de todo el mundo, es uno de sus efectos más horrendos. En el siglo xviii, Jeremy Bentham ideó el Panopticón, un edificio de vista panorámica desde el que se podía escuchar y ver todo al mismo tiempo, una arquitectura con funciones policiacas. 

large.panopticonEl Panópticon, un edificio de vista panorámica desde el que se podía escuchar y ver todo al mismo tiempo, una arquitectura con funciones policiacas.

En estos días, facebook y las redes sociales propician ese tipo de vigilancia permanente, pero sin necesidad de coerción; un espionaje abierto, concedido con júbilo por la propia ciudadanía. Me pregunto hasta dónde llegará nuestra vanidad y nuestra torpeza después de haberle entregado la llave de nuestra casa a los extraños para que la escudriñen a cualquier hora del día. Algo semejante ha sucedido con nuestro cuerpo que hemos dejado por completo en manos de la ciencia, para que nos cure de todo, incluso de la vida misma. La salud se ha convertido en uno de los valores supremos de esta época represiva que promueve un bienestar físico fundado en la restricción, el displacer, los aparatos de tortura del gimnasio, y proscribe el gozo de las pulsiones o de los sentidos. Estar sanos y llevar una vida burda. ¿Pero una vida así vale la pena vivirse? Nuestra obsesión sanitaria no es nueva, ya germinaba en aquella búsqueda obsesiva de la Panacea Universal que emprendieron los alquimistas, un elíxir al que se atribuía la eficacia de curar todas las enfermedades. ¿No fueron ellos mismos los que persiguieron —mucho antes de la manipulación genética— el sueño de crear vida humana? Hace tiempo que nos afanamos en acumular una cantidad interminable de conocimientos e información que somos incapaces de asimilar. Saberlo todo, conocerlo todo, guardar un Aleph en nuestro bolsillo. Mallarmé deseaba resumir el universo en un solo Libro; Leibniz había soñado con un Alfabeto de los Pensamientos; Goethe propuso una Literatura Mundial que abrazaría todas las formas de la creación más allá de las estrechas fronteras nacionales, y el pensador alemán Kurd Lasswitz escribió en 1901 un cuento de ciencia ficción, “La biblioteca universal”, que prefiguraba no sólo la “Biblioteca de Babel” de Borges, sino también la ambición contenida en los actuales flujos de información cibernética: una biblioteca inconmensurable que contendría todos los libros del pasado y del futuro, así como cada uno de nuestros pensamientos y chillidos, nuestras frases y dislates y naderías, alimentándose glotonamente hasta el fin de los tiempos.

panopticon+babelBiblioteca de Babel

Ese tipo de delirios totalizadores me producían una incomprensible fascinación en la adolescencia; crecí rodeada de libros y durante cierto tiempo alimenté la convicción (autoritaria o ingenua) de que la Verdad se encontraba en la Biblioteca. Por fortuna, una tarde (que era casi noche) sentí la atracción de la calle y la vida mundana; el efecto fue devastador, es decir, genuinamente formativo. En cuanto puse un pie fuera de la biblioteca la idea que tenía de ella se relativizó, se distorsionó, sufrió cuarteaduras irreversibles. Comprendí que ni siquiera la suma de todos aquellos libros podía explicar la complejidad de la existencia, y estaba bien que así fuera. Desde entonces los empeños que pretenden concentrar el saber, la intimidad de las personas o cualquier cosa en un solo sitio me despiertan un enorme recelo. Se trata de empresas inhumanas. Presiento que en cada una de ellas se encuentra la semilla de un dogma.

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Ahí está, por ejemplo, la maldita aspirina, una virtuosa curalotodo. Su historia es tan insípida como ella misma: a finales del siglo xix un químico casi desconocido de los laboratorios Bayer —entonces, sólo una pequeña fábrica de tintes de una ciudad de provincia— inventó algo parecido a la Píldora Total. No hay evidencia alguna de que Felix Hoffman actuara siguiendo las ansias totalizadoras de sus compatriotas o como tardía recompensa a los desvelos de sus precursores, los alquimistas. En realidad, sintetizó el acetilsalisílico urgido por los dolores reumáticos de su padre y probablemente nunca sospechó el lugar privilegiado que ocuparía su prodigioso miligramo entre los consumidores mundiales.

Durante años he buscado, con morboso celo intelectual, elementos que le resten atributos a esta odiosa tableta. Mi labor no ha sido fácil. En los manuales médicos desfilan sus numerosas bondades (la mayor de todas, hélas!, es la de aliviar el más común de nuestros males: la jaqueca vulgar), al lado de pálidas contraindicaciones (algunas de ellas, como la posibilidad de generar malformaciones genéticas, han sido desmentidas; otras, como la hepatitis padecida recientemente por un amigo mío y atribuida al consumo inmoderado de aspirinas, son casos aislados que no me ayudan a darle forma estadística a mi rencor). Además, su generosidad es amplia: no requiere prescripciones médicas, está  al alcance de todos los bolsillos y en esta era de prisas y empujones procura un alivio rápido y seguro. Por eso, en momentos en los que nadie cree en las panaceas universales, la aspirina proporciona fáciles mitologías compensatorias. Los beneficios que la gente le ha endilgado (y que yo, desde mi desconfiada ignorancia, le atribuyo a “somatizaciones positivas”) me corroen el alma: si regresas de una jornada de trabajo infernal, toma una aspirina; si te extorsionó un policía barrigón y eso te ha confirmado que vives en el peor de los países posibles, toma otra aspirina; si quieres dejar el sublime placer del cigarro para estar en sintonía con los parámetros estandarizados de la salud contemporánea, masca chicles y toma una aspirina; si por la noche buscas consuelo en la cantina y al día siguiente sólo se duplica la impresión desastrosa que ya te producía la realidad, toma dos aspirinas, y si quieres ir más lejos —un suicidio suave y económico— toma tres gramos de aspirina (según Antonio Escohotado, ésa es la dosis letal). “Un centímetro cúbico cura diez pasiones”, podría decir el publicista de Bayer, como lo hacen los consumidores de soma, la droga perfecta de Un mundo feliz.

BAYER-VINTAGE-doble¿Qué sería de nosotros sin un dolor de cabeza de vez en cuando? Seríamos lo que ya somos: seres aturdidos, atareados siempre en nada, incapaces de pensar.

Este culto inmoderado me parece, por lo menos, sospechoso. Diré, para empezar, que a diferencia del soma de Huxley, la aspirina no procura vacaciones artificiales, y para que realmente conceda “alegría de vivir”—obedeciendo a las consignas de la hora— se le ha tenido que agregar a su fórmula el sucedáneo de la cafeína. Como analgésico sustituto del opio, este inocuo curalotodo es muy inferior: no ensancha los confines del alma, no aísla nuestro espíritu de la grisura del mundo, y si De Quincey hubiera acudido a la aspirina, en vez de probar el opio para mitigar su dolor de muelas, no habría expiado su adicción en una obra de arte. Algo más: es sabido que al hombre le gusta inventar frágiles encantamientos que terminan por duplicar su esclavitud. No es extraño, entonces, que la aspirina inmaculada encontrara su canonización gracias al fanatismo productivo e higiénico de nuestros días en los que enfermarse se considera una inmoralidad: además de evitar el ausentismo laboral por resfriados y cefaleas, prohíbe los momentos de ocio y no sólo no crea adicciones, sino que su uso es tan recomendable como hacer aerobics sin quitarle horas a la oficina.

En pocas palabras, la Píldora Total no es más que una sustancia hipócrita y prepotente. Una de sus paradojas y peligros radica en que detrás de los alivios momentáneos que prodiga pueden esconderse graves males. Hay enfermedades que anidan en la oscuridad, lenta y progresivamente; otras, que envían señales claras e inmediatas. Las cefaleas (que no son una enfermedad, sino un síntoma, un portavoz de diversas alteraciones del organismo) se encuentran a medio camino de estas dos formas, la elusión y la alusión, mediante las que un desorden interior se expresa. La aspirina sólo sirve para apagar los focos rojos del cuerpo y, a veces del espíritu, que encuentran su cauce indirecto en el dolor de cabeza. Así mantiene al mundo a raya, tiránicamente, al tanto de sus horarios y rutinas, pero a costa de otras tempestades que suelen crecer en la noche muda de la jaqueca. El día menos esperado el cuerpo se subleva y reivindica para sí ese único lugar donde ahora es posible retirarse a solas, cerrar las puertas al mundo exterior y meditar sobre cualquier cosa: la cama del enfermo. ¿Qué sería de nosotros sin un dolor de cabeza de vez en cuando? Seríamos lo que ya somos: seres aturdidos, atareados siempre en nada, incapaces de pensar.

Mientras busco en mi botiquín alguna pastillita con ergotamina, concluyo que:
a) Como barata entrada al paraíso la aspirina es falsa, y
b) como supuesta panacea universal es excluyente. Me ha excluido a mí y, por eso, la odio. Nunca he sido beneficiaria ni de sus virtudes reales ni de las imaginarias. Y juro que he puesto todo de mi parte: he sido constante, he tenido fe, he invocado. Pero mis hiperbólicos dolores de cabeza se resisten, quizás con razón, a tantas acciones irracionales. Cuando inicié mis indagaciones sobre esta caprichosa inmunidad a la aspirina sólo encontré una explicación paranoica: entre los archivos ignorados de la compañía Bayer figura la producción del gas Zyklon-B, empleado por los nazis para matar judíos en masa. Tal vez la vocación represiva de la fábrica alemana —pensé— se ha filtrado a través de la aspirina y mi origen judío se rebela contra su conspiración mundial… Deseché esta teoría después de decidirme a ver un médico (que luego me mandó a ver al psiquiatra). La persistencia de mis neuralgias merecía una explicación científica y la encontré, por desgracia, en la ineptitud de la aspirina: su fórmula de exclusión me puso de golpe y sin clemencia frente a los horrores de la Migraña.

Debo decirlo ahora, la migraña es un dolor onanista, incurable y ajeno a los dominios de esta gragea charlatana. Pero mi relación con ella no ha sido, después de todo,  tan mala. Padezco un tipo de migraña benigno que me permite, una o dos veces al mes, reencontrarme conmigo misma. Es de una naturaleza singular: hiperestésica, en carne viva, extraordinariamente sensible. Los momentos que la preceden son de una rara felicidad. He llorado muchas veces en medio de un ataque intenso, pero no lloro de dolor. Se trata de otra cosa. Ocurre algo (un intercambio de cargas eléctricas, una languidez profunda), que finalmente resuelve las contradicciones y tensiones acumuladas por semanas en mi cuerpo (y también en mi espíritu). Como si allí, tendida sobre la cama durante horas, lejos de las llamadas telefónicas y de las comunes presiones cotidianas, en medio del vacío, recordara lo que es estar viva de nuevo.

 

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Notas sobre los enfermos de velocidad

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  • ¿Y quién podría decirnos si no comenzaremos a cansarnos un buen día hasta de la propia velocidad?Valery Larbaud

Pienso en una historia política de la velocidad. Comenzaría con los revolucionarios franceses disparando hacia todos los relojes de las plazas públicas.

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¿Qué es un reloj? Una forma de parcelar la existencia en fragmentos definidos y actividades reglamentadas. Un adorno con funciones policiacas.

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Relojes de sol alrededor de los cuales se desplazaban las sombras, inútiles en un día nublado. Relojes en donde escurrían gotas de agua o se deslizaba la arena. Artefactos aproximados e inexactos, anteriores al reloj mecánico, ajenos a la productividad. Los revolucionarios franceses disparaban contra otro tipo de relojes, los mismos que presidieron la vida regimentada de los monasterios desde el siglo XI y más tarde las torres de los ayuntamientos de toda Europa. Esos relojes de precisión se difundieron durante el Ranacimiento en las cortes reales, donde se invertían fortunas para perfeccionarlos. Aparatos cada vez más sofisticados, donde habitarían finalmente el minutero y el segundero, dictando cada movimiento de los hombres, símbolos de poderío y control social, los tiranos de la vida cotidiana.

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El agricultor trabajaba de acuerdo a los procesos cíclicos de la naturaleza; el artesano lo hacía según el tiempo necesario para perfeccionar sus objetos. El obrero, en cambio, trabajaba siguiendo las necesidades de la industria, fundada en el principio de “más producción en menos tiempo” (los orígenes de nuestra prisa). A medida que la gente se trasladó del campo a la ciudad y comenzó a trabajar en los mercados y fábricas, en los albores del capitalismo, sus días se fueron rebajando a segmentos cada vez más finamente divididos. El tiempo para trabajar y el tiempo para comer, el tiempo para abrir las puertas y el tiempo para cerrarlas, la hora de las asambleas y las reuniones en las tabernas, la hora de dormir y la de volver a empezar.
Escena de Tiempos Modernos, de Charles Chaplin, 1936

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“El reloj convierte al tiempo, de un proceso de la naturaleza, en una mercancía que se puede medir, comprar y vender, como telas o jabones” (Geroge Woodcock).

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¿Quiénes son los únicos que no tienen prisa? Los vagabundos, los juerguistas, los desocupados y los niños, que son los emperadores del tiempo verdaderamente libre, ese que no ha entrado en la sala oscura de los interrogatorios. Todos ellos se encuentran en posesión de su tiempo y mientras juegan o caminan hacia ningún lado no hay segundero que les recuerde la hora. Entre ellos se encuentran también los perezosos, los que abandonan la tarea, los que desertan. La pereza es eso, “una estrategia subjetiva para burlarse de las coacciones del reloj” (Barthes). El perezoso es, según la etimología latina, un hombre lento. Alguien que desafía de manera indirecta el dogma unificado de la prontitud, un rebelde pasivo: hace las cosas, es cierto, pero mal y con demora.

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Cambiar la frase: “Trabajar contra reloj” por “trabajar contra el reloj”.

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Como señaló Lewis Mumford, el reloj es la máquina clave de la era de las máquinas, tanto por su influencia en la tecnología como en las costumbres humanas. En su corazón mecánico latía ya el motor del progreso obsesionado con la velocidad, cuyo primer clímax es el automóvil.

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“Uno de los mayores placeres de la vida es viajar en una carroza que corre a toda marcha”, dijo el Doctor Johnson en el siglo XVIII.

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Un siglo más tarde, en 1849, el escritor inglés Thomas de Quincey se adhirió a la celebración de la velocidad, pero al mirar el mundo por primera vez desde el pescante de un coche correo intuyó (“en un relámpago de terrible intuición simultánea”) que se trataba de un placer ominoso, en cuyo fondo se asomaba la posibilidad de que el viaje acabara mal, entre vehículos estrellados, ruedas y piernas retorcidas, en medio de una incomprensible confusión. Al fondo de la velocidad acechaba la muerte súbita.

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El coche correo inglés es uno de los primeros relatos sobre la pérdida de control de nuestras prótesis técnicas. Metido en el vértigo del nuevo vehículo, entre saltos y sacudidas, De Quincey entendió que hay en la aceleración algo irresistible y prohibido, una seducción trágica de consecuencias incalculables, y describió por primera vez el carácter paradójico de la velocidad: por un lado, fuente de fascinación y símbolo de libertad, movimiento e ingravidez (el cuerpo liberado, al fin, de su propio peso); pero también: agente de la catástrofe (una mantis que termina devorando a su amante).

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Como lo haría con el tema del asesinato, la belleza del incendio y los efectos del láudano, lo primero que advirtió De Quincey frente a la llegada del coche correo fue el acontecimiento estético, esos “grandiosos efectos visuales logrados entre la luz del coche y la oscuridad de los caminos solitarios”, esa “gloria del movimiento” asociada a la sucesión trepidante de las imágenes nocturnas. De Quincey amaba la amplitud de perspectivas que adquiría la realidad vista desde el techo del vehículo y también la rapidez con que se trasmitían las victorias de Waterloo. Pero nada superaba el placer de mirar los segundos deslizándose como ráfagas desde la ventanilla. El movimiento de quien permanece inmóvil, eso debió entusiasmarlo enormemente: la forma en que la quietud al interior del vehículo era envuelta por un escenario frenético, exactamente como le sucedía al comedor de opio con sus ensueños. He aquí cómo la velocidad (incluso aquella velocidad de once millas por minuto que hoy nos parece ridícula) era ya percepción alterada del mundo, alucinación instantánea (y sin síndrome de abstinencia) que había llegado para ampliar las dimensiones de la ilusión.

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Antes de que lo hiciera el cine, De Quincey inventó el artificio de la cámara lenta. Después de todo, El coche correo inglés no es sino el relato obsesivo de un accidente detenido en el tiempo: el momento en que un coche, en el que viaja el propio De Quincey, está a punto de provocar la muerte de una joven pareja que marcha distraídamente en un calesín. El hecho inevitable de la catástrofe tuvo un efecto tan brutal en la imaginación siempre excitable de De Quincey —una imaginación que, además de ser la mayor de sus facultades, se había robustecido de manera dramática gracias a su afición al opio—, que tuvo una secuela de pesadillas durante varios meses, como si algo en el fondo de su cerebro necesitara repeticiones continuas (y en ralenti) de aquel momento impenetrable.

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Aunque elogiara la velocidad, De Quincey fue sobre todo un habitante de la lentitud, el medio natural del opiómano y del escritor absorto, ajeno a los dictados del reloj. Hombre de otro tiempo, De Quincey vivió la mutación radical de los ritmos humanos introducida por la máquina, pero nunca se adaptó a la prisa de las grandes ciudades industriales; el opio y la escritura fueron los bastiones donde se atrincheró en solitario. Su narración en cámara lenta, atravesada por el ritmo vegetal del opio, es ya una crítica al exceso de velocidad.

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Tedio, desasosiego, spleen: los primeros malestares de la velocidad.

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“El opio domesticado endulzará el dolor de las ciudades”, ese era el remedio que reclamaría Jean Cocteau para curar a los enfermos de velocidad, una desintoxicación de la realidad por vía de una intoxicación contraria: permanecer inmóvil en la cama, entregarse a la vida mental, renunciar a los horarios de una existencia atrofiada y regida por la producción.

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De Quincey entendió que la velocidad era una forma de ver que excedía a la mirada humana. A ella se llegaba siempre demasiado tarde, como si la realidad sobre ruedas fuera inalcanzable y nunca se le pudiera arrojar la sonda del pensamiento. No había modo de armonizar la rapidez del accidente y la asimilación de la experiencia, la lectura de los acontecimientos. Cuando advirtió la dificultad de ver las cosas a través de las barreras de la velocidad, decidió volver al observatorio (extraordinariamente más atento y pausado) de la escritura, la única fuerza capaz de manipular el instante y estudiarlo de cerca, como a un pájaro disecado en pleno vuelo. Escribiendo: así se alivia el alma del shock de la velocidad. En su narración, la catástrofe progresa con un ritmo lentísimo, opuesto al de su violencia súbita, como si De Quincey quisiera meterse en los personajes del calesín hasta hacerlos desprenderse de su agonía.

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“Entre ellos y la eternidad, para todo cálculo humano, no hay más que un minuto y medio”. Conozco pocas frases más bellas y escalofriantes sobre la naturaleza del accidente que ese minuto y medio amplificado en la narración de De Quincey antes de que la muerte apareciera, de pronto, incontestable. Se trata de una frase que anticipa aquella otra, escrita a la vuelta del siglo, en pleno imperio de la velocidad, por otro adorador del opio y sus propiedades para estirar el tiempo, Jean Cocteau: “Un accidente de automóvil, una catástrofe de ferrocarril, son las obras de arte de lo inesperado. ¡Si pudiéramos ver en ralenti cómo velocidad e inmovilidad tuercen el hierro con dedos de modista!”.

La capacidad de detener la acción indefinidamente, ¿no sigue siendo esa una de las cualidades del arte? No se trata sólo de estilizar la atrocidad del accidente, sino de internarse en él para tratar de entenderlo.

Al leer la velocidad, actuamos como taxidermistas del segundo. Nos resistimos a desaparecer.

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Paul Morand dijo que la velocidad —la droga del siglo xx— no era sólo un estimulante, sino también un deprimente, un explosivo cuyo manejo era peligroso, capaz de hacer saltar no sólo a nosotros mismos sino al universo entero. “El único vicio nuevo”, dictaminó en su ensayo “De la velocidad”. Una sustancia tóxica, asesina y vibrante que conectaba a todas las ciudades. Cosmopolita y esnob, adorador de los desplazamientos y los viajes motorizados, Morand se entretenía dándole cuerda todos los días a todos los relojes del mundo. Como primer habitante de la aldea global, la mejor parte de su obra se encuentra en sus libros de viajes. Pero entre todas sus exploraciones (Nueva York y la ciudad de México incluidas), la más lúcida (y peligrosa) fue la que emprendió hacia el centro mismo de la velocidad, una droga que cortejó durante los años treinta hasta que empezó a amarla un poco menos para intentar entenderla mejor. “El ferrocarril se ha convertido en una nueva bebida alcohólica y el turismo más que un tónico es un estupefaciente. La gente pide a gritos que la ayuden a olvidar”, escribió en Le voyage, una indagación fragmentaria sobre la figura del viajero moderno. Su filosofía de carretera.

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Es probable que condenar la velocidad no ayudará a nadie a domesticar su ferocidad implícita, pero desmantelarla a través de los recursos de la escritura tal vez nos sirva para no terminar arrollados como perros por ella. Congelar la imagen. Recortar un trozo de movimiento (ahora estático) antes de encender la máquina de vértigo una vez más. Tomar una fotografía instantánea del fin del mundo. Tal vez ese álbum meditado de nuestra condición efímera pueda devolvernos a las carreteras de la velocidad con “una desorientación más lúcida” (María Negroni).

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Una novela emblemática de J. G. Ballard ha hecho del deshuesadero un museo del tiempo detenido: Crash o la abolladura como afrodisiaco. Ahí los protagonistas, fascinados por una nueva idolatría, se dedican a mirar obsesivamente videos de accidentes automovilísticos en cámara lenta, con la misma excitación del espectador tembloroso frente a un striptease. Al centro: el automóvil, el dios en ascenso de la cultura urbana.

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Cuando el mundo comienza a ver el accidente como obra de arte y la velocidad como fuente de placer, los opiófagos mudan de sustancia. Ya no se resisten a la velocidad; procuran alcanzarla, deletrear su dictado, y el siglo xx desplaza el imperio de la morfina por el de la cocaína. Se trata de algo más que un sucedáneo ante la banalidad de la existencia (ya Sherlock Holmes prefería los efectos de la coca “a la estupidez de lo cotidiano”); la cocaína procura un extraordinario estímulo mental, vigor y una capacidad de trabajo redoblada. No es extraño que se convirtiera en la emperatriz inmediata de una sociedad que glorifica el coeficiente intelectual, la productividad y se subleva frente a la inacción.

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—¿Puedo preguntarle si en este momento tiene en marcha alguna investigación?

—Ninguna. Y es por eso que tomo cocaína. No puedo vivir sin hacer trabajar el cerebro. ¿Hay alguna otra cosa por la que valga la pena vivir, Watson?

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El filósofo y urbanista Paul Virilio ha escrito que el proceso de aceleración del mundo es irreversible, pero no por eso debemos renunciar a interrogarlo. Virilio mismo propuso la creación de una nueva ciencia, la dromología, dedicada al estudio y análisis de la velocidad, es decir, a la comprensión del trance descomunal en el que estamos metidos desde que el Doctor Johnson comenzó a correr sobre su carroza en dirección hacia la nada. La tarea parece no sólo fundamental sino urgentísima, como todo en esta época ultrarrápida, o el día menos pensado la realidad se extinguirá frente a nuestras narices por exceso de velocidad, como ya sucede con buena parte de nuestra existencia que consiste en ir de un lado a otro sin parar, o sea, sin tiempo para vivir.

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Paul Virilio: Pensar la Velocidad. Extractos selecionados del film de Stéphane Paoli para el Canal Arte, 2009.

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“Hemos de tener tiempo si es que queremos entretenernos con relojes”, escribió Ernst Jünger en su libro consagrado al reloj de arena, el único tipo de reloj que toleraba en su estudio, precisamente porque nada tenía que ver con el molesto tic tac de un mundo demasiado ajetreado y demandante. El tempo del reloj de arena es, para Jünger, la representación de nuestro tiempo más íntimo, un tiempo que está “vivo no sólo en nuestros días de infancia, de vacación o de jardín, sino vivo en las profundidades de nuestro ser, allá en lo hondo de él”. Es el tiempo que pasa el hombre en su ocio o entregado a las tareas del espíritu, como sucede en aquel grabado de Durero, San Jerónimo en su celda, que muestra al santo absorto en sus pensamientos mientras a sus espaldas lo custodia, sin interrumpirlo, un reloj de arena. Se necesita tiempo para pensar, dice Jünger, y su libro no es otra cosa que una dilatada reflexión, no exenta de melancolía, sobre la pérdida de la facultad de pensar, una pérdida asociada a la constante premura de la civilización mecanizada. “Quien vive completamente inmerso en este orgulloso mundo nuestro de titanes, en sus goces, sus ritmos, sus peligros, podrá llegar a realizar grandes cosas en él, pero lo que no podrá hacer es criticarlo”.
jeronimo en su celdaSan Jerónimo en su celda, de Alberto Durero

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En un par de siglos, la velocidad se ha convertido en el gran absoluto alrededor del cual se organiza todo el sistema, desde las teorías científicas hasta la vida cotidiana, el trabajo, la educación, la comida, los sentimientos. El ritmo de la ciudad global, con su horario 24/7 (a todas horas, todos los días), nunca se interrumpe. Durante la noche, mientras América duerme, las redes cibernéticas siguen dictando su mensaje desde el otro lado del mundo y, al despertar, la secretaria del departamento de facturación encontrará su bandeja de entrada con toneladas de correos electrónicos por responder, es decir, de trabajo acumulado. No es extraño que hoy el tiempo se haya encogido pavorosamente y la humanidad entera sienta que el día no le alcanza, que su ritmo, un ritmo demasiado humano, ya no corresponde a las exigencias de una realidad dominada por el ímpetu de la máquina digital y ordenada bajo la cadencia insensata del stock exchange.

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“¡No tengo tiempo para nada!”, he aquí el grito general de un planeta enfermo de velocidad.

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“Buscábamos el arte elemental de curar al hombre del frenesí de los tiempos”, eso era lo que querían Jean Arp y los artistas de dadá al despegar el siglo xx, un siglo que emplearía como ningún otro la fuerza de la velocidad no sólo para democratizar el confort, sino para arrebatárselo al mundo rápidamente, gracias a la capacidad destructiva de la Gran Guerra, esa violencia multiplicada por radares, bayonetas y aviones, un arsenal ultra veloz que exiliaba al hombre de la vida, como lo hizo con Arp, quien muy pronto huyó a Zürich, una ciudad pequeña y lenta y ajena a la guerra, donde armaría un gran escándalo y una revolución estética (una forma, decía, “de restaurar el equilibrio entre cielo e infierno”), junto con sus amigos de protesta que disolvieron las fronteras entre los lenguajes para darle un dinamismo, hasta entonces desconocido, a la literatura y el arte, un dinamismo violento y explosivo como el de “los émbolos ansiosos y el carbón que se quema”.

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Ahora, como hace cien años, la dinámica de la aceleración sigue exiliando al hombre de sí mismo, y hasta de la misma velocidad: ¿cómo no imaginar la decepción que sufriría Marinetti en estos días, asomado desde su fulgurante auto inmóvil hacia el tráfico que paraliza a las ciudades? La velocidad que celebraban los futuristas nos parece menos atractiva que entonces, tal vez porque ha dejado de ser un medio a nuestro servicio para convertirnos en sus sirvientes. Pero, ¿no era esa la política de la velocidad que celebraba Marinetti? Un fascismo de la inmediatez. Eso hemos llegado a ser: los oficinistas agotados de una velocidad autoritaria y omnipresente. “Lo que hay en mí es sobre todo cansancio / un supremísimo cansancio / ísimo, ísimo, ísimo, cansancio”, escribió Álvaro de Campos, encarnación del hombre con ojeras, expoliado por la velocidad. “Yo, lleno de todos los cansancios… el cansancio anticipado e infinito / el cansancio de mundos por tomar un tranvía”.

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Como valor supremo de la economía turbo (con autopistas, super puertos, túneles, macro aeropuertos y trenes de alta velocidad viajando en todas direcciones a 300 km/h) la celeridad abstracta y loca ha perdido su dimensión humana y el hombre está fuera de ritmo. Las avenidas se van poblando de sombras nerviosas, una masa de semblantes aturdidos que han perdido su rumbo y ya no quieren continuar. La era de la revolución del microchip se ha convertido también en la era de los hombres exhaustos.

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Me he enterado recientemente de que al vocabulario de nuestros malestares se ha agregado un nuevo término: time-sickness, la percepción obsesiva de que el tiempo se desvanece, las horas extra ya no bastan y es necesario pedalear cada vez más rápido para seguir (no se sabe hacia dónde, no se sabe por qué). Un nuevo mal para este milenio lleno de males nuevos, que podría llamarse también “Síndrome del Conejo Blanco” o “Síndrome de Benjamin” (en honor a Benjamin Franklin, ese hombre infatigable que además de haber sido uno de los padres de Estados Unidos, inventó el pararrayos, negoció tratados con las confederaciones indias, formó una milicia para construir fuertes fronterizos, fundó la primera compañía de seguros, el primer cuerpo de bomberos y el primer periódico independiente y dibujó la primera caricatura política de su país, y después de todo eso aún le quedó tiempo, tal vez porque dormía menos de seis horas diarias y vivía bajo un horario estrictamente reglamentado, de configurar la ética del trabajo que dominaría al mundo por los siglos venideros, en libros como The Way to Wealth, donde apuntó: “¡Pero cuánto tiempo desperdiciamos en dormir!”). No es extraño que en Estados Unidos, la patria de la velocidad, el malestar del cronómetro se haya convertido en pandemia, según las estadísticas proporcionadas por el doctor Larry Dossey, quien acuñó el término time-sickness en 1982, después de haber padecido él mismo los efectos de nuestro orgulloso mundo de titanes. Ahora la pandemia se extiende no sólo en Occidente, sino en países orientales que habían vivido históricamente bajo la sabia filosofía de la holganza, como China. Porque lo que está ocurriendo ahora, aquí y en todas partes, es el ultra capitalismo y no hay fábrica u oficina en Taipei o Bangalore que no se haya contagiado finalmente de la angustia del tic tac. Faxes, celulares, alarmas digitales, bippers, ringers, timers, esta es la imparable producción de artefactos que no dejan de invitarnos a orar: “¡Oh, Dios mío, voy a llegar tarde!”, esa nueva Liturgia de las Horas.

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Hay una angustia de la velocidad que consiste en la renuncia radical a la vida, el olvido del ser. Si bajo la estructura de la jornada de trabajo el tiempo ya no nos pertenece sino que le pertenecemos a él, cuánto peor si esa jornada se prolonga indefinidamente y nos sigue a todas partes con trabajo que se lleva a casa, balances que se resuelven durante el viaje en avión, llamadas que no cesan a la hora de la comida. La angustia de la velocidad es sacrificio del tiempo propio (el tiempo del sueño y la conversación, del amor y el cuerpo, de la contemplación y de todo lo que sirve al placer de la gente libre), por tiempo ganado (el tiempo de los negocios). Ahorrar tiempo es ganar tiempo, y si el tiempo es oro, el que lo ahorra y lo gana se enriquece. Y dado que nuestra época ha obedecido como nunca a la exhortación de hacer dinero, se considera legítimo y hasta admirable desaparecer la sobremesa y convertir el restaurante en extensión de la oficina. Rendir a tope, eso es la velocidad. Dejar la siesta. ¿Quién entre los nuevos ascetas entregados a la sagrada causa laboral se opondría hoy a una nueva reforma: la abolición del domingo?

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Es la hora de las grandes impaciencias, de los desquiciamientos prematuros. Y el día menos pensado, toca a la puerta, el burnout: el cansancio de todos los cansancios, el último cansancio, después del cual sólo queda un gran vacío. Ningún afán ya, las manos ya no toman nada. Suena el teléfono, nadie responde. El burnout es la postración de un sistema nervioso exhausto, una resaca por sobredosis de eficiencia. Síndrome de Agotamiento Profesional. Sus efectos están más allá de la fatiga física, los dolores de cabeza, las úlceras, los insomnios, las irritabilidades. El burnout es el preludio de la muerte del espíritu, el alto precio que pagan los soldados del deber, fustigados por un reloj tiránico (cada vez más horas, cada vez más rápido, “casi bien no es suficiente”). El cuerpo cansado es un cuerpo que se rebela, un cuerpo que se ha puesto en huelga y defiende su derecho a reposar. A través del agotamiento, el tiempo biológico intenta imponerle un compás distinto al hombre del tiempo frenético; le dice: “Detente…”. Pero el burnout es una alarma tocada a destiempo, cuando el corredor ya se ha desfondado y se ha convertido en un extraño de sí mismo. Lo que sigue parece más bien un freno inútil, un freno después de la catástrofe. Ansiolíticos para ralentizar un cuerpo inerte. Y entonces los médicos aconsejan una “cura de reposo” que devuelva la vida al paciente: conversar con los amigos, ir al cine, beber una copa de vino de vez en cuando, jugar con los hijos, ensayar una nueva gimnasia amorosa, apagar el celular. Como han dejado de ser hombres, los soldados de la eficiencia requieren que sean otros quienes les recuerden que lo son.

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Algo semejante advirtió Séneca sobre el hombre ocupado, un personaje anómalo en la cultura latina: “¡Pensar que existe gente que tiene que confiar en otro para saber si está sentada! Un hombre así no es un ocioso, hay que darle otro nombre: es un enfermo, más aún, es un muerto. Es ocioso aquel que tiene la sensación de su propio ocio. Y vivo a medias el que necesita un indicio para darse cuenta de los hábitos de su propio cuerpo. ¿Cómo puede éste ser dueño de tiempo alguno?”.

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De Quincey intuyó que la velocidad se convertiría en la reina indiscutible de la muerte súbita, cuya variante laboral podría ser hoy el karoshi: trombosis, hemorragias cerebrales, infartos del miocardio, el colapso repentino del cuerpo provocado por exceso de trabajo, un ir más allá de las propias facultades, meter el acelerador a fondo hasta hacer estallar los pistones del corazón. En 1969, en Japón, el monstruo asiático del control de calidad, un empleado de veintinueve años que trabajaba horas extra en una compañía periodística falleció a causa de un infarto. Se trataba del primer caso conocido de karoshi después del cual no han dejado de producirse a todas horas (las estadísticas del ministerio japonés del trabajo reportan diez mil muertes al año).

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Leo en una página de internet, dedicada a la defensa de las víctimas de karoshi, la historia del señor Yagi, un hombre que trabajaba catorce horas diarias y gastaba tres horas y media en el tren para ir y volver de la oficina. Murió a los cuarenta y tres años; en su diario personal escribió: “Al menos los esclavos tenían tiempo para comer con sus familias”.

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Un mundo que sólo vive para trabajar y trabaja hasta morir es un mundo de dispépticos que se prepara para transformarse en un mundo de semi dementes. Con todo ese rigor a marchas forzadas sólo se ha logrado que la vida ya no merezca ser vivida. En Japón, al número de muertes causadas por exceso de trabajo se suma el número de suicidios originados por su carencia. Durante su recorrido anual por los bosques de Aokigahara, a fines del año pasado, la policía japonesa encontró setenta y tres cadáveres, la mayoría de jóvenes que se quitaron la vida porque no encontraban empleo o habían sido despedidos. Las presiones que ejerce el sistema financiero actual han llevado a las corporaciones (empresas sin conciencia ética cuyos intereses están por encima de los individuos) a hacer  recortes de personal constantes y sobrecargar de tareas al señor Yagi, para ajustarse a los costos internacionales. De ese modo, los que trabajan lo hacen bajo condiciones de presión inaceptables que soportan —dispuestos incluso a desfallecer— sólo por miedo a perder la quincena, y los desempleados prefieren el suicidio a una vida vergonzante (bajo la moral japonesa no hay peor oprobio que la imposibilidad de servir a la sociedad).

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Pienso en ese bosque de cadáveres al pie del majestuoso monte Fuji y recuerdo aquella frase de Morand: “La velocidad es una ruta sembrada de muertos, una sed perpetua que nada sacia, un suplicio omitido por Dante”. Tal vez Aokigahara sea como una fotografía ominosa, el emblema de un porvenir donde las aflicciones asociadas a nuestra obsesión por la velocidad se volverán habituales, si no, crónicas.

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¿No sería oportuno que alguien se diera a la tarea de inventar una nueva máquina, la Máquina de la Lentitud, un artefacto imposible, capaz de desacelerar el tiempo y de reconquistar las horas de ocio, las caminatas morosas y sin rumbo fijo, las lecturas prolongadas en posición horizontal? Sería una máquina de dimensiones humanas que nos libraría del yugo de las máquinas y nos devolvería la posibilidad de meditar un poco sobre nosotros mismos. Tendría que ser un artefacto lento, torpe incluso, parecido a una bicicleta o un pesado molino, donde la velocidad sería finalmente domesticada. Al hacerla girar, la ciudad adoptaría un nuevo ritmo, sin dejarse atropellar nunca más por la prisa y la fatiga. Bajo su influjo liberador, la taza de té duraría media hora y la gente aprendería a saborear el vino en lentos sorbos, interrumpidos por frases ingeniosas en la plática. Los restaurantes de comida rápida permanecerían vacíos, y la gente se recostaría y se dejaría caer en hamacas muy hondas. Los amigos aprenderían el arte de pasar toda una tarde en un café y los lunes celebrarían la Carrera del Ciclista Más Lento, una prueba cuya única finalidad, como en el aforismo de Wittgenstein (“en la carrera de la filosofía, gana el que puede correr más despacio”), sería llegar al último. Atentos a las minucias del camino en las que jamás habían reparado, los ciclistas filosóficos se empeñarían en una proeza extravagante: coronarse en el pódium de la inmovilidad. Ninguno querría fatigarse, ni rebasar a sus rivales; para estos atletas de la lentitud, la verdadera victoria consistiría en no cruzar la meta.

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Quizás esa gran máquina, que imagino ahora con forma de reloj de arena, de donde los acelerados saldrían andando despacio, ha existido desde que De Quincey le puso pausa a la fatalidad, antes de dar un viraje equivocado sobre la carretera. Esa máquina de desaceleración es la escritura, capaz de retardar el curso del tiempo. Pienso en el día de Leopold Bloom, el día más largo de la literatura, donde un par de horas o quince minutos pueden amplificarse durante doscientas páginas. O en las digresiones de Tristram Shandy que hacen retroceder la trama cada vez que avanza. Shandy huye de los relojes porque no quiere morir. Y encuentra en la digresión (un recurso que multiplica el tiempo al interior de la obra) la mejor arma para esconderse de la horrible velocidad.

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“Lentitud, señal de ocio”, escribió Valery Larbaud en un ensayo contra la velocidad que dedicó a su amigo Paul Morand, para insistir en la defensa de una existencia más pausada, como la que llevaba su heterónimo, A. O. Barnabooth, poeta sin patria, ocioso y multimillonario, que aquilataba como ninguno el privilegio de tener un tiempo propio. En el ensayo, Larbaud habla de cierto personaje anómalo que descubrió en una ciudad extranjera. Todas las noches, hacia las once y media, veía pasar desde su ventana un coche silencioso, elegante y nuevo, que recorría la avenida tan suave y lentamente que parecía a punto de descomponerse. ¿Quién era ese hombre que podía pagarse el lujo de tanta lentitud? Se trataba del rey, quién más, el aristócrata desertor del ritmo general. “La velocidad —escribió Larbaud— ha invadido a tal punto nuestras horas de ocio, de ese poco ocio del que disponemos, que la lentitud tiende a convertise, cada día más, en una mercancía rara y preciosa”.

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Ahora que termino estas notas, que se asemejan cada vez más a un informe clínico, quiero pensar que la literatura puede ser ese vehículo silencioso y lento que recorre las avenidas de la noche a contracorriente, un vehículo excéntrico y remiso donde la gente se desplaza en dirección opuesta a los flujos financieros. Tal vez la literatura no nos cure de la velocidad (nada más desalentator, pensaba Walser, que los libros sanos), pero escribir y leer quizá puedan acercarnos al conocimiento de su tragedia inherente o ayudarnos a descifrar en qué nos estamos transformando y cuál es la dirección imprevisible a la que nos arrastra el nanosegundo.

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Coda (lentísima). Diógenes, el cínico, celebraba el noble arte de dejar las cosas sin hacer. Nadie más digno de admiración, decía, que el que iba a hacerse a la mar y no zarpaba, el que se disponía a casarse y no se casaba, los que estaban preparados para aconsejar a los poderosos y no se acercaban a ellos. Hace tiempo que busco el rastro de esos hombres de paso lento e indeciso, esos prófugos de la acción. Me gusta imaginarlos detenidos súbitamente en medio de la agobiante actividad de la ciudad, como si fueran los actores de una película inconclusa, una película a la que se ha puesto pausa para siempre. Hace tiempo también que he querido escribir un relato sobre ellos. Sería el relato de un grupo anónimo de meseras, cajeros, vendedores de seguros, editores de periódico, que el día menos pensado, al salir a la calle a comprar cigarros para luego volver a la brega, simplemente no regresan y se quedan parados, inmóviles, en medio del frenesí caótico del mundo. Una conjura de seres detenidos en las esquinas, contemplando el cielo, mientras el ajetreo de las avenidas y los automóviles les pasa de lado. Algún día escribiré ese cuento, pero no tengo prisa: hace tiempo que arrojé mi reloj al basurero.
Al margen tengo que decir: yo también conozco el éxtasis de la velocidad. Una noche, para viajar en contra del flujo de la autopista México-Cuernavaca, salí de la ciudad en la víspera de año nuevo. El resto del mundo, en cambio, parecía regresar a ella. De su lado, el tráfico se movía como un molusco. Del mío, la autopista estaba desierta. Fue entonces cuando metí el acelerador a fondo, atenta a la aparición de algún auto. Viajaba sola. Cuando lo hago con mi esposo y mi hijo no subo más allá de 110 km/h, por precaución. Me he convertido en una conductora lenta y los viajes largos en carretera, cuando voy al volante, suelen ser eternos. Le temo a la velocidad porque conozco mis debilidades. Soy una mujer ansiosa y presa fácil de las adicciones. Después de diez años sin fumar, mis pulmones aún no se recuperan de mis noches de tabacómana. Y volver a escribir después de eso fue tan difícil y doloroso que he procurado no asociar mi “trabajo intelectual” a ninguna otra sustancia tóxica. Le temo al dolor de la pérdida, al insoportable día siguiente. Aquella noche, sin embargo, las condiciones habían abolido para mí el límite de velocidad. La autopista estaba sumergida en la oscuridad y sobre ella, atravesándola, las líneas fosforescentes del asfalto adquirían una densidad cósmica. Recuerdo que escuchaba la música electrónica de Air a todo volumen: sonidos interestelares y atmósferas subacuáticas extendidos durante largos minutos. Trip-hop. Descendía a toda velocidad por un túnel de curvas peligrosas cuidadosamente señalizadas. Aquello parecía el pabellón del oído del mundo. En mi cuerpo (la boca del estómago, los muslos), palpitaba una emoción ambigua: mitad miedo, mitad excitación. ¿Me encontraba acaso ante las puertas de una percepción distinta? ¿En el umbral de la transgresión? La luz intensa sobre el fondo negro, la desaparición del paisaje, una sensibilidad acústica intensificada, la cercanía del peligro: todo aquello propiciaba una sensación de ingravidez. Eso es la velocidad: perder peso. De pronto yo era un pez en el acuario, un cosmonauta flotando entre nubes de gas y materia oscura. Atravesaba por una experiencia estética que poco o nada tenía que pedirle a los estados alterados de conciencia. Yo sentía la ebriedad del líquido, el vértigo de esa noche estrellada que sólo me mostraba el movimiento, la huida, el traspaso. Y no había ingerido nada; todo el efecto dependía de la velocidad. En algún momento tuve el deseo de ir todavía más rápido, sentir quizá la cercanía de la muerte. Como me había sucedido tantas otras veces con el cigarro, me encontraba ante las puertas de un placer sublime (sombrío y bello e inevitablemente doloroso) del que emergía un tipo de presentimiento metafísico que algunos cursis todavía llaman eternidad.

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En 1977, Bill Gates fue detenido en Albuquerque por manejar con exceso de velocidad. Una famosa foto lo muestra posando para la ficha policial con una sonrisa adolescente y candorosa. Le sucedía con frecuencia, reincidía sin remordimientos. Dos años antes había fundado Microsoft, una compañía de software donde trabajaba y programaba todos los días hasta el amanecer (incluyendo los fines de semana). Su única distracción: los automóviles. Porsche 930, Porsche 959, Mercedes, Jaguar XJ6, Carrera Cabriolet 964, Ferrari 348. Cambiaba de marca con los temblores de un adicto. Amaba la velocidad casi tanto como la programación. Pero en el fondo, ¿no se trataba de una misma vocación? Llegar más lejos, cada vez más rápido. El espíritu del capitalismo turbo encarnado en una sola persona. No es casual que uno de sus libros sobre la importancia de internet en el mercado se titule: Negocios a la velocidad del pensamiento.

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La velocidad destruye. ¿No es por eso que en el fondo nos parece tan seductora? Pienso en toda esa gente que firma sus pólizas de seguros contra accidentes como si fueran las actas de su sentencia de muerte. Y después de mirar los esqueletos de autos chocados colgando de las grúas, ¿no deberíamos pensar, como lo hizo J. G. Ballard, que si en verdad temiéramos el accidente, la mayoría de nosotros sería incapaz de comprar un auto, mucho menos de conducirlo? Pero en realidad sucede todo lo contrario. Pasamos buena parte de nuestra vida en el auto, aunque le dirijamos a diario nuestras quejas. El siglo XX, dice Ballard, alcanza casi su más pura expresión en la autopista. Hasta la llegada de internet, el auto fue el encierro perfecto, nuestro pequeño universo de metal y plástico, el lugar donde podíamos gozar una sensación de libertad, ligereza, porvenir, mientras veíamos pasar la vida por las ventanas. ¿Qué sustituirá al volante? El desplazamiento a control remoto, es decir, el encierro en las autopistas de la información, donde la velocidad ha encontrado su más allá: la velocidad de la luz, la velocidad de las ondas electromagnéticas.

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Leo Crash, la novela donde Ballard lleva su meditación sobre las claves de una nueva sexualidad asociada al automóvil hasta sus últimas consecuencias. Perturbadora y reiterativa, llena de vísceras y choques grotescos, en Crash los personajes no sólo no temen al accidente, sino que lo desean y procuran obsesivamente. El erotismo perverso del choque de autos, los radiadores hundidos entre las piernas como fetiche sexual. Ese reino donde imperaban la violencia y el coito fue la metáfora admonitoria con que Ballard anunciaba la colonización del cuerpo por la técnica. Igual que su adaptación al cine por David Cronenberg, la novela provocó ríspidas discusiones sobre los límites de la censura. ¿Debía o no publicarse? Ya antes había sucedido lo mismo con una serie de serigrafías de automóviles chocados que realizó Andy Warhol en los años sesenta, con imágenes extraídas de la nota roja. Ninguna galería quería mostrarlas. Porque la sociedad no soporta la exhibición de su propia obscenidad. Y le teme a la muerte (aunque su cercanía le parezca excitante). Después de todo, ¿no vivimos pegados al espectáculo de lo atroz que se transmite cada noche en el noticiero?

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3_warhol-pink-car-crashAndy Warhol, de la serie The Death and Disaster Series.

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He leído que una de cada cuatro veces que alguien escribe una palabra en un buscador de internet, esa palabra está relacionada con sexo o pornografía. No es tu caso, por supuesto. Pero la metáfora del cuerpo-máquina se ha convertido, lo reconozcamos o no, en nuestra manera de estar en el mundo, libres de los apremios del espacio y el tiempo, abducidos por la velocidad de las comunicaciones instantáneas. ¿Puede haber algo más adictivo que la satisfacción inmediata? Eso es internet: la droga definitiva. “Un lugar donde podemos abandonarnos a los placeres corporales liberándonos de nuestros cuerpos reales” (Slavoj Žižek). Los personajes de Ballard creían todavía en el placer de las heridas. Conozco muchos amigos que se han desquiciado alimentando todo tipo de obsesiones a través de la red, maquinando relaciones fantasmales que los mantienen atados a la pantalla como el junkie a la jeringa. Pero sus cuerpos permanecen intactos, lejos de la amenaza del sida o la decepción sexual. La ingravidez (el desmantelamiento del cuerpo) fabrica sus intoxicaciones. ¿Quién no exhalará su impaciencia ante cualquier proceso de seducción real bajo la certeza de que el mecanismo ligero del ciberespacio funciona al segundo, en cualquier parte?

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He descrito en el otro extremo de este ensayo el lado sombrío de la velocidad, que ha seducido y conquistado al mundo. He levantado el ministerio público donde se acumulan muertes por exceso de velocidad. Pero de este lado no juzgo. Me pregunto si yo, en lugar de condenar la velocidad, lograra aislarla y mirarla de frente, si pudiera indagar en mi propia relación con ella (sus seducciones, mis resistencias), si consiguiera eso, lograría volverla una sustancia compleja, despojarla de su barbarie: comprenderla. Porque el único crimen del ensayista es el de ser superficial, pasar por las cosas demasiado rápido. ¿La ensayista es una mujer lenta? Yo lo soy, aunque tenga una iMac de cuatro núcleos que es una ráfaga. Soy una habitante del tiempo lento. Demasiado lento. Una mujer impuntual. Y estas son mis confesiones.

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Tengo diez años y en el radio del auto se escucha, minuto a minuto, la “hora del Observatorio, misma de Haste, Haste, la hora de México”. Hace frío, hemos salido corriendo. Mi hermana y yo comemos un pedazo de pan tostado con mermelada en el asiento trasero del Volkswagen. Mi mamá conduce; mi papá permanece en casa dormido (padece insomnio o lee hasta las cinco de la mañana). Recuerdo la escena como una imagen recurrente, casi como una definición temprana de mis ritmos adultos: aunque vivíamos a seis cuadras de la escuela, siempre llegábamos tarde. O sobre la hora. Usábamos la cercanía como coartada para despertarnos tarde y sin prisa, para retrasar nuestra entrada al mundo unos minutos más, que siempre me parecieron demasiado cortos. ¿Cómo hacían los niños que vivían al otro lado de la ciudad para llegar a tiempo? Tal vez no se resistían. O se resistían menos. Pobres criaturas domesticadas. Nosotras, en cambio, como nuestro padre, adorábamos la cama. La adoramos todavía, el encantamiento de la posición horizontal, la sabiduría de la quietud. ¿Una tendencia melancólica? Sólo en parte. ¿Síntomas de un cuerpo enfermizo o sin vigor? Casi nunca. Es simplemente que ahí dentro el mundo no nos reclamaba. En posición fetal o despatarradas, casi obscenas, ahí éramos enteramente nosotras mismas; la funda de la almohada era la bandera con la que exigíamos nuestra soledad. Porque no hay espacio más amplio ni lugar en el que un individuo sea más libre que su propia cama. Desde ahí puede observar sus dominios mentales. La cama es sediciosa, sobre todo cuando se hace un buen uso de ella. No me extraña que la realidad conspire con tanta vehemencia en su contra. Pero todos los acusadores de la cama sermonean en vano: se entra y se sale de la cama, pero a ella se vuelve siempre. Creo que mis mejores ideas (casi diría, las únicas) las he concebido ahí, en la cama, y en cuanto terminé la universidad hice todo lo posible por no volver a tener horarios coercitivos que me sacaran de las sábanas violentamente. Pero el mundo no se detiene en la cama, padece “el mal del ímpetu” y la enfermedad del progreso, como los Zurov, los personajes hiperactivos de la novela de Iván Goncharov. O como mi madre, que es una mujer extraordinariamente activa, valiente, madrugadora, amante de las caminatas y el aire libre: el exacto reverso (y complemento) de mi padre. Nada la detiene, a sus setenta y tres años conserva una energía vital arrolladora. Se inquieta si permanece en la cama y todavía hoy se desespera un poco porque sus hijas pasan ahí más tiempo del debido. ¿Qué habría sido de nosotras sin su contrapeso? Jamás habríamos vencido ese momento de indecisión o pánico que provoca en los individuos sensatos salir de la cama para internarse en la selva de la vida. Con el tiempo mi personalidad se ha convertido en un campo de batalla donde se enfrentan a diario los Zurov y los Oblomov, es decir, los dos extremos que describió Goncharov en relación con el temperamento: la excesiva actividad y la pereza metódica, el frenesí patológico y la indiferencia hacia el ajetreo mundano. La manía y la depresión.

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Debo decirlo ahora: mi mamá también es impuntual. Y no la critico por eso. Todo lo contrario, creo que llegar tarde (y a veces no llegar del todo) ha sido la forma con que ella se ha defendido de su propensión a llenarse de tareas y compromisos, su gusto excesivo por el trabajo. Porque en el fondo toda impuntualidad es un mecanismo de defensa, una respuesta crítica frente a las coerciones permanentes del reloj. El impuntual es un desertor del dead line, la línea donde mueren a diario los soldados del sistema. Si llega tarde es porque busca reencontrarse con el tempo humano, contraatacar la urgencia con dilación. El impuntual dice: los ritmos de las transacciones no son más importantes que los tiempos de mi respiración. Quiere estar a solas. Concentrarse cuarenta minutos más en sí mismo. ¿Es un egoísta? Más bien, un individuo autónomo que ha escapado, por omisión, a la vigilancia del segundero. Un rebelde pasivo. No mira la hora porque no le parece necesario. De algún modo, entiende que el reloj es también un símbolo. Es la familia, la industria, la sociedad, el deber. Obediencia y disciplina ritman, desde los monjes medievales, el orden en el reloj. Y el impuntual es visto entonces como un paria, incluso como un traidor. Se le castiga, se le despide, se le retira la palabra. A nadie le está permitido permanecer absorto.

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Pero ¿no es la impuntualidad otra forma de la prisa?

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Una voz en el radio dice que son las siete cincuenta y cinco. La campana tocará a las ocho. Esa mañana, que son todas las mañanas del mundo, veo en mí a la impuntual que ya soy. De pronto siento ansiedad en las piernas, esa crispación de los nervios, característica de los animales urbanos amenazados por la prisa. En el auto, las tres guardamos silencio, como si mantener la boca cerrada nos ayudara a llegar a tiempo. Afuera: el ruido de los cláxones; adentro, el vaho en las ventanas y las secuencias publicitarias de la “Hora Exacta” que permanecen casi intactas en mi memoria. Chocolates Turín, ricos de principio a fin. La publicidad es así, indeleble. Sobre todo si se oye obsesivamente de camino a la escuela: Jabón del Tío Nacho desinfectante de la piel y cuero cabelludo. Maestro mecánico, Marcos Carrasco, garantiza riguroso control de calidad en rectificación de motores. ¡Atención Reyes Magos! Bicicletas, motocicletas, juguetes, patinetas: Casas Radioamérica, Argentina # 44. Para muebles ni hablar, sólo Baltasar, la esquina que domina: Aldama y Mina, Buenavista. De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardán. Por su regio sabor y deliciosa suavidad, la cerveza es Corona. XEQK proporciona la hora del Observatorio misma de Haste, un nuevo concepto del tiempo:

Siete de la mañana cincuenta y seis minutos. Siete cincuenta y seis.

Qué experiencia inolvidable (es decir, traumática) la de escuchar en tiempo real la precipitación de los minutos en dirección hacia la nada. En general, el paso del tiempo es una experiencia diferida; de pronto miramos el reloj y ya somos treinta años más viejos. Pero con los locutores de la xeqk, que corrían desbocados como los caballos del hipódromo, no había manera de escapar. Este fin de semana en el Hipódromo, Jessie y Colorido, no se pierda otras nueve espectaculares carreras. ¿Por qué escuchábamos la xeqk a todo volumen? ¿Lo hacíamos para angustiarnos o para distraernos de la angustia? En cualquier caso, ese era el nuevo concepto del tiempo al que entraba cada mañana por la ventana de mis diez años: la sincronización universal de los tiempos del sistema. Una década después esa dimensión temporal, definida por la urgencia y el cronómetro, se convertiría en la forma organizadora de toda la vida cotidiana, las actividades financieras, el trabajo, las comunicaciones, los afectos. El planeta del Tiempo Real. Desde que Frederick Winslow Taylor introdujo en el siglo xix la administración científica del tiempo en la fábrica (relojes que medían todas las operaciones de los obreros), hasta la perspectiva hegemónica del tiempo real (la rápida transmisión y procesamiento de datos orientados a hacer transacciones en la medida que se producen) nuestros ritmos se han plegado a la ética de la manufactura industrial cuya consigna es: máxima velocidad, máxima eficiencia, máxima ganancia. De acuerdo a Nicholas Carr, en su libro ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, la ética tayloriana ha encontrado su mayor expresión en el ciberespacio: una máquina diseñada para la colección, transmisión y manipulación eficiente y automatizada de información. Como Taylor, las legiones de programadores del mundo se concentran en diseñar un método que aumente el rendimiento de las comunicaciones, es decir, que acelere el movimiento del “trabajo del conocimiento”. Esta es la hora Haste Haste de nuestra mente. ¿Se trata de la colonización de nuestro cerebro por la máquina o al revés: hemos dispuesto que la máquina avance a la velocidad de nuestro cerebro?

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Hace meses que enciendo mi computadora con cierto temblorcito en los dedos, un deseo imperioso sólo comparable al que sentía en mi época de fumadora. Cada dos horas (a veces, menos) reviso obsesivamente mis correos y las respuestas o interacciones generadas con mis tuits. Abominaba facebook (esa encarnación del tedio y el derroche del tiempo más íntimo), pero de pronto sentí que me volvía anticuada y misántropa y ahora me veo alimentando mi estatus dos o tres veces al día. Y mantengo dos blogs (el tercero, dedicado a la deriva, murió de inanición). A pesar de mi escepticismo corro, como el resto de la humanidad, hacia el futuro. No me justifico, pero es cierto que me sumergí en el fluido de la información por razones políticas, una tarde en París, después de una acción urbana que realicé junto con un grupo de mexicanos que radicaban en Francia. Se trataba de una protesta en Trocadero contra la estúpida guerra antinarco emprendida por el gobierno mexicano, que ya entonces había costado más de 30,000 muertes, un estado injustificable de terror y violencia que se empecinaba en continuar con una estrategia a todas luces fallida. Los que participaban en la acción se comunicaban invariablemente por tuiter, facebook y, a veces, por el celular. Yo estaba desconectada. Era la víspera de los indignados en España y Wall Street, y en Europa la Primavera Árabe era una referencia que despertaba el entusiasmo dentro y fuera del ciberespacio. Fue entonces cuando mi postura conservadora frente a las redes sociales sufrió un desplazamiento que comenzó como una actitud política (un entusiasmo inconforme propagado de tuit en tuit), pero que al poco tiempo se convirtió simple y llanamente en una nueva adicción.

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Como escribo y trabajo en mi estudio, paso una buena parte del día frente a la pantalla. Ahí, inmóvil, siento a diario el vértigo de la comunicación instantánea, la conexión de cientos de miles de circuitos neuronales cruzándose sin tocarse en los flujos de la red. Breves estallidos, diseminación de las frases, pensamiento no lineal, contactos efímeros con las palabras de otros. Y un principio de seducción implícito. En general, la perspectiva me parece extraordinariamente estimulante. Quizá porque toda esta sociabilidad repentina contrasta con mi habitual hermetismo. ¿Me estaré convirtiendo en otra persona? Las redes sociales tienen el efecto del alcohol en las fiestas tumultuosas: necesitamos una máscara para actuar de nosotros mismos. Y también: nos ataviamos para ser vistos, como animales en celo. Arreglamos nuestro perfil, subimos fotos retocadas, procuramos frases excepcionales. Y en el camino se producen altas dosis de dopamina, endorfinas y placer, recompensas altísimas; porque la especie siempre ha premiado eso: la seducción. Conectarse a la red es encender el artefacto de los apareamientos ilusorios. Y sin consecuencias reales. ¡Internet es mejor que la píldora! Pero qué vulnerable es todavía el ciberadicto al despertar de sus excesos, instalado en las nuevas patologías del yo digitalizado, donde rumia sin ayuda. Qué resacas insoportables, un no va más que se repite al día siguiente del embotamiento, los dolores de espalda, los calambres en el codo. Me he sentido así alguna vez. Pero hay heridas más profundas que esas, un encierro definitivo, un olvido de sí. En el capitalismo de los flujos el derecho a desear es también el derecho a quedar insatisfecho.

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Lo que describo no es una sintomatología infrecuente, sino el gesto cotidiano de cientos de miles de personas alrededor del mundo: he desarrollado un síndrome obsesivo-compulsivo, parecido al de los consumidores incontinentes o los ludópatas, enfermedades del capital y su maquinaria de seducciones intermitentes. En mi pantalla multitasking, reverberan en este momento dos tuits que tomo prestados, como resonancias de una misma impaciencia (y esa homogeneidad es sospechosa): “Se descompuso mi fiel netbook y he vuelto a trabajar en mi Dell de escritorio. Es lenta, lenta, lenta. Grrrrr”, “Adolescente en la fila del Seven Eleven: ‘¿Me dejas pasar antes? Me urge ponerle crédito a mi celular para contestar un mensaje’”. Yo también me inquieto si estoy lejos de la computadora y en cuanto llego a mi departamento me dirijo al monitor, por mi dosis del día. Si el buscador no aparece al instante, desespero; mi urgencia no tolera las fallas de la banda ancha. Sé que me encuentro en una zona de peligro. No me resulta nueva. La conozco desde que tenía quince años y fumé mi primer cigarro. Una noche, diez años después, exhalé tres cajetillas seguidas. ¿Escribo aquí para curarme? En los intercambios ultrarrápidos de tuiter no hay tiempo para el análisis. La escritura en tiempo real es ingrávida, carece de profundidad. (No podría ser de otra forma. Sin la dispersión ni el surfing, sin ese movimiento veloz sobre la superficie, ¿qué quedaría de internet? Nada. Se volvería pesado, como lo ha sido habitualmente nuestra cultura. Se perdería su carácter vaporoso, ligero, sensual, desenvuelto. Tendríamos hondura, pero sin la excitación de las ideas simultáneas.) Si busco mi desintoxicación en el ensayo, es porque su escritura me exige un retraso, una dilación. En él, todo tiempo real es diferido por la duda. Me aparta de la impaciencia y de cualquier contingencia efímera. Me devuelve a mi elemento. Un ensayista en tuiter pagaría lo que fuera por haber callado. Conozco a uno, amigo mío, que borra sistemáticamente sus tuits. ¿Será porque también sospecha que la velocidad se ha convertido en nuestra mejor coartada para no pensar?

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“La medianía es rápida. El genio es lento”, escribe Baricco en Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Me importa ese libro, aunque sus estrategias retóricas me hayan fastidiado un poco, porque escribo marcada por las dos tensiones que ahí se describen: el carácter contemplativo, melancólico, solitario y lento de un mundo en vías de desaparición, y el arribo de un temperamento lleno de nuevos valores entre los que se encuentran la rapidez, la espectacularidad, la dispersión electrónica, la disolución de ciertas verdades y jerarquías, “una revolución tecnológica que rompe de repente con los privilegios de la casta que ostentaba la primacía del arte”. Sé que podría volverme junkie de internet, instalada en el flujo acelerado de las partículas, en la muerte de los afectos reales y el contacto físico, el estado grogui de una insensibilidad generalizada, si no fuera porque creo que una vida sin reflexión (y agrego: sin cuerpo) no merece la pena ser vivida. Ahora mismo busco en Google la frase de Sócrates y la encuentro a toda velocidad. No he tenido que pararme de mi asiento ni buscar penosamente en los Diálogos de Platón, perder el tiempo. Ya se asoma la bárbara que hay en mí, porque vivo simultáneamente en dos ritmos contradictorios, la lentitud y la velocidad, el humanismo y la técnica, y así viajo cada día, lejos del confort de una y otra, siempre con un pie fuera del vehículo, como los usuarios de los peseros en la ciudad de México, listos para descender en plena marcha.

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En la velocidad hay una paradoja ineludible donde se combinan el placer y la catástrofe. Del otro lado de esta página hablo de la catástrofe; aquí he tratado de describir el placer.

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“La belleza marcha de prisa, lentamente”, escribió Cocteau en Opio. Diario de una desintoxicación. Todo estado alterado de conciencia empieza así, con una percepción paradójica del tiempo. Alguien tendrá que escribir algún día sobre la química de la velocidad como se ha hecho ya sobre la naturaleza de otras drogas. Qué sustancias empujan el torrente sanguíneo hacia el acelerador, qué taquicardias nacen en el contacto con el volante. Un científico mexicano, Luis Eugenio Todd, ha encontrado el lugar donde anida la golosina: el sistema límbico, la región cerebral que está asociada a los satisfactores. Se trata de nuestra pequeña jungla de animales en celo. Ahí, todo acto de supervivencia es recompensado con placer: el deseo sexual, la sed, el hambre, el miedo. Si el área cortical del cerebro, el lugar donde están los pensamientos, la razón y el conocimiento, es, a diferencia del sistema límbico, lo que nos distingue de los animales, entonces todo este sentimiento de acabose, esta sensación de estar viviendo una nueva invasión de los bárbaros, la destrucción del alma de la civilización por una serie de valores superfluos, no es más que una batalla al interior de nuestros cerebros. El imperio de la velocidad es el advenimiento de nuestro lado más salvaje. Fomentar el deseo, la insaciabilidad, el placer, ¿no son esas las funciones del imperio de la publicidad? Miles de millones de dólares invertidos cada año para darle de comer a nuestro animal, reprimido por varios siglos de racionalismo. De pronto la denominación del “capitalismo salvaje” adquiere para mí un nuevo sentido.

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En Enfermedades del siglo xxi, Todd traza una topografía cerebral, con incendios y saturnales, para explicarnos que el sistema límbico es el mismo que se altera cuando se consume mariguana, cocaína, café, alcohol, nicotina. Entonces, ¿todo el lado izquierdo de este ensayo no sería más que una forma de protegerme de esa ribera salvaje que el capitalismo alimenta como a una bestia desesperada? ¿Un ensayo cortical? Un ensayo que cree en la lentitud, la duda, el pensamiento. Un ensayo civilizado, un género humanista. Pero de este lado practico un ensayo límbico: subjetivo, zigzagueante, atento a las vísceras, posthumano. Y en él me gustaría reivindicar cierta idea de placer que experimenta el cerebro al internarse en los rizomas de internet, pero no ese placer vulgar que se olvida del cuerpo y de sí, no un hedonismo atizado por el consumo. Sino un placer que se interroga y que hace de la velocidad de las redes y sus posibilidades, pero también de la deriva urbana, los banquetes y la conversación, un espacio para fomentar la insolencia y planear la diatriba.

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¿Las carreteras del exceso nos conducirán, como escribió William Blake, al palacio de la sabiduría?

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La velocidad es a menudo una forma de violencia, incluso en las situaciones más anodinas. Recuerdo la tarde en que me preparé por primera vez un mate, una sustancia inocua si pensamos en el café o la cocaína. Por ignorancia lo bebí demasiado rápido, pasando por alto el ritual moroso de su preparación y su compañía. Muy pronto, la mateína, un alcaloide que tiene la particularidad de acelerar los procesos mentales e incrementar los estados de alerta, se me subió a la cabeza. El mundo me parecía desesperantemente lento. Los meseros, obtusos; las personas, imbéciles. Me transformé en un ser despótico e impaciente. Usé la palabra “cretino”, más de una vez. Mi esposo advirtió mi nerviosismo y para hacerme una broma comenzó a actuar y responder con una lentitud deliberada y exasperante. Se mostraba distraído, guardaba silencios prolongados. Se ausentaba. Él actuaba bajo mis ritmos habituales (esa lentitud mía que a veces lo saca de quicio), cuando no estoy bajo los efectos del estrés o la prisa. Él era yo y tenía ganas de matarlo.

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Tal vez eso hace el ensayo: contrastar las velocidades. Se detiene en seco para que podamos advertir nuestro exceso de velocidad. Mira los detalles amplificados del accidente en cámara lenta. Interroga, incluso si no hay tiempo para hacerlo. Prefiere entender a no entender. Desmantela. Y en eso es contrario a la lisura de las autopistas de la información; se mueve entre las cosas como un molusco, incluso cuando vuela. Por eso, no soporta a los adeptos impacientes y torpes. A los frívolos. Se aparta de ellos, los condena a la incomprensión y el accidente.

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En “La mano lenta”, Roland Barthes dice que toda la evolución de la escritura (digamos del acto gráfico de la escritura, desde la demótica egipcia hasta la taquigrafía) se debió a una necesidad de escribir más rápido. ¿Por qué? Porque ese era el ritmo que imponía el comercio. Las sociedades que escribían más rápido, ganaban tiempo, es decir, dinero. Para escribir a mayor velocidad los sumerios pasaron del pictograma a la escritura cuneiforme. ¿Levantar la pluma le hace perder tiempo a la escritura? No la levantemos más: he ahí el origen de la letra manuscrita. En las cursivas es posible ver cómo corren las grafías. También es cierto que hay una rivalidad entre la velocidad gráfica y la velocidad mental. He dicho que soy lenta y sin embargo no escribo más a mano: me gusta la experiencia de ver cómo se produce el texto en la pantalla a la velocidad de mi pensamiento. Sueño con la posibilidad de una escritura estenográfica que pase directamente de mi voz a la pantalla, o mejor, de mi mente al libro.

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La velocidad de la computadora es fascinante porque parece emular nuestra velocidad mental. Discurrir es como correr, decía Galileo para defender un método fundado en la economía de los argumentos y la agilidad del razonamiento. Siendo, como fue, un visionario, Galileo palidecería ante nuestra perspectiva del pensamiento transmitido en tiempo real. Nunca antes el escritor había tenido una respuesta tan inmediata de sus lectores como ahora en tuiter. Tuiter es la velocidad (y la democratización) máxima en escritura. ¡Justo en medio de los funerales de la escritura! Es probable que hayamos encontrado un nuevo placebo, más eficaz que las becas del Estado; minuto a minuto, incluso el poeta más abatido puede sentir que alguien lo lee y está vivo. No me extraña, entonces, que tantos intelectuales se sientan seducidos por los 140 caracteres: he ahí una nueva sensualidad de la cabeza.

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¿Escribir con lentitud es ir en contra de un mayor rendimiento de la escritura? ¿O es simplemente una forma de pereza? Quizá escribir con lentitud ensayos digresivos que postergan en cada página su conclusión sea una forma deliberada de fracaso, una ética antagonista de la ética tayloriana aplicada al texto. He escrito este ensayo tres veces. La primera, corría hacia su fin, sin desviarse; la segunda, se accidentó y se quebró en fragmentos diseminados e inconexos; la tercera es esta que se escribe en los márgenes, cuestionando sus propios fundamentos. Reescribo el mismo ensayo como si no quisiera terminarlo. Una estrategia para aplazar la llegada, un desmantelamiento del éxito al interior de la escritura. Eso es la digresión, otra forma de la impuntualidad, y por eso escribo ensayos. Durante mucho tiempo tuve la sensación de que llegaba tarde a todo. En la universidad, por ejemplo, era la última en entregar y a veces llevé mis trabajos a casa de los maestros, porque el plazo había vencido. Me aceptaban porque les entregaba “buenos textos”. Era lenta, me esmeraba demasiado. Ahora mismo, mis editores esperan este libro, que se tarda en concluir. ¿De dónde viene mi lentitud? Exijo mis cuarenta minutos extra conmigo misma, sobre todo a la hora más importante del día: cuando me siento en una silla y me pongo a pensar.

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Universidad del ocio

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Detesto el despertador, animal violento. Nunca lo uso. Lo malo es que ayer me desperté tan tarde que temí seriamente que me cerraran la puerta en las narices. Pero la puerta estaba abierta. Siempre lo está, en la Universidad del Ocio. Era mediodía. Al entrar en sus instalaciones, me sonrieron unos muchachos que sostenían una partida de ajedrez junto a la verja. Todo el mundo —alumnos, maestros, novatos y mirones— tenía expresión de estarla pasando fabulosamente ahí. Algunos jugaban cáscaras mixtas; otros improvisaban una banda crosta con tambor, gaita y trombón; la mayoría leía en las bancas o retozaba sobre el césped. Los jardines eran modestos, aunque suficientes para quienes tomaban cursos al aire libre. A lo lejos un grupo de ancianos conversaba bajo la sombra de un árbol frondoso. Una maestra (o algo parecido a una maestra, aunque pensándolo bien no era una maestra) explicaba a niños y adultos las dificultades de volar un papalote en un día sin viento. Otro profesor discutía con sus pupilos sobre el arte de tenderse en la cama. Y uno más sostenía una acalorada diatriba contra la acumulación de deudas, mientras a unos pasos de ahí se planeaban estrategias para sabotear a los jefes. Más que una institución avocada a la propagación sistemática del conocimiento, aquello parecía un parque de recreo. La Astronomía de Balcón (o Astronomía Poca), la Filosofía de Sentarse en las Sillas, la Estética de la Siesta, la Sombrología (investigación del carácter por el perfil de sombra de la persona en las paredes) y otras microdisciplinas se impartían en la cátedra Macedonio Fernández, escritor argentino que dedicó algo de su tiempo a reflexionar sobre el No-Hacer. Los salones eran habitaciones pululantes y animadas como en una fiesta. No tenían pizarrones, mucho menos pupitres; en cambio abundaban los sillones reciclados, los divanes viejos, las mesitas de té, los pisos alfombrados con cojines. No tardé en encontrarme algunos espacios extravagantes. Entre los mejores estaban la Cámara Anecoica (donde reina el silencio) y la Sala de Música Acostada, donde se enseña a escuchar a Brahms, Stockhausen, Ligeti o Les Luthiers en posición horizontal y bajo el efecto bien dosificado de algún estupefaciente. La mayor parte de la formación ahí es autodidacta.

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Visiten la Academia del Ocio en Londres, institución hermana: http://idler.co.uk/

A pesar de su nombre, en la Universidad del Ocio se percibe una gran actividad, fluida y sin presiones. Pero también tiene zonas de retiro, donde priva la contemplación. Recuerdo el Invernadero de las Camas Aéreas poblado de enredaderas salvajes, orquídeas, riachuelos artificiales y una amplia variedad de hamacas donadas por los alumnos, casi todos ellos tránsfugas de distintos rincones del mundo. En ese paraíso de ociosidad pura le pregunté a una mujer, que parecía sumida en profundas meditaciones, si sabía dónde encontrar a los Discípulos de la Inacción, de quienes me había hablado un amigo. Me miró de reojo, como si se empeñara en moverse lo menos posible. Luego, haciendo quizá un esfuerzo excesivo, se señaló a sí misma y se quedó dormida. La imité. Había demasiadas hamacas a mi alrededor como para desaprovecharlas.

Desperté poco después de las cuatro de la tarde. Tenía hambre y me dirigí al comedor, donde me sirvieron una lenta comida pantagruélica a cambio de que lavara mis trastes y donara algunos de mis libros a la biblioteca. Acepté encantada y el resto de la tarde me dediqué a pasear entre jardines, estanques, huertos de lechugas hidropónicas, laberintos construidos con arbustos. No sé si me habré perdido en un lugar prohibido (nada parece prohibido en la Universidad del Ocio), pero después de un par de horas de errabundeo me tropecé con el cascarón de un barco a medio construir, un Fitzcarraldo abandonado entre los matorrales, digno de una institución que valora el menor esfuerzo. El interior, invadido de yedras, conservaba algunas mesas y suficientes barriles de ron como para salir de piraterías. Al otro lado del barco, crecía un pequeño plantío de marihuana (haré mutis al respecto, puesto que podrían enviar mañana a la polaca, siempre enemiga del ocioso, a cerrar ese santuario del saber). Oscurecía.

woman-reading-vintage-photographVoluptuosas estudiantes de la primera Universidad del Ocio, ahora profesoras eméritas.

 

En ningún momento me esmeré en buscar la oficina o la vicerrectoría para pedir informes. ¿Plan de estudios? ¿Lista de materias? ¿Sistema académico? ¿Créditos? ¿Currículum? ¿Calificaciones? Nadie parecía preocupado por eso. La Universidad del Ocio (también conocida como la Escuela del Trabajo No Alienado o Instituto Dolce Far Niente) es el único lugar del mundo donde se enseña a hacer cada vez menos. Una de sus premisas radica en reducir gradualmente las horas de trabajo, una vez que se han asegurado (sin urgencias corrosivas) las necesidades y comodidades básicas de cada cual. No es una escuela para el hedonismo consumista, sino un jardín epicúreo para el disfrute individual o comunitario, para el debate y la reflexión. En lugar de colegiaturas, los alumnos y maestros que acuden voluntariamente intercambian horas de labor en la biblioteca, los espacios verdes, los baños, ¡la taberna! El lugar no es perfecto. Nunca falta quien llegue con ansias de dar órdenes (o hacer menos para que otros hagan más), una de las pocas razones por las que se puede contraer una expulsión.

¿Debemos educarnos para el ocio? Bertrand Russell pensaba que sí: “Cuando propongo que la jornada de trabajo se reduzca a la mitad, no quiero decir que todo el tiempo restante deba malgastarse en frivolidades […]. La educación debería dar un paso más y dirigirse, al menos en parte, a despertar aficiones que instruyan al hombre para usar su tiempo libre con inteligencia”. Por ejemplo: recuperar las posibilidades estéticas o intelectuales del viaje, erosionadas por el turismo; participar en algunos juegos o deportes en lugar de aceptar pasivamente su espectáculo; bailar, cocinar, conversar con otros, contra la masificación de la soledad; hacer de la cultura una experiencia verdaderamente liberadora, crítica y creativa, en lugar de someterse a esa especie de despotismo ilustrado que alimentan las academias y frente al que la mayoría de la gente (que no tiene tiempo para leer ni medio libro) se siente indiferente o marginada. Sin una educación para el ocio, el tiempo libre se consume entre las fauces del espectáculo, hasta convertirse en un tiempo banalizado, impersonal, políticamente inofensivo.

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La Universidad del Ocio es el único lugar del mundo donde se enseña a hacer cada vez menos.

En los años sesenta, el músico John Cage creía que la tecnología lograría consolidar un sistema de enorme abundancia que permitiría a los ciudadanos un ingreso anual garantizado, permitiéndoles ser libres para usar el tiempo a su manera: “Antes ligábamos la virtud y el dinero con el trabajo; ahora debemos tener toda una moral distinta, basada en el desempleo y la responsabilidad de utilizar esta libertad”. Una realidad así sería posible si la riqueza concentrada en el uno por ciento de la población mundial se distribuyera justamente, y precisaría una mentalidad diferente, una ética del ocio gracias a la cual la gente aprendería a vivir su propia vida, más que la vida de segunda mano que le ofrece la televisión. Eso es lo que enseña, si es que algo enseña, la Universidad del Ocio.

01-vs-alegria-port3Bibliografía recomendada en la Universidad del Ocio
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Diario de una vida flotante

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Hace un par de meses tomé una decisión drástica: renuncié a mi trabajo para recuperar mi tiempo, mis lecturas y hasta mi aburrimiento. Quería simplemente encontrarme en casa, como había hecho tantas otras veces en mi vida, escribiendo. Pero me había convertido en directora de una revista, donde pasaba entre nueve y diez horas diarias, y cuando volvía de la oficina llegaba directamente a la puerta del refrigerador o a sentarme frente a la televisión. Recuerdo aquellos momentos de ausencia, en los que yo era apenas yo y mi mente extenuada, mirando fijamente hacia los anaqueles vacíos (no tenía tiempo para abastecerme en el mercado) o con los ojos perdidos entre anuncios de dentífricos. Eran las diez de la noche, la hora de los cansancios temibles, esa parálisis vital de la que habla Peter Handke en su agudo Ensayo sobre el cansancio, y en la pantalla desfilaban los multivitamínicos, las bebidas energizantes, las tabletas con activos naturales que ayudan a contrarrestar la tensión nerviosa o a mantener el estado de alerta durante una jornada y más allá, hasta el fin de los tiempos. Valeriana officinalis, passiflora incarnata, gingseng, esteroides anabólicos, taurina. El destino sanitario de un mundo transformado en flujo imparable de mercancías, la farmacia como garantía de productividad. “¡Levántate y anda!”, “Do more, feel better, live longer!”. Pero aquella era también la hora de las malas noticias: catástrofes financieras, secuestros, asaltos con violencia, descabezados. Toda aquella tragedia humana me hacía sentir, allí mullida en el sillón o reptando entre las sábanas, como una sobreviviente. Y eso era yo apenas: lo que quedaba de mí después de la oficina, una mujer petrificada en lo más íntimo, convertida en una estatua de fatigas.

Una mañana desperté sin poder moverme de la cama, el cuello inmóvil, la espalda doliente hasta el aullido. Ni siquiera una dosis extraodinaria de valeriana officinalis podría haber detenido aquella erosión, una grieta inmensa abriéndose paso en mi sistema nervioso. La llamé, para burlarme de mí misma, Síndrome de Chac Mool, una tortícolis del alma. Sin embargo, aquel desgaste era paradójicamente liberador. Por primera vez en diez meses pude permanecer en la cama hasta el mediodía sin sentimiento de culpa. Que la revista no llegara a tiempo a la imprenta, que la publicidad se cancelara, dejaron de ser para mí problemas reales. Tal vez nunca lo fueron. En ese momento era yo enfrentada a la relidad material de mi cuerpo, un cuerpo que se había alzado en armas y me orillaba, a punta de sablazos, hacia la firma de mi renuncia y el retorno a mi vagancia habitual.

Comprendí de pronto que toda aquella actividad trepidante, el ir y venir de la cultura en busca de su centro (el mainstream), me había alejado de mis aspiraciones originales y de la escritura, convirtiéndome en una esclava impotente de la realidad exterior. ¿Por qué no abandonar el trajín y vivir, como había hecho hasta entonces, en la simplicidad? Recordé las amargas (y lúcidas) palabras de Ciryl Connolly: “Para un escritor todas las incursiones en el periodismo, la radio, la propaganda y el cine, por grandiosas que sean, están de antemano destinadas a la decepción. Poner lo mejor de nosotros en estas actividades es una insensatez, pues con ello condenamos al olvido las buenas ideas lo mismo que las malas”. ¿Por qué había elegido aquella tarea, dirigir una revista? Tal vez porque prometía ser un espacio creativo además de proporcionarme un ingreso seguro. Pero el ingreso no correspondía al esfuerzo y el lugar concedido a la imaginación en una revista de ese tipo (doblegada por los caprichos del mercado) siempre está muy por debajo del nivel de las ganancias. Así que mi traición era doblemente onerosa y me estaba orillando al silencio.

Los primeros días de ocio, ya de vuelta en casa, advertí que el trabajo había gastado mis fuerzas de manera tan extraordinaria que había terminado casi por completo con mi capacidad para reflexionar. Eso duró cuatro o cinco días agotadores de tan vacíos. Entonces me puse a leer, para llenar las horas de mi libertad recuperada. Leí a Séneca, a Thoreau, Stevenson, Lafargue, Russell, y a tantos otros filósofos y escritores que en algún momento concibieron una manera distinta de vivir, ajena a los valores del doloroso tripalium. “Prefiero una pereza inteligente y observadora a una actividad intolerable y terrorífica” (Cioran); “El ocio no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de la clase dominante” (Stevenson); “¿Es posible algo más estúpido que la sensibilidad de los hombres que se jactan de previsores? Están ocupados con excesivo interés en poder vivir mejor: se procuran la vida a costa de la vida” (Séneca).

Aquellas primeras incursiones en el bajo mundo de la desocupación me descubrieron una corriente subterránea poblada por una multitud de desertores, un batallón de vagos, poetas, haraganes, descarriados y mal vivientes que avanzaron en sentido contrario a la domesticación de las fuerzas productivas del orbe y cuya renuncia a la refriega diaria cuestionaba activamente la cultura del sacrificio, según la cual, el dolce far niente es sinónimo de las peores calamidades, entre ellas la pobreza y el vicio. Había encontrado una cofradía de esgunfiados y gandules, una tribu despreocupada y rebelde a cuyas filas deseaba sumarme de inmediato. Quería ponerme a vagar sobre la página, cambiar de rumbo, yendo otra vez de un lado a otro sobre la cuerda floja de la literatura.

Hace unos momentos, al emprender este diario, sentí que me encontraba ya en camino, es decir, andando a la deriva y sin agitarme demasiado. De hecho, desde aquel día en que juré no volver a poner un pie en la oficina perdí por completo la facultad de trabajar en cualquier cosa que no fuera la crítica apasionada del trabajo forzado; en eso me empeño todos los días, durante jornadas magníficas de ocio e incertidumbre.

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Esta mañana me disponía a emprender la lectura de Teoría de la clase ociosa de Thorton Veblen cuando me asomé a la ventana: el día estaba radiante y las vacaciones de semana santa habían vaciado la ciudad. Pensé: “Mejor saldré a dar un paseo. Leeré a Veblen después.” Alguien diría que se trataba de procrastinación, indolencia, falta de compromiso. Yo diría: de contento. Si en ese momento me sentía demasiado perezosa como para leer a Veblen, ¿para qué torturarme con sus argumentos económicos? Hacer una cosa cuando se desea hacer otra es el principio de la infelicidad.

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Un maestro de escuela no educa individuos, forma empleados para el futuro. Los horarios regimentados, la competencia como estímulo, la estructura de jeraquías rígidas, todo en el edificio del sistema educativo está diseñado como un propedéutico de supervivencia para caminar más tarde en la selva laboral. Entendida siempre como un gobierno de los otros, en lugar de un proyecto de construcción o transfiguración personal, la escuela de las democracias neoliberales ha hecho pedazos la instrucción humanista, que es poco rentable, ociosa y lenta. ¿Para qué fomentar la empatía a través de la lectura si de lo que se trata es de obtener el máximo beneficio? ¿Para qué la complejidad, el sentido, el pensamiento crítico, las preguntas sobre un saber vivir, si eso no acumula puntos curriculares? Y luego viene la tarea: el trabajo extra que se lleva a casa y cancela la hora de jugar. Un entrenamiento en la jornada interminable. El principio de la servidumbre.

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Soñé que me encontraba ante un tribunal, acusada de tiranicidio. Usted asesinó a su jefe en plena jornada laboral, me decía una mujer obesa y vehemente, vestida como mesera de Sanborns en hora pico, ya con el delantal sucio y el chongo desacomodado. Mientras hablaba, yo no podía dejar de mirarle la boca que movía con gesticulaciones grotescas y lentas denotando signos inequívocos de gravedad; un sermón loco. Aquel trabajo, me decía, habría cambiado en buena medida una serie de conductas negativas suyas (ser demasiado introvertida, por ejemplo) y la habría catapultado hacia una vida de éxitos, dinero, conexiones y felicidad que usted ha desdeñado sin justificación. Al fondo de la sala se asomaba algo parecido a un ratón blanco a través de un hoyo en la pared. No era un ratón de laboratorio; tenía el tamaño de una coneja a punto de parir. Imposible poner atención a los cargos en mi contra, con ese ratón nervioso que entraba y salía de la sala, husmeando la podredumbre del tribunal con su gran nariz húmeda. La obesa me decía (su voz se había vuelto estereofónica) que mi castigo consistiría en escribir de ahora en adelante y a pesar mío como subgerente de recursos humanos y que no habría manera de escapar a mi nuevo estilo de memorándum, cosa que por supuesto me sobresaltó tanto que me desperté con taquicardias y sudores. Me puse de inmediato a escribir supersticiosamente, creyendo que así me salvaría del castigo, aunque no atiné a escribir nada más que notas para este diario. Por fortuna, después de un primer momento de parálisis, la escritura comenzó a fluir naturalmente y al ver que estaba todo bajo control decidí tormarme un descanso para ir a caminar, sin antes haber revisado lo escrito con la atención debida (aunque un poco indispuesta todavía por aquel sueño tan espantoso sobre los incumplimientos del contrato laboral que había suscrito con mi ex jefe y en el que se estipulaban: sueldo, prestaciones, horarios de entrada y de salida, vales de despensa, incremento de sueldo y seguro de retiro, sanciones económicas por retardos, pocas vacaciones y ninguna seguridad social) y me sentí repentinamente liberada por haber llegado tarde tantas veces al trabajo y haber mandado finalmente a mi jefe a volar. Sin otro particular me despido ahora sí de mi diario atentamente hasta mañana a la hora que me dé la gana.

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“Se detesta a los jefes, pero se quiere ser empleado a cualquier precio. Tener un trabajo es un honor, y trabajar un signo de debilidad. En resumen el perfecto cuadro clínico de la histeria. Se ama odiando, se odia amando. Y todos sabemos del estupor y el desasosiego que aquejan al histérico cuando pierde a su víctima, a su amo. La mayor de las veces no se recupera” (Comité Invisible).

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Me gustaría extender la confusión entre los burócratas y administradores de la literatura, escribir nada más que digresiones y apuntes, escritos para desocupados.

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Existe una especie de ocioso que sólo encuentra placer en no hacer nada cuando hay mucho que hacer. Así le sucedía a Jerome K. Jerome, un haragán nacido en Inglaterra en plena Revolución Industrial, editor entre 1892 y 1898 del suplemento literario The Idler, además de profeta de un nuevo siglo de ociosos y dandies que decidieron experimentar el tiempo de un modo distinto al del calendario. Por desgracia en estos días ya nadie habla de él o lo hacen sólo algunos amantes de la carcajada plena, pues Jerome practicaba un humor directo y sin amargura, una cualidad más bien rara en la tradición del humor inglés donde todos ríen cuando hay que llorar y viceversa. En sus Divagaciones de un haragán, que dedicó a su pipa, Jerome escribe: “Ninguna gracia hay en el estar sin hacer nada cuando nada hay que hacer. El matar el tiempo se convierte entonces en una ocupación, y por cierto que de las más fatigosas. La ociosidad se parece a los besos en que los más dulces son los robados”. Así me sucede a veces: encuentro un gozo inexplicable si me entretengo en leer otra cosa cuando debo mandar por correo una colaboración urgente a algún editor en cierre. Dejo todo un rato colgado de la lámpara (al editor en primer lugar) y me pongo a husmear en mi librero y cuando me doy cuenta ya es hora de comer y no he escrito ni una sola frase. Si el editor se atreve a molestarme por teléfono, yo bajo la velocidad aún más y no retomo la escritura hasta después de la siesta. Pero, ¿qué hay detrás de este malcriadismo? Recuerdo que, durante un viaje que hice a Calcuta, me sorprendió la costumbre de algunos bengalíes de pararse en seco en medio del torbellino humano. La escena la vi repetirse cientos de veces, sobre todo en las zonas más tumultuosas de una ciudad siempre apiñada sobre sí misma, hecha de multitudes sucesivas que se reproducían de un modo escalofriante. Dondequiera que pusiera el ojo, había un gentío interminable y caótico; unos corrían, otros andaban sin mirar por dónde, algunos cojeaban, cargando su pesado cuerpo deforme, muchos chocaban violentamente sin detenerse, pero todos se apresuraban, impacientes por llegar pronto quién sabe a dónde. Sin embargo, en medio de la actividad loca, alguien decidía detenerse a fumar las hojas de loto de la indolencia y permanecía ahí, inmóvil, el resto del día, a la orilla de toda aquella precipitación. Era como si hubiera comprendido de pronto la insensatez de la carrera y optara por sustraerse de la lucha. ¿Para qué todo ese ajetreo? Entonces la gente se tropezaba con el desertor, la fila de la multitud se descomponía, alguien llegaba un poco más tarde a su destino. Era como el caos que se introduce en una hilera de hormigas cuando una se distrae, otra se lastima y el resto se sale de cauce. Aquella forma en que una pequeña disidencia podía tener efectos, si no desastrosos, por lo menos molestos, me pareció fascinante. Toda la actividad de la maquinaria del trabajo se atrasa si un obrero escaquea una hora o una semana; lo mismo sucede en la redacción de una revista si un colaborador haraganea y entrega dos semanas después. ¿Qué sucedería si todos los ciudadanos se detuvieran un día en plena marcha? Las pequeñas grietas en el orden establecido se volverían fallas de San Andrés.

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La lentitud es una afrenta para el sistema nervioso del capital.

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Dejar la fila india sin remordimientos de clase, sin temor a perder el turno. Al final de cuentas, no importa en qué lugar de la escala nos encontremos, todos hacemos fila hacia la muerte, la gran democratizadora.

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Alguna vez Cioran —quien no creía en nada más que en la santidad del ocio— se preguntó: “Si una hormiga, si una abeja —por el milagro de una idea o por una tentación de singularidad— se aislara del hormiguero o del enjambre, si contemplara desde fuera el espectáculo de sus penas, ¿se obstinaría en su trabajo?”. He aquí una posible definición del ocioso: una hormiga lo bastante lúcida como para no volver al hormiguero. La hormiga haragana, la anti hormiga, la descarriada, ha llegado a comprender que la fugacidad de la vida no merece evaporarse entre los sudores anónimos de la supervivencia. Es la hormiga que se resiste a que la engañen; intuye que hay un bosque más allá del sustento y, como sucede en todo el reino animal, al que las hormigas atareadas no hacen honor, quiere echar una buena siesta por la mañana.

Lin Yutang, el filósofo chino conocido en Occidente como “el apóstol del ocio” por su libro La importancia de vivir, solía procurarse un poco de reposo después de mirar la indolencia con que se propaga la vida en la naturaleza. En su ensayo “El hombre, único animal que trabaja”, escribió: “Las palomas vuelan en torno al campanario sin preocuparse por lo que van a tener para el almuerzo”. Yo creo que los humanos también podríamos dedicarnos a revolotear con gracia, si no fuera porque nuestra vida civilizada se ha complicado hasta el extremo de hacer de nuestros almuerzos una cadena interminable de fatigas. Eso es la civilización: un sistema intrincadísimo de sembradíos industriales, mataderos, fábricas, hornos, carreteras, expendios y un asombroso número de empleados llenos de deberes y responsabilidades, que culminan en la elaboración de un sándwich insípido, el platillo cumbre de Occidente. “El peligro —dice Lin Yutang— es que nos civilicemos en exceso y lleguemos al punto, como hemos llegado ya en verdad, de que obtener la comida sea tan penoso que perdamos el apetito en el proceso de conseguirla”. Así sucede a menudo con el fast food, el menú de los que nunca tienen tiempo y han perdido el goce de la comida, trabajando siempre horas extra y comiendo todo tipo de bazofias en los pasillos, para alcanzar a pagar las ventajas de su vida ultra civilizada.

¿Por qué no nos hemos dedicado simplemente, como las palomas, a recoger las semillas caídas alrededor de la fuente? ¿Por qué hemos preferido inventar complicados sistemas de recolección, peso, deshidratación, envoltura, transporte, distribución, venta, desenvoltura, rehidratación y preparado instantáneo, en lugar de buscar los frutos maduros en nuestro jardín? Es probable que de haber seguido el camino de la simplicidad, no habríamos tenido que hacer esfuerzos tan desproporcionados para pagar la renta ni nos rendiríamos ante el checador de tarjeta, nuestro capataz electrónico; en cambio, seguiríamos libres por nuestro camino, cazando las codornices que aparecieran a nuestro paso, y al final del día contaríamos diez horas alegres en vez de dos. Pero los hombres preferimos ir siempre hacia delante, derribar árboles y abrir carreteras. Estamos tocados por el demonio del progreso y solemos llevar nuestra vida hasta su tensión más alta en busca de recompensas que casi siempre resultan engañosas o decepcionantes. La ocupación perpetua se ha constituido en ideal y nos movemos sin cesar, como si así lográramos ocultarnos de la muerte. Pero con todo ese ímpetu, en lugar de ahuyentar nuestra decrepitud, ¿no hemos logrado más bien precipitarla? La gente trabaja hoy hasta explotar y ocupa toda su energía en asegurarse una propiedad —aunque no tenga tiempo para habitarla—, en vez de desarrollar libremente lo único que realmente le pertence: su personalidad. Y a nuestro alrededor el mundo no parece ser distinto. Ha bastado un siglo y medio de industrialización para que llegáramos al límite y agotáramos los recursos del planeta, y aun así no se ve que el empuje disminuya ni que termine la carrera.

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¿Quieren conocer las entrañas del sistema? Miren el interior de un matadero industrial, donde los trabajadores son tratados igual que los cerdos. En esas fábricas inmundas y de dimensiones inhumanas, los animales viven hacinados y sometidos a crueles sistemas de engorda, dosis inmoderadas de químicos y antibióticos, inmovilidad total. Los trabajadores (migrantes sin papeles) no se encuentran en condiciones distintas: criaturas sin contratos, sin defensa, sin valor y sin forma, realizan operaciones cada vez más especializadas y mecánicas, cada vez más por debajo de lo humano. No se detienen ni para estornudar: deben sacrificar veintisiete millones de animales al año. Adiós a la granja. La demanda de comida rápida no tiene tiempo para pensar en las personas, mucho menos en las unidades de producción, también llamadas vacas.

Veo Food, Inc., un documental del cineasta Robert Kenner sobre el lado siniestro de la industria alimentaria estadounidense, cuyo máximo valor es la ganancia a corto plazo, por encima de cualquier cosa. Bajo esa premisa no sólo se produce lo que comen (y exportan) los estadounidenses todos los días; ahí se crean otros engendros: la bacteria E. coli, la multiplicación de diabéticos, la obesidad como atrofia de la civilización, las semillas gnenéticamente predispuestas al suicidio. Estos son los efectos colaterales de las corporaciones y su poder intocable. Monsanto, por ejemplo, hostiga a los agricultores que se niegan a sembrar su semillita de maíz patentado. La censura del mercado ha llegado hasta nuestros estómagos.

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El diario es lo que escribo cuando no escribo. Es la insolvencia, el fragmento, la falta de control sobre la trama inestable de la vida (la derogación de la trama). Entonces, el diario es lo mejor que escribo.

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Se puede renunciar a la oficina y pagar la renta. Se puede vagar y seguir viendo a los amigos a la cara y hasta invitarles un café. Lo que no se puede, como dice Renard, es “ser perezosos en conversar y beber, es decir, en ser perezosos”.

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Conocí a un muchacho sensato y libre. Le pregunté: “¿En qué trabajas?”. Me respondió: “En mí mismo”.

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El ocio es otra corriente de nuestro espíritu, más insubordinada, que intenta devolverle al hombre su soberanía con respecto al ídolo del trabajo.

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Decía el Dr. Johnson —quien solía permanecer en la cama hasta las dos de la tarde— que aquel que es conocido por no hacer nada, siempre se alegra al encontrar a otro tan ocioso como él. Eso me sucede a mí, que suelo descorchar una botella de vino cada vez que un amigo me cuenta que ha renunciado a su trabajo. Pero en estos tiempos en que hasta los niños están demasiado ocupados, es difícil encontrar compañía. Por eso me he puesto a hurgar entre los libros, donde nunca me ha faltado conversación. La gente decente no se equivoca: la literatura y la filosofía están pobladas de ociosos. Al menos así lo muestra la nómina de mi Biblioteca Desocupada que en estos días no deja de crecer. Nada más en mi escritorio, y en una mesa que he dispuesto para apilar los libros asociados a mi nuevo centro de interés, encuentro a Diógenes, Séneca, Epicuro, Basho, Chuang-Tzu, Erasmo, Fourier, Montaigne, Jerome K. Jerome, Stevenson, Wilde, Lafargue, Swift, Nietzsche, Kropotkin, Unamuno, Marx, Larbaud, Woodcock, Walser, Thoreau, Russell, Adorno, Cage, Barthes, Lin Yutang, Arlt, Vaneigem, Debord, Bob Black, Bukowski, Kerouac, Huizinga, Marcuse, Jünger, Onfray, Racionero, Hodgkinson, Hakim Bey, Dada, la Internacional Situacionista, Tiqqun, El Comité Invisible… La sola ennumeración me ha dejado exhausta, pero la agradezco. No he encontrado mejor antídoto contra la arrogancia de los tecnócratas que esa suma de ensayos, panfletos y apologías escritos con generosidad por los haraganes. Lo cual revela que nadie se ha ocupado más del ocio que el ocioso mismo, un magisterio para el que se muestra paradójicamente impetuoso y activo, un contagio cuyo objetivo es extenderse siempre más lejos. Tal vez porque no ve en eso una labor asfixiante —un trabajo—, sino un modo de procurarse compañía, el ocioso no se cansa de elogiar en público las delicias de esta pasión benéfica ni de salir a la calle para velar por sus amigos, desalentando en ellos la excesiva atención que le prestan al reconocimiento o la riqueza. El ocioso, de temperamento contemplativo, es un filósofo que no ha renunciado a la praxis por la teoría, alguien preocupado en cultivar una sabiduría de la existencia concreta, un saber vivir desterrado hace tiempo de los claustros y las academias. Filósofo de azotea, dice Arlt; vagabundo de lujo, agrega Onfray. El ocioso, que no aspira a ningún título, suele estar mejor dotado que cualquier doctor honoris causa para demostrar, en los hechos, el gran Teorema de la Cualidad Vivible de la Vida (la idea es de Stevenson), es decir, de educarse a sí mismo a partir de la propia experiencia.

No creo que el ocioso sea un indolente; tampoco un ser deprimido. Es alguien que busca saciarse por la vida misma, sin los sucedáneos de la técnica o la variedad de las commodities. Prefiere la despreocupación del que nada tiene que perder, a la ansiedad permanente del inversionista. Su forma de vida es excéntrica, una elección soberana, marginal, distinta a los valores hegemónicos. Por eso, la sociedad no tolera al ocioso. Un  barbaján. Un inútil. Un desertor hedonista. Un inmoral. Entregado al disfrute cotidiano y sencillo de la existencia, donde el encuentro con otros y la cooperación vuelven a ser posibles, el ocioso no puede despertar más que intranquilidad y sospecha. Y hay razones para ello: en toda desocupación voluntaria prevalece el desprecio por la vida oficial, llena de trámites que estragan la salud mental de los ciudadanos. Quienes insisten en ver en el ocioso el colmo de la indiferencia, un ser apenas vivo, un zángano, y se sienten incómodos en su compañía, lo hacen porque detrás de él acecha un peligro: el desplazamiento de la normalidad, que el ocioso encuentra intolerable, hacia el juego o el carnaval. Este pícaro lo pone todo de cabeza. Es un provocador (más insolente que indolente), pues ha cometido el pecado de la singularidad, siempre al margen de la vida gregaria del trabajo, donde las pulsiones particulares apenas palpitan debajo de la repetición mecánica.

Un sujeto que juega toda la tarde al dominó o se la pasa leyendo tiene en el fondo un espíritu indomable. No desea renunciar a su ser auténtico y sospecha, como Nietzsche, que detrás de cada apologista del trabajo se esconde un policía, un censor de lo único e irrepetible que hay en cada individuo: “En la glorificación del trabajo, en los inevitables discursos sobre los beneficios del trabajo, veo la misma secreta intención que en los elogios de los actos impersonales y de interés general: el miedo secreto a todo lo que es individual. Se comprende ahora muy bien, al contemplar el espectáculo del trabajo —es decir, de esa dura actividad que se extiende de la mañana a la noche—, que no hay mejor policía, pues sirve de freno a cada uno de nosotros y contribuye a detener el desenvolvimiento de la razón, de los apetitos y de los deseos de autonomía. El trabajo gasta la fuerza nerviosa en proporciones extraordinarias y quita esta fuerza a la reflexión, a la meditación, a los ensueños, a los cuidados, al amor y al odio; nos pone delante de los ojos un fin siempre vano, y otorga satisfacciones fáciles y regulares. Una sociedad en que se trabaja rudamente y sin descanso gozará de la mayor seguridad, que es lo que el presente adora como si se tratara de una divinidad suprema”. ¿Se puede agregar algo más a la advertencia nietzscheana?

Todo esto me lleva a pensar que el ocioso es, sobre todo, un rebelde y que desde los tiempos de la maldición divina el ocio ha destilado fermentos de subversión. Ya lo dijo alguna vez Paul Lafargue, padre de la haraganería de la época industrial: “Todo elogio de la pereza despierta en los hombres peligrosos sentimientos de altivez e independencia”. Si el ocioso se empeña en darle la espalda a los valores corrientemente admitidos (la familia, el ahorro, la propiedad), es porque en el fondo busca con su desdén una transfiguración. ¿Para qué seguir ocultando bajo la máscara prestigiosa del deber la mueca de la infelicidad solapada? ¿A santo de qué deberíamos seguir creyendo en toda esa gente de bien que nos hace trabajar hasta el hartazgo por nuestro propio bien? El ocioso busca invertir los valores o, por lo menos, acercarlos al lugar del que nunca debieron haber salido, los tiempos distendidos de la Grecia antigua, cuando el trabajo era visto como una actividad degradante y moralmente condenable. Es cierto que entonces los esclavos realizaban la labor, mientras los ciudadanos libres participaban en la política, la filosofía y las artes. Pero el ocioso contemporáneo no aceptaría una situación similar, en la que una minoría tuviera tiempo libre gracias a que la mayoría estuviera obligada a trabajar de un modo cada vez más degradante. ¿No es eso lo que hace el capitalismo con nosotros todos los días? Para el ocioso es urgente cambiar las condiciones materiales y dejar de vivir bajo la tiranía de lo económico; sólo así podríamos empezar a realizar lo que hay de mejor en cada uno de nosotros. Lo suyo es un llamado a sentirnos culpables por entregarnos a la laboriosidad y no al ocio fecundo, es decir, una invitación al desacato, el escaqueo y la dimisión, a dejar de obtener la pitanza a costa de la propia libertad.

Por eso, hoy que todos veneran el mismo credo, el de la productividad como fin último de la vida humana, el ocioso se ha convertido en un disidente, un hereje contrario al evangelio unificado del trabajo. Su despreocupación, la manera en que permanece en la cama sin atender la hora del rito laboral, es manifiesto de ateoleogía. Es un bribón, un pillo, el que lleva la contra. Pero también un médico de urgencias, alguien que podría comenzar a curarnos de nuestro malestar con cierta dosis de serenidad y muchas horas para la vida especulativa, la lectura, la celebración comunitaria o los paseos en soledad.

Es verdad que en su desprecio al trabajo, el ocioso socava uno de los cimientos de la, así llamada, civilización. Pero también recuerda que sin tiempo libre jamás se habría desarrollado la cultura, nadie habría escrito libros ni cultivado las ciencias, tampoco se habría ahondado el pensamiento. La ausencia de ocio nos devuelve a la barbarie, que es más o menos el estado en el que nos encontramos ahora, luchando encarnizadamente por el bienestar.

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“OCIO, S. INTERVALO DE LUCIDEZ EN UNA VIDA DESARREGLADA” (Ambrose Bierce).

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Trabajar toda la vida sólo por el trabajo mismo, disfrutar un castigo que se ha hecho pasar por una virtud, pensar que es posible sentirse pleno gracias al servilismo, ¿de dónde nos viene toda esta patrañería insoportable? En una obra ya clásica, Max Weber expuso que la ética del trabajo proviene del nacimiento simultáneo del capitalismo moderno y la doctrina calvinista de la predestinación, la forma en que el ahorro, el éxito económico y la renuncia al impulso sensual mediante el trabajo se convirtieron en garantías de gracia divina. He ahí la cuna de la laboriosidad contemporánea que aborrece, desprecia y persigue a los perezosos, mientras elogia la eficiencia productiva sin importar si reporta algún tipo de satisfacción personal. Johann Kasper Lavater, padre de la fisiognomía y eclesiástico de la iglesia reformada, escribió que ni siquiera en el cielo “podemos conocer la bienaventuranza sin tener una ocupación”. En otras palabras: el paraíso ya no es el ocio (anterior a la maldición divina); ¡el paraíso es el trabajo mismo! En eso consistió, entre otras cosas, la gran reforma de la iglesia: en poner al cielo y al infierno de cabeza. Porque sólo el surgimiento de un nuevo mito, el mito de la salvación por el trabajo, podría revertir en el hombre su íntimo rechazo al yugo, su propensión a holgazanear.

Cada vez encuentro más esclavos entre nosotros, hombres ultra democráticos, orgullosos de nuestra libertad. De haber vivido en esta época, en que millones de ciudadanos ponen en peligro su vida y destrozan sus nervios por llenarse de ocupaciones hasta en la playa, probablemente Lavater se sentiría en la gloria. En el fondo, todas esas personas fatigadas y neuróticas se han convertido, sin saberlo siquiera, en los mártires modernos de la ética protestante, para la cual el trabajo más que una necesidad, es un llamado, el sentido último de la existencia, una versión moralizadora del sustento que con el tiempo se impuso a diestra y siniestra.

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¿No fue Marx quien hizo del trabajo sinónimo de actividad humana por antonomasia, el factor esencial en la realización del hombre? Sí, pero a menudo se olvida que Marx también entendía el ocio como la riqueza real que tiene cada individuo, el momento en que comienza a ser auténticamente libre. Una sociedad justa sería aquella en la que hombres y mujeres fueran capaces de realizar sus capacidades distintivas, en lugar de efectuar un trabajo para el que no son aptos o no les gusta y al que sólo los obliga la necesidad. Esa autorrealización, ¿no es acaso la máxima aspiración del ocioso? En eso pienso mientras leo un magnífico ensayo publicado en estos días por el crítico inglés Terry Eagleton, “Elogio de Carl Marx”, donde dice: “El objetivo de Marx es el ocio, no el trabajo. La mejor razón para ser un socialista, excepto para los pesados a los que sucede que no les gusta, es que detestas tener que trabajar”.

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Encontré un poema, “En la oficina”, de Robert Walser, quien desempeñó tantos trabajos minúsculos y sombríos y desdeñó tantas veces el trabajo:

La luna desde afuera nos contempla,
y me ve a mí, pobre empleado,
languidecer bajo la mirada severa
de mi jefe.
Confundido, me rasco el cuello.
En toda mi vida no he conocido
un sol duradero.
La carencia es mi destino:
rascarme el cuello
bajo la mirada de mi jefe.

La luna es la herida de la noche,
gotas de sangre son las estrellas.
La felicidad me queda muy lejos,
por eso mi índole es modesta.
La luna es la herida de la noche.

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¡Cuántos han querido asesinar a su jefe y se han conformado con una borrachera!

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El trabajo es la instancia que ha permitido históricamente que la esclavitud perdure adquiriendo formas convenientes. Si, como escribió Weber, el espíritu del capitalismo encontró en la ética protestante su justificación esencialmente religiosa, más tarde, con la muerte de Dios, la clase media encontró en la compulsión laboral un nuevo credo, o mejor aún, un nuevo vicio, el vicio del trabajo, esa forma anestésica (y hasta productiva) de escapar a su propia nada. No más dolor de ser en el mundo: la víctima del exceso de trabajo terminó por encontrar consuelo temporal en la renuncia (ascética) de sí misma.

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Existe también la servidumbre del ocio: la pereza mercantilizada. Esa versión vacía, impermeable, codificada y siempre seductora del entretenimiento, donde un barniz oculta y separa al ocio de la auténtica intimidad. Ahí reinan los placeres indiferentes ofrecidos por la libertad del poder adquisitivo, la única libertad en la que creen los animales del consumo, la libertad de elegir entre una infinita variedad de lo mismo. Incluso el pundonor más rancio de la ética laboral queda mancillado cuando entra al supermercado del deseo: la gente no honra más al trabajo, sino a las cosas que puede comprar con él.

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“¿Qué somos? Consumidores: subproductos obsesionados por un estilo de vida” (Tyler Durden en El club de la pelea).

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¿De qué sirve vivir más si en realidad se ha de vivir menos? Todo ese empeño de los científicos por alejarnos de la muerte para que sean finalmente la oficina, la fábrica y la televisión quienes nos la administren en dosis diarias y homeopáticas.

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El espectáculo ha convertido al ocio en otra forma de perder el tiempo, como pregonaban sus detractores.

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Es difícil ser una ociosa de verdad en esta ciudad, donde la gente anda siempre a la cacería del beneficio o en la lucha por la subsistencia. Hay que ir todo el tiempo a contracorriente, no dejarse contagiar por la prisa, el anhelo, el espíritu de movilidad. Para los desocupados (en realidad para cualquiera) las grandes ciudades y sus obligaciones económicas hacen la vida impagable. Yo me las arreglo como puedo y a veces no llego a fin de mes. Pero entre una cosa y otra consigo lo necesario para tener el estómago satisfecho sin sacrificar un ápice mi juramento de no volver a poner un pie en la oficina. Tal vez lo mejor sería mudarme al campo, como hizo Wilcock que se había retirado “a una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros”, como escribe Ruggero Guarini en la introducción a la La sinagoga de los iconoclastas (título extravagante si los hay, casi tanto como El estereoscopio de los solitarios, del mismo Wilcock, espíritu libre y alucinado). “Creo que en su guardarropa —dice Guarini— sólo hay dos viejas chaquetas, tres o cuatro camisas desgastadas, algún pullover agujereado y unos cuantos pantalones de pana: todo ello ropa comprada en mercados de segunda mano. Además del teléfono, sus grandes lujos son un viejo Volkswagen y una buena radio para escuchar, cuando lo dan y tiene ganas, un lied de Hugo Wolf o un cuarteto de Anton Webern. Pero tampoco él trabaja: escribe poemas y cuentos, pergeña algún artículo para la prensa, traduce dramas elisabethianos y, echado en un diván, lee y relee a Joyce y Wittgenstein”. ¿Se necesita algo más para vivir? Definitivamente, yo debería algún día quemar las naves y huir a una casa de campo en un pueblo alejado como Wilcock, ya que seguramente nunca me atreveré a vivir en medio del bosque como Thoreau. O quizá deba partir hacia ciudades menos densas, con el tiempo menos parcelario, donde no sea preciso ser malabarista de la vida cotidiana y actuar en varias pistas a la vez. Como hago aquí, incluso mientras vago por los márgenes y trato de escapar a la violencia del trabajo.

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Me jacto de un solo privilegio: levantarme de la cama a la hora que me da la gana.

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Me pregunto por qué sigo viviendo en esta ciudad inmunda. Tal vez porque me gusta jugar a las estatuas de marfil en medio del tumulto, como aquellos hombres afantasmados e inmóviles de Calcuta; he descubierto un extraño placer en desertar en pleno movimiento y a la vista de todos, detenerme de pronto y sin aviso en las calles más pobladas o en las conexiones del metro durante la hora pico, simplemente para mirar a mi alrededor. Con el placer del explorador que descubre algo, me entusiasma ponerle pausa a la cinta del mundo y contemplar detenidamente los gestos de las personas que se tropiezan conmigo, hasta discernir alguna mueca humana entre la masa. Luego la sigo por tiempo indefinido, dejándome llevar de un lado a otro. De pronto me siento en plena aventura, andando por un terreno peligroso, en mi calidad de espía, a la espera del acontecimiento (aunque nunca pase nada y en realidad deambule hacia el centro vacío del ser). Me siento como aquel hombre del célebre relato de Edgar Allan Poe, el hombre que, tras mirar a la extraordinaria concurrencia de peatones desde la ventana de un café londinense, decidió perderse en la multitud para seguir a un hombre que no iba a ninguna parte, un hombre anónimo que era la encarnación del “espíritu de las tinieblas”. Tal vez sigo en la ciudad porque me gusta la idea de perderme entre la multitud como a Baudelaire, que había encontrado en el relato de Poe su propio destino vagabundo, aunque aquí la flânerie sea una cursilería improbable o, por lo menos, una experiencia extrema, sobre todo para las mujeres; aquí en esta selva llena de acosos, un universo dominado por el miedo y la inseguridad, donde nadie sabe quién es quién y sospechamos, como Poe hace más de un siglo, que detrás de cada rostro perdido en el torbellino humano puede esconderse “el genio del crimen tenebroso y profundo”.

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El ocio es un exilio voluntario, el viaje hacia la habitación donde cada individuo puede volver a ser él mismo.

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Otros escritores que han dado la espalda a la vida urbana o eligieron, en algún momento de su vida, pequeños poblados para escribir, cada vez más lejos de la vida pública: Michel de Montaigne, Ernst Jünger, Julien Gracq, Pascal Quignard. Uno muy radical en su aislamiento fue Robert Graves, quien de tanto estudiar la cultura clásica, una cultura que propendía al ocio como máximo ideal y tenía más de cien días de fiesta al año, seguramente terminó por odiar la idea de servidumbre que hay en el trabajo. En 1932, se marchó de Inglaterra y construyó una casa en Deiá, Mallorca, rodeada de olivos, algarrobos y almendros. La llamó Ca N’Alluny, es decir, “la casa lejana”, y ahí se retiró en repudio a la vida británica y para hacerse preguntas sobre los orígenes mágicos de la poesía. En La Diosa Blanca, un libro extraño y provocador donde responde precisamente a esas ideas, escribió: “Digan, si quieren, que soy la zorra que ha perdido el rabo; no soy sirviente de nadie y he decidido vivir en las afueras de una aldea montañosa de Mallorca, donde la vida se rige todavía por el viejo ciclo agrícola. Sin mi rabo, o sea sin mi contacto con la civilización urbana, todo lo que escribo tiene que ser leído perversa o impertinentemente por aquellos de ustedes que están todavía engranados a la maquinaria industrial, ya sea directamente, en calidad de obreros, administradores, comerciantes o anunciantes, o ya sea indirectamente, en calidad de funcionarios públicos, editores, periodistas, maestros de escuela o empleados de una corporación de radiotelefonía. Si son poetas, se darán cuenta de que la aceptación de mi tesis histórica les compromete a una confesión de deslealtad que estarán poco dispuestos a hacer; eligieron sus tareas porque prometían proporcionarles un ingreso y tiempo para prestar a la Diosa que adoran, un valioso servicio de media jornada. Preguntarán quién soy yo para advertirles que ella exige un servicio de jornada completa o ninguno absolutamente. ¿Y acaso les sugiero que renuncien a sus tareas y, por falta de capital suficiente, se establezcan como pequeños arrendatarios o se conviertan en pastores románticos —como hizo Don Quijote cuando no pudo ponerse de acuerdo con el mundo moderno— en remotas granjas mecanizadas? No, mi falta de rabo me impide hacer cualquier sugerencia práctica. Sólo me atrevo a hacer una exposición histórica del problema; no me interesa cómo se las arreglan con la Diosa. Ni siquiera sé si son serios en su profesión poética”.

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Me pregunto con frecuencia por la situación de todos esos escritores demasiado ocupados que ya no tienen tiempo para escribir, y no sólo por exceso de trabajo, sino por exceso de notoriedad. (A veces me pregunto por mi propia situación.) Entrevistas, presentaciones, programas de radio y TV, viajes, autógrafos, firma de contratos, firma de renovación de contratos… Es como si la fiebre productiva hubiera finalmente infestado el trabajo intelectual, ese que algunos consideran ocioso, y se hubiera logrado ¡al fin! poner a bregar a toda esa gente que sólo lee y escribe, y encima le gusta la bebida.

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No se llamarán más “negros literarios”, sino “chinos literarios”. (Distinto nombre, mismo sistema de explotación.)

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Si le vin t’empeche de travailler, supprime le travail” (cartel encontrado afuera de un bar parisino, Chez Robert, durante una animada caminata etílica).

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Tal vez Graves tenía razón, la escritura no soporta el servicio de media jornada. Se escribe a todas horas del día, decía Marguerite Duras, dentro o fuera de la casa, bajo cualquier luz, en cualquier circunstancia. “No hagas ninguna otra cosa en la vida que no sea eso: escribir”, le sugería Raymond Queneau a Duras, y ella le hizo caso de manera radical, escribió todos los días de su vida, incluso cuando no escribía, en profunda soledad. Escribió en su casa lejana en Trouville, pero también en su apartamento de París; en las habitaciones de hotel no escribía, bebía whiskey. Sobre eso, sobre el oscuro e incierto camino de la escritura, sobre la soledad radical y el whiskey, sobre sus retiros en la casa de campo, habla Duras en Écrire, una especie de cartografía de la casa remota de la escritura.

Escribir. Eso o nada.

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¿Contra qué luchamos los ociosos? Contra la privatización del tiempo.

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Releo los diarios íntimos de Renard, Ribeyro, Gombrowicz y me sorprende la densidad de sus frases eléctricas, la lucidez descarnada con la que discutían consigo mismos. En cambio nosotros, que escribimos todo en público (blogs, twitter, facebook), no sólo hemos perdido el pudor, sino esa escritura: la escritura de la intimidad.

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Las librerías como puntos de venta; los autores como marcas registradas; el editor como jefe de producto. He aquí un lenguaje que agoniza para dar paso a otro, y con él toda una idea de la escritura y del libro tal y como los había conocido hasta ahora. Se trata del arribo de una literatura de libre mercado, la literatura de la supervivencia, cuyo imperativo es competir o perecer.

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No, señor, mi patrón no es el lector.

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El escritor convertido en fábrica de novedades, un obrero sometido a las presiones de la sobreproducción, hasta que el desgaste se vuelve nota periodística: “En conferencia de prensa el escritor chileno, Premio Cervantes y Premio de las Américas, Jorge Edwards admitió que hoy la profesión de escritor le genera un fuerte estrés y una gran presión por parte de la industria editorial y se lamentó del ‘pobre que quiera ganar el premio Planeta’ de novela, por las exigencias mediáticas que implica y las pocas virtudes literarias que imperan…”.

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Es extraño (es idiota) cómo se esfuerza todo el mundo editorial en estos días, cómo trabaja hasta el embrutecimiento, para aumentar sus ventas y conseguir lectores, esos pobres seres que están tan ocupados como los propios gerentes de las multinacionales de la edición, tan ocupados y sin tiempo para leer.

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¿Es la escritura un trabajo?

¿A quién sirve el escritor? ¿A sí mismo? ¿A sus editores? ¿A la posteridad? ¿Al arte? ¿Al pueblo? ¿A sus amantes? ¿A sus acreedores? ¿A nadie? ¿Al lenguaje?

¿Debe el escritor ser la zorra que ha perdido el rabo (un exiliado, un outsider que vive a la intemperie, como decía Gombrowicz) o, más bien, un profesional reintegrado a la sociedad, un asalariado que fabrica y cobra por cuartilla? ¿Un becario?

¿Cómo se gana hoy el sustento un escritor? ¿Lava piscinas, atiende un bar, cobra cheques del Estado? ¿Las becas y los premios domestican la escritura? ¿La academia momifica o revive al escritor? ¿Y el trabajo editorial? ¿Y el periodismo? ¿Es posible la autonomía radical del escritor en tiempos de penuria para la subversión?

¿Los negros literarios deberían sindicalizarse?

¿Puede un escritor declararse en huelga? ¿Cuáles serían sus motivaciones? ¿La exigencia de un alza en el valor del lenguaje? ¿Una disminución en los trabajos imbéciles que le impone la construcción de su imagen? ¿Una toma de distancia frente a la tiranía del público?

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Como sólo tengo dudas, escribiré un ensayo: “La jornada de la escritora”.

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En las circunstancias actuales, la desocupación voluntaria es extraordinariamente difícil, una epopeya cotidiana de la que salgo, sin embargo, mucho menos disminuida que de una jornada de trabajo desmoralizador. Yo la he convertido en mi disidencia doméstica, una microrresistencia que empieza en el círculo más próximo y se contagia hasta crear una cofradía de la lentitud y el barullo.

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Si alguien observara durante varias horas al jugador de billar sin saber qué hace, pensaría que trabaja. ¡Tanto tiempo, tanta concentración, tanto empeño! Pero al verlo festejar y sonreír frente a una carambola, cambiaría de parecer. No: este hombre feliz no puede ser un empleado.

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“El trabajo piensa, la pereza sueña.” (Jules Renard)

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Este mediodía escribí una hoja volante que he reproducido en fotocopias y he deslizado por debajo de la puerta de mis vecinos. A la letra dice:

“Señor, señora, joven repartidor de pizzas, estimado gerente de producción, admirable vendedora de McDonalds: la desocupación voluntaria es la forma en que la vida vuelve a la vida. Se los digo yo que hace un año renuncié a mi empleo, en pleno ascenso laboral y ante la mirada incrédula de mis colegas: no conocerán ustedes bonificación más perdurable ni recompensa más inmediata que dejar de ser extraños de sí mismos. Sólo así, dispondrán de inmediato de su propia vida con el mismo vigor con que la depositan diariamente en su cuenta bancaria. Señor, señora: el trabajo sólo puede ser redituable si se ha elegido por vocación, si en él se multiplica la expresión de nuestra verdadera personalidad. (Y aun así no es necesario dedicarle todo el día.) Piénselo bien: convertirse en extraño de uno mismo no es una cuenta pendiente que pueda esperar hasta la jubilación. Entonces usted ya no recordará cuáles eran sus aspiraciones originales, ni podrá disponer como ahora de sus cualidades más notorias: el tiempo, la curiosidad, el entusiasmo vital. Para entonces, habrá cruzado la línea de sombra de los sesenta años y sólo le quedará revisar cada mañana su pequeña boleta de retiro. Sabemos que la invitación al ocio será juzgada por los patronos como una invitación al desahucio. Pero la vida misma es un salto al vacío sobre el que siempre intentamos construir falsas redes de contención”.

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Por la tarde pasé varias horas echada en la cama pensando cómo me convertí en una ociosa. Porque no siempre fui ociosa. De hecho ha sido el exceso de trabajo el que me ha vuelto así. En un tiempo fui trabajadora, demasiado trabajadora. Digamos que en mi juventud me desfondé. Llegué tan lejos en mi afición por el estudio y el trabajo que ya sólo me quedaba descansar. Era imposible rebasarme. Eso debe venirme de mis padres, que han trabajado mucho, como todos los padres de la clase media. Mi madre ha sido editora, especialista en derechos de autor, y hubo una época en la que trabajaba más de diez horas diarias. Le apasionaba su trabajo. Lo padecía. Cuando yo tenía dieciséis años, para platicar con ella, tenía que visitarla en su oficina, donde había siempre una extraordinaria actividad. Ahí, mirando, aprendí muchas cosas. En aquella época yo quería ser editora (y escritora y cineasta y experta en neurobiología). Quería hacerlo todo, saberlo todo, leer todos los libros posibles, conocer el mundo. Padecía una violenta voracidad. Pero no comía. Era muy delgada y pasaba las horas leyendo, estudiando y hablando de naderías. Bueno, con mi padre hablaba de libros. Él era un lector, es decir, un ocioso. Pero vivía enjaulado en una oficina que siempre, hasta la fecha, detestó. Mi padre es empleado de la empresa estatal más grande del país, donde todos checan tarjeta temprano, pero casi nadie trabaja. Son como aquellos “estancistas” del cuento “El Taller del Ocio” de Macedonio Fernández, personajes que buscaban perfeccionarse en el arte del No-Hacer y encontraron en la redacción de memorias e informes el ingrediente primario de la laboriosidad inútil y el “precioso vivir del burocratismo”. Mi padre me contó la historia de Mr. Carrot, un pelirrojo atarantado cuya única labor consitía en pasar legajos de un escritorio a otro, todos los días de su vida. Alguien gritaba: “¡Mr. Carrot!”, y él se sobresaltaba y corría para trasladar unos papeles al escritorio de enfrente. Se trataba de un personaje que dejaba entrever algo cómico y, a la vez, terrible. Los burócratas saben ingeniárselas para No-Hacer. Salvo mi padre. Siempre hay alguien que hace el trabajo de los demás.

Tanto sufrimiento debió advertirme a tiempo sobre la amenaza del cautiverio. Pero durante las vacaciones de verano, mientras mis amigas viajaban a Los Ángeles, pedí trabajo en un taller de edición; quería aprender el oficio. Recuerdo una imagen: la media luz de un galerón improvisado donde decenas de hombres y mujeres, sentados frente a frente como en un interrogatorio, leían pliegos amarillentos en voz alta, mientras hacían anotaciones en los márgenes con un lápiz. Eran los apuntadores y revisores de galeras, tan diligentes y mal pagados, que han pasado a mejor vida. Cuando leían, se movían hacia adelante y hacia atrás como si estuvieran borrachos o leyendo la Torá. Aquel oratorio tenía algo de rezo, un himno secreto que venía de muy lejos, de las celdas de los monjes medievales o de los pequeños talleres de impresión de tipos móviles, donde la relación con el libro era todavía artesanal. Se respiraba una atmósfera densa, de templo y mazmorra a la vez. De concentración y martirio. Aquel mundo —o submundo— que se entregaba a la producción de libros de forma casera estaba a punto de desaparecer. El galerón de los lectores anónimos anunciaba ya cierta masificación, la proximidad del trabajo editorial despersonalizado. Sin embargo, aquél era todavía un taller de dimensiones humanas y algunos correctores podían seguir el proceso de un libro desde la llegada del manuscrito hasta su impresión, sin perderse en los infinitos recovecos de la cadena editorial. Otros, menos afortunados, leían fragmentos de obras de las que no sabían ni entendían casi nada. Luego checaban tarjeta y volvían a su casa, vacíos.

Como yo sabía inglés (estudiaba en una de esas prestigiosas escuelas bilingües que eran el estandarte de la clase media con aspiraciones de ascenso), dejé rápidamente el coro de los atendedores y pasé al cuartito de cotejo. Mi labor consistía en revisar que los párrafos de las traducciones coincidieran con el original, pues era común encontrar algunos saltos o lagunas (párrafos olvidados por el traductor) que, llegado el caso, debían ser traducidos por mí. Era un trabajo inclemente, que podía embotar a cualquiera, pero por alguna razón me gustaba. En el fondo, me sentía como una guardiana invisible, llamada a salvar la biblioteca no sólo de las erratas, sino de los anacolutos y la traición de los traductores. Tenía dieciséis años, estaba en pleno despertar sexual, trabajaba cinco horas diarias y estudiaba otras tantas. ¡Y nadie me obligaba a ello! Tal vez así podía ayudar a la economía familiar, siempre amenazada por las  crisis del país. Me sentía feliz, aunque en el fondo aquella felicidad era un poco tétrica.

“No cabe la menor duda de que la gente debe ser bastante holgazana en la juventud”, escribió Stevenson en “Apología del ocio”, un ensayo que leí demasiado tarde. Sin embargo, esa fue la primera lectura que le dejé a mis alumnos adolescentes cuando más tarde di clases en una prepa. No deseaba que se convirtieran en aquello para lo que estaban pre diseñados: mano de obra eficiente, ejecutivos sin tiempo para leer. Tampoco quería que fueran estudiantes demasiado preocupados por los números huecos de las calificaciones, como lo estuve yo, alumna de dieces. Tuve notas tan sobresalientes en el colegio que mi padre siempre pensó que me doctoraría en Harvard. La verdad es que ni siquiera terminé la licenciatura. Un día a la mitad de una frase (iba en la página 146) decidí abandonar mi tesis. Se trataba de una larga excursión a través de la narrativa mexicana reciente (primer error) escrita sobre la ciudad (segundo error), un territorio desbordado que la teoría posmoderna había vuelto intransitable. Pensé: “¿Cómo escribir sobre una ciudad de la que sólo conozco la bibliografía?”. Me dediqué a caminar, me hacía falta calle. Por aquel entonces tuve un novio que estudiaba filosofía, preparaba una tesis sobre Leibniz y fumaba mariguana desde las ocho de la mañana. Con él aprendí a perder el tiempo. Quiero decir: a hacer, como dice Stevenson, todo eso que a la gente decente le parece amenazante y escandaloso. Pasábamos días enteros hablando de libros, vagando por las colonias más recónditas o haciendo el amor. Tomé un curso de fotografía analógica y me compré una Canon AE-1. Podía pasar tres o cuatro horas en el cuarto oscuro, donde la realidad parecía tener más brillo que en el exterior. Buscaba la soledad y alejarme de los prejuicios más recalcitrantes de mi formación pequeño burguesa. Aquello duró unos dos años. ¡Dos años! Un día mis padres comenzaron a preocuparse, a pesar de ser personas sensibles, cercanas al libro y nada autoritarias. Pero, ¿qué pensaba hacer con mi vida? De pronto decidí tomar un desvío drástico en mi camino: dejaría la academia, me convertiría en escritora. La traición de las expectativas como mi primera sublevación. Pero tenía cierta dificultad para encontrar algo a qué asirme. Entre un libro y otro, di finalmente con mi estrella polar: un hatajo de vividores y réprobos que iban de Diógenes a Vaneigem, pasando por Villon, Baudelaire, Hugo Ball, Miller, Walser. Se trataba de escritores nómadas que habían decidido andar sin rumbo fijo, callejeando lejos de casa en busca de un pensamiento propio. Aquella reunión imaginaria de dropouts, que a veces se quedaba sin comer o dormía en buhardillas inmundas y parques públicos, había emprendido un camino distinto para esculpir su existencia. No intentaban agradar a nadie, habían renunciado a la fama y las convenciones sociales, eran la encarnación de la singularidad o el descontento. Si algo deseaban, era tan sólo ir en contra de la ley general del conformismo y vivir según sus principios, a espaldas de un mundo cada vez más indigente, un mundo vaciado progresivamente de sentido.

En aquella época daba clases de literatura en un colegio privado fundado por españoles republicanos en el exilio. Tenía libertad de cátedra y me dediqué a desobedecer el programa oficial de la unam sistemáticamente. Mis alumnos leyeron ahí libros de autores contemporáneos con una pasión inusitada. La recuerdo como una época gloriosa en la que me empeñé en descarriar a tantos adolescentes como me fuera posible, es decir, en recuperar su espíritu indócil, independiente, inquisitivo y de franca sospecha frente a las certidumbres más pusilánimes de los adultos. Algunos de esos alumnos se dedican ahora a la filosofía, la edición, el cine o la literatura. ¿Habré hecho mal? En cualquier caso, creo que ahí encontré mi verdadera vocación, la de dar clases en los márgenes de la escuela, es decir, en el patio del recreo. Algo más parecido al jardín epicúreo que a la academia platónica. Qué feliz he sido ahí. Y ya sabemos que eso (sentirse un poco feliz durante cinco minutos) no es un gatillo fácil. Aquella fue también una época en que tuve mucho tiempo para escribir. Dinero casi no tenía, pero eso era lo de menos. Yo me abandonaba a la fuerza esencialmente devastadora de la literatura y comer me interesaba poco. Mi novela de cabecera era, por supuesto: Hambre, de Knut Hamsun. Como el protagonista, yo también sufría porque no tenía dinero para comer. Y deambulaba por la ciudad con el estómago vacío. Creía que vivir así era parte de mi proceso de aprendizaje. Las comidas frugales con las que me contentaba, el minúsculo departamento en el que habitaba, no me hacían añorar los aspectos más cómodos de mi vida anterior. En los momentos de miseria (una miseria nada literaria ni metafórica ni romántica, sino cruda y real) acudía a casa de mi madre que me prestaba dinero para comprar más libros o me daba de comer. Hasta que la situación se volvió insostenible. Necesitaba trabajar. La búsqueda de empleo me sumió en zozobras intolerables. Mandaba solicitudes. Acudía a entrevistas. Bla bla bla. Que me rechazaran no era el verdadero problema. A lo que temía realmente era a ser aceptada en aquellos lugares monótonos donde la cultura se consumía hasta las cenizas. Lo irremediable sucedió y firmé mi primer contrato y en poco tiempo me convertí en un ser monstruoso. Algo parecido a una babuina tras las rejas.

Sin embargo, una tarde un par de años después, perdí mi celular y dejé de contestar el teléfono. Me volví inencontrable. Ahí comenzó mi primera conversión. Con eso había ganado un poco de tiempo, dos horas al día, por lo menos. Luego dejé de asistir a presentaciones de libros o inauguraciones de arte (los libros podía leerlos cuando quisiera y los museos abren también los domingos); por lo menos seis horas recuperadas de mis quincenas. Finalmente renuncié a los trabajos alimentarios, forzados e inútiles, y reconquisté ocho horas diarias de mi vida mental que es como haberme ganado el paraíso.

Y bien, aquí estoy. Punto final de mi autobiografía vagabunda.

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“Sin dinero y con todo el día, es decir, con toda la vida, a mi disposición” (Roberto Bolaño).

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Sobre la fecundidad literal del ocio. Después de una larga introspección he pasado de un invierno a otro. ¿Qué ha sucedido? He estado ocupada como nunca, meses y meses sin dormir. Tengan cuidado con el ocio, si se distraen un poco se pondrán a crear… Yo he ido más lejos: he procreado y estoy de vuelta con un hijo… Me ha sorprendido que en menos de seis meses el bebé mostrara su natural disposición al No-Hacer y desarrollara eso que ya he llamado “la tonsura de la pereza”, una calvita magnífica que no se encuentra fácilmente entre sus contemporáneos. ¡Pero cuánto hay que hacer para que el nene duerma tranquilo! Lo mejor viene ahora que ya empieza a jugar. Así nadie se aburre, nos divertimos juntos. Esto me hace recordar aquel epígrafe que usa Stevenson en su “Apología del ocio”:

 

Boswell: Cuando no hacemos nada nos aburrimos.

Johnson: Eso es porque como los demás están ocupados nos falta compañía. Pero si

tampoco ellos hicieran nada, no nos aburriríamos, nos divertiríamos unos a los otros.

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Nadie juega por encargo o mandato y, si lo hace, no juega: cumple un deber. Eso es el trabajo, la anulación del juego. Pienso así mientras releo el Homo ludens de Joseph Huizinga, el filósofo holandés que recuperó, en las primeras décadas del siglo pasado, la importancia del juego en la cultura, no sólo como forma de socialización, sino como forma de libertad. “El juego es distinto a la vida corriente, a la vida propiamente dicha, porque crea su propia esfera temporal”. Pero aunque se sitúe momentáneamente fuera de la existencia controlada por el reloj, aunque se encuentre al margen de la normalidad, el juego puede absorber los rasgos de esa realidad y recrearlos y hacerlos incluso más vívidos. En eso se parecen el juego y la escritura. Ambos son representaciones del mundo y al mismo tiempo crean un mundo aparte, donde se suspende provisionalmente la vida ordinaria, donde se juega a “ser otro” y las horas transcurren de un modo distinto. El encanto del juego, dice Huizinga, radica en esa fuga de la realidad habitual, en su carácter extraordinario. Lo mismo sucede con las horas entregadas a la lectura o la escritura, momentos de excepción, paréntesis inmóviles en el ruido de fondo.

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¿Qué sería lo contrario del trabajo? La pasión por una actividad elegida libremente y no por razones exclusivamente alimentarias o asociadas al prestigio social. Una actividad desinteresada, electrizante y absorta, donde no existiera la conciencia del tiempo, como sucede a menudo en el juego. Esa experiencia es posible encontrarla aún entre los escritores, los filósofos, los hombres de ciencia, los artistas y los pocos privilegiados que han tenido la posibilidad de organizar su trabajo según sus propias intenciones, lejos de los horarios establecidos y sin la tajante división de la existencia en empleo y ocio. En una actividad así, el trabajo no es un cautiverio, sino tiempo libremente vivido.

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He visto muchas veces el drama de los niños cuando sus padres los obligan a interrumpir la construcción de una nave imaginaria en el parque. Se acabó el juego, es hora de volver a casa. ¿Y quién es el aguafiestas? El reloj, por supuesto, el policía del tiempo. Ese tipo de dolor lo he sentido muchas veces, cuando fui niña y ahora, ya en mi vida adulta, cuando alguna tarea externa me obliga a interrumpir la escritura. Por eso no contesto el teléfono ni el interfón ni la puerta: cuando escribo no hago negocios con el mundo. También los niños le cierran la puerta a los intrusos.

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El juego es sobre todo una actividad libre, dice Huizinga, lo mismo que la escritura, pienso yo. Escribo porque encuentro placer en hacerlo, incluso en los momentos en los que me siento incompetente, disminuida, imbécil (me sucede de vez en cuando), y en eso consiste precisamente mi libertad.

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¿En qué trabajo estos días? Hago esfuerzos extraordinarios para no dejarme tiranizar por el estilo (o la degradación del lenguaje por la técnica). Roland Barthes ha escrito que el lenguaje es el patrón del escritor, el lenguaje es fascista. Y no hay escapatoria. O sí: la ineficiencia lingüística, la suspensión del sentido, el juego, la digresión anarquizante, la neologización enloquecida, la destrucción de la gramática. O la huelga del escritor. Nada, ni una línea. Ni una palabra…

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Simpre encuentro algún tipo de resistencia, de malestar, cuando tengo que leer un libro por encargo, para escribir una reseña o hacer una presentación. Por eso he decidido no aceptar ninguna de esas propuestas, aunque le parezca odiosa a otros escritores, salvo si encuentro en ellas algún interés personal, para hacer de la experiencia un tiempo auténticamente vivido.

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Lo mejor de tener un hijo es la repentina recuperación de la infancia. Todo un mundo, que creíamos desaparecido, vuelve cargado de una vitalidad levemente nostálgica que no quisiéramos perder jamás.

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Ya es septiembre en este diario sin fechas donde no pasa el tiempo.

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“¡Pero hay que ganarse la vida!”, repiten los notarios y las gerentes cada vez que alguien adopta una pose medio irónica y holgazana. Al ocioso, siempre atento a las triquiñuelas del lenguaje, le parece extraño que alguien tenga que ganarse la vida, pues la vida le ha sido ya dada al nacer. ¿Para qué malgastarla entonces en jornadas inhumanas? Lo dijo Lafargue, hace más de un siglo: hasta que los trabajadores dejen de procurar con tanto ímpetu su propia prisión, sin secundar los discursos más demagógicos de la izquierda, la derecha, el centro, la centro izquierda, los conservadores y los neoliberales (nada como la defensa del pleno empleo y el delirio persistente del crecimiento económico para derribar las diferencias partidarias), las condiciones nefastas del mundo no cambiarán.

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En 2006, fue aprobada en Francia la reforma laboral que ponía en marcha “el contrato del primer empleo”, un periodo de prueba de dos años para alumnos universitarios o recién titulados, con bajos salarios y despido libre. Los estudiantes y trabajadores protestaron por toda Francia; no deseaban ser explotados con el descaro de la magnanimidad. Dos años después, la Unión Europea acordó ampliar los límites de la jornada laboral para que un empleado pudiera trabajar “hasta un máximo de sesenta y cinco horas semanales”, si así lo acordaba con el empresario. Esta es la jornada laboral más larga desde 1870 y devuelve al mundo a los primeros tiempos de la Revolución Industrial cuando la jornada se extendía entre sesenta y cinco y setenta horas semanales. “¿Qué será lo próximo? —se pregunta una obrera francesa que actualmente trabaja más de cuarenta y ocho horas legales—, ¿rebajar la edad mínima para trabajar a los siete años?, ¿suprimir el fin de semana de dos días?, ¿reinstaurar el derecho de pernada?”.

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No hay que humanizar el trabajo. Hay que desaparecerlo. Sólo entonces podremos volver a él razonablemente, no más de cuatro horas al día.

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Sigo aquí en mis vacaciones permanentes, sin padecer la división entre lunes y domingo, como hacía Séneca que “procuraba celebrar todo el año el mes de las saturnales”, es decir, regir su vida diaria por el júbilo de la fiesta en lugar de someterse a los imperativos del deber. Las saturnales no eran cualquier celebración, sino la fiesta cumbre de la Antigüedad, también llamada la “fiesta de los esclavos”: unas vacaciones auténticas hechas de tiempo liberado, un carnaval en el que todas las jerarquías sufrían un vuelco radical. Celebradas durante el solsticio de invierno, el periodo más oscuro del año seguido de un nuevo periodo de luz, estas fiestas de carácter dionisíaco estaban llenas de subversiones permitidas: los esclavos no sólo recuperaban su libertad, sino que ocupaban el lugar de sus amos y se hacían servir por sus patrones. Los hombres de la Antigüedad y la Edad Media sabían abrazar la fiesta y el juego sin temor, arrojándose a sus potencias liberadoras, porque despreciaban el trabajo y supieron, como no sabe nuestra era de hombres cansados, celebrar verdaderos rituales colectivos para crear zonas temporalmente autónomas, como las que Hakim Bey nos llama a restituir en su nueva geografía del anarquismo ontológico, banquetes y bacanales donde toda estructura queda disuelta en la horizontalidad de la mesa y la profusión de la comilona. El espíritu de las saturnales, la inversión de los valores, sobrevivió en otras tantas ceremonias públicas del medievo como la Fiesta del Asno o la Fiesta de los Locos, a las que se refiere Fulcanelli con entusiasmo, casi se diría con envidia, en El misterio de las catedrales. Se trataba de una “kermesse hermética procesional, que salía de la iglesia con su Papa, sus dignatarios, sus devotos y su pueblo —el pueblo de la Edad Media, ruidoso, travieso, bufón, desbordante de vitalidad, de entusiasmo y de ardor—, y recorría la ciudad [...]. Sátira de un clero ignorante, sometido a la autoridad de la Ciencia disfrazada, aplastado bajo el peso de una indiscutible superioridad. ¡Ah Fiesta de los Locos con su carro del Triunfo de Baco, tirado por un centauro macho y un centauro hembra, desnudos como el propio dios, acompañado del gran Pan; carnaval obsceno que tomaba posesión de las naves ojivales! Ninfas y náyades saliendo del baño; divinidades del Olimpo, sin nubes y sin enaguas: Juno, Diana, Venus y Latona, dándose cita en la catedral para oír misa! ¡Y qué misa! Compuesta por el iniciado Pierre de Corbeil, arzobispo de Sens, según un ritual pagano, y en que las ovejas de 1220 lanzaban el grito de gozo de las bacanales: ¡Evohé! ¡Evohé!, y los hombres del coro respondían, delirantes: Haec est clara dies clararum clara dierum! Haec est festa dies festarum festa dierum! (¡Este día es célebre entre los días célebres! ¡Este día es de fiesta entre los días de fiesta!)”.

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Promulguemos el Día Internacional de los Trances Locuaces, todo el año.

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Jubilar: relevar del trabajo. Del latín jubilare (alegrarse o regocijarse), que a su vez se origina en el griego iôbêlaios y en el hebreo yôbel, un sonido agudo y prolongado, de cuerno, con el que se anunciaba el inicio del año del jubileo entre los antiguos israelitas. Durante ese año —que se festejaba cada medio siglo— nadie sembraba ni cosechaba, los esclavos y prisioneros recuperaban su libertad, las deudas eran canceladas y todas las propiedades que habían sido vendidas hasta ese momento retornaban a sus antiguos dueños.

La pregunta es: si distribuyéramos mejor la abundancia que se concentra en un porcentaje obscenamente pequeño de la población mundial, ¿no podríamos rescatar esa fiesta pública y darnos todos los ciudadanos del mundo un año de ocio cada cinco o seis, como hacen los académicos con su sabático?

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En mis vacaciones permanentes me he liberado del fin de semana y la obligación sagrada de descansar. Me siento mejor así, lejos de los pesados preparativos de la temporada vacacional y los viajes de terror hacia las playas sudorosas. ¿Levantarse a las cinco de la mañana para no perder el avión? ¿Madrugar de nuevo para alcanzar la travesía en lancha detrás de unas tortugas que huyen despavoridas? A eso le llamo el aburrimiento programado: camping, surfing, snorkeling, jogging, rappel, avistamiento de delfines… Los turistas simulan que descansan, simulan que descubren, simulan que están en medio de una aventura, pero la aventura está controlada y las vacaciones van siendo devoradas de a poco en el agobio de su propia aniquilación.

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Aunque muchos vean en las vacaciones una conquista laboral, en el fondo no son más que una compensación mediocre. Siempre demasiado cortas y acompañadas por la sombra del trabajo, casi nunca sirven de reposo auténtico, sobre todo si al regresar a la oficina, los pendientes se han acumulado por partida doble. ¿Y por qué los vacacionistas no pueden permanecer en posición horizontal? Hace poco me horroricé ante el espectáculo de un grupo de señoras que hacían coreografías colectivas en la alberca al ritmo de un animador (un buen hombre que también desea ganarse el pan con el sudor veraniego de su frente y cree, como los puritanos del siglo xvi, que ni siquiera en el paraíso se puede estar sin una ocupación). Parecían ballenas.

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“Los niños se moverán en la playa como una plaga. Sus actividades no darán tregua. Desplegarán una irritante gama de rituales; buscarán moluscos, construirán castillos, se ‘harán milanesa’, arrojándose mojados en la arena seca, se cubrirán de arena hasta la cabeza, ensayarán juegos nuevos, inauditos y exasperantes. Por su parte, los perros, invariablemente, molestarán. Sufrirán, invadirán terreno ajeno, aborrecerán el agua, se moverán en exceso y establecerán continuos conflictos. La situación de las vacaciones, la alegría del descanso y el ocio, les será misteriosa y ajena.” (Balnearios, Mariano Llinás)

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El ocio contemporáneo se ha convertido en negocio, es decir, en la negación de sí mismo. “Ahora trabajamos también en nuestras horas de descanso y ponemos a trabajar a miles de nuevos amos y servidores. Hay que alimentar a la televisión, las agencias de viajes, los hoteles, los restaurantes, las aerolíneas” (Félix de Azúa). De ese modo la industria del ocio, en realidad, industria del entretenimiento, ha sido diseñada para reproducir las reglas del trabajo dentro del llamado “tiempo libre”, un tiempo que para producir dividendos ha de mantenerse siempre activo. Y una vez que se han convertido en mercancía, las actividades más gozosas, o que habíamos elegido libremente, se transforman en su opuesto: en tareas impuestas o forzadas, más enajenantes y estúpidas incluso que el trabajo mismo.

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Las vacaciones como suplicio o la podredumbre del placer. Largas filas para comprar boletos de camión, aglomeraciones en los baños, la tarjeta de crédito sobregirada, los nervios destemplados, las parejas riñendo. Vamos entusiasmados a los balnearios (sitios infinitamente remotos, incómodos, masivos, donde nuestro deber es pasarla bien) y al llegar sufrimos una especie de decepción. ¿De qué se trata? Apenas hemos dejado las maletas en la habitación del hotel y ya estamos extenuados, escurriendo sudor. ¿No será que el veraneante encuentra siempre una infinidad de pequeñas ocupaciones sólo para rehuir ese vago malestar? ¿O será, como dice el cineasta argentino Mariano Llinás en su magnífico (y desopilante) documental sobre los balnearios, que entre nosotros los occidentales modernos es imposible hacer nada?

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Según Marx, “solamente se puede considerar tiempo libre aquel que permite el desarrollo de las cualidades humanas”. Por eso no deberíamos dejar que las agencias de viajes y los animadores de la piscina se hagan cargo de nuestro ocio, pues lo han convertido en una prolongación del yugo, con-todo-incluido, menos pasión individual.

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La lentitud será el ritmo del futuro o no será.

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Igual que le pasó a Oblomov cuando recibió las cartas perentorias del casero, esta mañana he sentido ese tipo de temblor que precede a los grandes derrumbes. Algún día tendré que volver a trabajar. Pero no lo haré con horarios ni jefes ni grillas ni oficinas. Lo juro. Lo juro. Tal vez fundaré mi propia editorial, una editorial que difunda “el derecho universal a la pereza”, una editorial que sea ella misma como una tumbona situada en medio de la ciudad. Tumbona Ediciones.

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Percibo en mi forma de escribir un anacronismo, un estar fuera de tiempo y de lugar, un retardo. Construyo ese destiempo como rechazo de la inmediatez, como traición a la época.

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He perdido la mañana haciendo trámites, ladrones de mi tiempo. Mientras hacía fila, pensé: “Un hombre con vocación de burócrata es un monstruo: un carcelero encarcelado, un desvío de la naturaleza. Viviendo siempre entre legajos enfangados o llenos de polvo, su rostro es un recordatorio de nuestra propia mortalidad. Si del polvo venimos y al polvo volveremos, ¿por qué no sacudirse un instante el polvo entre la cuna y el ataúd? El ocioso prefiere la dignidad ausente del vagabundo, ajeno a los documentos y los fichajes, que ser reducido a la condición de cadáver viviente”.

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En mi vida
fui demasiado perezoso para hacer carrera
de la verdad o del paraíso ya no me ocupo
tres medidas de arroz en el bolso
un haz de leña junto al hogar
¿para qué buscar pruebas de iluminación o de locura?
De la gloria o la fama de este mundo de polvo
mejor ni hablar
la lluvia nocturna de mi choza de paja
estiro las piernas, a gusto.

Ryokan (monje zen, 1791-1851)

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El crack del 29 es ahora el crack del 2009, cifras tan redondas, catástrofes tan cíclicas que deberían hacernos pensar, por lo menos durante un momento, en aquella modesta proposición que viene desde Paul Lafargue en el siglo xix, se refina con Bertrand Russell en el xx, persiste en la década de los ochenta (cuando todo el mundo metía la cabeza en el horno del neoliberalismo) con Luis Racionero y en estos días encuentra ecos en las teorías del decrecimiento o los enclaves de consumo cero de los freegans y otras comunidades dimisionarias: la propuesta de acabar con el desempleo dejando de una vez por todas de trabajar. No se vaya a creer que se trata de una propuesta irónica como la provocadora (y nunca bien interpretada) idea de Swift de comer niños asados para terminar con la pobreza. Tampoco es una tomadura de pelo inmoral y cínica como la del secretario de desarrollo social que ha salido esta mañana a declarar ante la prensa que para sobrellevar la crisis se pueden tomar algunas medidas, como, por ejemplo, saltarse una comida… Lo que sugieren estos tres detractores del trabajo es simplemente dejar de vivir bajo la ley de la jungla del capital, que nos ha dejado en la anorexia del espíritu y preguntándonos teatralmente: ¿qué será de nosotros?

no trabajes más de cuatro horas diarias. Esa es la consigna detrás de El derecho a la pereza de Lafargue, del Elogio de la holgazanería de Russell y Del paro al ocio de Racionero, un panfleto y dos ensayos (la Trilogía de la Pereza) que ofrecen una alternativa realizable a la concepción hegemónica del trabajo, aunque para alcanzarla sea necesario emprender una guerra cultural de grandes dimensiones, como señala Racionero, una batalla entre los valores mediterráneos y humanistas (el disfrute, la mesura, el otium cum dignitate, es decir, el ocio con dignidad) y el espíritu de ganancia y competencia de los “bárbaros del norte”, herederos del puritanismo calvinista.

La Trilogía de la Pereza señala una contradicción fundamental (y por eso insoluble) en el modelo capitalista e industrial: su intención de mantener el pleno empleo en la era de las máquinas que desplazan al empleo. Como eso no es posible, la maquinaria del sistema intenta combatir el desempleo con ¡más producción! Y entonces reaparece el paisaje catastrófico (la carnicería del hombre por el hombre) descrito supra como estribillo de la crisis: se produce más y se trabaja más para comprar más cosas que son cada vez más perecederas (e inútiles). La maquinaria nunca se detiene, la economía se reactiva temporalmente, la vida se vuelve imposible. Y no tarda en reaparecer la bancarrota que aporrea a medio mundo. Crisis industriales de sobreproducción, las llamó Lafargue, cuando vivió la primera “gran depresión” de 1873 que era una prefiguración, muy anticipada y desarmante, de las crisis actuales, aunque éstas sean irremediablemente más violentas y absurdas, con la especulación financiera sin restricciones y la fuga de capitales.

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El exceso de trabajo genera exceso de mercancías. ¿Y qué vamos a hacer con todas ellas? ¡Expandir los mercados! Es decir, descubrir consumidores, excitar sus apetitos, crearles necesidades ficticias (¡y hacerlos trabajar el doble!). Porque, después de todo, ¿qué son las horas extra sino el resultado de haberse endeudado más allá de la cuenta, la forma en que el capitalismo mantiene a raya a sus consumidores? Vivir para trabajar (y consumir hasta morir). Algunos atrevidos le han llamado a eso: el bienestar.

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Encuentro en la librería a una conocida. Ha tenido un hijo y toda ella es queja. No duerme. Amamanta todo el día. No tiene tiempo para sí. Se deprime. Y sus ojeras le ocupan el rostro entero. Le doy algunos consejos que algún alma caritativa nos había pasado a mi esposo y a mí, cuando nuestro hijo tenía diez meses y aún despertaba tres o cuatro veces por noche. Se trataba de un ritual que incluía un somnífero infalible: Santa Hildegarda de Bingen. El aspecto central del método radicaba en que fuera el padre quien lo durmiera (o le hablara al oído si despertaba por la noche), de tal forma que el crío no se inquietara (“excitara” fue el verbo que usó luego el pediatra) con el olor de la leche materna. Mi amiga me miraba con desencanto: “Mi esposo no lo hará, y lo comprendo. Trabaja todos los días y tiene que levantarse muy temprano. En cambio yo —decía esto con una resignación que era más bien una forma del rencor— he asumido que mi chamba es cuidar a mi hijo”. Me quedé muda y me dije para mis adentros: “No hay servidumbre que no sea voluntaria”. Me pareció inquietante que la crianza apareciera todavía en nuestra época, y entre mujeres ilustradas, como una forma de yugo, una chamba, un boulot, un tripalium. Un castigo, en suma, ejercido sobre la madre por permanecer en casa “sin hacer nada”, mientras el cónyuge, el proveedor, se rompe el lomo por la familia. Bajo un esquema laboral así, yo jamás habría tenido un hijo. Afortunadamente en mi ociosa familia todos somos desempleados voluntarios y, aunque no sin dificultades, nos turnamos en periodos de escritura y cuidados del crío, quien se ha convertido ya en un pequeño homo ludens y el tiempo que uno pasa a su lado suele ser revelador y gracioso.

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¿Qué lugar ocupan los niños y el juego en nuestra sociedad ultra ocupada? En The Freedom Manifesto (un manual para el usuario haragán, que echa mano de la sabiduría ociosa de anarquistas, punks, poetas beatniks, hippies y pensadores del medievo), Tom Hodgkinson advierte cómo la familia contemporánea se ha convertido en una mera carga financiera, la forma en que las personas se ven obligadas a aceptar trabajos que detestan. Y entonces la familia, que podría ser un espacio para la complicidad, la ternura, el placer y la responsabilidad compartida, se convierte más bien en un recurso interminable de miseria, ira, crueldad y amargura. Una mazmorra a la que es mejor no volver sino hasta bien entrada la noche, después del trabajo.

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En un mundo unificado, ¿es posible exiliarse?

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Vuelvo de una larga estancia en una playa remota, un mes de dolce far niente como ya nadie se permite en México, este pobre país reformado por la cercanía tiránica del Big Boss, el jefe de las horas extra y el carácter industrioso. Si nadie escapó a la hegemonía del capitalismo, ¿cómo habríamos de hacerlo nosotros? Desde este lado del Río Bravo esa cercanía se ha vivido como una dolorosa “ventaja competititva” y en los noventa nos entregamos a la apertura de los mercados como quien se entrega a un destino trágico. Aunque el Tratado de Libre Comercio y sus vientos de prosperidad sólo han terminado por arrasar las economías locales, la competitividad sigue estando en boca de los analistas financieros como un cliché ominoso, invitándonos a abdicar de la pereza, a madrugar y emular a nuestros vecinos del norte. Mientras tanto yo he seguido el camino desviado de este diario y luego he pasado tres semanas chapoteando sin mayor gasto (cuarenta pesos al día) y me he dado el lujo incluso de aburrirme, como los gatos o los niños que no le temen a la cercanía de sí mismos. Jugué al lobo con mi hijo, de vez en cuando hice el paseo del faro, leí cinco libros yendo de uno a otro a mi antojo, recogí conchas y piedras pardas, me abandoné al muertito en la alberca. Las horas se volvían extraordinariamente plásticas, no era necesario apresurarse para llegar a ningún lado. Entre una cosa y otra, escribía bajo la palapa.

A mi regreso todo mundo me ha dicho: “¡Qué envidia!”, y algunos me han lanzado incluso una mirada de reprobación. Tal vez he exagerado, tal vez no debí dejar que mi bandeja de correos electrónicos se pusiera rebosante, ni que mi contestadora automática se trabara de tanto decir que no estaba. Alguien se ha atrevido a reprocharme el hecho, por lo visto inaceptable, de que no se me pudiera localizar en ninguna parte. Otros sólo me mandaron correos para preguntar: “¿Ya has vuelto?”, como si me hubiera perdido y no fuera a retornar jamás, como si me hubiera descarriado. Todas esos mensajes esperándome a la entrada de mi casa me hicieron pensar en un rebaño amenazado. Los workahólicos contemporáneos han terminado por convencerse de que “el ocio es enemigo del alma”, o por lo menos enemigo de un frágil equilibrio social, y todos me invitaban a retomar la senda de la realización por el trabajo como buenos pastorcillos.

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Me pregunto en qué momento hasta las vacaciones de verano se volvieron censurables.

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Recuerdo que en mi infancia los veranos duraban dos meses, un paraíso del no hacer, un paraíso casi insoportable de tanta dicha en el que salíamos mi hermana y yo a la calle a jugar lejos de la mirada de los adultos o poníamos en práctica juegos tan largos que necesitaban continuación al día siguiente. Pero las vacaciones comenzaron a angostarse (y las calles se volvieron peligrosas). Porque esas vacaciones desmesuradas atentaban contra los pilares de la causa neoliberal: enriquecer a los jefes. Se recortaron los días festivos, se adelantó el reloj despertador con su grito alucinante, se alargaron las horas en el aula, las vacaciones se redujeron a la mitad. Así se construyeron las Escuelas del Nuevo Orden donde se aprendía a macanazos. Lo mismo sucedió en las oficinas, las empresas, los servicios. ¡Todo mundo a trabajar! La consigna estaba encaminada a combatir el vicio nacional de la pereza que nos tenía sumidos históricamente en el subdesarrollo. Pero pronto se descubrió que en México simplemente se trabajaba cada vez más para producir cada vez menos.

Hay costumbres profundas, como la pereza, que se abren paso en la oscuridad. En México, por ejemplo, hay 9 días feriados, 14 días pagados de vacaciones (después de 10 años de empleo) y se trabajan semanalmente en promedio 43.2 horas; en Francia, en cambio, hay 11 días feriados (poquísimos si se comparan con las gloriosas temporadas festivas de la Edad Media), 25 días pagados de vacaciones y se trabaja un promedio de 38.6 horas a la semana. Lo central es, según leo en un análisis de la revista Picnic. Supervivencia y Bienestar, el llamado “índice de dispersión” (es decir, el porcentaje entre el tiempo trabajado y el tiempo productivo). Ahí la cosa es alarmante: en México el índice de dispersión, esa forma en que las horas se esfuman frente a nuestras narices como volutas de humo, es de -75, mientras en Francia es de -26… En otras palabras, según la tabla —donde también aparecen Alemania, España, Japón, Brasil, Estados Unidos, Italia—, México se encuentra en la cima de la improductividad: es el rey de las horas sentadas, las horas nalga, los días muertos de laboriosidad simulada. Trabajamos cada vez más, para estar cada vez peor.

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El memorándum, el oficio y el reporte son géneros en los que no se han hecho muchos progresos. Una forma de enriquecerlos sería, por ejemplo, transcribir fragmentos de novela y luego hacerlos firmar por los jefes.

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De entre todos los ociosos, me inclino cada vez más hacia quienes practican una gaya ciencia, un saber alegre que crece en la ironía y la insolencia. “A veces el humor se revela como el único sentido del universo”, ha escrito Enrique Vila-Matas y eso lo intuye el ocioso mejor que nadie pues en su quietud ha conocido de cerca la atracción del vacío. Sabe que el hombre, aunque pretende marchar en alguna dirección, en el fondo no tiene idea hacia dónde va. O si lo sabe trata de olvidarlo, porque se dirige hacia la muerte. ¿Cómo alcanzar la felicidad en un mundo condenado a la entropía? Quizá el único sentido sea el sentido del humor, la forma en que advertimos la falta de sentido. El humor es una forma vital del escepticisimo, está destinado a relativizar. El ocioso se pregunta sin dar cátedra, vive en la duda sistemática, propende a una ética lúcida y lúdica. Prefiere la subversión incluso en la sintaxis, donde las rutinas y las convenciones, como en el trabajo, han terminado por quitarle vida y espontaneidad a las palabras. Eso son los clichés: los burócratas fosilizados del lenguaje. No expresan ninguna singularidad, están sometidos a las ideas recibidas. En cambio el ocioso recurre al humor no sólo para multiplicar las posibilidades del idioma, sino para inventar otras formas de existencia.

Pienso en Diógenes, acaso el más sabio de los griegos, puesto que era un ocioso entre los ociosos. Le llamaron el Cínico por vivir como los perros, pero también le pudieron llamar Diógenes el Ocioso: NO SER ESCLAVO DE NADA NI DE NADIE EN EL PEQUEÑO UNIVERSO DONDE UNO HALLA SU LUGAR, esa era su única divisa. Diógenes no tenía más posesiones que un manto, un báculo, un zurrón, un cuenco y una tinaja donde dormitaba. Pero tenía una lengua mordaz y un ingenio verbal demoledor. Es el precursor de los outsiders, los dropouts, los artistas de la provocación, los okupas. Cuando veía a las grandes figuras engreídas por su fama o su riqueza, pensaba que nada había más insulso que el hombre. “Sólo quien no es necesitado por el público puede ser un individuo despreocupado, es decir, un ser humano feliz”. También se extrañaba de que los matemáticos estudiaran el sol y la luna con tanta diligencia y descuidaran sus asuntos cotidianos, del mismo modo que los músicos que afinaban las cuerdas de la lira durante todo el día tuvieran desafinados los impulsos del alma. Así procedían también los avaros: haciéndole reproches al dinero mientras lo adoraban.

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La desempleada voluntaria sabe que corre un riesgo. El riesgo del desprecio. El riesgo de la precariedad. El riesgo de la burla. El riesgo de la soledad. ¿Cómo puede ser popular alguien que se pronuncia en contra de la patria del trabajo? La mayoría de las veces es vista como un traidora. Pone en riesgo la propia subsistencia de la tribu.

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“No llevar el paso de la propia tribu, dar un paso fuera de la tribu a un mundo más amplio en sentido mental pero más reducido en el numérico: si el aislamiento o la disidencia no es tu posición habitual o grata, este es un proceso complejo y difícil.” (Susan Sontag)

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El trabajo mataba en dosis homeopáticas. Con la Reforma Laboral (aprobada hoy en México por el senado) lo hará como la epidemia del ébola.

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Mi desacuerdo con el trabajo me ha acarreado consecuencias menores (algunos insultos en internet, la incomprensión de los desconocidos, penurias), pero la verdadera venganza que la tribu me ha inflingido es la de devolverme al trabajo. Así es: me he llenado no sé cómo de ocupaciones, llamadas telefónicas, agendas apretadas, pendientes por resolver. Todo eso me produce terribles calambres. Pero al mismo tiempo me ha seducido el ímpetu de los libros. Como tenía tiempo de sobra fundé, junto con otros desocupados, una pequeña editorial. El problema es que el oficio de editora (oh contradicciones, siempre acechantes) no es uno en el que se pueda rendir culto a la holgazanería fácilmente. Se trabaja duro, se gana poco o nada, ¿para qué? Para que sean otros quienes se echen luego a pierna suelta a leer. ¡Mártires de la edición, ya es hora de que también ustedes tengan tiempo para gozar los libros que hacen! He tenido una recompensa: he leído ahí todos los libros que había querido leer. Y de qué manera.

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Hay días en los que no puedo mirarme más que con ironía, como cuando mis amigos me dicen: “¿Todavía sigues trabajado en tu libro contra el trabajo?”. Es en esos días en los que me gusta quedarme detenida en una frase a medias. Una frase de este diario que no progresa ni va a ninguna parte. Me quedo como ahora en una página inacabada, una página anómala, a medio hacer o mal hecha, sin control de calidad, de duración variable. Aquí no reina la eficiencia.

 

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Interrupción de la línea oficial

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Nos hemos despertado con la noticia de una nueva crisis mundial. Algo que para mi generación, que nació en medio de la crisis y no ha conocido otra cosa, ya no es novedad.

Me acuerdo de la crisis argentina del 2001 y un esténcil que ocupaba todas las paredes de Buenos Aires: se cayó el sistema. Me acuerdo de la crisis financiera de Asia en 1997 y de la crisis por la llegada de los países ex socialistas en 1991. Me acuerdo de la crisis mexicana de 1994 casi un año después de haber entrado en la fantasía del mercado global. Me acuerdo de las crisis financieras de los ochenta y de la crisis mexicana del petróleo y la caída del peso y la deuda externa de los países subdesarrollados. No me acuerdo de la crisis de 1976, el año en que nació mi hermana.

Pero recuerdo otras cosas. Recuerdo, por ejemplo, la ligereza con la que los estadistas y los banqueros buscan cada diez o doce años nuevas denominaciones para entender sus desplomes, para nombrar sus engendros: Efecto Tequila, Efecto Capirinha, Efecto Arroz, Efecto Jazz. Los recuerdo porque se repiten en los noticieros al ritmo de los comerciales. Siempre he percibido un humor agresivo en esas denominaciones, al menos si pienso en los efectos reales de la crisis en aquellos que perdieron todo y fueron expulsados de sus casas, aquellos que pensaron seriamente en tirarse del quinto piso y se tiraron. Esos nombres, tan fríos como las estadísticas, sólo tienden a ocultar la verdadera dimensión humana y trágica de las derrotas cíclicas del capitalismo.

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También recuerdo haber escuchado algunas historias. Como la de aquellos desempleados de la depresión del 29 que comenzaron a vivir en las cuevas de Central Park. “Let’s go to the caves. Unless they’re closed”. O la historia de todas esas casas hipotecadas en Estados Unidos, que de pronto se quedaron sin dueño y pasaron a manos de los bancos (y que nadie tiene dinero para comprar o rentar). Ahora esos inmuebles son habitados temporalmente por familias desahuciadas (que también perdieron sus pertenencias) para mostrarlas a los posibles compradores. Mientras los niños van a la escuela, la señora y el señor de la casa se dedican a mostrar a los clientes lo bien que se vive ahí, lo felices que podrían ser con ese porche y esa vista al jardín, casi tan felices como ellos mismos, si fueran los dueños reales. Pero el señor y la señora sólo son empleados de la casa (es decir, del banco al que deben dinero) y habitan ahí provisionalmente. Miran una tele que no les pertenece, lavan trastes que no pueden romper, estornudan en un ambiente prestado. Porque eso, el aire, el ambiente, la sala y el porche, es lo que prestan ahora los bancos, ya que se quedaron sin créditos y sin liquidez. Ahora hipotecan la vida cotidiana. O tal vez eso es lo que han hecho siempre. Porque todo en ese bienestar sigue siendo tan ficticio, simulado y precario, como lo era antes de la crisis, pero después del crack de la Bolsa vivir en una casa prestada es mejor que vivir en la calle.

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1816, 1825, 1836-37, 1847, 1857, 1866, 1873, 1893, 1896, 1929 (para llenar el paréntesis, lea el primer párrafo de esta interrupción) y así llegamos a 2009. Tal vez la crisis no sea más que una forma de gobernar.

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¿Y qué pasa con la escritura en la crisis? Es difícil (es incómodo) escribir de la misma manera. Más que una recesión, lo que presiento es una grieta. Algo que atraviesa y descompone cualquier posibilidad de seguir adelante (por el mismo rumbo). Una interrupción de la línea narrativa o discursiva. “Una interrupción de la línea oficial” (Jimmie Durham)

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in other words: escribir en otras palabras        una escritura de corta y pega          cruzada por fragmentos heterogéneos          nerviosa como un sismógrafo         siempre incompleta          sin principio ni fin           una escritura frágilmente hilvanada por el estupor          desbocada          perforada          llena de huecos (como la realidad)          un compendio de lecturas inestables que duran apenas un minuto en el monitor          textos encontrados al azar         extraídos de los periódicos en línea         de los noticieros          de las movilizaciones mundiales         de las frases subrayadas y las pláticas de a pie          de los panfletos que no se han escrito          un registro en bruto de los descontentos          sin tachaduras ni correcciones          sin vuelta atrás          el rastro desdibujado de las páginas que abrí en el servidor hace un año o hace unos días           todo excesivo y contingente          una bitácora de la(s) lectura(s) en crisis          con imágenes de terror

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(a partir de aquí, lea en voz alta, sintonizándose en el cuadrante de los noticieros vespertinos, cuando aparece la chica en minifalda del sistema meteorológico)

ahora         (marque las opciones correctas)          a) Estados Unidos           b) Islandia         c) Grecia           d) España          e) Italia         están en crisis         (y el planeta tiembla)         ahora comienzan        a) las medidas de austeridad          b) los despidos masivos          c) la privatización de hospitales          d) la cura por vía de la enfermedad          ahora los banqueros y los empresarios          (guerreros del libre mercado)          parecen haberse vuelto repentinamente         a) marxistas         b) keynesianos          c) amigos de la Fundación Roosvelt          d) cínicos          y suplican que los rescate su némesis: el Estado          ahora todos vamos a pagar la crisis que provocaron         a) los prestamistas fraudulentos          b) la burbuja inmobiliaria          c) los operadores financieros sin escrúpulos         d) la superstición          (o sea, la ruptura entre el mundo material y el mundo simbólico)         ahora se desvanece el espejismo de vivir a crédito y los gobiernos nos inculcan al unísono la idea de que no hay nada más importante que adecuarse a lo poco          (en este caso sólo hay una opción)        es el himno de la crisis

pero          ¿puede el sistema financiero vivir en la austeridad?          ¿cómo seguirá adelante sin el atractivo que ejerce sobre los consumidores la promesa de una vida sin límites económicos          gastando siempre más de lo que hay en la cartera          más de lo que se podría pagar en esta vida y la siguiente?

(tal vez el karma sea simplemente eso: la perpetuación de la hipoteca)

en medicina, la crisis es el momento en que una enfermedad cambia bruscamente de rumbo          para curar al paciente o para agravarlo          ¿cuál será el curso de esta crisis?          tal vez algunos cambiarán su forma de vivir          otros sólo cambiarán de jefe          por uno peor          más imbécil          más prepotente          más negrero que el anterior          porque ahora la crisis se convertirá en el mejor chantaje para hacernos apurar el veneno          lo veremos muy pronto          entre los empleos clandestinos          mal pagados o temporales          entre los despidos a la carta y las horas extra no remuneradas, desaparecerán las garantías          las vacaciones          los salarios justos          los sindicatos          la jubilación

(o lo que quedaba de ellas)

y ya no habrá compensación alguna por consumir el presente en el largo trayecto del trabajo a casa

(para algunos no habrá ni siquiera regreso a casa          no habrá televisión ni tedio ni consumo ni propaganda ni día siguiente)

tenemos que trabajar aunque no nos paguen lo que se necesita para vivir          se queja Rhonda Wagner          ¿y quién es ella?          ella es una historia concreta en el expediente anónimo de la crisis         empleada estatal californiana de cincuenta y dos años, para mayores señas          desde hace un mes, cuando el Estado dispuso licenciar a sus trabajadores algunos días de la semana para reducir sus gastos, gana treinta por ciento menos dinero de lo que ganaba antes          no puedo comprar las cosas que necesito para alimentar a mi familia hasta fin de mes          pero antes tampoco era fácil y Wagner a duras penas pagaba sus cuentas          ahora que corre peligro de perder su vivienda, dice: voy a tener que robarle a Pedro para darle a Pablo

¡se abre la temporada de caza a los hambrientos!          este es el diagnóstico más lúgubre: para millones de personas la crisis es el momento de la resignación          el clima en que se acepta lo inaceptable          el señor y la señora Wagner (y también la familia Chaeng-Dong y los Hernández), por ejemplo, pensarán que es mejor ser explotados en el trabajo que no tener trabajo alguno          ¡es que es eso o nada!, se dirán por las mañanas para comprender su no-elección

como los muchachos del Instituto Benjamenta (en la novela de Robert Walser), los seres de la crisis se entregan a un profundo abandono          son los alumnos perfectos en el arte de la subordinación          nunca llegaremos a nada; la enseñanza que se nos imparte consiste sustancialmente en inculcarnos paciencia y obediencia          así habla Jakob von Gunten, un joven estudiante del Instituto que aprende a ser un hombre insignificante          en vez de formar individuos, el Instituto Benjamenta los disuelve: personajes anónimos          minúsculos          sin ideas personales          deambulan por los pasillos en busca de su propia humillación          ¿qué mejor lugar para los que se han persuadido de que no existe otra opción que la precariedad y terminan por querer voluntariamente lo que alguna vez se les impuso por la fuerza?          la ley con sus mandatos          las reglas con sus obligaciones          las muchas e inexorables prescripciones que nos impone la dirección y el gusto de seguirlas          eso es lo grande y no nosotros, los discípulos          en  fábricas y negocios, los empleados de la crisis también se dicen unos a otros: bueno, al menos tenemos empleo          ninguna turbulencia, ningún gesto de desafío vibra en su interior          todo en ellos es entrega, laboriosidad incesante         (incluso cuando no tienen nada que hacer)

leo con dolor de estómago (uno de esos dolores provocados por la risa) un reportaje en The New York Times sobre la simulación en el trabajo en tiempos de crisis:

para un transeúnte, la elegante tienda de ropa en la calle Mott Street (en Manhattan) parece un dechado de actividad          la supervisora Carolyn Bailey afina los detalles de la ropa de mujer en los escaparates          cambia montones de suéteres perfectamente doblados          espacia los ganchos a un dedo de distancia                   debate con avidez (por teléfono) con un superior sobre cómo coordinar los atuendos          aunque parece intensamente atareada, sólo crea la ilusión de estar trabajando          la tienda está vacía

(y de repente esta frase, de Bertrand Russell:
la moral del trabajo es la moral del esclavo)

no quiero que alguien del corporativo entre y vea que no estoy haciendo nada —dice Bailey— ; tengo que mantenerme ocupada a la vista de todos          tiene razón Jakob von Gunten cuando dice que los que obedecen acaban siendo la más perfecta copia de los que mandan

(una nueva          pero breve          interrupción: para reírme          es que la insensatez y la locura del hombre          (como decía Erasmo)          merecen grandes carcajadas)

en verdad que no hay nada más estúpido que fingir que se trabaja          ¡se invierte tanto trabajo en ello!          todo ese tiempo desperdiciado en la simulación se podría emplear en trabajar realmente          o mejor aún, se podría emplear en cualquier otra cosa          (flirtear          leer          resolver crucigramas           hacer listas          simplemente vegetar)           pero no          las personas se disciplinan en el nuevo arte de lucir ocupadas que tanto adoran los empleadores

desde luego          no había razón alguna para que el nuevo totalitarismo se pareciera al antiguo          ni censuras ni deportaciones ni encarcelamientos ni castigos ejemplares ni quema de libros           (por cierto: es obvio que nadie incinerará oficialmente este libro          a lo sumo los comentaristas lo calificarán de           insolente          sin concesiones          panfletario          picante          resentido          provocador           inadaptado          polémico          populista           desaliñando (¡todos esos espacios en blanco!) (¡y estos paréntesis!)          seguramente embaucador          monotemático incluso          y mis maestras de la primaria, que me tenían por una alumna ejemplar, se jalarán los pelos de la peluca cuando se los regale con dedicatoria          pero nada más          este libro nunca verá la pira          porque el silencio de los libros no atraviesa hoy por la censura, sino por la indolencia del mercado y de una sociedad anestesiada)          un Estado realmente eficaz (escribió Huxley) sería aquel en el cual los jefes pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre          inducirnos a amarla es la gran tarea asignada a los Institutos Benjamenta de la Crisis          a los analistas financieros de la TV         a los directores de periódicos          a los maestros de escuela y a un ejército compacto de plumas domesticadas que nos llaman a caminar en sentido contrario al de Bartleby (el oficinista que  prefería no hacerlo), para lanzarnos ahora a los brazos de nuestro empleador          ¡trabajar más y cobrar menos es la fórmula de la reconstrucción!           ¿no los han oído a todos ellos hablar a diario sobre la urgencia de una nueva reforma laboral?          aumento en la edad para el retiro          jornadas más largas          disminución de días feriados          desaparición metódica de los colectivos (sindicatos, asociaciones, cooperativas)          evaluaciones trimestrales para conservar el puesto          capacidad de adaptación al cambio          menos gastos médicos          outsourcing         ¡y eso no va a cambiar!, sentencia Milton Friedman (que es como el director con látigo del Instituto  Benjamenta) en The New York Times          los profesionales necesitan un equipamiento mental enteramente nuevo: el viejo paradigma del ascenso en una escalera profesional sólida ya no existe…           ya ninguna carrera es segura

esa es la lección que nos invitan a repetir a coro todos los días en nuestras escuelas del desconsuelo: no hay alternativa al mundo actual

(recuerdo ahora uno de esos chistes que cuenta mi padre los domingos a la hora de la comida familiar: en estos días, los mercados presionan a Yahvé para hacer del Sabbath un día laborable)

5_línea oficial_in economic crisis
5_línea oficial_in economic crisis

por la mañana le escuché decir a un locutor de radio, en tono de reivindicación:               le toca al primer mundo ajustarse el cinturón y reducir el Estado de bienestar, como nos exigieron a los latinoamericanos durante las crisis de los ochenta          antes me indigestaban          pero ahora me encanta escuchar a los analistas financieros           resultan muy ilustrativos         adaptarse y colaborar: esos son los únicos recursos para sobrevivir a un sistema que se ha declarado a sí mismo como imperecedero          por eso, en oficinas y fábricas, los asalariados llegan a sentir incluso (como Jakob y sus condiscípulos) que el hombre que los azota tiene un gran corazón          ¿no es aquí a donde querían llegar los apologistas del empleo?

(ahora un poema de Charles Simic, “El jefe contrata”:
quiero un hombre que no tenga nada que ganar
quiero que su cara diga: no hay más que perder
quiero ver, por sus manos,
que las horas no le importan,
que continuará trabajando,
que la paga nunca será justa)

la crisis es una técnica de repetición que termina convenciéndonos de que el trabajo y el consumo son la única salida a la encrucijada de la crisis que consiste en falta de trabajo y descenso en el consumo

(ahora un anuncio de nuestros patrocinadores)

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6_línea oficial_Goya_

mientras tanto:           los filántropos de la industria (los dueños de las maquiladoras de China          Corea           Singapur          Tailandia          Guatemala          México)          aprovechan las presiones de la recesión          (Friedman habla de esto con regocijo)          para aumentar la productividad contratando mano de obra cada vez más barata          (y más dócil)          me pregunto cómo le dirán a sus obreros que a partir de mañana cada uno hará el trabajo de tres o cinco  personas          o si lo prefieren, pasen a la puerta trasera por su liquidación          me pregunto qué harán los que prefieran pasar a la puerta trasera          ¿saldrán con su liquidación?          ¿serán dos o tres?          ¿ninguno?          en la economía de la necesidad, la mayoría se queda trabajando hasta el amanecer          y así los dueños de la maquila logran reducir sus pérdidas y hasta mejorar su producción, evitando un resquebrajamiento mayor en una economía que pende de alfileres

(es medio día          no he ido a trabajar          nunca lo hago         y ahora escribo bajo un sol que me pega directo en la cara          es difícil escribir así          con este sentimiento de urgencia)

Telecom Foxconn Apple son los nombres de los nuevos benefactores universales          Telecom Foxconn Apple, apréndaselo de memoria

también recuerde este mantra: lo prioritario es reducir los gastos sin afectar los beneficios          no importa que la reestructuración forzada y las nuevas condiciones de trabajo en las grandes multinacionales provoquen súbitas olas de suicidio          ¿suicidio?          ¿dijo usted, suicidio?

hay señales de alarma en la fábrica de manufactura Foxconn (subcontratada por Apple, Dell, Nokia, Sony), luego de que se diera a conocer que diez empleados han atentado contra su vida, arrojándose de las ventanas o cortándose las venas dentro de las instalaciones de la fábrica, ubicada en la ciudad china de Shenzhen, donde han tenido que alojarse debido a sus extenuantes jornadas laborales          (en otras noticias)          un empleado de cincuenta y siete años de France Telecom decidió quitarse la vida por la mañana en un estacionamiento de la firma, quemándose a lo bonzo          (cable de último minuto)          el movimiento de espiral del infierno en el operador francés estuvo a punto de tener un nuevo capítulo, cuando un responsable de una agencia de Metz fue encontrado en el piso por sus colegas después de haber ingerido un coctel de barbitúricos          (y antes de irnos, unas palabra de la dirección de Telecom)          los suicidios no son causados por las condiciones de trabajo de la empresa, sino por problemas personales de gente depresiva

recuerde: la única responsabilidad social de los negocios es aumentar sus ganancias          (yes, my dearest Friedman!)          aunque          (después de todo)          esos suicidios colectivos tal vez sí importen           (empañan la imagen de la empresa)          y entonces los directivos deciden

1/ instalar redes alrededor de los edificios para evitar que los empleados se quiten la vida saltando por las ventanas          con éxito de acuerdo con los nuevos números de muertes

2/ no pagar grandes primas a las familias de los suicidas          uno de los empleados escribió que por eso se mataba

3/ contratar psicólogos para apoyar a la plantilla          es más barato que disminuir las horas de trabajo

4/ aumentar el sueldo de los obreros de 235 dólares a 295 dólares al mes, la tercera parte de lo que cuesta uno de los iPads que ellos producen y que no pueden pagar          (a eso le llamo acariciar el sufrimiento como a un buen perro)

si usted no quiere saber más           cambie de canal           haga click en su facebook          o deje de leer          las cosas se pondrán aún peores

evidentemente ninguna multinacional desea abandonar su puesto de heraldo de la muerte y el sistema financiero presiona para reconstruir su edificio sin modificar un centímetro los pilares que lo hicieron fracasar             ¿instaurar la Tasa Tobin que grava las transacciones internacionales?          ¡ni lo piense!          ¿acabar con los paraísos fiscales y controlar la especulación?          ¡de ningún modo!

los ejecutivos más prominentes de Silicon Valley se reúnen con el presidente de Estados Unidos para buscarle una solución a su devenir          (que es fatalmente también el nuestro)           y concluyen que por ahora lo mejor es que la cosa permanezca así (irrevocable) y que se sigan defendiendo las políticas económicas que mantienen a la mayoría de la población en la miseria          ¡más y mejores gadgets nos sacarán del atorón!

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la propuesta de Obama responde como un eco a la del general Eisenhower          para salvar la economía hay que comprar, ¡¡¡comprar lo que sea!!!!          de lo que se trata es de perpetuar el actual estilo de vida del ciudadano-consumidor a través de la sofisticación tecnológica         por siempre jamás…          todos los medios serán válidos para alcanzar este fin           no sólo los ya conocidos           (saturación de la propaganda,  jingles estandarizados, más y mejores necesidades creadas, imparable producción de valores empaquetados por la sociedad de consumo)          sino también los que se habían olvidado          por ejemplo: ¡el regreso del proletariado!          sí, oyó usted bien, el regreso multiplicado de esa franja de trabajadores cuyos salarios de hambre nos devuelven al siglo xix          ahora nos gusta decir: ¡ah! sí, en aquellos tiempos eran todos unos ojetes abusivos, qué horrendos días aquellos          ¡pues también en estos días!          nuestra insaciabilidad necesita esclavos          (pero como el consumo carece de orientación política, nadie se preguntará si su iPad está manchado de sangre          y además la gente ya tiene bastante con sus propios problemas:

impotencia sexual
retención de líquidos por estrés
cómo disminuir el enrojecimiento del lifting
y cosas aún más graves como el casero tocando a la puerta)

así que después de la reunión todo mundo pone manos a la obra          (y los compradores nos ponemos muy contentos)          Apple, por ejemplo, diseña un plan para alcanzar la producción de 2.5 millones de iPads por mes para fin de año          ¡pero ahora parece que la compañía podría alcanzar esa cifra mucho antes de lo pensado!          ¿y cómo, en una economía paralizada, han conseguido semejante hazaña?          leo un artículo en The Guardian sobre las condiciones de trabajo en las dos plantas más grandes de Apple en China, donde los obreros

trabajan más de 98 horas extra al mes
descansan sólo un día cada trece
son humillados públicamente cuando se equivocan
tienen prohibido levantarse al wc sin un permiso especial
descansan hacinados en dormitorios colectivos
y una novedad: son obligados a firmar una carta donde se comprometen a no suicidarse

en la economía de consumo también las personas se vuelven desechables          ¿y qué hay de malo en ello?          pero quitarse la vida, ¡eso sí que es inmoral!          sobre todo cuando la economía de mercado nos pide un sacrificio para resucitar de sus cenizas          suicidarse es inmoral y es sucio          porque los suicidas son como bombas humanas en medio de los aires del consenso          y dejan todo hecho un batidero          como el que dejaron los albañiles chinos en las baldosas públicas después de lanzarse desde la cima de los estadios y pabellones deportivos a medio construir, en la víspera de las Olimpiadas          llevaban seis meses trabajando a marchas forzadas para terminar un piso por día          (el espectáculo no puede esperar)          pero debían morderse las uñas durante seis meses para recibir un sueldo ínfimo         sus impecables y desesperados saltos sobre el vacío no aparecieron en la primera plana de los diarios          como sí lo hicieron las imágenes de los clavadistas chinos, que emergían de las albercas entre aplausos

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pero también ellos eran sometidos a una presión inhumana             Hu Jia, un medallista chino, declaró tres semanas antes de competir en Beijing que la extraordinaria presión a la que estaban sometiéndolo sus entrenadores le había provocado una repentina ceguera          como no deseaba arriesgarse a perder la vista por completo, anunciaba su retiro de la justa olímpica          pero tres semanas después, Hu Jia estaba compitiendo contra los mejores clavadistas del mundo ¡más duro que nunca!  :(

(me pregunto qué habrá pasado para que Hu Jia cambiara de opinión          pero, sobre todo, ¿qué pasaba con el mundo entero ante el espectáculo de toda esa miseria?          ¿atravesaba también por un periodo de repentina ceguera?)

China (el imperio del futuro que ya es el de hoy) se ha convertido en el laboratorio del fin de los tiempos          el lugar donde se pone a prueba (y con qué éxito) lo peor de los dos mundos: el comunismo totalitario y el capitalismo salvaje          como perspectiva, se divisa desde ahí un solo horizonte: una concentración de malas apuestas que se imponen como única verdad          es cierto que en China un libro como éste sería quemado por la censura         aquí, en cambio, lo hará por el sistema de novedades           (eso no me deja tranquila)             porque mientras sean los chinos quienes exploten a su mano de obra ultra barata          mientras sean ellos los que repriman y violen los derechos humanos, los países industrializados de Occidente pueden seguir durmiendo sin remordimientos bajo el sueño de su hipócrita tolerancia          creo que fue Frédéric Beigbeder, en su violenta denuncia del mundo de la publicidad (13’99 €) quien escribió: en un escenario así, incluso la libertad resulta impotente

es comprensible que en una realidad perfecta en la que nadie sufre o pasa hambre, la gente no se pregunte nada          lo asombroso es que en un mundo tan imperfecto como el nuestro, con millones de personas desempleadas            crisis ecológica          crisis social             crisis financiera           (no seguiré con la enumeración o me tacharán de amarillista)           la población mundial se siga bebiendo a diario todo el arsénico que pasa por mermelada en la televisión

(volvemos después de una pausa publicitaria)

desfilan por la pantalla una sucesión de imágenes paradisíacas:          playas con sol crepuscular          campos algodoneros llenos de campesinos sonrientes          cascadas y litorales          vistas panorámicas de montañas y bosques          corte a: fábricas manufactureras con obreros esmerados en un ambiente impoluto          Y luego: escenas de la Bolsa en un día de buenas negociaciones          una voz en off dice:           

EN SHENZHEN Y EN CIUDAD JUÁREZ, EN CHIMALTENANGO Y EN EL GRAN CARIBE SE EXTIENDEN LAS ZONAS FRANCAS DE NUESTRO PORVENIR: EL PLANETA AZUL CONVERTIDO EN UNA ÚNICA Y ENORME EMPRESA          ¡Y CON PRIVILEGIOS DE LOCURA!          ¡VENGA E INVIERTA EN ESTE TERRITORIO SIN IMPUESTOS, SIN CONTROLES AMBIENTALES, SIN BARRERAS ÉTICAS, CON SUELDOS DE MISERIA QUE NADIE RECHAZARÁ PORQUE AHÍ NO HAY SUELDOS MEJORES!          ¡Y PUEDE SACAR EL DINERO DEL PAÍS CUANDO QUIERA!       

(fin del comercial, y una frase en letras pequeñas de Raoul Vaneigem: el humor negro y lo atroz también entran en la ensalada publicitaria)

servidumbre: así se explica el milagro económico de China que es el éxito de la maquila que es el éxito del Nuevo Orden Económico          países sin derechos que se vuelven capataces ideales para las fábricas de los países con derechos          ¡y todos ven a China como un ejemplo a seguir!          (en el radio he oído afirmar, al mismo conspicuo analista financiero del que hablé antes, que China está salvando al mundo)       dirán que simplifico, pero es la vieja historia de siempre           entonces, ¿para qué hablar una vez más de ella?            si la vida es tan breve, ¿por qué desperdiciarla cuestionando todos los días el estado de cosas?          ¿no escribes esto ahora mismo sobre una Mac manchada de sudor chino?          ¿no te querrás convertir en una de esas escritoras demagogas que denuncia los sufrimientos de los trabajadores magrebíes mientras le grita a la sirvienta (que no tiene cobertura social) que sacuda el estéreo con cuidado, por favor?

lo que me sucede es simple: no puedo seguir pretendiendo que no sé          cantar las glorias del iPad después de husmear en las siniestras fábricas contemporáneas me parece, por lo menos, incómodo           porque no sólo hay una promesa incumplida detrás de la crisis global          (la promesa de que la felicidad de los mercados traería consigo la felicidad de los humanos en una derrama interminable de pura felicidad) (trickle-down!  trickle-down!)           ahí también hay una simpleza sin ética que se ha convertido en una forma solapada de crueldad          por otro lado: no voy a pedir disculpas por tener el vicio de la escritura          (la manía de indagar qué hay detrás de una apariencia encantada y feliz, qué oscuridad (qué violencia secreta) nos hace sonreír frente a una pantalla con tecnología multitouch)          ¿será que la desrealización del mundo (su conversión en espectáculos y bytes) se ha llevado también consigo nuestra capacidad de indignación?         no es raro que la sociedad se haya vuelto insensible frente a su propia capacidad destructora          después de todo, las reformas educativas (en México y el mundo) tienden a suprimir casi todas las horas dedicadas a pensar en los otros (es decir, a reflexionar críticamente desde unos valores humanistas que hacen agua por todas partes)          los Institutos Benjamenta de la Crisis practican la fórmula contraria: la adhesión de sus discípulos (su suave integración al mercado) para que ejerzan funciones técnicas sin preguntarse por qué se sienten cansados          por qué no duermen bien          por qué tienen miedo siempre

(yo tengo la maldita          la agotadora manía          de hacerme preguntas a cada rato)

tal vez los consumidores no sean los responsables directos de los abusos a las mujeres que trabajan en las maquilas de Ciudad Juárez          tal vez ni siquiera estén enterados (the less you know, the better off you are)            pero en su desentendimiento se esconde una frialdad (una cauterización de la empatía) que sólo puede prefigurar horrores como el silencio colectivo frente a un desierto (el de Juárez) poblado de cadáveres de mujeres mutiladas         tengo la impresión de que esta sociedad de zombies (para la que no hay vida más allá de la caja registradora) colabora todos los días con su indiferencia al dominio del dogma, según el cual, el neoliberalismo puede imponer cuotas de miseria y sangre sin que nadie se atreva a llamarlas irresponsables o, incluso, brutales           esa sorprendente paralización, ya no digamos de la crítica, sino incluso de los sentimientos, esa forma en que una masa de consumidores mudos y trabajadores dóciles permanece desmovilizada frente a su propia ruina emocional, perfila peligrosamente el mundo hiper violento en el que ya vivimos

lo impresionante no es que los banqueros no quieran perder su riqueza, sino que los martirizados por el colapso general sigan guardando silencio en medio de una imperturbable apatía          ¿por cuánto tiempo?          ¿o será ese silencio el preámbulo que precede al estallido?

(si abre la ventana, los verá acampando en Zucotti Park          son los Occupy Wall Street          los sindicatos de Wisconsin          los indignados españoles          los estudiantes chilenos          los estudiantes mexicanos          son la señora Wagner el día que decidió escribir una pancarta y la srita. Bailey cuando dejó de simular que trabajaba          son el 99% que ha sido nulificado por la crisis y se comunica con megáfono y por internet para decirle al 1% restante (los autores de la crisis) que será llamado a cuentas)

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(aquí debería continuar este alegato, pero he ido a tomar un baño de agua caliente para pensar)

sé que hundo el dedo en una herida a punto de infectarse          una herida personal (que cada quien indague en la suya) que tiene que ver con algo que no sabía hasta que comencé a escribir este contraensayo          necesitaba penetrar en mi propio desencanto (en mis propias contradicciones)          tocar el fondo de las ilusiones perdidas con información          (rehuir el melodrama a favor de la rabia legítima)          y al mismo tiempo, necesitaba entender mi incapacidad para aceptar las bajezas cotidianas, esa forma de no sentirme en mi propio pellejo cada vez que entraba en una hiper tienda o me subía al bioshaker de mi tía          (una vez, ese aparato de tortura me sacó una llaga)          un desencanto indócil          una necesidad de encontrar aire respirable en medio de la gran tristeza del capitalismo          (he renunciado a muchos trabajos fijos          he tenido innumerables trabajos temporales          he pasado algunas mañanas sin nada que hacer             en cierto momento simplemente decidí que no quería que mi currículum          (y mi  putrefacción futura)          usurpara el lugar de mi vida presente          y escribí este panfleto para poder seguir escribiendo          algo tan simple (tan delicado) como eso)

¿no hay en el fondo una vocación suicida en la esperanza de salvar a la civilización  (nuestras democracias simuladas, nuestro tedioso bienestar, nuestra capa sin ozono, nuestro campo sin agricultores, nuestras vacas con antibióticos y nuestros cerdos con clembuterol) conduciéndola a toda velocidad hacia su muerte clínica?          ¿es eso lo que nos han vendido?          ¿es eso o nada?

pues bien          (puestos a elegir)          yo prefiero nada          yo prefiero decir: HOY NO VOY A TRABAJAR          hoy me voy a quedar en la cama hasta mediodía y me voy a poner a pensar en lo que sea          nadie me amenazará con el despido          me despediré voluntariamente          no cuenten conmigo          ni con mi pluma para contar otra historia lineal con una fórmula archisabida          o para guardar silencio como si me encontrara frente a una multitud de seres inexistentes          no seré un agente más de la propagación del cinismo ideológico y conformista de un mundo que se ha vuelto espectador de su propia agonía         (hay tantos que se dedican a eso)          tampoco me interesa contribuir al descerebramiento general           me quedaré en la cama, mi primer laboratorio de saneamiento de la vida cotidiana          desde aquí tal vez sea posible invertir la perspectiva          o reclutar un pequeño escuadrón de Bartlebys          (mi cama como campo de batalla)

mejor no hacer nada que implicarse en actos localizados cuya función última es hacer funcionar más suavemente al sistema          

poner un pie fuera del sistema para luego ingresar de nueva cuenta a él (para hackearlo)          es decir, para penetrar al fondo de su sofisticación, de su enorme poder para hechizarnos y volvernos increíblemente manipulables          no es un sistema infalible: es posible desmontarlo          (los hackers lo hacen todos los días)          lo mismo que sucede con la gramática          John Cage solía decir que si la sintaxis, la forma en que se organiza una frase, es idéntica a la forma en que se organiza un ejército, era necesario desmilitarizar el lenguaje          ¿cómo?          quebrantando el discurso           aniquilando la sintaxis          desconociendo todo principio de propiedad intelectual          convirtiendo la página en zona minada          con sus frases inconclusas          con sus dilemas abriéndose paso en medio de una idea          (y creo que la muerte no es un paréntesis)          con intrusiones desmesuradas          (y huecos)          con el murmullo incesante de las transmisiones electrónicas          con la apropiación de las frases subrayadas, leídas y releídas         con ese ruido de fondo aturdidor

si deseamos sinceramente no reforzar el encierro, tenemos que dimitir para no vivir ese momento al que la máquina nos obliga          hay que negarse a obedecer, hasta abandonar el puesto           hasta el despido

a veces es necesario hackear al sistema (del lenguaje) para seguir escribiendo          desertar para configurar un espacio (la escritura) liberado de toda esa humillación de los llamados al orden          un filibusterismo verbal que no reconoce a las autoridades legítimas

  

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Breviario de insumisión pirata

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I. LOS LOCOS SEPARADOS DEL RESTO

Los piratas pertenecen a una vieja cofradía: la de los Locos Separados del Resto, la de los Hombres que Causan Problemas en Todas Partes. Son los personajes incómodos, los insatisfechos, los indomables, los que buscan ampliar el horizonte de su existencia más allá del control. Llevan vidas irregulares, excesivas, llenas de libertad. El espacio que les ha conferido la sociedad les parece demasiado estrecho y un día deciden abandonarlo todo, emprender la deriva por bosques y ciudades, hacerse al mar. Son hombres y mujeres de alma nómada (a veces desalmados) que no siguen más rumbo que el de su propia estrella. Son los goliardos, los poetas vagabundos, los pícaros, los alborotadores, las prostitutas, los malditos, los bluesmen, los graffiteros, los hackers. Por donde quiera que pasan la sociedad se estremece. Entre ellos el pirata se encuentra como en casa. Es él quien preside la mesa redonda de los tiempos, el espíritu ascendente, el fantasma más radical y temible. También el más popular. Con la piratería arranca una historia secreta hecha de personajes como el Lolonés, Barbarroja, Francis Drake, una genealogía tan antigua (y tumultuosa) como la oficial, la de la realidad estatuida, la de los policías y los políticos, esos “grandes rufianes legales”, como los llamaba el capitán Bellamy. Los piratas son los primeros punks, los primeros desobedientes, los primeros anarquistas. Blasfeman, no pagan impuestos, violentan a los Estados, defienden todo tipo de causas perdidas. Son la antisociedad, los transgresores de las leyes del mar. Unos los temen, otros los admiran. Su figura es ambigua (ambigüedad moral y muchas veces, también, sexual), es decir, inquietante. Son héroes y al mismo tiempo granujas sin piedad. Por alguna razón que los sociólogos y los historiadores llamarán misteriosa, sus tropelías, incluso las más crueles, se volverán legendarias; lo mismo que sus batallas contra los tiranos, esa puesta en práctica de sus ideas libertarias.

De modo casi natural, los piratas se organizan, se constituyen en asociaciones, clanes, bandas. Se inventan reglas de convivencia, establecen un código particular (honor, igualdad y soberanía son sus baluartes). Fundan repúblicas clandestinas, islas de la camaradería: la República Pirata de Sales, Los Hermanos Avitualladores, los Mendigos del Mar. Entre ellos una cosa es clara: aman la independencia y por eso evitan a toda costa la concentración de poder y la aparición de líderes. En sus zonas liberadas todos reinan y el botín se reparte siempre en partes iguales. Un ejemplo es la Cofradía de los Hermanos de la Costa, la célebre república antillana de filibusteros fundada en la Isla de la Tortuga, que será leída con el tiempo como un ejercicio de sociedad anarquista, acaso un atisbo de utopía, un lugar sin prejuicios de nacionalidad ni religión, sin trabajos forzados ni propiedad, donde los derechos de cada individuo garantizaban los de todos.

UTOPIAS PIRATAS
En sus ensayos “Utopías piratas: Corsarios moros, y renegados europeos” y “Zonas Temporalmente Autónomas”, Hakim Bey describió las islas piratas como formas tempranas de sociedades autónomas o proto anarquistas.

II. LA SOMBRA DE LOS PROSCRITOS

Cuando en el siglo xix la nueva tecnología mercante y su gran velocidad hizo imposible la piratería se escuchó el grito: “La piratería ha muerto. ¡Viva la piratería!”. La sombra del pirata se desprendía así del pillaje sanguinario para convertirse en otra cosa, quizá una metáfora, la inspiración de renovadas operaciones de ruptura. Para algunos, sus detractores, seguirá siendo sinónimo de criminalidad, contrabando de mercancías, pero también de una práctica nueva: saqueo de información cibernética. El pirata es un delincuente, una figura del mal. Para otros, herederos del espíritu autónomo de Los Hermanos de la Costa, representará más bien un método para abrir fisuras en los muros del control político y social, y encontrarán en el mar de internet un infinito universo de incursiones, el lugar propicio para liberar islas de información compartida, gratuita, colectiva. Pero la piratería también formará parte del marketing, será playera, película de Hollywood, best seller, uniforme de baseball, tienda para buscadores de tesoros. En cualquier caso, la ambigüedad moral del pirata prevalecerá y su bandera ondeará aquí y allá para significar muchas cosas.

De los piratas cibernéticos al Partido Pirata sueco, la vitalidad de la piratería como metáfora (o figura de resistencia) reside en su capacidad de simbolizar simultáneamente la disolución y la comunidad, es decir, el rechazo hacia ciertos valores establecidos como afirmación de que todo es nuevamente posible, de que la sociedad puede reinventarse. Cuando los piratas dijeron ¡al diablo con sus valores! estaban tirando por la quilla la familia, el trabajo, las diferencias de clase, para construir una convivencia horizontal enteramente distinta, fundada en el deseo vehemente de libertad. Lo que viene a continuación es un rápido inventario de ciertas actitudes repetidas en el tiempo, los fragmentos aún vigentes del espíritu irredento de la piratería trasladado al territorio cada vez más frágil de la cultura. Se trata de una historia marginal que zarpa de la isla griega de Samos y desembarca en los enclaves hacker de internet. Lo que propone esta historia, hecha de pedacerías, es el acceso hacia una cultura que se resiste a la mezquindad del mercado; una cultura no oficial que cree en el gusto por lo verdaderamente comunitario, eso que los situacionistas entendieron como una fiesta interminable, donde ya no se oyen lamentos o blasfemias, sino celebración.

 

III. UNA GUARIDA PARA EL ARTE

La historia comienza, ya se sabe, con los griegos: los primeros piratas. Aquiles fue eso, un bandolero del mar, antes de combatir en Troya, lo mismo que Ulises. Temerarios y grandes marinos, situados en el centro del comercio mediterráneo, los griegos encontraron en las costas de la Hélade escondrijos inmejorables. Como si la búsqueda de la autonomía formara parte de la naturaleza misma del espíritu pirata, su ejercicio apareció muy pronto, directamente en las madrigueras donde se repartía el botín. Así sucedió en Samos, la guarida de Polícrates, el pirata con la flota más poderosa de la antigüedad. Aquella pequeña isla del Asia Menor fue primero su escondite, luego su reino. Como espacio autónomo, la isla sufrió una transfiguración drástica: de nido de rufianes se convirtió en ciudad de las artes. Amo absoluto del mar Egeo, Polícrates, el pirata-príncipe (el tirano, para usar el término griego), atrajo a su corte a poetas, médicos y artistas. Entre ellos se encontraba Anacreonte, su amigo íntimo. También llamó a los mejores arquitectos y escultores para construir una muralla, un acueducto, un palacio y un imponente santuario a Hera comparado por Aristóteles con las pirámides de Egipto. Mecenas soberano, a Polícrates se atribuye también una de las primeras colecciones públicas de libros. Tal vez por eso se volvió tan popular entre su gente, porque transformaba el botín en biblioteca.

 

IV. PIRATAS CIBERNÉTICOS

Alguna vez internet reanimó los viejos sueños de una Arcadia posible, un lugar fuera del espacio y del tiempo donde todo cabría milagrosamente y quedaría siempre a la mano, un medio universal de acceso libre e irrestricto, ajeno a los sobresaltos de la propiedad, sin guardias malencarados ni rejas con púas. ¿Una república pirata como la de Polícrates? Algo semejante, una interzona de software gratuito y comunitario. Sin embargo, internet, como ha sucedido con gran parte de la tecnología informática, dejó muy pronto de ser el reino de la disponibilidad permanente, la biblioteca abierta, para convertirse en tesoro de monopolios, mecanismo de vigilancia y depósito de la paranoia generalizada (el miedo, ya se sabe, es el síndrome de nuestra época).

Uno de los inventos más remuneradores (y falsos) que el control social ha lanzado al mercado en los últimos años es el pirata cibernético. Se trata del nuevo chivo expiatorio de una sociedad emergente, la sociedad red, cuyo territorio virtual, hecho de complejos circuitos de información y pasajes invisibles, fue construido, qué paradoja, gracias a las incursiones y los juegos de muchos piratas cibernéticos. O de algunos parientes con nombres aún no difamados (freaks informáticos, científicos del MIT, hackers) que deseaban comunicarse entre sí a través de modems para luego compartir esa comunicación con otros. ¿Cuál ha sido su delito? La curiosidad tecnológica, el espíritu de exploración. Y también: la voluntad de liberar la cultura y la tecnología, es decir, de convertir, como Polícrates, el botín en biblioteca. Un hacker (que preferiría no ser llamado pirata, ese criminal) se define a sí mismo como un niño que desarma un reloj para ver su mecanismo; pero a veces, al armarlo de nuevo, descubre que ha creado algo distinto. O que en su exploración ha penetrado en un sitio prohibido, violando los sistemas de seguridad. Tal vez el reloj no era suyo. Entonces cunde el terror como si la amenaza pirata renovara su carga sobre los muros virtuales del Estado. La alarma se hará sonar: ¡Un chico ha entrado en nuestra red sin avisar! ¡Y podría hacernos volar en pedazos o provocar una guerra nuclear! El Estado terminal, suplantado hace tiempo por los poderes fácticos de los medios y las corporaciones, decide recuperar su lugar y reforzar la seguridad.

Un día lo que había nacido gratuito y descentralizado se convirtió en mercancía que no se podía llevar a casa sin pagar. El rizoma, la red de información pirata, volvió a la vieja arquitectura monolítica del cliente-servidor: una pantalla de publicidad perpetua; una discoteca con música prepagada. No sólo eso: aquella zona que había surgido sin prejuicios de nacionalidad ni clase, sin presencia del Estado ni del dinero, ingresó inevitablemente en los dominios de lo punitivo. Entonces los adolescentes que comenzaron a bajar música gratis de espacios p2p (peer-to-peer o intercambio de archivos entre iguales) como Napster, se convirtieron en delincuentes perseguidos con el mismo ímpetu que los terroristas y narcotraficantes. ¡Pero si los chicos sólo querían escuchar a Bob Dylan! Es el momento de la cacería de brujas. Y también: de la insubordinación cultural. Y así, la bandera pirata vuelve a ondear en los conciertos de rock, con la leyenda: “We download your music”. Después de todo el pirata cibernético no es más que alguien que desea navegar alegremente por el mar que él mismo ha creado.

 

V. ME LLAMO LUTHER BLISSETT, COMO TODO EL MUNDO

El jueves 31 de enero de 2008, la provincia española de Alicante amaneció bajo la sombra ondulante de una bandera pirata. La enseña nacional había sido robada del Castillo de Santa Bárbara (de ella sólo quedaban algunos hilachos) y sustituida por otra. Entre el escándalo de la policía y la indiferencia del alcalde, que calificó el incidente de pura “gamberrada”, un tal Luther Blissett se atribuyó la suplantación a través de un correo que envió a todos los medios, refiriéndose a sí mismo en plural, como si bajo su nombre se encontrara una multitud: “Hemos sustituido la bandera nacional por la que creemos que es el verdadero estandarte de los dirigentes de este territorio: la bandera pirata”. Pero ¡qué acto de malabarismo simbólico! De pronto, lejos de los libros de aventuras y las tiendas de buscadores de tesoros, los piratas volvían una vez más a la escena sin haber perdido un ápice de su ambigüedad moral. A través de la bandera siniestra, esa bandera concebida para amedrentar a los barcos desde la distancia, Luther Blissett quería decir, como dijo el viejo pirata Bellamy: los auténticos rufianes son los empresarios rapaces (y los políticos que los cobijan), esos piratas legales refugiados al fondo de los paraísos fiscales (con su secreto bancario, sus cuentas anónimas, su facilidad para establecer compañías “de papel” sin pagar impuestos), los mismos empresarios que invierten millones de euros al año en campañas contra… la piratería. Algo ahí, en el Castillo de Santa Bárbara, se había puesto en crisis por lo menos temporalmente. La travesura de Blissett insistía: eran ellos, los miembros de la élite que controlaba la ciudad, quienes deberían inspirar terror o, por lo menos, desconfianza… “¡Basta ya de especulación inmobiliaria, de privatizaciones que benefician sólo a unos pocos, de favoritismos de amigos en asuntos de todos, de represión social, de prohibiciones culturales, de promoción del transporte insostenible y de políticos corruptos!”. El reclamo del comunicado parecía, en efecto, la expresión de un enojo común encarnado no por un partido de izquierda (a menudo tan sospechoso como sus detractores), sino por la figura de un saboteador inubicable.

Pero, ¿quién demonios era Luther Blissett? La policía no pudo aportar ninguna huella, ninguna marca, ningún indicio. Y, sin embargo, Blissett aparecía en todas partes. Se le había visto desde 1997 en España, en acciones que emulaban la artillería dadaísta, como aquel día en que se presentó (la cara tapada con pañuelo rojo y gorra negra) en una sala de conciertos de Barcelona y leyó el Manifiesto por la Huelga del Arte después de haber roto los pinceles con los que acababa de pintar bigotes a la Gioconda. A raíz de ese incidente le llamaron neodadaísta y Blissett se convirtió en el fantasma sucesivo de Tzara, Ball, Huelsenbeck. ¡Pero si las vanguardias han muerto!, gritaban entre bostezos los teóricos de la posmodernidad. Sin embargo, aquella nueva encarnación del descontento los desmentía. Frente a las convenciones de una cultura cada vez más complaciente y frívola, entregada a la pura especulación económica y los códigos mediatizados, y por eso incapaz de responder de manera creativa a las convulsiones del mundo, la moratoria artística de la que hablaba Blissett proponía un deslinde, el retiro voluntario de un sistema donde las obras exhibían cada vez con menos pudor su condición de marionetas banalizadas, acríticas, muertas. La alusión a Duchamp no consistía sólo en desfigurar a la Mona Lisa, sino en algo aún más drástico: retirarse en plena producción artística, desaparecer, no para retirarse de manera pasiva, sino para provocar temblores, aperturas, grietas, donde construir espacios de expresión en la vida cotidiana.

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Muy pronto se le sumaron otros artistas que estaban igualmente enojados y en arco’99 (la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid) doce personas, que llegaron a la inauguración sin haber sido invitados, interrumpieron bruscamente la recepción televisiva a la infanta Cristina, para hacer un llamamiento a la huelga. Cosa rara: los doce infiltrados se hacían llamar Luther Blissett. ¿Pero cómo? ¿Qué no era ése sólo el cabecilla? En la era del star system —el dios de un nuevo universo—, la renuncia al nombre propio y con él al reconocimiento, el liderazgo visible, la celebridad, se convirtió en la primera anomalía con que Blissett descompuso el modo de operar de los medios de comunicación. Para todos los Luthers que se propagaron por España, decir “yo” carecía de importancia. Pero esa era apenas la punta del iceberg. En realidad, la actividad de aquel Zelig anarquista, que era capaz de ser cualquiera siendo nadie, se había extendido desde hacía tiempo por todo el territorio europeo, donde aparecían esténciles, estampas, pintas callejeras, envíos postales, publicidad intervenida, radios libres, acciones y zines bajo su firma. Estaba en todas partes y, sin embargo, Luther Blissett propiamente no existía. O sí, porque en medio de la confusión, un futbolista inglés de origen jamaiquino que había jugado en el Milán (y sufrido las agresiones xenófobas de los aficionados) se llamaba así precisamente, Luther Blissett, y en todo momento lo acosaban los periodistas (como si él no hubiera tenido ya suficiente con la furia de la hinchada) para preguntarle sobre su participación en innumerables sabotajes. No se sabe si harto o complacido, un día el verdadero Luther Blissett leyó en voz alta frente a las cámaras de televisión un fragmento atribuido al otro Blissett: “Cualquiera puede ser Luther Blissett simplemente al adoptar el nombre”. Entonces se supo en los medios algo que se sabía en internet desde hacía tiempo, que un grupo difuso de artistas, escritores, cibernautas, performers, squatters y activistas, algunos de ellos salidos de los pasillos de la Universidad de Bolonia, habían tomado el nombre del futbolista para transmutarlo en un pseudónimo colectivo (o nombre múltiple o alias multiusuario) que cualquiera podía utilizar. Se trataba de un nombre plagiado, un nombre pirata, un nombre tomado por asalto. Blissett, el hombre multitud, sabía (debería escribir: sabían) que su única fortaleza, como la de los auténticos piratas, radicaba en no ser visto, estar en todas partes, ser más rápido, multiplicarse. Sólo así “la guerrilla de la comunicación”, una suma de manipulaciones y bromas a las que fueron sometidos, en más de una ocasión, la televisión y la prensa amarillista, podía operar dentro de los circuitos mismos del poder mediático.

Maestro en el arte del anonimato y la suplantación, detrás de Luther Blissett crecía una amplia red de protestas y transformaciones culturales que criticaban de manera feroz algunas instituciones occidentales, como el copyright y la propiedad intelectual. Durante milenios la civilización humana “ha prescindido del copyright, del mismo modo que ha prescindido de otros falsos axiomas parecidos, como la centralidad del mercado o el crecimiento ilimitado. Si hubiera existido la propiedad intelectual, la humanidad no habría conocido la epopeya de Gilgamesh, el Mahabharata, la Iliada y la Odisea, Gargantúa y Pantagruel, todos ellos felices productos de un amplio proceso de combinación, reescritura y transformación, es decir, de plagio, unido a una libre difusión y exhibiciones en directo”. Blissett se volvió también un escritor que amotinaba a muchos escritores y creaba una literatura coral y sublevante, donde los autores eran irreconocibles. ¿No es cierto, a final de cuentas, que todas las obras siempre son escritas con palabras prestadas? ¿Quién debería reclamar entonces los derechos? Fue así que todas sus novelas, empezando por Q, comenzaron a treparse a la red desde donde podían descender nuevamente de manera libre. Ese fue el modo en que el copyleft comenzó a levantar el polvo en la industria editorial y a revolucionar las formas de circulación cultural gracias a internet. Blissett exigía, como en el Castillo de Santa Bárbara, la devolución de un territorio común confiscado por los abusos de la idea de propiedad: “No estamos hablando de la piratería gestionada por el crimen organizado —sección del capitalismo extra legal— sino de una piratería autogestionada y de masas”. Bajo la figura del autor multitudinario, el proyecto Luther Blissett oponía un sentido cultural y económico distinto (es decir, horizontal, excéntrico, abierto, basado en el intercambio o trueque, regulado por el menor número de leyes posibles) al sistema capitalista (centralizado, vertical, obsesionado con la propiedad, estandarizado, ultra regulado). Una vez que la cultura fue confiscada por el puro ánimo de lucro, todos los Luthers pensaron que era tiempo de despertar el espíritu pirata y saquear las bodegas y aprender el arte de la cleptografía y devolver el botín a su lugar de origen.

 

VI. PARTIDO PIRATA

La cultura actual es una cultura estrangulada, amenazada de muerte. Cualquiera que por curiosidad se asome a la página legal de Hombre lento de J.M. Coetzee, publicado por Random House, encontrará esta advertencia: “Queda estrictamente prohibida la distribución de ejemplares de la obra mediante alquiler o préstamo público”. ¿Qué significa esto? El despojo de la biblioteca pública. Es decir, la conversión de la cultura en un lugar cerrado, siempre lucrativo, privatizado. En su libro Free Culture, Lawrence Lessig, creador de las licencias Creative Commons, una forma de descarga, copia y distribución de archivos a través de internet que no requiere pago ni permiso, ha descrito la degeneración de los derechos de propiedad (desde el copyright hasta las patentes) como una forma de concentración de poder que amenaza la tradición cultural. El copyright, que había nacido para encontrar un equilibrio entre los intereses del autor, el editor y el lector, se ha transformado en las últimas décadas en una política de acaparamiento que afecta tanto a los ciudadanos como a los libros, porque inhibe la circulación de las obras, quitándole a la cultura la sangre que la hace vivir. Algo más grave: la legislación de la propiedad intelectual nos pone ahora a todos bajo sospecha. De acuerdo a ella, en poco tiempo el maestro que le preste Hombre lento a sus alumnos se volverá pirata. Lo mismo que el padre de familia que copie un disco para regalar. O la secretaria que use por esnobismo la palabra loft, hoy patentada. Finalmente llegará el día en que tendremos que pagar por hablar. A cada palabra tendremos que pedir permiso o pagar regalías o ir a la cárcel. El lenguaje se privatizará, como ha sucedido ya con gran parte de la cultura popular. ¿Y qué pasará con el arte? Tendrá que ser ori-gi-nal o desaparecerá. La era de la cita, el préstamo, la parodia, el collage, llegará ¡al fin! a su término. Los paladines del buen gusto podrán entonces descansar. No es una exageración: hoy el collage se encuentra penado por la ley de derechos de autor (si usted pensaba comenzar a recortar, asesórese antes…). Es una lástima que Tristan Tzara y Marcel Duchamp no hayan vivido en esta era pirata; junto con sus secuaces harían fiestas tumultuarias en prisión, gritando antipoemas, con parches y patas de palo.

El panorama, sin embargo, no parece tan malo; después de todo, los excesos de la propiedad intelectual nos obligarán a estar permanentemente fuera de la ley. Seremos todos piratas.

Tal vez por eso, por sus posibilidades de expansión, ha nacido el partido que defiende los derechos de los usuarios de internet, los lectores, los que escuchan música, van al teatro o gustan del cine, los fotógrafos, los maestros universitarios, los escritores, los inventores, los programadores de software. Es el Partido Pirata. Nació en Suecia en 2006 y ya tiene filiales en España, Estados Unidos, Chile, Italia, Austria, Alemania, Holanda, Polonia, Brasil, Sudáfrica… Siguiendo la tradición de la que proviene —el enclave pirata de tipo multirracial— éste es un partido de afiliación internacional, algo así como la Cofradía de los Hermanos de la Costa vuelta institución. Sus principios se fundan en la concepción de la cultura como un bien común al que todos los ciudadanos tienen derecho. Como ha sucedido desde la década de los ochenta con los activistas del copyleft y luego del Creative Commons, el Partido Pirata defiende “el libre intercambio y la participación colectiva en el disfrute de los bienes culturales”. Por eso denuncia los abusos del copyright, cuyos estatutos internacionales se modificaron poco antes de que Mickey Mouse se volviera dominio público para que el ratón siguiera alimentando las arcas de Disney por otras cuantas décadas. Del mismo modo “millones de canciones clásicas, películas y libros son mantenidos secuestrados en las bóvedas de enormes corporaciones mediáticas, sin ser republicados por sus grupos centrales, pero tampoco liberadas, por considerarlos potencialmente provechosos. Nosotros pensamos que no hay razón alguna para que alguien necesite ser remunerado hasta cien años después de su propia muerte… Queremos liberar nuestra herencia cultural antes de que el tiempo marchite al celuloide de los carretes de las películas antiguas”. La idea de que la cultura puede ser propiedad —propiedad intelectual— se usa para justificarlo todo, desde las multas que pagan los restaurantes por poner música en sus locales hasta el intento de patentar las posturas de yoga o la imagen de la Virgen de Guadalupe (que se encuentra ya en manos de los chinos). Todas las exigencias de los nuevos piratas apuntan hacia la misma dirección: el reconocimiento del valor inmaterial de la imaginación y el conocimiento, un valor que no puede cotizarse ni legislarse del mismo modo que un automóvil, pues se trata de un bien intangible, muchas veces común, no exclusivo, cuya supervivencia depende del intercambio y la reinvención. ¿Qué es la cultura si no una forma de tráfico permanente, de pequeños hurtos, de ideas tomadas aquí y allá, de regalos y piraterías?

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Los desobedientes de San Precario

11_Los desobedientes de San Precario

Todo comenzó con una vertiginosa carrera hacia la nada. Eran los años sesenta y la Affluent Society hacía su aparición triunfal en la vida cotidiana: sillones relax con apertura eléctrica, diseño ergonómico y masaje; escritorios abatibles para duplicar el espacio; sofás-cama con estructura de hierro, somier de retícula, colchón de muelles y un sistema de confort absoluto. El crecimiento económico había despertado alrededor del mundo un entusiasmo sin precedentes desde la época en que Marjorie McWeeney, un ama de casa de Rye, Nueva York, apareció sonriendo, escoba en mano, en la revista Life, entre cientos de vasos de cristal, lavadoras con secadora integrada, envases de sopa enlatada multiplicados hasta el vértigo, ollas express, toallas aterciopeladas, aspiradoras, Corn Flakes, Instant Ralston, Gerbers y algunas decenas de camas alineadas, donde sus hijos —los hombres y mujeres del futuro— irían a soñar con la abundancia. Se trataba de la imagen perfecta de un nuevo imperio: el de las cosas y sus vasallos, los consumidores. Ningún obstáculo parecía entorpecer ese movimiento en ascenso del capitalismo industrial, ningún retrato de la miseria, ni siquiera las imágenes de las hambrunas que aparecían en la misma revista, podría eclipsar aquel esplendor.

Sin embargo, un extraño trastorno del ánimo apareció en medio de la fiesta. Junto a la melancolía crepuscular del domingo —la hora de los trabajadores cansados— crecía un malestar más grave e insidioso, más incurable: la insatisfacción. Los oficinistas, los universitarios, las jóvenes secretarias que habían alcanzado su independencia económica, los apurados padres de familia, todo ese universo en expansión de la clase media se sentía cada vez más frustrado frente al televisor: ahí crecía un mar sin fondo, lleno de expectativas y necesidades creadas que ellos jamás alcanzarían a cubrir (ni aunque trabajaran los días de descanso). Esa misma sensación, esa ansiedad creciente, se apoderaba de ellos al pasar junto a los escaparates de las grandes tiendas, repletas de prendas exquisitas y gadgets irresistibles. Tanta prosperidad los hacía sentirse miserables. Como Jérôme y Sylvie, los protagonistas de Las cosas (1965) de Georges Perec, ellos también “habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Sus placeres habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir”. Pero todos los días, al regresar de sus trabajos extenuantes, eran “devueltos a la realidad, ni siquiera tétrica, sino simplemente angosta —y era tal vez peor—, de su vivienda exigua”. La lógica del mercado no cesaba de empujarlos a consumir; pero era esa misma lógica la que los mantenía en un eslabón inferior, donde sólo era posible el deseo, el espejismo, la resignación. Ahí estaban los nuevos consumidores, inermes, pasivos, jaloneados por fuerzas contradictorias, flotando sobre el vacío.

Pero aquello era sólo el principio. Cuatro décadas después la vida cotidiana no ha dejado de estrecharse. De hecho ya no queda más espacio para desear pantallas de plasma o lavaplatos automáticos; pronto no quedará espacio ni siquiera para los modelos del mercado negro ni los sustitutos proliferantes del mercado chino. Los consumidores han sido finalmente consumidos. Son apenas unos supervivientes, unos invisibles, unos trabajadores sin contrato, unos desocupados. Para ellos, la idea de que la prosperidad está a punto de derramarse de arriba abajo y en todas direcciones sólo multiplica a diario las cifras ocultas del desencanto. ¿Cómo podrían soñar con un auto de seis velocidades, luces de xenón, rines 17, ellos que ni siquiera tienen refrigerador?

Casi nadie los ve pero son miles los nuevos pobres que deambulan con las manos vacías por las catacumbas del primer mundo, ahí donde la mercancía se acumula en toneladas. Los padres de esta generación pauperizada pertenecían a la clase media, eran lectores de Life, trabajaban en fábricas de electrodomésticos que más tarde compraban frenéticamente en las ofertas. Ellos, en cambio, no tienen empleo fijo, mucho menos un piso propio, ni siquiera seguridad social. La economía de la producción sin medida ha obturado herméticamente su espacio vital y en los últimos diez años han vivido una acelerada aproximación a la miseria: tienen cada vez menos, en un mundo donde la industria ofrece cada vez más.

La sociedad de consumo nunca calculó el enorme abismo que se abriría progresivamente entre la embriaguez que prometían sus publicistas y esta realidad simplemente invivible. Mucho menos sospechó que bajo la capa de pasividad y resignación que envolvía al consumidor promedio, podría liberarse algún día la voluntad de rechazo: la inconformidad.

Esto es lo que finalmente sucedió en Italia, en la época en que Berlusconi pasaba del puesto treinta y cuatro a ser el cuarto hombre más rico del mundo. Estaba claro que algo no marchaba del todo bien en la era del “rey del entretenimiento”, pues una de cada cinco familias ya no llegaba a fin de mes. ¿Y dónde quedó el oro derramado?, se preguntaba todo el mundo. Si algo hizo el gobierno de Berlusconi fue repartir con más equidad las vejaciones, permitiendo que un mayor número de personas de la pequeña burguesía se hermanara con los mendigos. Así, mientras él disfrutaba el arte de vivir, sus súbditos tenían que aprender el cada vez más difícil arte de la supervivencia.

Pero no todos los vasallos del consumo seguían pegados al televisor. De hecho el primer sábado de noviembre del 2004, los centros comerciales comenzaron a temblar. Trescientos italianos subempleados —militantes del grupo I Desobbedienti también llamado Tute Bianche o Monos Blancos, refiriéndose al tipo de trajes desechables que usan los trabajadores contratados temporalmente— se reunieron en un conocido supermercado de Roma para hacer su primer acto masivo de shopsurfing (una estrategia de consumo sin gasto ingeniada por una multitud hambrienta). Los desobedientes entraron con sus bolsillos vacíos, pero no por eso escatimaron frente a los embutidos o los refrigeradores de lácteos. Revisaron los precios, ponderaron la calidad de la polenta, fueron exigentes en su elección. Después de una hora de paseo, con los carritos llenos de comida y enseres domésticos, se enfilaron a las cajas como un tropel amenazante. Eran trescientos y sabían que juntos constituían un solo cuerpo invencible. Alguien dio la señal y entonces comenzaron a exigir al unísono un descuento del setenta por ciento (el porcentaje estimado del encarecimiento de la vida cotidiana en Roma). “¡Setenta por ciento menos o de lo contrario —gritaban— nos largamos de aquí con los carritos llenos y sin pagar!”. El director de la tienda no lo podía creer; los policías tampoco. Y no se atrevían a hacer nada porque los desarrapados eran legión. ¿Cómo arrestar a las personas, sólo porque ya no les alcanza el sueldo? Aun así, el director, que era un tipo testarudo, no dio su bracito a torcer. Pero los desobedientes gritaron de nuevo: “Oggi non si paga. É San Precario[1], y se fueron con su mercancía, sin pagar. Como los antílopes que avanzan en manada para protegerse cuando están en peligro, habían descubierto la solidaridad de la selva.

Más tarde el tropel se dirigió a una librería para repetir la acción y negociar una rebaja en libros y cds, “porque la canasta familiar debe ir del sabor al saber”, dijo Francesco Carruso, portavoz napolitano de la organización. “Los libros se han convertido en objetos de lujo para los diez millones de italianos que no llegamos a fin de mes… Nosotros queremos el pan, pero también las rosas. Comer, pero también leer”. En otra ocasión, se disfrazaron de fiesta y asistieron a un restaurante para celebrar el bautizo de un falso bebé de juguete. Bebieron vino tinto, se sirvieron abundantes porciones de ensalada césar, cortaron con cubiertos cuyo fulgor hacía temblar la carne del pato asado. Al terminar el último brindis, los invitados salieron sigilosamente, sin pagar la cuenta, y dejaron sobre la mesa al muñeco arropado, como prenda de su desafío.

Con estas acciones de desobediencia civil —más que un robo, explican, se trata de una “autorregulación de precios”— los invisibili se volvieron finalmente visibles frente a los medios y la ciudadanía, y han logrado poner en evidencia no sólo que la precariedad existe, sino que es parte de la opulencia. Desde entonces saben que si el bienestar económico radica en trabajar tres jornadas para ir viviendo, lo mejor será rezarle a San Precario (“el santo más poderoso de todos”) y luchar con más acciones de shopsurfing contra toda esa gigantesca ostentación de mercancías, que los ha reducido a ser los voyeurs incómodos de la abundancia.

 


[1] He aquí la oración original de San Precario, el santo de los invisibles, los desocupados, los free lanceros, los inmigrantes sin documentos, los que no llegan a fin de mes: “Oh San Precario, / protector nuestro, de los precarios de la tierra / danos hoy la maternidad pagada, / protege a los dependientes de las cadenas comerciales, / los ángeles de los call centers, / las cuidadoras migrantes, / los autónomos pendientes de un hilo. / Danos hoy los días de fiesta y las pensiones, / la renta y los servicios gratuitos. / Sálvanos de lúgubres despidos. / San Precario, / tú que nos proteges desde abajo en la red, / ruega por nosotros interinos y pasantes cognitarios / y lleva a Pedro, Juan, Pablo y a todos los santos nuestra humilde súplica. / Acuérdate de las almas de los decaídos contratos. / No te olvides de los torturados por las divinidades paganas, /por el libre mercado y la flexibilidad / que nos rodean de incertidumbres, / sin futuro ni casa, sin pensiones ni dignidad. /Ilumina de esperanza a los trabajadores en negro. /Dales alegría y gloria. / Por los siglos de los siglos: /¡mayday mayday! / www.sanprecario.info

 

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La revuelta de los freegans

12_La revuelta de los freegans
  • a Gustavo, Alison y Lina, que me hablaron de los freegans
  • Nadie puede ser observador imparcial y sereno de la vida si no se coloca en la ventajosa posición de lo que podríamos llamar pobreza voluntaria.Henry David Thoreau

Cuando parecía que todas las resistencias habían sido disueltas, cuando las glorias del mundo unificado se cantaban en los pasillos blanqueados de los malls, un hombre incómodo emergió desde el fondo más sucio y maloliente de la opulencia: era el lord anónimo de la basura, el emperador desarrapado y libre, el recolector con botas de plástico en busca de los tesoros perdidos entre los detritos de la historia.

Lo vi por primera vez en un documental de la cineasta belga Agnès Varda, Les Glaneurs et La Glaneuse (Los espigadores y yo), una exploración poética a través del universo de los buscadores de rastrojos, hombres y mujeres que se han dedicado a la actividad ancestral de levantar desechos. En el campo, los espigadores van detrás de los restos de arroz o soya, pero en las ciudades, recuperan los cuadernos a medio usar, las sillas cojas, los cojines desplumados, todas esas cosas que han quedado al margen, arrinconadas en las esquinas. Son objetos a medio camino entre el uso póstumo y el olvido, trastos inútiles que un día reciben la atención de los recolectores, una mirada capaz de darle vida a todo aquello que parecía hasta entonces muerto. Arqueólogos de los suburbios, para ellos una licuadora vieja no es diferente de un ánfora babilónica, pero a diferencia de ésta, la licuadora no irá a parar al catálogo estéril de los museos, sino a su pequeño cuarto rupestre, donde los artefactos de la década pasada encuentran siempre un segundo aire.

Varda comienza su documental con un cuadro emblemático del pintor Jean- François Millet: tres mujeres recogen las sobras de la cosecha, la espalda inclinada, el cabello recogido por un pañuelo, los brazos llenos de espigas y hierbajos. Una imagen que parece tan antigua como la agricultura misma, como si agacharse para hurgar en los escombros fuera un recuerdo de ciertos gestos nómadas, los primeros hombres rastreando su alimento a pleno sol. Desde los sembradíos medievales hasta las tierras de cultivo más sofisticadas, el destino de miles de alubias y granos de centeno ha sido siempre el mismo: quedarse a la deriva, lejos de la mano del campesino o de la máquina que no puede segar a fondo. Ahí permanecen los alimentos mudos, invisibles, secándose al sol sin que nadie los mire, hasta que llega la espigadora hambrienta a rescatarlos para llevarlos a la mesa.

La historia se repite de un modo u otro. En estos días, por ejemplo, crece el número de verduras discriminadas, hechas a un lado del mainstream. Feas verduras, calvas y cojas, que sufren los estragos de un gusto domesticado por la publicidad, un gusto que desdeña el sabor y los nutrientes, pero adora la fotogenia. Hordas de tomates se pudren a diario en el campo ya no por omisión, sino por un exceso de la mirada: el rígido escrutinio de las pasarelas agrícolas donde se impone la voluptuosidad de los tomatoes de las revistas gourmet y los accidentes de la naturaleza son desaprobados casi con escándalo. Una papa con forma de corazón, no pasa; una zanahoria encorvada, tampoco. Son verduras sin garbo, mercancía sin valor comercial. Como sucede en tantas otras cosas, lo que prevalece en el mundo de la horticultura es la apariencia. Y así, en la era de las hambrunas y las crisis alimentarias, los controles agrícolas tiran toneladas de vegetales cuyo único pecado ha sido la escoliosis. No apelo aquí a un activismo contra la discriminación de los berenjenas, pero ¿por qué no empezamos a hacer ensaladas deformes, ensaladas que celebren las salidas más estrafalarias de la naturaleza? ¡Abolamos de una buena vez la uniformidad de las escarolas! Contra(horti)cultura. Al menos Varda, en su documental, ha dado un primer paso a través de sus close-ups llenos de simpatía hacia las jorobas de una papa sin fortuna, una papa segregada que de pronto muestra su belleza subterránea, como si se tratara de una pieza esculpida por el azar, un monumento irónico a la civilización del desperdicio.

Varda lo documenta: la práctica de los espigadores no se ha detenido jamás; en realidad sólo se transfigura, se desplaza, crece, va de los surcos de tierra a los fosos marginales de las grandes urbes. Okupas, gitanos, madres solteras que desean ahorrar, desempleados con el estómago vacío, familias mileuristas, recolectores de ocasión, artistas: en la travesía de Varda cientos de personas se inclinan a lo largo del territorio francés para recobrar, a escondidas, calabazas enanas o sillones contrahechos arrojados a los lotes baldíos donde conviven vagabundos, perros y pepenadores. Se trata de un antiguo ejército de espaldas dobladas (pero que no se doblegan), un contingente al que se ha sumado la compañía sublevante del freegan: el espulgador consciente de la basura, el desertor de la abundancia. “To bend is not to beg”, reza la antigua proclama de los espigadores. A lo que el freegan agrega: “We will eat your scrap but we won’t buy your crap. Comeremos sus sobras, pero jamás compraremos su escoria. No estamos frente a un simple acto de pillaje, sino frente a “tácticas alternativas de suministro”, estrategias para frenar la dilapidación que en estos días se propaga como un incendio. Para el freegan la recolección de desechos no es un acto de supervivencia, sino una crítica radical hacia una sociedad que ha abrazado la seducción masiva del consumismo. No comprar, no participar en la economía convencional, no derrochar, no sujetarse a los ideales seculares de trabajo, dinero, propiedad y poder. En español podría llamarse: anarco pepena o anarco recolección. Es decir, un tipo de anarquismo posterior a la caída del Muro, atento a la colaboración horizontal y autogestiva, crítico de las estructuras burocráticas y la economía de mercado, entregado a la acción directa no violenta.

En lugar de la esperanza abolida de la revolución (toda revolución culmina en una nueva reacción) queda lo que Deleuze llama el devenir revolucionario de los individuos: movimientos impensados, contingentes, inubicables desde donde se proyectan otras formas de organización social; comunidades autónomas en resistencia creativa. La anarco recolección es eso: una insurrección nómada que se propaga a través de pequeños grupos por los linderos de la ciudad hedonista. Cansados de las aspiraciones de la sociedad post industrial —larga vida, llena de riquezas materiales, cómoda y segura, pero incapaz de soñar—, los freegans son individuos del hartazgo, ingenuos sin ingenuidad, que se han desmarcado de los flujos de la mercancía. Cansados de ser criaturas apáticas, abolidas por sus pasiones tristes, no desean ser espectadores pasivos de su desintegración, pero ninguno querría encabezar una revuelta con comandos armados. Su protesta carece de centro, no es uniforme, opta por la inspiración heterogénea: es altermundista, ambientalista, zapatista, lúdica, pero también cercana al andar errático del situacionismo y a otros movimientos empeñados en reunir arte y vida (como los Diggers de Haight-Ashbury, aquella comunidad de artistas callejeros ubicada en San Francisco que a lo largo de los años sesenta vivió bajo la economía del regalo, el reciclaje y el trueque). La anarco recolección es la concepción de una nueva forma de convivencia que ha entrado en consonancia con los enclaves de autoproducción “Do It Yourself” (Hágalo usted mismo) y la proliferación de grupos en rebelión que se dispersan por todos lados en estos días sofocantes (monos blancos, hackers, anticorporativistas, eco guerrilleros, comunidades indígenas autónomas, cooperativas, cibernautas que proclaman la era de los códigos abiertos). Átomos en fricción para reavivar el deseo y abrir grietas en la fría lógica del capital o los discursos de una izquierda centralizada y caduca. Grietas, conductos, fisuras, los freegans son como esas lombrices que oxigenan los detritos, abriendo huecos por donde pueda pasar, de nuevo, un poco de aire.

La aspiración última del freegan, el consumo cero, parece una forma de activismo de la renuncia. Es decir, la abdicación sin ambigüedad a un sistema de producción “donde el beneficio ha eclipsado las consideraciones éticas”. En su página web, los freegans consignan una lista interminable de compañías (de Exxon a Pfizer, pasando por McDonald’s y Burger King) que ejercen algún tipo de violencia sobre la vida, fábricas que destruyen el ambiente, corporaciones que violan los derechos humanos, cadenas de comida rápida que abusan de los animales, contaminan el agua y el aire o multiplican las horas de trabajo sin compensación. Pero boicotear esas marcas, argumentan los freegans, no basta para erradicar la enfermedad. Es preciso deslindarse por completo, abandonar la metrópolis de todos los excesos, no volver a consumir jamás.

No hay cosa que en manos de un freegan no encuentre una segunda existencia. Así, el aceite vegetal que ha sido usado para freír en los restaurantes es trasformado en combustible, del mismo modo que las piezas de las viejas pcs, reinas de la caducidad, sirven para crear computadoras ensambladas. En el fondo, lo único que busca el freegan es restablecer cierto equilibrio perdido. Después de todo, lo que llamamos reciclaje no es sino la recuperación tardía de un proceso natural, la forma en que la vida se reintegra a la vida. Ya lo sabemos: en la naturaleza nada es desperdicio, al menos para los gusanos, las rémoras, los ácaros, las aves carroñeras y los microorganismos. La tierra misma, ¿no se nutre acaso de excrementos y frutos podridos? Sólo en la civilización hay basura: ese caldo de jeringas, recipientes de unicel, botellas y bolsas de plástico que hace tiempo flota en el Pacífico (más de seis millones de toneladas de basura terminan en el mar cada año), donde los lobos marinos chapotean hasta agonizar. Nuestros desechos se han convertido, después de dos siglos de actividad industrial, en las cimas de la civilización: sólo ellos son hoy capaces de desafiar a la eternidad.

Sobre todo en la comida nos hemos vuelto súbditos del derroche y la tontería. He sabido de una práctica común entre los agricultores italianos que destruyen cada año la sobreproducción de tomates para conservar su valor. La pregunta es evidente, ¿por qué no mejor donan o rematan sus excedentes a los desempleados o los inmigrantes? Porque en la ecuación inflexible de la oferta y la demanda regalar equivale a devaluar, es decir, a perder dinero. Lo mismo sucede en los emporios de comida rápida, las panaderías, los supermercados. Cada noche en los botes de basura del primer mundo se acumulan enormes cantidades de rosquillas, panes o croissants a los que ningún censor de la repostería pondría algún reparo. O quizá sólo uno: que mañana serán el pan del día anterior. Si la existencia de las donas sólo tiene sentido recién salidas del horno, ¿por qué entonces se producen tantas? Porque en la lógica de la abundancia nada es demasiado y, además, hay que mantener la vitrina rebosante, la vitrina que es el primer anzuelo arrojado sobre la libido del consumidor. Tal vez por eso los freegans se han empeñado en rescatar rosquillas (pero también yogurts a punto de caducar, fruta envasada, bolsas de espagueti ligeramente rotas) de los depósitos comerciales, y reutilizan los muebles, la ropa y los electrodomésticos que otros arrojan a la calle porque sí, por dispendio, por exceso.

Como nueva transformación del ethos de la clase media, los freegans no son mendigos sino ex gerentes, ex corredores de bolsa, ex ejecutivos de grandes corporaciones que finalmente han dejado su pecera asfixiante (algo parecido a un tubo que se extendía de la casa a la oficina y de ahí al centro comercial), para nadar en los mares procelosos de los suburbios. Sus comunidades florecen precisamente en las ciudades del gran consenso, donde aún hace unos meses se celebraba la boda interminable de la democracia y el liberalismo económico, como si se tratara de una relación sin fisuras. Pero en Manhattan, Los Ángeles, París, Barcelona, Hong Kong, Londres, Berlín, Tokio y recientemente en México[1], los recolectores anarquistas anunciaban una crisis —la saturación irracional del sistema de consumo—, agrupándose alrededor de pufs y love sits abandonados, cacerolas y lámparas apenas rotas, los guijarros de hojalata dejados en la orilla por las grandes mareas de la novedad. Desde hace diez años, los freegans salen, a medianoche y en grupos, a recorrer las rutas del desperdicio, como lo hacían los miembros de la Drop City, aquella ciudadela hippie de construcciones geodésicas armadas con techos de automóviles viejos. Se detienen a las afueras de los restaurantes y los supermercados, donde es posible encontrar alimentos seguros y en perfectas condiciones para preparar sus propias comidas o para compartirlas en fiestas públicas. Porque los freegans no sólo aspiran a subvertir la economía de la devastación a través del propio ejemplo, sino que abogan por la generosidad, la cooperación, el desprendimiento y, sobre todo, el sentido de comunidad que prevalecía entre las espigadoras del Medievo. En una época donde la norma es la contraria, donde lo que priva es la indiferencia, el aislamiento y el miedo, el espíritu freegan nos deja perplejos. Es como si hubieran transformado su indigencia voluntaria en un espejo que devolvía a esta época indigente su propia imagen deformada.

Como fenómeno social, la anarco recolección parece haberse convertido en algo más que una subcultura sui generis, un grupúsculo enternecedor o una manía romántica. En sus pequeños departamentos okupados, donde lo desechable encuentra un nuevo sentido, los freegans practican una forma de vida fundada en la pobreza deliberada, la misma que practicó el filósofo anarquista Henry David Thoreau durante su estancia en los bosques de Walden. Lejos de los centros comerciales, lejos de las tarjetas de crédito, los seguros y las hipotecas, los freegans viven con las manos vacías “en una austera y espartana sencillez”. Saben que entre menos dinero necesiten para sobrevivir, más débil será la tentación de sacrificar su vida para obtenerlo. El consumo cero es una purga del sistema. Y también: una forma de desobediencia comercial. “Lo que el hombre necesita, más que medios de acción, son fines, esencia: ser algo”, escribió Thoreau. El freegan es a menudo alguien que ha recuperado el ser, después de haber vivido extenuado por el tener.

Pienso, por ejemplo, en Steve Gutiérrez, el fundador de un taller de bicicletas recicladas que antes había sido banquero de inversiones en Wall Street. Una tarde, Steve se preguntó, como alguna vez había hecho Bukowski: “¿Cómo puede un hombre ser feliz si su sueño es violentamente interrumpido por una alarma a las seis y media de la mañana, para abandonar la cama, desayunar, mear, lavarse los dientes, peinarse y pelear contra el tráfico con la única finalidad de llegar a un lugar donde esencialmente se dedicará a hacer un montón de dinero para alguien más, alguien que lo obligará a darle las gracias por haberle dado la oportunidad?”. Steve podría haberse dejado convencer por el confort, pero algo en él comprendió que su cama de agua le ofrecía un bienestar cada vez más fúnebre, y se largó a pedalear en su bicicleta de segunda por la ciudad.

Algo parecido le sucedió a Madeline Porcaro, una mujer que ganaba un sueldo de ensueño en Barnes & Noble, hasta que un día, mientras participaba en una marcha contra la guerra en Irak, decidió abandonar el barco con todo y sus arcas hinchadas. Protestar contra la guerra sin cortar las ramas de su propia comodidad, ¿no era una salida en falso? Después de todo, su profesión consistía en alimentar la insaciabilidad de los compradores e inyectar energía a la sociedad del entretenimiento contra la que gritaba cuando tomaba las calles. Porcaro comenzó a enfermarse de sí misma, a intoxicarse a fuerza de contradicción, a deprimirse (esa forma de impotencia). Entonces renunció a su empleo, cambió su loft de clase alta en Manhattan por un pisito amueblado con objetos encontrados en la banqueta y dejó el estilo obsolescente (la idea de que las toallas terracota deben tirarse cuando ha pasado el otoño) por el reciclaje.

“La mayoría de la gente —cuenta Porcaro en una entrevista— pasa más de cuarenta horas a la semana en trabajos que detesta para comprar cosas que no necesita”. Una profunda infelicidad debe estar germinando en el centro mismo de la opulencia para que sean precisamente sus habitantes privilegiados quienes comiencen a emigrar hacia el lado contrario, hacia la negación del consumo y la abolición de los checadores de tarjeta. Free your life from work! Los freegans no sólo recogen cacharros del suelo, también se dedican a recuperar el tiempo perdido. En lugar de embrutecerse acomodando en excel cifras piramidales de dinero que nunca verán en sus bolsillos; en lugar de convertirse en los obreros malogrados de alguna multinacional que los hará trabajar en condiciones cada vez más precarias, bajo la única certeza de que serán despedidos cuando las fuerzas laborales de Bangladesh hayan alcanzado el nivel de la esclavitud que no cueste nada a sus dueños; en lugar de amargarse entre las paredes de una empresa que arroja desechos tóxicos a los ríos del tercer mundo, los freegans se han entregado abiertamente al proselitismo de una nueva forma de vida: la vida ociosa. No es extraño que la gente los considere parásitos y chalados; después de todo, han faltado a las más básicas normas de urbanidad: se han desnudado del capitalismo a la vista de todos. La suya es una moral contraria a la ética del trabajo, donde la competitividad es sustituida por la cooperación, el enriquecimiento por el intercambio y el yugo de las horas extra por el juego. El conjunto de sus gestos y estrategias de convivencia (las ollas comunitarias, los bancos de tiempo, el trueque) podría resumirse en una pregunta incómoda: ¿por qué el capitalismo ha acumulado más recursos de los que jamás se hubieran visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, la explotación, la desigualdad? Ellos han optado por el desempleo deliberado, los enclaves de trabajo cero, la ayuda mutua, el autoempleo, el activismo; cambian los nombres y las formas, pero en el fondo la idea es la misma: el renacimiento de un sentido de colaboración que hace posible el ocio compartido y la posibilidad de entregarse a una percepción más sensible de la realidad. Y algo más: la no participación en las transacciones laborales que sostienen al sistema.

Al final de su libro sobre la vida de los filósofos cínicos, y de Diógenes en particular, el filósofo francés Michel Onfray convoca a la práctica de un nuevo cinismo, una sabiduría jovial y al mismo tiempo insumisa capaz de descubrirnos una alternativa frente “a los mercaderes del apocalipsis y los teóricos del nihilismo”. Onfray no llama a usar el pelo largo, vestir mantos agujereados ni habitar entre la mugre; los nuevos cínicos tendrían que ser simplemente individuos celosos de su autonomía, figuras resistentes frente a la arrogancia de los poderosos, hombres y mujeres a quienes correspondería la tarea de arrancar las máscaras consumibles de la sociedad actual. Con sus morrales a cuestas, vagabundeando junto a los perros entre escondrijos y depósitos prohibidos, los freegans podrían pertenecer sin dificultad a la estirpe de Diógenes. Cerca de veinticinco siglos después, ellos no sólo se niegan a comulgar con la ostentación del momento —como hiciera Diógenes, llamado perro porque se identificaba con la simplicidad de la vida canina—, sino que también están dispuestos a denunciar, a través de la acción, las supercherías de su época. Como los cínicos, los freegans se contentan con lo que encuentran a su paso y comen en los linderos de la plaza pública, entregados al azar alimenticio, sin obedecer los ceremoniales solitarios de los merenderos masivos con su fast food y sus tetrapacks multiplicados. Y también invitan al escándalo con esa práctica tan suya de comedores de basura que despierta la curiosidad horrorizada de las chicas de la tele que no dejan de fruncir la nariz cuando los entrevistan. ¡Pero si no tienen necesidad! ¿Por qué se sumergen en la inmundicia? ¿No es antihigiénico? ¿No les da miedo la enfermedad?

La gente escamotea a los freegans, los ridiculiza, se ríe de ellos. Pero al final lo hace siempre con un temblorcillo en los labios, el temblor de quien ha quedado al descubierto, desnudo, muriéndose de frío. “Tal vez —piensa la gente desde el fondo de su imaginación apocalíptica— si el mundo no cambia, todos terminaremos arrebatándonos McNuggets entre los desperdicios… ¡como ellos!”. La visión es tan estremecedora, que la chica del noticiero matutino, que nunca luce sus vestidos más de una vez, termina por aplaudir al freegan, con lágrimas en los ojos, por haberla salvado momentáneamente del fin de los tiempos. “You’re making the difference”, le dice mientras le retira el micrófono, tratando de limpiarlo discretamente para evitar un contagio de piojos. Los freegans podrían ser chics, claro que sí. ¿Acaso Converse no fabrica zapatos y ropa para las personas de todo el mundo que viven con optimismo, creatividad y rebeldía? ¡Como los pepenadores cosmopolitas! Pero el freegan no sonríe, algo en él permanece impermeable a la banalidad televisiva, y no deja de soltar cifras y documentos sobre el desquiciamiento ambiental y el arrecife de materia descompuesta bajo el que yace, por ejemplo, Nápoles, una ciudad cuya basura no cabe ya en ninguna parte y de donde la gente ha comenzado a exiliarse, huyendo de su propia mierda.

¿Y si los freegans fueran nuestros desaguadores de emergencia ahora que nuestros despojos se han desbordado, saturando de miasma las ciudades y los mares? A diferencia de las retóricas difuntas de la izquierda tradicional o de las prácticas ambiguas de las buenas conciencias anticonsumistas, los freegans han pasado del discurso a la práctica cotidiana, de la representación al acto. La suya no es la elaboración de una teoría, sino la capacidad para vivir —de acuerdo a los dictados de una sabiduría desesperada— una existencia sencilla, generosa, inaudita. Y mientras comer desechos sea contrario a la idea de civilización, su espíritu inconforme permanecerá intacto, y su basurero, ajeno a la domesticación de la publicidad.


[1] Mientras hacía la última revisión de este manuscrito, fui invitada a una sesión de trueque público en una cooperativa de artistas. Al final, un grupo de voluntarios de Comida No Bombas cocinó para todos un estofado de papas y una ensalada de lechuga, preparados con verduras sobrantes de la Central de Abastos. Debido al inmenso poder que tiene la mafia de la basura en la ciudad de México, siempre me pareció impensable que surgiera un movimiento como el freegan aquí. Sin embargo, la recuperación y redistribución de alimentos desechados comienza a ser posible: http://comidanobombasmx.wordpress.com.
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El Gran Lebowsky

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1. Cuando algún periodista me hace la pregunta infaltable: “¿Cuáles han sido los autores que la han influido?”, respondo sin dudar: Kafka y los hermanos Coen. A veces varío: Kafka, Montaigne, Gombrowicz y los hermanos Coen. O Kafka, Walser, Perec y los hermanos Coen. Y así. Las influencias cambian con el paso del tiempo porque no somos, por fortuna, estructuras monolíticas. Pero Kafka y los hermanos Coen permanecen. “¿Los hermanos Coen?”, replican con desconcierto y me piden que esclarezca. Los periodistas nunca dejan de lanzar sus anzuelos para cazar explicaciones; no toleran la incertidumbre.

Retrato-de-los-hermanos-Coen_54244861614_53389389549_600_396Los Coen pertenecen a la estirpe de la desmesura.

2. Tal vez exagero, pero esa me parece una de las grandes tragedias de la era del entretenimiento: el exceso de transparencia, la forma en que nos vamos quedando idiotas, es decir, sin ideas propias. Que todo sea dicho de una vez y sin ambages. Que la trama se desenvuelva con fluidez y dosificaciones exactas de suspenso. Que no queden hilos sueltos ni ambigüedades. Que los efectos cómicos estén cronometrados y hayan sido vaciados de acidez. Que las intenciones del autor sean identificables, modestas y se atengan a la ortodoxia de los géneros. Que los personajes correspondan a tipos deslactosados, sin quiebres ni dilemas ideológicos. El entretenimiento propone un mundo liso, obvio, confortable, sin escollos para el espectador. Un mundo desprovisto de complejidad. Y eso vale lo mismo para el cine que para la literatura. Pero el cine es un arte colectivo y costoso, mientras la escritura es solitaria y austera. Cuando una película fracasa, se colapsa un mundo y por eso su creatividad suele estar aún más condicionada por los imperativos comerciales.

3. ¿Entiende usted ahora por qué vuelvo con frecuencia al cine de los Coen? No sólo por la forma en que han desarrollado a lo largo de casi tres décadas una filmografía brillante, oblicua, imprevisible, al filo (y a veces en contra) de las presiones monetarias de Hollywood (y lo han hecho con una osadía y una desfachatez envidiables). También porque en sus mejores momentos (Barton Fink, El Gran Lebowski, El hombre que nunca estuvo) han reformulado, parodiándolas, las convenciones más rancias de los géneros y han desbordado (para desconcierto del público y la crítica) los diques que volvían inofensiva la noción de trama. Los Coen pertenecen a la estirpe de la desmesura. En sus películas, como en las caricaturas a las que son abiertamente aficionados, pasan siempre demasiadas cosas. Ni equilibrio ni mesura ni armonía ni causa-efecto. Alejadas de la narratividad clásica, reina en ellas el nonsense, cuya expresión anímica es el humor negro. Sus personajes son tan excéntricos y las situaciones que construyen tan sui generis, descoyuntadas y violentas que es difícil que el espectador no se revuelva un poco en sus asientos. Una de sus estrategias centrales radica en reventar el argumento llevando su formulación más elemental (una cadena ininterrumpida de hechos) hasta sus últimas consecuencias. Por ejemplo: una policía y un ladrón se enamoran y deciden mudarse a una casa rodante en el desierto de Arizona. Son infelices, porque no pueden tener hijos y todas sus solicitudes de adopción son rechazadas. Entonces, deciden robarle un bebé a un magnate (después de todo tiene quintillizos). Pero la dicha dura muy poco: el bebé robado es, a su vez, secuestrado por un par de criminales que lograron fugarse de la cárcel.

raising arizonaEducando a Arizona
Todo lo demás (los chantajes y las pesquisas, las persecuciones en carretera) bordean deliberadamente la inverosimilitud. Se trata de Educando a Arizona (1987), la segunda película de los Coen, una comedia enloquecida sobre los falsos sueños de la felicidad doméstica. Ahí están en potencia las mejores cualidades de los Coen: desparpajo, ironía feroz, diálogos afilados, el saqueo y la reinvención de varios géneros (road movie, spaghetti western, comedia slapstick). Y en el centro, un argumento nómada, que no deja de desplazarse. En Educando a Arizona todo es posible (al final, el bebé es rescatado y la pareja perdonada), porque en el fondo todo carece de sentido. Ese es el hallazgo del cine bicéfalo de los Coen: la exacerbación de la trama (hasta quebrantar su orden lógico) como una forma de escapar a su tiranía. Las rutas del argumento se multiplican sin freno y esa falta de desembocadura conduce invariablemente hacia el absurdo, que es, como en Kafka, el territorio donde habitan las criaturas de los Coen.

4. ¿Es posible conocer la verdad? ¿Cómo vivir en una realidad que ha perdido sus códigos éticos? ¿Tiene sentido tomarse en serio este mundo sin sentido? Las preguntas acechan desde una aparente superficialidad. Porque en el fondo, este es siempre un cine perplejo, lleno de personajes que se abandonan al fluir centrífugo de los acontecimientos sin entender qué sucede a su alrededor. Pienso en El Gran Lebowski, cuyo protagonista (“The Dude”, caracterizado magistralmente por Jeff Bridges) es implicado en un ajuste de cuentas que no le corresponde. También está Ed Crane (Billy Bob Thornton) en El hombre que nunca estuvo, la encarnación del héroe negativo, el hombre sin iniciativa ni pasiones que ha vivido siempre al margen del acontecimiento, hasta que se convierte involuntariamente en asesino. Y no olvido a Barton Fink (John Turturro), uno de los personajes más claramente kafkianos de los Coen, el escritor con bloqueo que se encierra en un hotel siniestro mientras intenta terminar un guión para Hollywood y, en lugar de inspirarse, se sumerge en pesadillas interminables. Se trata de seres tragicómicos envueltos en tramas que son incapaces de desentrañar, solitarios hallados en los suburbios de la vida. Vagos o forasteros, barberos insignificantes o policías incorruptibles, no importa; todos viven enfrentados a algo desconocido con lo que buscan en vano entablar una relación ordenada.

el gran lebowskiEl gran Lebowski

5. Es aquí donde aparece ese hombre ordinario, vestido apenas con bata de baño, bermudas y pantuflas, el rey del desaliño y la vida campante: Dude, es decir, “El Fino”, “El Finolis”, “Finolino”. Un melenudo. Un ocioso. Un neo hippie. Un fumador de mariguana. Un desempleado de buen talante, amigo de la conversación y el boliche. Dude es el reverso del estadounidense ejemplar, la crítica viviente de la cultura puritana y la ética del trabajo que reduce al individuo a su ser profesional. La primera escena de El Gran Lebowski (1998) es inolvidable y representa una de las entradas triunfales del vago carismático en el cine. La voz en off de El Forastero (Sam Elliot), nos presenta al héroe de la película, con un tono fuera de contexto, venido de la épica del oeste. El narrador es torpe, olvidadizo, y mientras seguimos en la pantalla un arbusto rodante que viaja desde el desierto hasta el suelo del asfalto urbano, le escuchamos decir que Dude es “el tipo más vago de Los Ángeles”. ¿Qué clase de heroísmo puede encarnar, siguiendo el tono épico del Forastero, un gandul, inútil y arruinado como Dude? El melenudo entrañable aparece a medio despertar, en el supermercado. Abre un envase de leche, revisa su fecha de caducidad, huele el interior y se lo bebe sin que nadie lo vea. Su bigote está manchado.

big_lebowski_the_dude_Un monumento a la fodonguería.

6. Un paréntesis necesario. Hace algunos años —después de una racha de explotación laboral de la que prefiero no acordarme— juré no volver a trabajar. Desde entonces le rindo culto a la pereza indómita, aunque sea como aspiración lejana y nunca del todo satisfecha. He hablado ya en otros ensayos de este libro de la historia de un buen número de holgazanes que, como yo, dimitieron de los valores de su época. Creo que uno de los momentos culminantes de esa historia es sin duda el nacimiento de Dude y su tranquila forma de vivir, un personaje que se sitúa, junto con Thoreau, Huckleberry Finn o Kerouac, en la gran línea de la contracultura estadounidense, la del héroe libre y fugitivo que se opone o se sustrae a la opresiva deshumanización social, el trotamundos romántico que enarbola intereses distintos a los materiales, como la vida de la mente, la aventura vital, la amistad o la rebeldía. De inmediato he colocado a Dude al lado de mis héroes de la vagancia y me he convertido, como tantos otros antes y después de mí, al Dudeísmo, un culto laico que lo considera una encarnación moderna de Lao Tse, un gurú accidental (puesto que sería incapaz de preocuparse por serlo), desprovisto de cualquier parafernalia esóterica, quizá un virus entregado al contagio masivo, es decir, al proselitismo de una nueva forma de vida: la vida inactiva. (Interesados favor de consultar: http://dudeism.com. No se arrepentirán.)
dudeismo

7. Atrapado en una época contraria a sus aspiraciones más profundas (la historia de El Gran Lebowski transcurre a principios de los noventa durante la Guerra del Golfo), Dude representa el anverso del paisaje moral imperante, dominado por el abuso del espectáculo, la devoción hacia el dinero y el éxito, la propagación de la violencia. Es un hombre anclado a los sesenta, un pacifista extraviado en la era bélica de Bush. Lleva una existencia despreocupada cerca de la playa, pasa muchas tardes jugando boliche con sus amigos (un dúo de perdedores sin rumbo como él) y sostiene una rigurosa dieta de drogas suaves “para mantener la mente, ya sabes… ágil”.

takeiteasy
Así transcurre la cotidianidad de quien se ha liberado de la opresión maldita del trabajo, dejándose llevar por el fluir natural de las cosas (“Tómatelo con calma…” es una de sus frases predilectas). ¿Se podría pedir algo más? Sin embargo, el anacronismo de Dude, esa forma de estar en la hora y el lugar equivocados, es el origen y la tensión de esta farsa hiperbólica que la crítica tachó en su momento de floja y absurda, pero que con el paso del tiempo ha generado una horda de seguidores devotos, para muchos de los cuales El Gran Lebowski probablemente no sea la mejor película de los Coen. Pero sí la más subversiva.

8. Sin embargo. Esa es la fórmula que todo lo perturba. Así sucede con Dude cuando una mañana la realidad lo alcanza con un puñetazo en la cara y lo involucra en una trama infernal construida sobre líos ajenos. Dude es confundido con su homónimo, un magnate llamado El Gran Lebowski (David Huddleston) cuya mujer (una pornostar de segunda) le debe dinero a medio mundo, entre ellos un pornógrafo de Los Ángeles. Empieza la desmesura, todo se desquicia y entramos al universo extraordinariamente embrollado y cómico de los Coen. Dude es ultrajado, golpeado, pisoteado, en su bungalow. Y algo peor: se han meado en su tapete persa. Siguiendo su peculiar sentido de la dignidad, él busca restituir su tapete y pide una cita con el magnate en una de las escenas emblemáticas de la película: el enfrentamiento de dos mundos. De un lado, la majestuosa casa en Pasadena, un feudo republicano y conservador, presidida por la retórica del self made man, el hombre que ha forjado su fortuna a partir del propio esfuerzo y alza sus trofeos y se muestra sonriente en las revistas de mucho tiraje; del otro, el holgazán impertérrito, desocupado y cínico que vive en un bungalow cochambroso de Venice, el último bastión de la cultura psicodélica. Uno de esos tipos que saben, que “un par de tragos jamás abolirá el azar” (Fabián Casas). El millonario pregunta: “¿Tiene trabajo, señor? Usted no sale así vestido a buscar trabajo, en un día laboral, ¿verdad?”, a lo que Dude contesta: “¿Trabajo? ¿Es este un día…? ¿Qué día es hoy?”. Alguien le llamaría a esto sin exagerar una escenificación de la nueva lucha de clases.

9. El crítico español, Fernando de Felipe, escribió que El Gran Lebowski podría llevar por advertencia la misma que antepuso Mark Twain a Las aventuras de Huckleberry Finn: “Toda persona que trate de hallar un argumento en esta obra será pasada por las armas”. El enredo es frenético y en él hay de todo. Un secuestro, un rescate fallido, un grupo de nihilistas, un meñique cercenado, una artista desnuda que pinta lienzos desde las alturas (y quiere semen de Dude para procrear un hijo)… En medio de todo eso, Dude parece el menos indicado para desenredar los entuertos y conocer la verdad. Porque en el fondo, todo se trata de eso: de perseguir la verdad en un mundo fundado en el simulacro. El Gran Lebowski es una versión muy libre, incluso paródica, de la novela negra Big Sleep de Raymond Chandler. Los Coen querían hacer una película de detectives, pero no ortodoxa, situada en Los Ángeles, la nueva Babilonia, con tipos contrastantes y personalidades border, como el mejor amigo de Dude, Walter Sobchak (John Goodman), un veterano de Vietnam, obeso y psicótico, que siempre pierde razón. En este mundo descabezado, Dude se convierte en un Marlowe imposible, un héroe por equivocación. A medias sobrio (como parte de su régimen desayuna rusos blancos) y perdido a menudo en sueños y alucinaciones, Dude va descubriendo, sin proponérselo, cómo lo que originalmente aparecía como verdadero se revela como falso: el millonario es en realidad un parásito, el secuestro de su mujer, un montaje. De esta forma, los Coen no sólo dinamitaron las connotaciones clásicas y míticas del detective privado, sino que hicieron un ácido comentario sobre la difundida hipocresía moral del American Dream, una suma de fraude y pesadilla, como decía Burroughs.
american dream

10. Para terminar. He visto tantas veces El Gran Lebowski que ya he perdido la cuenta. Y en todos los casos me he sentido ligeramente drogada, con ataques de risa incontrolables, como si estuviera bajo los efectos de una buena cannabis hidropónica. No creo exagerar si digo que El Gran Lebowski es una de las cumbres cinematográficas de la estética drogada. Y también de la cultura del boliche (el pasatiempo preferido de los Coen cuando no están filmando): un orbe cerrado y casi infantil, donde no pasa el tiempo y las personas se entregan a la conversación y las tardes distendidas. El encuentro de esos dos mundos, en manos de la mirada cinematográfica cada vez más sofisticada de los Coen, hizo posible aquella secuencia inolvidable, rodada desde el interior de una bola en movimiento, con el mundo de cabeza. También aquella alucinante película dentro de la película: Gutterballs, una secuencia onírica producida por el efecto de los barbitúricos, donde Dude se sueña como un bailarín seductor vestido de electricista, entre valkirias imponentes, bolos y bolas erotizadas, coreografías hollywoodenses y un Saddam Hussein convertido en encargado de bolera. O el viaje de Dude en su tapete volador, como un Aladino extraviado en una época despiadada y frívola sobre la que gravita sin problema. Hasta que cae, como los personajes de las caricaturas, cuando advierte ominosamente que está suspendido sobre la nada.

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La iglesia de la vida después del consumo

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1/ Un hombre entra en una feria de arte como en un supermercado. Lleva ropa Gucci y una billetera forrada. O mejor dicho: una tarjeta Master Card. O nada. Es un coleccionista y su fortuna es etérea, una condición superior, algo que le hace caminar como si flotara. Todos (artistas, curadores, galeristas, directores de museo) lo reconocen por esa forma de andar y lo siguen discretamente. Es él quien decreta con su dinero lo que es Auténtico, lo que es Valioso, lo que dejará Huella (es decir, lo que se convertirá en Marca). Y es gracias a su presencia que los artistas han desarrollado finalmente un agudo sentido comercial, desprendiéndose de la pesada ética kantiana según la cual toda relación con el arte debe ser desinteresada. Lo han aprendido de memoria en sus escuelas de arte (donde reina el post estructuralismo): después del fracaso del 68 y la caída del Muro, el capitalismo terminó por digerir los márgenes contestatarios (en forma de becas, encargos o transacciones financieras) y no importa qué tan violentas sean las críticas en su contra, las terminará absorbiendo a todas. ¿De qué sirve entonces obstinarse? ¡Por lo menos Las flores del mal de Baudelaire o las primeras proyecciones de La edad de oro de Dalí y Buñuel fueron prohibidas, atacadas, censuradas! Hoy los artistas incendian museos con póliza de seguros y los anónimos del graffiti cotizan sus muros callejeros en la Bolsa. Es la hora de la subversión asistida. ¿Pero en qué momento los artistas urbanos dejaron de ser esos “fuegos de artillería de la guerra entre la calle y el sistema” (Norman Mailer) para decorar y animar el mismo sistema que despreciaban? Lo había previsto Guy Debord, pero nunca con suficiente fuerza: la recuperación de las vanguardias (Dalí convertido en perfumería) prefiguraba ya la flexible capacidad del capitalismo para sobrevivir a todos los asaltos, para neutralizar todas las resistencias. El artista es libre de elegir, de criticar, incluso de rebelarse, siempre y cuando acepte la tentación de convertirse en producto o representante de alguna institución. En otras palabras: la ideología triunfante se ha vuelto más poderosa que nunca porque ni siquiera se experimenta como tal. ¡Y ya no es necesaria la prohibición para que nada cambie! En un escenario así, incluso la libertad resulta impotente… Lo dijo Rainer Rochlitz en Subversión y subvención: a diferencia de las épocas premodernas que sometían al artista a la censura de sus mecenas, a diferencia de la época moderna que hacía del artista emancipado y subversivo la víctima de una sociedad en gran parte obtusa, la época contemporánea intenta institucionalizar la rebeldía y hacer coexistir la subversión y la subvención. He aquí una táctica de fusión entre el poder económico y el cultural dentro del paisaje (¡Insuperable! ¡Único! ¡Indivisible!) de las democracias de mercado. En otras palabras: la coronación sin opositores de la miseria de los tiempos. ¿Pero es este diagnóstico una invitación al conformismo? ¿Existe alguna forma de escapar a la agonía de la post vanguardia, al cinismo incurable y la deposición de las armas? ¿O tendremos que resignarnos al siniestro porvenir con nuestras democracias simuladas, nuestra soledad frente al televisor, nuestros poetas laureados, nuestras vacas envenenadas? Alguien a lo lejos levanta la mano para esbozar una idea: “Contrafuegos hipervisibles”, dice casi en secreto, “una nueva religión”. Los críticos de arte y los curadores (siempre dispuestos a adoptar lenguajes esotéricos) alzan las orejas y ponen atención (quieren escucharlo todo para echarlo pronto a perder).

2/ Un hombre entra en un Walmart como si entrara en una catedral. Va vestido de reverendo evangelista. En los bolsillos, ni un centavo. El hombre va dispuesto a predicar. Es el Reverendo Billy y lo sigue un grupo de feligreses compuesto por un coro de gospels. Mientras la gente hace fila para consagrarse al consumo, el Reverendo Billy se aproxima a la caja registradora y de pronto, poseído por la fuerza de la devoción, comienza a exorcizarla: “¡Aléjate de nosotros, Espíritu de la Falsa Necesidad!”. Sus feligreses levantan las manos, gritan, se prosternan. “¡Deténganse antes de comprar otra secadora que guardarán en el clóset! ¡Evitemos juntos el Shopocalypse, el Apocalipsis de las Compras!”. Y la gente, desconcertada, no sabe si reír, indignarse o pedir ayuda. La mayoría mira con curiosidad. Están en Nueva York y sospechan que en cualquier momento llegarán las cámaras o la patrulla. Entretanto los policías no se atreven a sacar del pasillo de charcutería al Reverendo, que ya se mueve hacia los edredones para sermonear a más consumidores con un allure entre aterrador e irresistible. Por fin, una señora repentinamente conversa se decide a sacar de su carrito, no sin aflicción, algunos gigantescos envases de helado y sumarse a las filas de la Church of Life After Shopping[1], una iglesia sin dioses ni santos determinada a oponerse por todos los medios (misas callejeras, conciertos de gospel, videos, libros, página web, talleres de autogestión, entrevistas en los noticieros, acción directa no violenta) a la tontería fascinante en la que esta época funda su consenso. Mientras el presidente de Estados Unidos llama a las familias a comprar, comprar lo que sea para reactivar la economía, el Reverendo Billy le recuerda a los amnésicos que uno de los orígenes de la crisis más grave que han sufrido después de 1929 fue precisamente su insaciabilidad, la forma en que el dinero ficticio, empleado para gastar más de lo que se tiene, se convirtió en carteras vencidas. “¡Adiós a las tarjetas de crédito!”, exclama el hereje en plena catedral del mercado. Fundada en 1996 por William Talen, un artista formado en el teatro de vanguardia y el performance, esta iglesia refractaria al evangelio macroeconómico comprendió que para infiltrar los medios dominantes con su crítica era necesario camuflarse, convertirse en medio (o mejor aún: en medium), transformando la vieja vocación militante de la izquierda (la confrontación y la retórica) en ironía y comunicación masiva. ¿Cómo mostrarle a los consumidores que se han vuelto rehenes de una realidad que adoran a ciegas? ¿Cómo luchar contra un adversario omnipresente, virtual e indoloro como el mercado? Talen y su colectivo entendieron que era preciso volcar las estrategias más malévolas de los bienpensantes en contra de sí mismos, es decir, desviar hábilmente la fraseología de los televangelistas (sus mitos, sus discursos, su teatralidad mediática) hacia un público, el gringo, que según el historiador Morris Berman está tocando el punto más bajo en la historia de su coeficiente intelectual. Ahí está no sólo toda la fuerza de seducción de la Iglesia, sino también las técnicas de intoxicación cerebral de la publicidad dándose un puñetazo en plena cara. Se trata de un segundo momento del détournement situacionista, una estrategia de contrafuegos, que hasta ahora ha mostrado su capacidad si no para desestabilizar al sistema, por lo menos, para enfrentarlo en sus propios términos: la recuperación de su discurso para obligarlo a decir lo contrario de lo que quería. Centros comerciales, Times Square, Disneylandia, Starbucks (“el reino de la falsa bohemia que explota a sus trabajadores mientras sirve los cafés más caros del mundo”), ahí donde prospera la sociedad de consumo asiste sin falta la Church of Life After Shopping. Eso no significa que ella logrará socavar las reglas del juego que nos limitan a ganar suficiente dinero para parecernos a un anuncio. Pero pone al desnudo su mecanismo de domesticación y no ha dejado de enfrentar directamente a los bancos, las trasnacionales, las industrias predadoras y las instituciones del arte desde hace más de una década, con un espíritu que parecía sepultado bajo la anestesia general y que reaparece inteligentemente con un humor persuasivo y malicioso. Alguna comezón debe provocarle al sistema el Reverendo Billy pues no lo ha convertido aún en predicador de ninguna bienal ni le ha ofrecido una beca de consuelo (pero lo ha arrestado en más de una ocasión mientras su coro lo acompaña cantando a la comisaría). Y entre la gente de la calle Billy no es considerado un artista, sino un hombre piadoso, un loco, un activista, un payaso, un radical. Qué más da.


[1] La Iglesia de la Vida después del Consumo.
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La última librería

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Durante cierto periodo de mi vida, una época incierta y sin dinero, solía refugiarme por las tardes en las librerías. Llegaba alrededor de las seis y volvía a mi estudio por la noche, después de haber leído de pie los libros que no podía comprar. De ese modo leí Bartleby y compañía, algunos cuentos de Buzzati, los poemas de e. e. cummings, las conversaciones de Gombrowicz con Dominique de Roux. De vez en cuando encontraba a un amigo con quien platicar o tomar un café, mientras el tiempo transcurría sin sobresaltos. Intercambiábamos lecturas, compartíamos nuestras fobias. Aquello era mejor que asistir a la universidad. Además, yendo de una librería a otra, conseguía refugiarme no sólo de la casera, sino de mi propia incertidumbre, pues aquella era la primera vez que entraba en contacto con la angustia de ser pobre. La librería era eso: una exención temporal del mundo, una isla amurallada que permitía defenderse de la tempestad y el ruido de las calles, un lugar donde privaban leyes distintas, acaso más amables y libres, más hospitalarias, que las del exterior. Esa ciudad de libros, esa Arcadia del todo a la mano, era mi escondite, mi locus amoenus. Alguna vez pensé en la librería como un santuario colectivo y laico, abierto a todas las heterodoxias, un templo al que asistían feligreses lujuriosos capaces de sentir hacia los libros fervores tan incomprensibles como los que despierta la fe. Pero sucedió que un día los libros que buscaba en la librería comenzaron a desaparecer. Y esa sustracción —esa forma particular de censura— significaba algo.

No era sólo que Henry James estuviera siendo suplantado por un ejército de John Grishams, ni que Bouvard y Pécuchet fuera relegado al sótano por los remedios adulterados de la superación personal. Lo que sucedía en el fondo era una batalla cultural de dimensiones insospechadas, una batalla silenciosa entre los intereses del mercado y las inquietudes de la imaginación y el pensamiento, intereses que a la larga se mostrarían no sólo incompatibles sino contrarios, como anticiparon con amargura Baudelaire y Flaubert. Cada vez que un libro quedaba fuera de combate por las presiones del rating, nos volvíamos más ignorantes y más frágiles sencillamente porque permitíamos que eso sucediera. Lo que se estaba imponiendo era un modelo de unificación cultural, que empezaba en los medios y se propagaba por todos lados hasta poner en peligro la diversidad de las librerías. Era como si el refugio hubiera sido descubierto y ya no quedara ninguna zona libre del escándalo o la simulación. ¿Y quién tomaba partido por los libros? Una aceptación tácita del antiintelectualismo imperante, cómplice de todas las censuras, se propagaba en forma de inmovilidad y oportunismo. De un lado estaban las masas crecientes de lectores sumisos y escritores mecánicos seducidos por la celebridad; del otro, una minoría cada vez más exigua de lectores insatisfechos que no sabían cómo defender un derecho que debería ser imprescriptible, el derecho a encontrar el libro que se está buscando (y sobre todo el que no se está buscando). Un día la librería tuvo que deponer su nombre y junto con él perdía también su dimensión humana. Había llegado la era del punto de venta, la hipertienda de impresos industriales con fecha de caducidad, un lugar impersonal y lleno de confusión donde ya no era posible blindarse contra el mundo.

Lo habíamos olvidado; lo olvidamos con frecuencia: desde siempre el libro ha sido un objeto amenazado, vigilado, odiado. “Los que queman los libros —escribió George Steiner—, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen. El poder indeterminado de los libros es incalculable”. Sabemos que existe una tradición de literatura prohibida que adquirió más fuerza que nunca cuando la censura sin fronteras fue promulgada con la fatwa a Salman Rushdie. Pero también existe su reverso: la tradición de los transmisores infatigables, los héroes anónimos de la letra. Me estoy refiriendo a Shakespeare & Co. (la librería de Sylvia Beach que osó publicar ese “pedazo de pornografía”, esa “literatura de letrina” vetada en Nueva York y Londres: el Ulises de Joyce); a Grub Street (una avenida poblada de escritores blasfemos y editores rebeldes, donde cobraron forma los libros que enfrentaron la censura del Antiguo Régimen y anunciaron la Revolución Francesa); a la samizdat (un escuadrón de manos invisibles que usaron la estrategia del copiado —con pluma, papel carbón o máquina de escribir— para evadir la censura impuesta por los países del bloque soviético y poner en circulación obras como Réquiem de Anna Ajmátova). Entre gacetilleros y editores clandestinos, entre libreros y humanistas obstinados, la prole incesante de los libros rebrota y se propaga siempre.

A esa tradición del amor desinteresado por el libro pertenece La Librería de los Escritores (Sexto Piso, 2008), una breve (pero deslumbrante) crónica rescatada de las sombras del totalitarismo que ha caído recientemente en mis manos. Se trata de una aventura emprendida en los meses posteriores a la Revolución de Octubre entre un grupo de escritores y personas próximas al libro —el novelista y dibujante Alexéi Rémizov, el pensador Nikiolái Berdiáiev, el novelista Mijaíl Osorguín, además de algún periodista en ciernes, un historiador del arte y un “bibliógrafo excepcional”—, con la intención más o menos chiflada de construir un refugio en pleno caos, para que los libros pudieran, aún, circular. En medio de la inflación que hacía subir los precios cada hora, cuando todas las imprentas habían sido clausuradas y el fantasma de la censura volvía a recorrer las calles de Rusia, la librería extravagante no sólo permitió la supervivencia de los escritores desempleados que se constituyeron alrededor de ella como cooperativa, sino que brindó a profesores, bibliófilos, artistas, estudiantes y “todos aquellos que no querían romper con la cultura ni reprimir sus últimas inquietudes espirituales” una forma de hospitalidad entonces inencontrable: la conversación y el libre pensamiento. Ahí estaba la librería abierta, el escondite intacto, incluso para quienes no tenían dinero, pero se paseaban a diario entre los libros, como si encontrarse entre papeles impresos fuera para ellos como respirar.

Gracias a una serie de circunstancias extraordinarias, La Librería de los Escritores logró convertirse durante el periodo que va de 1918 a 1922 en una zona temporalmente autónoma, el único lugar donde era posible blindarse contra la centralización del poder y encontrar libros “sin necesidad de autorización”. Algo más. Filántropos de la letra, los fundadores compraban con frecuencia libros invendibles a personas caídas en desgracia y se empeñaban en pagar lo justo, incluso si estaban al borde de la bancarrota, a quienes remataban sus bibliotecas por unos costales de harina. Y cuando imprimir libros se volvió absolutamente imposible emprendieron su samizdat a pequeña escala: la publicación de una serie de obras en un único ejemplar escrito a mano. Es probable que el catálogo completo de aquellas ediciones autógrafas se perdiera durante el largo exilio de Osorguín. Sin embargo, entre los escombros de la historia sobrevivieron algunos ejemplares como las Poesías de Marina Tsvietáieva, que aparecen en facsimilar, junto con los dibujos de Rémizov, en la magnífica edición que tengo ahora en mis manos.

Para los Escritores de la Librería —una nómina de excéntricos que podría figurar en cualquier ficción de Kafka, Borges o Bolaño— estaba claro que en tiempos difíciles los libros pueden ser tablas de salvación. Esa convicción, esa forma de orgullo humanista que no se extingue ni siquiera cuando las palabras parecen haber perdido su valor, cuando la miseria obliga a usar los libros como combustible, es lo que da sentido a su proeza. En todo el relato de Osorguín prevalece ese orgullo —que es también una forma de responsabilidad intelectual, algo que podríamos llamar “la ética del editor y el librero”, un espíritu hoy sepultado bajo las presiones comerciales. En el fondo, él y sus amigos creían todavía que la supervivencia humana depende de la posibilidad de convencerse a través de las palabras, de propiciar vuelcos en la sensibilidad y defenderse contra las tiranías. Convertida en atalaya del espíritu, La Librería de los Escritores sostuvo una auténtica guerra de posiciones: mientras los libros estuvieran a salvo, existía la posibilidad de repensar nuevamente el mundo; en cambio, dejar que los libros cayeran en manos de comisarios ignorantes y purgas feroces era una capitulación, una forma de suicidio. Así, bajo la premisa de vida o muerte, La Librería de los Escritores se convirtió en el último reducto de independencia moral a lo largo de aquellos años de terror y hundimiento de ciertos valores culturales. En última instancia, una librería es eso: un santuario abierto a todas las heterodoxias, es decir, a las formas más diversas y personales de penetrar la realidad.

Por eso, la crónica de Osorguín es mucho más que una curiosidad editorial: es un trozo de vida cotidiana recobrado de las tinieblas que nos permite saber más sobre la historia social y política de la edición y nos introduce de nuevo en los misterios del libro, en el tipo de pasiones que es capaz de provocar entre los individuos. Pero también habla de todo lo que se pierde cuando cierra una librería o cuando confunde sus objetivos, como sucede en el mundo entero desde que el modelo de la hipertienda de novedades con fecha de caducidad se impuso en lugar de las pequeñas librerías de barrio. Lo que se pierde es la soberanía de los libros frente a los dioses del mercado, que son hoy quienes concentran la mayor parte del poder económico y político del orbe. La inquina burocrática que describe Osorguín no parece peor que la ignorancia mercantilista de los libreros contemporáneos: ambas asfixian la existencia del libro. Poner fuera de circulación un título después de tres meses porque no se ha vendido lo suficiente es el modo en que la rentabilidad coloca a la cultura de rodillas. Es una forma de censura sin hostigamiento que hace peligrar la naturaleza misma del libro, porque su trascendencia (su lectura y reescritura) no se puede medir en semanas.

En Tumba de la ficción, el ensayista Christian Salmon ha escrito que las macropolíticas de la globalización han terminado por instalar en todas partes el reino de lo mismo. “Peor aún que la censura de los derechos individuales de expresión resulta hoy el espacio cultural que se está imponiendo por la fuerza. Un espacio cultural estandarizado, homogeneizado, dominado por las grandes agencias mediáticas y las industrias culturales trasnacionales”. En estos días la censura significa, ante todo y por doquier, “la tiranía de lo Único”. Basta con echar un vistazo a las grandes cadenas de librerías o revisar los catálogos de las corporaciones editoriales. ¿No será esta la hora de tomar nuevamente partido por los libros, de fundar otras librerías extravagantes, de entrar al servicio de los títulos amenazados? Como ha escrito Roberto Calasso, La Librería de los Escritores “queda como el modelo y la estrella polar para quienquiera que trate de ser editor en tiempos difíciles. Y los tiempos siempre son difíciles”.

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El lector insumiso

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  • No hay vicios más difíciles de erradicar que aquellos que popularmente se consideran como virtudes. Entre ellos, el vicio de la lectura es el principal.Edith Warthon

De pronto toda la expectación fue a caer sobre el último lector. Solamente porque era el último. De otra forma nadie le habría prestado la menor atención. Lo mismo le sucedió a San Ambrosio cuando un día cerró la boca para leer. En medio del murmullo habitual de las celdas, su silencio fue estentóreo. Algunos condiscípulos le lanzaron miradas de horror; entre ellos San Agustín, que escribió sobre el hecho en medio de su propio escándalo. Los ojos de San Ambrosio recorrían las páginas, “pero su voz y su lengua descansaban”, y aquella lengua inmóvil revestía una importancia enorme para la historia posterior de la humanidad. Se acababa de conquistar la privacidad del lector y con ella nacían también los furores de la posesión, la lectura en lo oscurito. Pero eso era sólo el principio, porque leer así, digamos, egoístamente, en la intimidad, para sí mismo —pero sobre todo, fuera de la audición de los demás, sin censor, sin horarios, sin guía— amplió de inmediato las posibilidades de evasión y placer del lector silencioso. Leer se había convertido en una fuerza absorta. Frente a sus ojos aparecieron las estanterías prohibidas y se multiplicaron ad infinitum las posibilidades de la biblioteca. Podía leer cualquier cosa, a cualquier hora, en cualquier lugar. Y pronto aprendería a construir su refugio incluso en las condiciones más hostiles: oculto entre la multitud de los cafés o encerrado en el baño (el monasterio secular de la lectura), leyendo de pie en la librería ambulante del metro o aislado en su habitación. Una libertad conquistada de aquel modo, sin límites espaciales y con enormes facultades de maniobra e introspección, terminó por abrirle un formidable apetito. Así, el lector insaciable se precipitó durante siglos tras los libros.

¡Qué nostalgia siente el último lector por su intimidad perdida ahora que todo el mundo —los maestros, los padres de familia, los secretarios de Estado— le piden cuentas y se preocupan por él! Bajo la mirilla de una época iletrada, el lector ha dejado de ser un sibarita de las tapas duras, para convertirse en un prócer de las buenas conciencias. Es el último de su especie y sobre sus espaldas recae la continuidad de la cultura, es decir, de la civilización. Cuánta responsabilidad para un muchacho que sólo quería saber, una tarde en la que no tenía ganas de hacer la tarea, si Gregorio Samsa había vuelto a ser él mismo. Tumbado en su cama, el muchacho cruza de un lado a otro las páginas, lenta, perezosamente, deteniéndose en cada palabra. Se rasca la cabeza, se pedorrea, se siente feliz; nada le gusta más que estar solo. Sin embargo, desde hace algunos minutos alguien llama con insistencia a la puerta. Se trata de un encuestador. ¿Y qué quiere? Hacer algunas preguntas para el “Estudio sobre los Comportamientos de la Compra de Libros” en relación con variables como la estacionalidad (sic), los géneros literarios y la escolaridad, cuyos resultados serán de vital importancia para implementar el “Plan Quinquenal de Fomento a la Lectura”. El encuestador promete no quitarle mucho tiempo, esa materia tan preciada para el lector. ¿Le gusta leer? ¿Cuánto tiempo dedica diariamente a la lectura? ¿Compra usted libros para disfrute personal? ¿Cuántas páginas lee por minuto? Califique del 1 al 10 el libro que está leyendo en este momento… He aquí cómo el tiempo de la intimidad ha quedado oficialmente condenado a desaparecer bajo la tiranía del saber cuantificable. Ahora el lector debe acumular títulos y aprender técnicas de lectura rápida y abultar su currículo con bibliografía, porque de él ya no sólo depende el futuro del libro sino también la estabilidad macroeconómica y los índices de lectura impuestos por los organismos internacionales —¡si lees menos de veinte libros al año, nos dará un infarto! Ya lo sabemos: la información, a diferencia de la literatura, es regulada diariamente por relojes mecánicos que promueven lectores mecánicos y escritores mecánicos entregados compulsivamente a la recreación inmediata y coyuntural —vacía— de la realidad que alimenta al sistema.

El reino del juego, de lo gratuito, ha sido suplantado por el imperio del cálculo. ¡No divagues, no imagines, no tiendas puentes entre una cosa y otra: la lectura es una obligación moral que la reflexión crítica destruye! Y sobre todo: ¡No pierdas el tiempo! Así, los pensamientos del último lector —y qué bueno que sea el último, pues de eso se trata, de extinguirlo por completo— son coaccionados a seguir el ritmo del statu quo, un territorio controlado donde los políticos y los empresarios no dejan de admirar públicamente las virtudes de los libros, pero han proscrito para siempre las horas de ocio para leerlos.

El hábito de la lectura es tan bueno como el ejercicio diario, la sobriedad, la costumbre de madrugar. ¡Y previene el Alzheimer! En efecto, el lector nunca había sido tan ejemplar como cuando comenzó a desaparecer. Su epitafio podría decir sin ironía: “Fui un lector adicto, hasta que el vicio de la lectura se me convirtió en virtud”. Y si no, pensemos un momento en este hecho: justo cuando el adolescente, desparramado en la cama, comenzaba a disfrutar su primera novela, lo han convertido en héroe nacional. Levántate y lee. Qué monserga. El lector ha sido finalmente alcanzado por el Plan Quinquenal de Fomento a la Lectura. Toda pereza indecente ha quedado desterrada; lo mismo que la voracidad. Y ya nunca podrá exclamar con orgullo aquella frase de Charles Lamb: “A mí no me importaría ser sorprendido solo en los serios corredores de una catedral leyendo Cándido…”.

No es extraño que una mañana el lector torturado perdiera para siempre el apetito. No le interesaba ya nada, ni siquiera Salinger. Su deserción escandalizó a los maestros, a los académicos, a los escritores, a los intelectuales y a George Steiner quienes culparon de inmediato a la televisión, al iPod, a la prisa, al fin de las humanidades, a internet. Y sobrevino entonces la era detestable de los predicadores del libro, cientos de escritores bienpensantes dedicados a pregonar en todos los medios de comunicación los beneficios que reporta tener la nariz metida en los libreros —esa calistenia del espíritu imprescindible para sostener la conversación más banal— o la forma en que nos hacemos mejores personas por obra y milagro de la letra. El escenario parecía impensable: cientos de editores y maestros agradeciendo a toda esa buena gente de la tele que presta su imagen para ganar lectores, aunque en el fondo no les guste leer. Porque, según el dictamen de las editoriales corporativas que promueven a sus autores como si fueran payasos de circo, hoy ya nada gana lectores más que la tele. Que vengan los conductores de la barra matutina a contarnos un resumen del Quijote. Que Carlos Cuauhtémoc Sánchez adoctrine a los jóvenes con su moral reaccionaria. Eso es mejor que nada, dicen los maestros de secundaria sin temor a hundirse entre sus falsas premisas, eso es mejor que buscar inútilmente las perlas en el estercolero.

Tantas manos enlazadas alrededor del fuego perdurable del libro están haciendo un gran trabajo, están a punto de sofocarlo para siempre.

Hay algo si no perverso, por lo menos sospechoso en ese ingreso estelar de la literatura (antes la loca de la casa) a la sociedad del espectáculo. Es el momento de su domesticación final, alcanzando así el ideal de sus detractores: convertirse ella misma en simulación, representar el papel de institución inofensiva y respetable, santificada y obligatoria, una literatura llena de lugares comunes y buenas intenciones que ha declinado para siempre al peligro. La conversión del escritor en marca de prestigio para noticieros y secciones culturales, no hace más que consentir el triunfo de eso que Vila-Matas ha llamado “los enemigos de lo literario” (“pienso poner bombas mentales en todas las casas de todos esos canallas que están destruyendo la literatura, de todos esos hombres de negocios que editan libros, todos esos directores de departamento, líderes del mercado, equilibristas del marketing, licenciados de economía”) y que en otra ocasión Kundera describió como “las termitas de la reducción”, es decir, la forma en que los medios han sumido la cultura en una mediocridad estándar. No es que el escritor deba blasfemar en cadena nacional (oh, glorias de la autocensura), es tan sólo que se ha convertido en un títere elocuente del mismo poder que a veces critica.

Tal vez por eso, el lector simplemente ya no desea leer más. Con su renuncia quiere decirnos algo. Ha gritado que no, llevando al extremo la actitud radical que ha perdido la literatura, y le ha cerrado la puerta —quizá para siempre— a ese objeto rectangular que otros veneran como si fuera una urna. En su negativa se expresa un repudio, una desconfianza implícita a las convenciones más hipócritas que en las últimas décadas se han construido alrededor del libro, quitándole la fuerza crítica que lo hace respirar. Es probable que durante su infancia, el lector insumiso pasara de los libros al álbum de estampillas y de ahí a algún juego que se prolongaba hasta el anochecer, sin que hubiera fronteras entre una cosa y otra. El libro pertenecía a la misma esfera intemporal del juego donde ningún reloj daba la hora; volvía a empezar en cada lectura, abría puertas hacia regiones cada vez más vastas. Quizá con el paso de los años se habría convertido en un lector ávido, incluso extremo, insaciable, para quien la lectura nunca terminaría, porque continuaría en el libro siguiente, en el que estaría por descubrir. Pero ha ocurrido todo lo contrario: se ha vuelto un adolescente receloso, un antilector, que no desea domar sus zonas salvajes, aquella parte de sí mismo donde ha continuado siendo niño o artista. En el colegio, esa zona ha sido condenada al rincón de los reportes de lectura, los exámenes de opción múltiple, las fichas biográficas, nada. Y en la radio, los periodistas y los autores no hacen más que respaldar (¿sin darse cuenta?) el sentido del deber que defienden los políticos con su retórica vacía. ¡Seamos un país de lectores! Indócil, el joven se preguntará, como lo hizo hace más de un siglo Edith Wharton: “¿Por qué todos deberíamos ser lectores? No se espera que todos seamos músicos, pero sí que debamos leer…”. Y proclamará la negación de la lectura y será el bárbaro que escupe todas las tardes sobre los bigotes de Flaubert, del mismo modo que Flaubert escupía sobre los bigotes de los filisteos de su época…

Además de una provocación, el lector que ha dejado de leer plantea una paradoja: si ha abandonado la lectura en la adolescencia —del mismo modo que Rimbaud dejó la poesía—, ha sido sólo para recuperar su fuerza liberadora. Tiene ansias de vivir y está construyendo su autonomía. Por eso sus frustraciones con el libro, un aparato de tortura que ya sólo le produce aflicción, hablan más de nuestro fracaso —de nuestras imposturas— que del suyo. Su insumisión señala una derrota: los libros ya no le ofrecen refugio frente a la hostilidad del mundo, porque se han convertido ellos mismos en productos y réplicas de esa hostilidad. Los libros han sido domados. Ningún discurso oficial disipará esa desilusión; todo lo contrario: legitimará su radicalidad. Y el lector insumiso buscará otros caminos, será un nómada de la red y sus zonas autónomas, aún no confiscadas; escuchará a Radiohead, pasará la tarde en el cine. Y al final del día, serán las palabras de Thom Yorke o Kurt Cobain las que habrán alterado su conciencia con una fuerza mucho más inquietante y turbadora que todos los libros placebo que nos invitan a leer en los medios. Entonces no es el lector quien está siendo amenazado por las horas que dedica a bajar música de su computadora; es todo el sistema literario en pleno (es decir, los usos y costumbres de una comunidad reunida alrededor del libro, una comunidad históricamente seducida por los cantos de sirena, hambrienta de poder) el que ha entrado en una fase de adiestramiento y pasividad, plegándose dócilmente a los mecanismos que la dictadura de lo consumible ha impuesto sobre todas las esferas de la vida. El mercadeo inescrupuloso de la literatura promueve una lectura filistea y mecánica, una lectura inofensiva y lábil, que se escuda bajo el argumento de que vender cualquier libro es mejor que no vender ninguno.

En el siglo xviii, Gaetano Volpi, un librero de Padua, vivía torturado por una idea fija: el Mundo existe como una conspiración contra el Libro. Esa convicción paranoica lo llevó a tomar medidas de seguridad extremas en su biblioteca, como desterrar a los niños y prohibir la entrada a los ladrones. Más que dar a leer los numerosos volúmenes que poseía, su ideal era vigilarlos lo mejor posible. En 1756, publicó sus famosas Advertencias, un prontuario de instrucciones para proteger al Libro contra los cuatro elementos. Aunque imaginó todas las amenazas posibles, desde las gotas del aliento hasta las inundaciones y los terremotos, nunca pensó que el verdadero enemigo estaba en casa y era él mismo. Un día Volpi tuvo un ataque de melancolía, durante el cual imaginó, aterrorizado, el incendio de su biblioteca. Algunas horas después, en medio de su pesadumbre, rozó un libro con una vela por distracción. Había caído en la trampa de sus terrores imaginarios y pocas horas más tarde murió entre las llamas de su biblioteca.

Algo semejante ocurre en estos días en los que proliferan las escenas de pánico ante el desinterés de los lectores, la debacle de las librerías y la crisis editorial. Como Gaetano Volpi vivimos dominados por el terror a la conspiración contra el Libro sin sospechar que el asesino está en casa y somos nosotros mismos. Es decir: hemos elegido proteger los libros evitando que se lean. Nacido del miedo ante su desaparición, el deber leer es una respuesta histérica que sólo produce una fobia legítima en los lectores. En un prontuario contemporáneo sobre los peligros que acechan al libro, deberían figurar en primer lugar los programas oficiales de enseñanza de la literatura, junto con los resúmenes del Quijote y las lecturas obligatorias (¡y en una semana!) de Madame Bovary. Toda esa penosa esclavitud de la letra le hace más daño al futuro del libro que cinco horas de telenovelas. Cosa curiosa: la esclavitud de la letra promueve el mismo tipo de lectura ciega que alienta el mercado: una lectura veloz, superflua, que aleja al lector de su propio pensamiento (“no podemos pensar —escribió Connolly— si no tenemos tiempo de leer”).

Los libros son una pasión electiva, no un imperativo. Del mismo modo que a nadie se le puede obligar a soñar o amar, la intimidad con el libro, dice Daniel Pennac, no es algo que se pueda decretar ni promover a través del yugo. Desde cierta perspectiva, los libros, ya lo sabemos, no sirven para nada. La lectura es un acto libre, fortuito, a veces difícil. Tiene que ver con los estados de ánimo y las cosmogonías individuales, con el tipo de mundo que cada lector quiere ir creando para sí mismo. Por eso no hay forma de perpetuarla más que asumiendo su carácter impráctico e indócil. En contra de la santurronería de la lectura que hoy impera en los medios, el lector insumiso ha hecho su elección, defiende una posición, libera una zona del espíritu. Sabe que se encuentra ante las puertas de un incendio.

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La jornada de la escritora

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  • Es tan difícil imaginarse a Nietzsche sentado hasta las cinco de la tarde en una oficina, como jugando al golf después de haber cumplido el trabajo del día.Theodor W. Adorno

Hace ya diez años que intento imponerme, sin éxito alguno, un horario de escritura. Lo he probado todo. Desde despertarme antes del amanecer hasta rechazar cualquier invitación a salir de casa después de las seis de la tarde. He diseñado minuciosos esquemas de trabajo por horas o cuartillas, he desconectado el teléfono, he restringido mi acceso a internet; pero siempre termino volviendo al desorden de mis impulsos. Soy inconstante y quizá demasiado indócil como para convertirme incluso en mi propio jefe; la idea de trabajar sin placer me produce asco. Apenas comienzo a escribir por las mañanas tres días seguidos (sobre todo cuando tengo que entregar algún ensayo a un editor de revista), y ya me siento con ganas de tomar un libro cualquiera y ponerme a divagar por direcciones distintas, y hasta contrarias, a las de mi página. Enseguida me distraen una multitud de ideas para nuevos ensayos y cuentos, por lo que todo se resiente, como decía Pessoa, de una especie de imposibilidad. Tal vez por eso la digresión ha tomado el lugar de mi estilo, dejándome en medio de una extraordinaria insolvencia formal, dejándome incluso sin estilo, cada vez más lejos del libro completo, abundante y acabado, un libro hecho de algo más que intermitencias y residuos.

Sospecho que mi bibliografía sería más abultada y rica si me sintiera capaz de someterme a una disciplina. Pero no puedo. Lo más lejos que he llegado es a hacer mía aquella frase de Isak Dinesen: “Escribo un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación”. ¿Y cuánto es un poco? Un párrafo, una frase, una entrada de diario, un post en el blog, casi nada. La disgregación es la mayor de mis debilidades. También lo son la falta de solvencia económica, la ineptitud en la cocina y el exceso de actividad mental nocturna (nunca me voy a la cama antes de la media noche), un modo de vivir que sencillamente no se aviene al ritmo del mundo actual. El ruido de los barrenderos a las seis de la mañana, el escándalo con que madrugan sólo para que podamos rellenar nuestras arcas de basura sin remordimiento, sin el paisaje acumulado del día anterior, me estremece. Para no oírlos me he diseñado unos tapones de algodón. También los uso para no despertarme con las voces de mi hijo y mi esposo cuando se alistan para salir. Tengo suerte: vivo con un escritor diurno que comprende mis necesidades y lleva a nuestro hijo a la escuela todas las mañanas. Él sabe que, a diferencia suya, me gusta escribir durante la noche, a veces de las once hasta el amanecer, otras de doce a tres de la mañana, pero sobre todo de diez a cuatro o de nueve a dos o hasta que se me revientan los músculos del cuello. Es curioso cómo a esa hora tengo que andar a paso de lobo, o de puntitas, para no despertar a nadie. Como un ladrón en mi propia casa, camino a ciegas y en cámara lenta cuando salgo de la cama en dirección a mi estudio, o viceversa, siempre con el temor de tropezar en la oscuridad y hacer un escándalo (a veces lo hago) con las sillas o puertas. Me gustaría flotar para rehuir los gruñidos del parquet que siempre me delatan. Pero no puedo. Por eso, la jornada de mi escritura comienza casi siempre del mismo modo, en medio de una vigilia silenciosa y clandestina, de espaldas al mundo de los que duermen, y en pantuflas.

No creo que la falta de disciplina me haga una simple aficionada. Es decir que, por más inconstante y disipada que sea, no he dejado de escribir y cuando algo exterior me lo impide (el dinero, la enfermedad, la burocracia o algún periodista inoportuno) la vida me parece insoportable. Como Onetti o Levrero, escribo por arranques, cuando tengo deseos de hacerlo, cuando es ineludible, y entonces no puedo parar. De pronto, la noche se perfila sin término. Y pienso en aquella frase de Bernardo Soares: “Escribo como quien duerme, y toda mi vida es un recibo por firmar”. Un fragmento enigmático, como tantos otros de El libro del desasosiego que guardo en mi pulso interior, donde también encuentro esta otra frase, de Kafka: “Escribir es un sueño más profundo, como la muerte. Y del mismo modo que no se saca ni se puede sacar a un muerto de su sepultura, nadie podrá arrancarme por la noche de mi mesa de trabajo”.

Kafka y Pessoa, dos escritores ensimismados y esquivos, dos radicales de la escritura. Para ambos, la interrupción es la amenaza máxima y por eso escribir es estar “fuera de aquí”, en cualquier parte, lejos de la intimidante hostilidad del mundo. Escribo como quien duerme, o en otras palabras: escribo como un solitario que lleva adelante su obra con exclusión de todos, sumergido en una inmensidad psíquica sólo comparable a la del hombre (la mujer, si usted quiere) que sueña. La escritura aparece entonces como una barricada temporal frente al exceso de realidad, aunque luego se acumulen las deudas y la vida se convierta en un recibo por firmar. También Kafka alude a la quietud absorta del acto de escribir: como en la muerte, todo queda en suspenso; la vida, al fin, se ha detenido. Esa densidad, como la llama Don DeLillo en Contrapunto, ese “otro mundo de hielo y tiempo e introspección invernal”, capaz de borrar el ajetreo exterior, es la primera señal de que el escritor ha entrado en la misma senda de los niños y los amantes, de los ociosos y los budistas, de los durmientes, los vagabundos, los locos y los bebedores bien graduados, todos aquellos que viven lejos de la tiranía del reloj.

Escribir es estar fuera del tiempo. Ése es, me parece, uno de los más puros placeres humanos, el único alivio para quien se sabe mortal, cautivo del segundero, materia de la carroña. Alguien ha dicho que la muerte está escondida en los relojes, y eso lo intuye mejor que nadie el prisionero de la oficina o la fábrica, arrojado cada hora a la conciencia de su propia mortalidad. En esos espacios, regidos por cronometristas rabiosos, cualquier esperanza de gozo queda abolida no sólo porque de ahí se ha eliminado la singularidad, sino porque las exigencias del segundero son inescapables. Cada golpe de la campanilla perfora el oído del trabajador para recordarle que vive bajo el imperio del tiempo, un tiempo reglamentado y repetitivo, donde hay una hora para comer, quince minutos para fumar, un cuarto de hora para intrigar, contar chistes o entregarse a otras aficiones más o menos degradantes, como humillar a los colegas, con el fin de matar las horas del hastío. (Ahora entiendo aquella frase de Nietzsche: “Ahuyentar a como dé lugar el aburrimiento es una vulgaridad, como es una vulgaridad trabajar sin placer.”) Todo es apremiante, el día no alcanza para nada; y nunca fue más insoportable el lento transcurso de una hora en la oficina que cuando los segundos se volvieron tan escasos. Por eso es fácil saber si alguien es infeliz en su trabajo, basta contar el número de veces que voltea a ver el reloj en una jornada.

Cuando escribo, no miro el reloj. A mis espaldas, colgado sobre la pared, conservo un Helbroz detenido desde hace cuatro años en la misma hora, las tres de la tarde, la hora de ir a comer. No he vuelto a ponerle pilas, ¿para qué? En El libro del reloj de arena, Jünger relata cómo desterró de su estudio todos los relojes mecánicos: le parecía imposible pensar en términos de un horario fijo. Él, como Kafka, como Pessoa, escribía de noche. No es que creyera en las musas del desvelo, sino en las facultades del ensimismamiento, el placer radical de estar a solas, en medio del silencio elástico de la madrugada al que no penetran ni el ruido de las horas ni el apuro de la vida pública. Para pensar se necesita tiempo; por eso, en el transcurso de sus trabajos nocturnos, lo único que Jünger toleraba era la compañía silenciosa de los relojes de arena, también llamados “vasos de horas”, asociados a una época y un tempo distintos a los de la era mecanizada, donde las actividades diarias guardaban aún estrechas relaciones con los ciclos de la naturaleza, y parecían por eso más humanas. En su libro, Jünger interpreta dos conocidos grabados de Durero donde aparecen esos antiguos aparatos de medición temporal: Melancolía y San Jerónimo en su celda. Ambos se abren hacia el interior de habitaciones dedicadas al estudio, cuartos para pensar, “pensaderos”. En uno, San Jerónimo se encuentra abismado en su actividad, escribe; en el otro, el ángel parece entregado a sus pensamientos, la cabeza ligeramente inclinada, ocioso. La atmósfera general es de calma, silencio y una grata placidez tocada suavemente por la aflicción (nos encontramos frente al retrato del pensar melancólico). En los dos grabados, como en mi propio estudio, el reloj se encuentra paralizado a la mitad de su recorrido: es el ambiente del reloj de arena, el aire profundo de la meditación donde el tiempo fluye más lentamente y en algún momento parece incluso que se detiene. Al calce de los grabados podría figurar esta frase de Jünger: “Las horas que el espíritu pasa en su ocio o entregado a una obra creadora, esas horas el reloj no las mide”.

¿Por qué resulta tan difícil, incluso impensable, llevar esa atmósfera a las oficinas de una agencia de seguros? Porque ahí nadie es dueño de su propio tiempo. Ni de su tiempo, ni de su vida, ni de nada. Después de todo, los agentes de seguros no son sino administradores voraces del tiempo ajeno, embaucadores a sueldo de la muerte.

Kafka, que estaba lleno de remordimientos por trabajar como agente de seguros en lugar de consagrarse a su vocación, escribió que no imaginaba mejor forma de vida para él que encontrarse con sus objetos de escritorio y una lámpara en lo más recóndito de una cueva cerrada herméticamente. Empleado de día y escritor clandestino de noche, para Kafka el reverso de la oficina no se presentaba como una posible aventura al aire libre, sino todo lo contrario, como una habitación clausurada, ajena a las coacciones externas, donde se fundirían victoriosamente el trabajo y el ocio: “¡Qué cosas escribiría yo entonces! ¡De qué profundidades las arrancaría! ¡Y sin esfuerzo! Porque la concentración extrema no conoce el esfuerzo”. Está claro que jamás encontró ese tipo de exaltación en la agencia donde trabajaba mal y con pesar, lejos de sí mismo, convertido en un animal eficiente, acaso en una cucaracha. Pero al llegar la noche, Kafka se transformaba en un minero de las cavernas que no temía ni al trabajo ni al peligro mientras bajaba hacia las sombras, siempre y cuando el descenso lo llevara a otra parte, a una especie de territorio espiritual: “Fuera de aquí, nada más. Es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. De espaldas al mundo, es probable que en esa cueva imaginaria Kafka pasara demasiado tiempo, emancipado de la vida activa, y se le olvidara incluso la hora de comer. Dejaría de ir a la oficina, no atendería a su prometida, haría del ayuno una nueva forma de su arte. Toda su familia le diría con preocupación, con molestia: “Date cuenta, estás perdiendo el tiempo”. Nadie entendería su urgencia, su anhelo, esos breves, frágiles, momentos de felicidad, después de varias noches de transpiración frente a la página.

Hay un Kafka libre, un subversivo silencioso, que vive de noche la vida que sus obligaciones ciudadanas le impiden de día. Ese Kafka nocturno, héroe del aislamiento, pertenece al grupo de hombres que, según Nietzsche, prefieren morir de hambre antes que dedicarse sin placer a su trabajo, “aquellos hombres selectivos, difíciles de satisfacer, a los que no los contenta una ganancia abundante, cuando el trabajo mismo no es la ganancia de todas las ganancias. A este raro género de hombres pertenecen los artistas y contemplativos de todo tipo. Ellos aceptan el trabajo y la penuria, con tal de que estén asociados al placer; e incluso, de ser necesario, están dispuestos a realizar el trabajo más pesado”. Trabajo y placer: una ecuación desterrada de las salas de la moral burguesa, la moral del padre comerciante de Kafka que quisiera ver la mitad de la tierra convertida en un almacén y la otra mitad, en depedientes de ella.

Según Adorno, pocas cosas distinguen tan profundamente la vida del intelectual y la del burgués como la relación que guarda cada uno con el trabajo. Si el capataz no comprende la posibilidad de jugar con los empleados, en lugar de arrearlos con malos modos, el intelectual o el artista no admiten la escisión represiva entre faena y disfrute. Incluso en el esfuerzo más desesperado, cuando el escritor se siente (utilizando las dramáticas palabras de Balzac) “como un minero sepultado bajo el corrimiento de tierra”, para él siempre es preferible el derroche de nervios que a veces exige la escritura al derroche de nervios que le provoca la falta de escritura. Después de estar sentado durante horas, exprimiéndose para sacar unas cuantas palabras, se sentirá bien por el simple hecho de haber dispuesto de sí mismo con libertad y de haber satisfecho su urgencia estética, la de “dar sepultura al escozor”, como llamaba Henry Miller a la creación. El ejercicio de esa libertad (crear su propio lugar en el mundo) también desconoce los cronómetros: el escritor trabaja a su propio ritmo, acompañado a veces por el whisky que prohíben los patrones, y si decide permanecer despierto pensando hasta el amanecer o adopta una disciplina estricta, lo hará por decisión propia. Lo mismo sucede si un amigo le llama a mediodía para conversar o se toma un momento para estirar los músculos o se entrega el resto de la tarde a la disipación. Su jornada laboral no conoce la frontera entre lunes y domingo, y para poder escribir consagra buena parte de su tiempo creativo a fumar, leer, ver una película, asomarse a la ventana o salir a vagar, todas esas actividades que la sociedad, dice Adorno, sólo reserva para el final de la jornada, bajo el nombre de “ocio” y “cultura”.

Ahora comprendo por qué la gente, después de preguntarme a qué me dedico (a lo que siempre respondo con ingenuidad: “escribo” o “soy escritora”), arremete con un: “Sí, pero, ¿y qué más?”, como si escribir no fuera una actividad válida o suficiente, como si fuera precisa una dosis de autocondena para adquirir derecho de ciudadanía. En un mundo donde la frontera entre trabajo y ocio es estricta, donde las esferas del deber y el gozo parecen irreconciliables, escribir —esa actividad de “ociosos desriñonándose en el Vacío” (Cioran)— sólo puede despertar sospechas. Work while you work, play while you play, ese es slogan de los simpatizantes del rigor, aquellos que repiten cada mañana: “Con el dinero no se juega”. Todavía mi madre se pregunta por qué me gusta tanto escribir en vacaciones, cuando la muchedumbre ha abandonado la ciudad y me encuentro en las calles como en mi habitación solitaria. ¡Pero si deberías aprovechar y darte un respiro! Y eso es precisamente lo que hago: descanso del teléfono, de los trámites, de las inútiles aglomeraciones, además de la incomprensible carrera detrás del dinero, el éxito y el poder, todos esos valores que esta sociedad tolera y persigue, y que me resultan cada vez más insoportables, porque me alejan de mi necio afán de escribir.

He intentado convencer a mi madre, y creo que finalmente lo he logrado, de que si no me despego de la computadora durante mi tiempo libre, es precisamente porque deseo que sea libre de verdad: un tiempo en el que me ocupo sólo de lo que me interesa, sin presión, sin compulsiones, sin apuro, un tiempo no condicionado desde afuera, donde también hay lugar para la indolencia, para “poder pasear, sentarse, ser cándido, poco importante”, como decía Walser. Del mismo modo, no siento remordimiento alguno cuando permanezco en la cama hasta las once de la mañana (una de mis actividades favoritas) o paso uno o dos días sin teclear. Gracias a internet puedo trabajar la mayor parte del tiempo desde mi casa y vivir al margen del checador de tarjetas, sin rendirle cuentas a ningún jefe despótico, un privilegio que me he obstinado en preservar a toda costa y que en las actuales condiciones tecnológicas podría ser un privilegio compartido por millones de personas, y configurar una nueva ética del trabajo o, mejor aún, una ética del ocio (el uso sabio y fecundo del tiempo propio), si no fuera porque desde niños se nos inculca la máxima del sacrificio: “Es preferible hacer cualquier cosa antes que nada”.

A veces pienso que la mayoría de la gente no sabe qué desea ni qué quiere ser, porque ha crecido bajo modelos verticales, modelos de adiestramiento donde no hay posibilidad de pensar en uno mismo, y llegado el momento de reconocerse en el espejo, las personas prefieren refugiarse en los ademanes monocordes que les ofrece la rutina laboral. La actividad ininterrumpida suele ser un gran narcótico; nos apacigua, porque aleja de nosotros la incertidumbre, volviéndonos triviales, predecibles, unívocos, habitantes de la línea recta. La servidumbre voluntaria colma las expectativas de los patrones que nunca han confiado en el uso autónomo del tiempo y prefieren tener bajo la mira a cientos de humanos humillados frente al escritorio, aunque no muevan un dedo o no tengan nada qué hacer. Recuerdo aquella anécdota que cuenta Julio Ramón Ribeyro en sus diarios: estaba en la oficina de la agencia France-Press, un día particularmente vacío de noticias y ya pasado el cierre de edición, leyendo En busca del tiempo perdido, un título emblemático para las horas muertas. Después de que su jefe pasara un par de veces a su lado y lo pillara con las manos en el libro, lo regañó con severidad. “Pero es que no hay noticias”, le explicaba Ribeyro, a lo que su jefe respondió: “Pues invéntese una”.

Para la moral contemporánea, penetrada hasta los huesos por la ética del trabajo, que condena la idea de vivir a expensas de un placer (en el fondo, importa menos el trabajo que la sumisión), parece inaceptable, o por lo menos extraña, la figura del escritor decidido a organizar su tiempo a su antojo, alrededor de una actividad que desdeña, como el juego absorbente de los niños, el llamado al orden del segundero. Qué desfachatez la de esas personas que se desmarcan de las actuales relaciones de producción, donde las personas ya no eligen las reglas de su vida cotidiana, sino que nacen presionadas por necesidades ajenas a su vocación, cada vez más desvinculadas de sus intereses auténticos. No es extraño que el escritor aparezca aún como un haragán, un muerto de hambre y un improductivo, que además se da el lujo, con demasiada frecuencia, de hablar sólo sobre sí mismo en ensayos que no van a ningún lado como éste. A fin de cuentas, siempre queda la sospecha de que quizá merezca vivir en la miseria. Esa es la primera deshonra moral que reciben quienes prefieren pasar el día encerrados en su caverna, negándose a participar directamente de la empresa social, y por lo tanto, de la economía de la ciudad. Como el placer y el juego no suelen ser actividades remunerables, pues de lo contrario se convertirían en tareas y perderían parte de su placer, el escritor, si no ha tenido la suerte de ser aristócrata como Montaigne o heredero como Turgueniev o marido de una viuda rica (una mecenas) como quería Dylan Thomas, tendrá que llevar una doble vida intermitente: artista de noche y burócrata (o cazador de ballenas o fogonero o editora o mesera o periodista de guerra o maestra) de día. Los escritores que han tenido que seguir el régimen de la doble jornada laboral, antes de que pudieran ser autosuficientes y vivir de su propia escritura sin pérdida —es decir, sin hacer todo tipo de concesiones— son legión: James Joyce fue, famosamente, maestro de inglés; Robert Walser, copista, obrero, dependiente de librería y mayordomo; Charles Bukowski, cartero; Colette, artista de cabaret, vendedora de bisutería y dueña de un salón de belleza; Jack London, pescador furtivo de ostras; Juan Rulfo, empleado de una fábrica de llantas donde se sentía “desterrado y triste”; Fernando Pessoa, traductor de correspondencia comercial; Sor Juana Inés de la Cruz, sierva de Dios; David Henry Thoreau, obrero en la fábrica de lápices de su padre, donde trabajaba sólo seis semanas al año para dedicarse el resto a leer y escribir; Georges Perec, archivista de un laboratorio médico; Langston Hughes, ayudante de camarero; Rodolfo Wilcock, empleado de ferrocarriles, puesto que abandonó para convertirse en actor de una película de Pasolini y traductor.

Cuando decidí dedicarme a la escritura, hará de eso unos diez años, entendí que después del lenguaje, mi mayor problema sería el estómago. Porque no se puede escribir con el estómago vacío, por mucho que se intente. Pero antes de venderle mi alma a los diablillos de la academia, el Estado o el mercado (las grandes oficinas de empleo y prebendas del escritor de nuestro tiempo), traté de abrirme paso en el mundo por mi cuenta y trabajé como expendedora en una heladería (un puesto que me hizo subir cuatro kilos), maestra de inglés de un diminuto banquero japonés diminuto (para llegar a su oficina, debía cruzar tres arcos detectores de metales), lectora de galeras (en voz alta), correctora de un suplemento literario, maestra de literatura en una preparatoria, conductora cultural de un programa de tv para subonormales que me provocó migrañas apocalípticas (sólo duré tres semanas), escritora de programas de concierto de música contemporánea (uno de mis mejores trabajos, aunque mal pagado, que me permitía pasar días enteros escuchando a John Cage, Morton Feldman, John Zorn o György Ligeti), negra literaria, gestora cultural, editora free lance y tallerista, viviendo casi siempre en la miseria o muy cerca de ella. La verdad es que me preocupaba menos la pobreza que las cada vez más duras, injustas y precarias condiciones de trabajo a las que se sometía el freelancer y terminé por pedir una beca que me permitió encerrarme durante un año a escribir. Luego pedí otra y otra hasta que no quedaron más becas por pedir o hasta que comencé a preguntarme de qué se trataba todo aquello. ¿Es el escritor un profesional y debe recibir, por eso, un sueldo? Gombrowicz decía rotundamente que no. “Yo escribo lo que quiero; escribo para mi propio placer; escribo por mi propio riesgo; mi tarea, es entonces, estrictamente privada. Tanto mejor si el público además compra mis libros. Así pues, tengo derecho a participar comercialmente en el negocio, pero se trata de una circunstancia secundaria que no guarda relación alguna con la verdadera literatura”. Nietzsche, Flaubert, Auden, Benjamin, Perec (la lista es larga) opinaban lo mismo. Por mi parte, no creo que la pobreza deba ser un voto monástico de la escritura, ni siento vergüenza por cobrar los raquíticos cheques de mis colaboraciones (cuando logro superar la carrera de trabas burocráticas para hacerlo), pero sospecho que el dinero como fin en sí mismo —igual que los premios, los aplausos del público, el reconocimiento— podría llegar a convertirse en un precio demasiado elevado para mis propios intereses, cuando esos intereses son vivir a mi manera y escribir de acuerdo a mis propias reglas.

En una entrevista, Enrique Vila-Matas advierte que detrás de las ofertas más alucinantes puede encontrarse la ruina del escritor: “Es como aquel vendedor de corales del relato de Joseph Roth al que se le instala un vendedor de corales falsos al lado de su casa. El vendedor de corales genuinos se da cuenta de que el vendedor de corales falsos vende mucho más, y entonces decide incluir unas pocas imitaciones y a partir de ahí comienza la ruina de su negocio. Al traicionarse a sí mismo, comienza su perdición. A veces las cosas son al revés de lo que podemos pensar”. Es sabido que Dostoievsky, para superar sus graves problemas financieros, derivados de su afición a la ruleta, se vio obligado a firmar un contrato con un editor que lo comprometía a entregar una nueva novela, después de un plazo poco razonable, a cambio de tres mil rublos que pasarían directamente a manos de sus acreedores. Durante varios meses no pudo escribir una sola sílaba; se quedaba paralizado ante la simple idea de que debía entregar el manuscrito por obligación: “Lo que más me apura es el fiasco del trabajo; no se pueden escribir obras literarias por encargo, bajo la amenaza del látigo; para ello se requieren tiempo y libertad”. Lo mismo le pasó a Bukowski: cuando finalmente le dieron un sueldo por escribir, después de haber trabajado durante catorce años como cartero, se bloqueó durante una semana. Faulkner, que encontró en la administración de un burdel el mejor empleo que jamás le hubieran ofrecido, recomendaba llevar una vida frugal, sin albergar demasiadas ambiciones que pusieran en riesgo la libertad de la creación: “El único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado”. Cuando Beckett renunció a la academia, harto de la pedantería de cubículo, dijo en una conferencia que era preferible la penuria económica a la inanición del espíritu. También Jünger insistía en que la persecución del éxito social podía destruir al escritor o, por lo menos, quitarle mucho tiempo. No son pocos los autores que construyeron su obra sin esperar otra ganancia que no fuera el acto mismo de escribir, aunque incluso un mal pago les hubiera ayudado a sobrellevar con menos suplicio las transacciones de la vida diaria. Pero todo eso parece lejano y romántico a la sombra del confort que la sociedad le ofrece en estos días al escritor profesional, a cambio de su tiempo y, a veces, de su docilidad.

Sé que las circunstancias bajo las que un poeta escribe sus poemas o paga la renta carecen de importancia estética; pero no está mal de vez en cuando hacer un poco de sociología y reflexionar críticamente sobre lo que uno hace y hasta ponerlo en duda, sobre todo si uno sospecha que eso que uno hace (escribir) está amenazado por la banalidad y la sumisión, en una época en que la disidencia se ha reintegrado al circuito de lo vendible y el mercado ocupa casi todo el terreno de nuestro espacio imaginario. Hoy el escritor está demasiado atareado construyendo su figura de escritor, y lo que alguna vez fue una forma peculiar de trabajo (sin su connotación repulsiva) es cada vez menos peculiar y se parece más al de cualquier burro de carga, precisamente porque se ha vuelto un especialista en su materia y produce a la sombra de la academia, las becas, las subvenciones, los contratos y las necesidades del mercado, en lugar de construir puentes y caminos o administrar un burdel, como hacían Juan Benet o Faulkner. Es cierto que gracias a esos recursos, el escritor profesional se ha liberado de la doble jornada laboral para dedicarse sin tantos sobresaltos a la escritura, pero también ha perdido relación con  la vida y la calle y, de algún modo, el tiempo que ha ganado para poder escribir lo ha perdido de inmediato, porque ahora tiene que hacer muchas más cosas que antes, como dar entrevistas, asistir a ferias, escribir artículos en varios medios, cuidar su popularidad en twitter, hacerse estudios fotográficos, practicar de conferencista, sintonizar el estado de ánimo de su emoticon, grabar cápsulas radiofónicas, estar disponible, opinar por teléfono sobre la eutanasia o el día de la mujer, socializar y autopromoverse, en otras palabras, ser más chapucero que nunca, hacer alharaca y publicar a toda prisa, importunando a cada rato a sus contemporáneos —que ve en realidad como rivales— con su frenesí y afán de competencia. Lo más grave es que a la larga muchos escritores sin talento se convierten bajo este sistema en nombres respetables, desprovistos ya de cualquier propensión para la crítica.

Desde mi perspectiva, escribir es el privilegio de vérsela sin modales con el lenguaje, ser libre, incomodar, desaparecer del cuadro de honor, crearse una estética y un pensamiento propios, rechazar la normalidad, en fin, todas esas cosas que la sociedad y el poder toleran difícilmente. El trabajo es por eso la forma más eficaz de domesticación del escritor, el camino que lo convierte, también a él, en un asalariado, un buen hombre de costumbres regulares y agendas apretadas que, además, no descansa los domingos. En “El escritor de vacaciones”, Roland Barthes se burla de una foto de André Gide, publicada en Le Figaro, donde el autor de El inmoralista aparece leyendo a Bossuet mientras baja por el Congo. “Esa postura resume bastante bien el ideal que tiene el burgués de nuestros escritores ‘en vacaciones’: junto al placer banal, el prestigio de una vocación que nada puede detener ni degradar”. Hay algo tranquilizador en la imagen: aun “los especialistas del alma humana” están sometidos a las condiciones generales del trabajo moderno, con horarios, fechas de entrega y vacaciones de verano; pero a diferencia suya, los escritores nunca dejan de dar vuelta a la manivela de sus pensamientos, ¡son trabajadores de tiempo completo! Trabajan incluso cuando beben rusos negros junto a la piscina. Uno toma notas de su viaje, otro corrige pruebas, el tercero busca citas para su próximo ensayo. Y el que no hace nada lo confiesa con culpa o intranquilidad (o ya completamente ebrio), como si hubiera sido abandonado por su musa.

Es probable que los gerentes de la literatura se sientan felices al ver las fotos de sus autores en la casa de campo, rodeados de papeles. Mientras descansan, lejos del trato mundano con los hombres, no han dejado de producir. Dice Barthes: “La imagen sencilla del ‘escritor en vacaciones’ no es más que una de esas mistificaciones retorcidas que la buena sociedad opera para sojuzgar mejor a sus escritores: nada muestra mejor la singularidad de una ‘vocación’ que contradecirla”. ¿Cómo la contradice? Haciendo pasar al escritor por espectáculo o mercancía, interrumpiendo a todas horas su concentración y pidiéndole que no muerda la mano que le da de comer. En la lógica capitalista, escribir y no hacer nada son la misma cosa. Por eso, la sociedad intenta procesar al escritor atribuyéndole a su obra un valor de cambio, que no guarda relación alguna con su valor literario, como si dijera: incluso esa pérdida de tiempo que es la escritura puede ser digna de ser vendida. En la contraportada de los libros, en los artículos periodísticos, en la publicidad, se escamotea constantemente la realidad estética de la obra, cuyo valor objetivo pasa siempre a segundo plano. (En la lógica comunista, el escritor también era obligado a representar un papel social cada vez más alejado de su arte: ser el guía o portavoz de una ideología.) Así, cuando Gide es capturado por la cámara, su foto se convierte en parte de la mercancía que circulará el próximo fin de semana, cuando los empleados compren la imagen de algún figurón de la cultura para echarle un ojo en las horas de su propio ocio —es decir, las horas que les quedan libres entre las obligaciones de la oficina, el supermercado y la familia. La situación entraña la siguiente paradoja: para el escritor, leer y escribir son parte integral de la existencia, no son un sucedáneo ni un hobby, del mismo modo que las “actividades banales” en apariencia ajenas a su tiempo de trabajo (viajar por el Congo, por ejemplo) no están en estricta oposición a éste. Si “escribe en vacaciones”, es porque vive fuera del tiempo cuadriculado de las fábricas y no acepta la distinción puritana entre deber y placer. Pero al ocupar una página entera de Le Figaro, su raro modo de vida, que hasta entonces había sido refractaria a la ética del trabajo, se normaliza, se introduce en la cadena de producción y cumple una función en el mercado del tiempo libre: la del experto que sube al empíreo de las palabras para distraer o iluminar a los hombres, mientras descansan de su propio fastidio, los domingos.

Es una pena, pero a veces, la libertad económica del escritor se consigue sólo gracias a su servidumbre. Hace casi tres siglos, en Carta a un joven poeta, Swift se preguntaba con ironía: “¿Por qué todo hombre dotado de recursos no tendría la posibilidad de añadir un criado de más a su servicio, e independientemente del loco o del capellán (que a menudo son la misma persona), mantener a un poeta en su familia?”. Ya entonces Swift intuía que muchos de los rituales con que se adora al poeta sólo tienen como propósito hacer de él un mayordomo de la cultura. De una forma sutil y, en el fondo, perversa, todo se trastoca: la posición social del escritor deja de ser la del paria, el tránsfuga o el rebelde para adoptar la del profesional de las letras (ese trabajador que siempre está ocupado), el artista finalmente hecho prisionero por los engranajes sociales. O algo aún más grave: la del intelectual alentado por el gobierno para viajar por sus colonias y traer de regreso un retrato condescendiente y bucólico en la maleta, orillándolo a la contradicción. Ahí está Gide y el escándalo de su libro Viaje al Congo, que defraudó las expectativas de sus mecenas, porque en él arremetía contra el violento sistema de dominación que ejercía Francia en África. ¡Pero si lo hemos mandado ahí para que se tome un descanso en nuestro traspatio!

Me parece que en lugar de que ese lujo del escritor —ser dueño de su propio tiempo— se hubiera democratizado con el avance de la tecnología, como profetizaban los optimistas de los años sesenta (“las máquinas deben trabajar, los individuos, pensar”, era el lema de la ibm), lo que ha sucedido es todo lo contrario: el escritor ha terminado por renunciar a las horas que le pertenecían para entrar finalmente como empleado en el tiempo-que-es-dinero y que lo corroe interiormente, introduciendo también en él un ritmo acelerado, el de las novedades, las convocatorias y las expectativas de los lectores, sus auténticos patrones. Stevenson lo dijo hace mucho sin rodeos (y sin la ironía de Swift), en una carta dirigida también a un joven aprendiz de escritor: “Sin duda, es tentador abominar del burgués ignorante; empero, no debe olvidarse que él es quien nos paga y (salta a la vista) por servicios que desea ver realizados”. ¿Y cuáles son esos servicios? La clase media desea que la alejen de su habitual monotonía, y para eso es necesario tener en casa, además de la televisión, a un novelista laureado (o por lo menos eficiente en su manejo del suspense). El escritor profesional vive a menudo bajo el yugo de sus lectores masificados; ellos le piden que achique el horizonte de sus pretensiones, que atienda los temas del momento o cambie el destino de sus héroes. Ahí la literatura, atada a un modo específico de servicio, se convierte en entretenimiento, y las tendencias que estudia el mercado, en fuentes de inspiración. El escritor a sueldo construye personajes entrañables y tramas redondas; mezcla cualquier género con una buena dosis de thriller, erotismo y cocina gourmet. Publica siempre; suprime las palabras complejas. Sus libros son ya la película de la próxima temporada. Y debe aprender a gustar, si es que aspira a volar en primera clase. Porque, en el fondo, de eso se trata: de acceder a los valores de una sociedad a la que ha renunciado a criticar para entretenerla, una sociedad enamorada del consumo, el ascenso social, la ganancia y su propia estupidez.

Si el escritor que descubre el mundo con los ojos de la mercancía ha decidido sustituir el riesgo por la eficacia, la incomodidad por el aplauso y la pasión por el cálculo, es asunto suyo, pero ¿por qué demonios su modelo de trabajo y su concepción utilitaria de la escritura ha terminado por imponerse en todas partes? ¿Por qué los editores consideran que escribir cualquier otra cosa que no sea una novela es una pérdida de tiempo (y de dinero)? ¿Por qué dedicarle cinco años a la escritura de un libro, que podría escribirse en seis meses, es considerado insensato, pedante y hasta reprobable? No haré más preguntas retóricas: la dominación mercantil privatiza todo lo que toca y el escritor profesional es ya un artículo de consumo, un dispositivo del mantenimiento del orden, un productor de códigos espectaculares, una estación emisora de la corriente general. ¡Y los organizadores de ferias se indignan porque declinas una invitación y prefieres quedarte a escribir en casa! Trataría de explicarles, si no pensara que es inútil: a veces, simplemente quisiera habitar en las catacumbas, como Kafka. Decir: no, como mi toque de retirada.

¿Por qué escribe usted?, me pregunta un periodista. Porque no me gusta trabajar, le respondo. Y agregaría, para que su risa fuera completa: “Un poeta debe ser deliberadamente un vago; tiene que escribir tan poco como le sea posible” (T. S. Eliot). Por eso, porque está dominada por los roles de la figuración y los valores de la ganancia, me sucede que la escritura a destajo y la facturación por cuartilla me produce violentas reacciones de carácter respiratorio, nervioso o eruptivo. De algún modo, la figura del escritor profesional es la de alguien que ha convertido el juego en obligación, el rapto en artículo comercial, la escritura en producto. Una parodia de sí mismo. Su tempo no es el del reloj de arena, sino el de la máquina industrial y la producción en serie. Y aquello que suponía una conquista histórica, su independencia económica, acaba por dominarlo. Al sacrificar su tiempo creativo o al autocensurarse, el escritor profesional (antes, el ocioso) se reintegra a la sociedad. Es un empleado que ya no desprecia a su empleador. En otras palabras: cuando la joven escritora, la promesa literaria, suelta sus sonrisas, también trabaja. Y desde ahí ha tenido que aumentar prodigiosamente su capacidad de fabricación, para satisfacer los ritmos del mercado, la academia o las becas. Como sucede con todos los empleados del orbe, el ocio se le ha convertido en otra forma del deber. Se ha reificado por completo. Ahora tiene que escribir en su laptop mientras vuela en avión de una conferencia a otra, perseguida por un sentimiento evidente de fatiga y ansiedad. La escritora con surmenage. No sólo eso: la atmósfera silenciosa de su cuarto de estudio ha sido invadida por el hombre de la cámara de televisión, que ha tirado sin querer el reloj de arena dejándolo inservible, junto con la posibilidad de estar a solas, fuera del tiempo. Es como si un buldózer hubiera sacado penosamente al muerto de su sepultura. Kafka ha sido arrancado, así, de su mesa de trabajo.

Voy terminando este ensayo, que he escrito a lo largo de varias semanas en medio de todas las interrupciones de nuestra época, y lo hago volviendo a la pregunta inicial: ¿debe el escritor regular su vida? En eso pensaba una tarde en que me encontré, casi al mismo tiempo y por azar, los horarios de trabajo que se habían autoimpuesto dos temperamentos antagónicos: el diligente Benjamin Franklin, rector de la ética del trabajo, y el indómito y más bien estrafalario músico francés Eric Satie. Me pareció haber encontrado ahí dos jornadas paradigmáticas y contradictorias: la del capitalista puritano y la del artista sinvergüenza y visionario (véase el cuadro comparativo). Por un lado, Franklin, en aras de acercarse a la “perfección moral”, llevaba un seguimiento minucioso de sus actividades en un cuadernito de notas, donde diseñó su famoso “Horario”, una joya de la cuadriculación de la vida cotidiana, en el que cada gesto, cada mínimo respiro, tiene un periodo del día asignado y sin desperdicio (“nunca pierdas el tiempo, ocúpate siempre en algo útil”). Satie, en cambio, compuso un esquema igualmente pormenorizado, pero que se distingue del primero por el sentido paródico, extravagante y hasta imposible de su jornada (“una vez por semana, debo despertar sobresaltado a las 3.19 hrs.”), demostrando hasta qué punto es ridículo y estéril tratar de domesticar la vida mental y creativa.

Por mi parte, creo que en el escritor hay un yo atareado que no deja de teclear; pero también hay un yo que prefiere pasar las horas vagando. El primero puede ser un administrador efectivo de su tiempo, como quería Franklin, y producir novelas eficaces, acabadas, solventes. Pero le hará falta el riesgo, la profundidad, las visiones súbitas del segundo. Uno complace a su época; el otro, la traiciona. También es cierto que el lado puramente contemplativo del escritor se quedaría sin escribir si no apareciera de vez en cuando el otro, el lado laborioso. Pero en realidad escribir exige una enorme capacidad de incertidumbre, la posibilidad de perderse a través de vastas topografías interiores, si es que se quiere llegar a algún lugar en la mesa de trabajo, y aún más allá: un lugar fuera de aquí.

 

LA JORNADA DE BENJAMIN FRANKLIN
MAÑANA
La Pregunta: ¿Qué bien voy a hacer este día?

 

5-8

Levantarse, asearse, vestirse e invocar a la Bondad Todopoderosa; planear las actividades de la jornada y tomar la resolución del día. Proseguir los estudios en curso y desayunar.
8-12 Trabajar
MEDIODÍA 12-2 Leer o revisar las cuentas y tomar un almuerzo
TARDE 2-6 Trabajar
ANOCHECHER
La Pregunta: ¿Qué bien he hecho hoy?

 

6-10 Poner las cosas en su lugar, cenar. Música o diversión o conversación. Examen del día.
NOCHE 10-4 Dormir
LA JORNADA DEL MÚSICO ERIC SATIE

El artista debe regular su vida.
Aquí tienen el horario detallado de mis actividades diarias:

Me levanto a las 7.18 hrs; inspirado: de 10.23 a 11.47 hrs.

Almuerzo a las 12.11 hrs. y me levanto de la mesa a las 12.14 hrs.

Saludable paseo a caballo, en el fondo del parque: de 13.19 a 14.53 hrs

Otra inspiración: de 15.12 a 16.07 hrs.

Ocupaciones diversas (esgrima, reflexiones, inmovilidad, visitas, contemplación, destreza, natación, etc.), de 16.21 a 18.47 hrs.

La cena se sirve a las 19.16 y se termina a las 19.20 hrs. A continuación, lecturas sinfónicas en voz alta: de 20.09 a 21.59 hrs.

Me acuesto normalmente a las 22.37 hrs. Una vez por semana, despertar sobresaltado a las 3.19 hrs. (los martes).

Sólo como alimentos blancos: huevos, azúcar, huesos rallados; grasa de animales muertos; ternera, sal, coco, pollo cocido en agua blanca; mohos de fruta, arroz, nabos; morcilla alcanforada, pastas, queso (blanco), ensalada de algodón y algunos pescados (sin piel).
Me hiervo el vino, que bebo frío con zumo de fucsia. Tengo apetito; pero no hablo nunca comiendo, por miedo a atragantarme.

Respiro con cuidado (poco cada vez). Bailo muy raras veces. Cuando ando voy por los lados y miro fijamente atrás.

Muy serio de aspecto, si me río es sin querer. Por eso siempre me disculpo y con educación.

Sólo duermo con un ojo; tengo un sueño muy duro. Mi cama es redonda y perforada por un agujero para que pase la cabeza. Cada hora, un criado me toma la temperatura y me pone otra.

Desde hace tiempo estoy abonado a una revista de moda. Llevo un gorro blanco, medias blancas y un chaleco blanco.

El médico me ha dicho siempre que fume. A sus consejos añade:
—Fume, amigo: si no, otro fumará en su lugar.

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La tiranía del Copyright

18_La Tiranía del Copyright

1. La mirada, primero, se desliza por una amplia habitación de alfombras persas tapizada hasta el techo con lps. Parecen meticulosamente ordenados. Al fondo, otras habitaciones llenas de libros y discos y estantes empotrados donde se acumulan videocasetes. Se trata de una colección de películas que invade todos los rincones y las mesitas bajas. El fantasma de la ópera. Caricaturas de la Warner Bros. Películas de detectives, con Spillane a la cabeza. Godard. En el estudio, los libreros tienen una larga serie de gavetas. Ahí dentro: recortes de periódico, apuntes, fragmentos de libros, tarjetas con momentos musicales, partituras rayadas. La televisión está encendida a todo volumen. Y en el escritorio hay una computadora. Son los años noventa. Es el departamento de John Zorn. Desde su infancia se ha sentido atraído por la cultura popular, luego por la alta cultura, ahora por la cultura a secas. Lleva décadas consumiendo música, devorando a Marguerite Duras, viendo (y escuchando) a Bugs Bunny, asistiendo a las funciones de media noche. Vive en el cuartel general del ruido de todo el planeta, el barrio peligroso de Manhattan, el East Village. Es músico. Más propiamente, un improvisador. Le gustan el saxofón y las bandas sonoras. En 1986, compuso Cobra, un collage sonoro, nómada, fragmentario, vertiginoso, como el ruido ambiente de la ciudad en la que vive. Así suena Zorn: primero el ring de un teléfono, luego una voz en japonés, enseguida distorsiones de guitarra eléctrica, trompetillas, un claxon, campanas, chirridos, ruido de máquina, algo que cae y se rompe en pedazos, glugluglu, motor de lancha, una melodía festiva, aplausos, booms, bips, trash… Su música está hecha de recolección y recortes. De influencias y apropiaciones. De copy-paste. Es una música políglota y está rodeada de signos y referencias, como Nueva York o su propio departamento. Como internet (o mejor dicho: prefigurando internet). Quien intente buscar en Cobra una melodía única, reconocible, será pasado por las armas. Y sin embargo, a lo lejos, como sucede al caminar junto a una calle concurrida durante un paseo nocturno, se escucha la música de las grandes ciudades, encendida a todas horas. La sinfonía entrecortada de la calle. (Si se aguza el oído, es posible reconocer algunas tonaditas.)

2. John Zorn amaba a Mickey Mouse cuando era niño. En una entrevista, cuenta que fue gracias a Fantasía que llegó a La consagración de la primavera de Stravinsky y a muchas otras cosas que lo definirían más tarde como un adolescente con un oído insaciable. Gastó buena parte de su dinero comprando discos en las pequeñas tiendas de música. Entre sus favoritos, se encuentra uno que le costó 95 centavos hecho de efectos especiales. Pagó y luego se puso a crear a partir de eso. Pero hoy su propia música, hecha de retacerías de múltiples fuentes, sería imposible (o jamás habría existido) si una ley como SOPA (Stop Online Piracy Act) hubiera sido puesta en práctica en Estados Unidos. Zorn, el bad boy de la escena musical neoyorkina, un genio saqueador que ha revigorizado nuestra cultura auditiva, heredero del espíritu provocador de las vanguardias, estaría bajo la mira de los tribunales junto conmigo y todas las tribus amantes de la música contemporánea para las que Zorn es una referencia de culto y cuya obra compartimos en internet, subiendo sus documentales y videos, porque a veces simplemente no hay otro modo de acceder a su música, si no se tiene dinero para volar a Manhattan un fin de semana. En otra entrevista, Zorn se lamenta: “Lo que he estado observando es jodidamente deprimente. Veo enormes corporaciones actuando como traficantes de esclavos, como si esto fuera el regreso de los faraones. Veo la destrucción de lo que tú y yo amamos, las tiendas pequeñas de mamá y papá —gente que ama la música y ésa es la razón por la que poseen esas tiendas. Veo que todo eso ha sido reemplazado por Tower, hmv, todas esas grandes superficies. Y luego veo corporaciones gigantes que se juntan y se hacen aún más poderosas, como eso que ha pasado con Polygram y Universal. ¿Qué tendremos en otros cien años? Tendremos un mundo dirigido por una corporación. Todos los artistas firmarán por ese único sello y todo el que no lo haga será perseguido. Tendremos una inquisición, bueno, casi la tenemos ya ahora”.

3. Tal vez Zorn no se equivocaba. Después de todo, la ley contra la piratería digital en internet (junto con el progresivo endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual y derechos de autor que desde hace un par de décadas han ido tomando el control de la vida creativa y la cultura del mundo) tiene algo inquisitorial y ha sido impulsada fundamentalmente por Walt Disney y otras multinacionales del entretenimiento, es decir, por los creadores del ídolo infantil de Zorn. Estas empresas han abrevado, como lo ha hecho el mismo Zorn, de la cultura popular y de obras de dominio público durante mucho tiempo (los cuentos de los hermanos Grimm, por ejemplo), pero luego han lucrado con ellas más allá de lo decente (una palabra que las buenas conciencias del copyright usan con frecuencia), extendiendo cada vez más su monopolio y sus ganancias, y persiguiendo sin piedad a cualquiera que osara perpetrar un collage con las orejas del ratoncito. Es sabido, que cada vez que Mickey Mouse estuvo a punto de convertirse en dominio público, la compañía concentró todos sus esfuerzos para que la ley se modificara y se extendiera la cobertura de los derechos de autor (la Copyright Term Extension Act de 1998 es conocida peyorativamente como la Mickey Mouse Protection Act). Lo que quiero decir aquí es que en general se ha puesto un énfasis excesivo en los abusos que pueden cometer algunos usuarios de internet (como vender música que han descargado gratuitamente), pero ¿quién habla de los abusos de los conglomerados comerciales frente al patrimonio cultural? ¿En nombre de qué derecho, además del enriquecimiento excesivo, se atreven estas compañías a promover leyes que husmean en la vida privada de las personas y amenazan la neutralidad de la red, después de haber encarecido hasta en un trescientos por ciento sus productos y haber lucrado con los cuentos y las melodías que en más de una ocasión también ellas descargaron gratuitamente de la tradición cultural sin devolverle nada a cambio? Blancanieves y los siete enanos, Pinocho, Dumbo, Bambi, Cenicienta, Robin Hood, Peter Pan, La bella durmiente, La espada en la piedra (la lista es interminable) no son creaciones originales de Disney, sino reinterpretaciones visuales de una cultura compartida. Pero las tratan como si fueran exclusivas (en los noventa demandaron al artista Dennis Oppenheim por el uso de personajes de Disney en esculturas de fibra de vidrio, porque violaban sus derechos de copyright). Gracias a Mickey, en estos momentos millones de canciones clásicas, de películas viejas y libros de autores fallecidos se mantienen bajo llave en los sótanos de las corporaciones mediáticas, cuando podrían formar parte de la herencia cultural y circular libremente en internet, como Cervantes o Shakespeare.

4. La tiranía del copyright sofoca la cultura. Un ejemplo entre miles: el artless art history text, el caso del libro ausente. Un grupo de estudiantes del Colegio de Arte y Diseño de Ontario, en Toronto, emprendió hace algunos meses una discusión con las autoridades de la universidad porque en una clase les obligaron a comprar un carísimo libro de arte que no contenía una sola imagen de arte. Como los editores del libro en cuestión, Global Visual and Material Culture, Prehistory to 1800, no consiguieron los derechos de reproducción de algunas imágenes y el resto resultaba impagable, decidieron dejar recuadros en blanco a lo largo de todo el libro. Ahí donde debía estar la imagen de La educación de la virgen, de Georges de La Tour o Carpet Page de Lindisfarne Gospels, lo que se ve es la gran y enorme nada. La página vacía. La descripción de la obra sin la obra. No se trata de un gesto conceptual, sino del efecto erosivo de la censura mercantil: nuestro futuro de libros en blanco. La biblioteca inexistente. Tal vez sea momento de aprendernos ciertas obras de arte de memoria, para reproducirlas cuando sea imposible encontrarlas. ¡Inauguremos la era del arte hablado! La inquisición del mercado nos devolverá a la cultura oral, la perpetuación de las obras de boca en boca, como sucedía en los bosques de Fahrenheit 451. Y cuando también por eso quieran cobrarnos regalías, las trasmitiremos con mímica o en el lenguaje de los sordomudos.

5. Imagino una prefiguración de la literatura ausente: la página en blanco con copyright.

página-blanca

 

6. Detrás de estas historias se esconde una ironía que tendría que ponernos a pensar a todos los escritores, músicos, artistas y editores en nombre de los cuales se hacen leyes tan absurdas, injustas y antidemocráticas como la Ley de Copyright del Milenio Digital (impuesta por Estados Unidos a todos los países del Tratado del Área de Libre Comercio) que ponen en peligro las formas en que la tradición y la cultura han circulado durante siglos: el sampleo de las fuentes, la remasterización y el cover. Eso es lo que hace John Zorn y que antes hizo John Cage y varios siglos antes, Shakespeare. Un proceso fascinante de préstamos y transformaciones, ideas tomadas de aquí y allá, reelaboraciones posteriores de una idea original. De piraterías, dirán los que redactan los contratos. De plagios necesarios, dirán los provocadores (Lautréamont et. al.). De estrategias estéticas contra la figura romántica (y burguesa) del autor, agregan los surrealistas. De reescrituras, apropiaciones, intertextualidades, dicen los académicos. De desapropiación anticipa Cristina Rivera Garza, para hablar de las formas en que la reescritura de textos que provienen de distintas fuentes son devultos a la comunidad. No es sólo que el recurso central del arte del siglo pasado (y de éste) haya sido anticopyright. Es que toda la cultura desde sus orígenes se fundó en la tecnología de la copia para su divulgación y contagio, desde la mnemotecnia hasta el p2p (peer to peer o descarga de archivo entre iguales). Cuando alguien se aprendía un poema de memoria y lo repetía más tarde frente a otros, ¿estaba cometiendo un delito? En el tiempo de los trovadores, no. En la era de los controles excesivos, sí. Hasta el 2003, la nota de copyright de la versión electrónica de Alicia en el país de las maravillas elaborada por Adobe decía: “Este libro no puede ser leído en voz alta”. ¡Pero si Alicia era de dominio público! Es que al convertirla al formato digital, las compañías podían volver a poseerla. ¡Pero nadie más! Y que los ciegos se apañen. Por fortuna los ciegos se conjuraron, como lo han hecho desde hace por lo menos tres décadas los hackactivistas contra el software con candado, y la Ley de Copyright del Milenio Digital se modificó para que pudieran escuchar sus e-books sin convertirse en criminales. Pero eso no es suficiente.

7. “¿Podrías tararear el Waka Waka?”, le pregunta un periodista televisivo a Shakira. “No”, responde ella con una sonrisa, “porque cobro royalties”. Durante el Mundial de Futbol 2010 un pequeño escándalo se desató alrededor del zumbidito fastidioso (y omnipresente) de la canción oficial del torneo. No se trataba, por desgracia, de una discusión sobre el gusto musical ni sobre el derecho que deberíamos tener los seres humanos a no escuchar una canción abominable (o que no nos gusta), pero que la industria ha puesto a todas horas en todas partes como una enfermedad inescapable. Más bien, alguien advirtió que la colombiana había plagiado a Wilfrido Vargas y que el estribillo de “El negro no puede” era el mismo del Waka Waka. Vargas desmintió el rumor explicando que la autoría era en realidad de un grupo camerunés, Golden Sound. Pero el grupo camerunés reconoció a su vez que ellos lo habían adoptado de un canto popular llamado Zangalewa que había surgido espontáneamente entre un grupo de scouts que lo cantaba mientras marchaba. ¿A quién pertenecía entonces la canción? Seguro, no enteramente a Shakira, pero ella cobraba royalties por tararearla cinco segundos en televisión y estaba dispuesta a defender su propiedad contra la piratería. Eso no es todo: si una adolescente descarga el Waka Waka de internet (aunque podría, por su bien, descargar cosas mejores), en la escuela su maestra le dirá que está haciendo algo desagradable, incorrecto, poco ético, abusivo y que está a un paso de convertirse en delincuente. Como en efecto le sucedió a un grupo de girl scouts que fueron demandadas por cantar (sin pagar) canciones con copyright alrededor de la fogata, un caso documentado por Lawrence Lessig en Free Culture. No es que yo sienta un aprecio especial por los scouts, pero aquí es evidente que se los han timado. A ellos y a todos nosotros. Alguien nos ha querido vender algo que nos pertenecía de antemano.

8. Disney y el Waka Waka: he aquí dos casos clásicos de “plagio imperial”, el uso cacique de creaciones y estilos del Tercer Mundo (o “primitivos”) por artistas más privilegiados (y mejor pagados). (Esta es, por cierto, una idea de Jonathan Lethem que a su vez tomó del título de un ensayo escrito por Marilyn Randall.) En términos estéticos y políticos, me gusta distinguir entre plagiarios conservadores (tienen fines de lucro, perpetúan el statu quo, son ejecutados por miembros de la hegemonía cultural, con frecuencia emplean negros literarios) y los plagiarios anarquistas (no tienen fines de lucro, promueven la libre circulación de la cultura, socavan el principio de autoridad, la explotación literaria y la lengua del poder). Porque una cosa es, en efecto, “utilizar el texto de otros para cuestionar el texto mismo y las nociones imperantes de autoridad y propiedad; y otra cosa distinta es utilizar el texto de otros para refrendar nociones imperantes de autoridad y propiedad” (Cristina Rivera Garza, “Por una estética citacionista”). Son los plagiarios anarquistas (o los heterodoxos de la copia) quienes  libran hoy una auténtica batalla contra la tiranía del copyright (todo para las empresas y/o los herederos, nada para los lectores ni el futuro del arte). Ellos han entendido que el nuevo contexto digital modifica drásticamente los fundamentos de la escritura, el libro y la reproducción de contenidos creativos, tal y como los habíamos conocido hasta ahora. Una revolución que se funda en el carácter extraordinariamente dúctil del texto digital y la facilidad con la que se opera el copy-paste, a todas horas en todas partes. Los escritores y activistas de la copia libre o copyleft (un término zurdo cargado de connotaciones económicas, estéticas y políticas, inventado en los años ochenta por el movimiento de software libre de Richard Stallman) entienden que la escritura está sufriendo su desafío más grande desde Gutenberg y necesita redefinirse a sí misma. Y con ella, la legislación del copyright. Dicho esto, medio mundo se pone a temblar, como no lo hacía desde los años sesenta. Tiemblan (o se enfurecen) los que todavía fundan su práctica en conceptos del siglo xix como la originalidad. También los que temen perder el control de su propiedad intelectual. Y los que quieren perpetuar los monopolios de la distribución y la copia. Las buenas conciencias se estremecen de nuevo frente a la contracultura. Pero, ¿qué hace el copyleft que lo vuelve tan amenazante? Permite que cada autor decida qué demonios hacer con su obra. Eso es todo. Una forma de darle la vuelta al copyright para que deje de ser un obstáculo, sin dejar de ser una garantía (o de otro modo, Disney vendrá a vaciarte el refrigerador sin darte las gracias y hasta te cobrará por ello).  A través de las diversas leyendas legales del Creative Commons, el autor puede permitir, si así lo desea, que se generen obras derivadas de sus libros, que se fotocopien total o parcialmente, que se descarguen y redistribuyan en distintos soportes, que se modifiquen (o no), siempre y cuando se mantenga la referencia del autor (o no) y se haga sin fines de lucro. Es un tipo de licencia que protege los derechos legítimos del autor, pero sin pasar por encima de los lectores ni de la comunidad ni de la cultura que también han nutrido a ese autor. Defiende el derecho de todos, y no sólo de unos cuantos. Por eso, el copyleft distingue con vehemencia entre la piratería como mera prolongación extra legal del capitalismo (con esclavos chinos) y una piratería de espíritu comunitario, que entiende la cultura como una creación colectiva, donde el dinero es sobre todo un estorbo.

9. Al enclave de plagiarios anarquistas pertenecen, entre otros: Quevedo (cuyo poema “El pincel”, no es más que una traducción sin atribución de “Le pinceau” de Belleau); Lautréamont (“El plagio es necesario. El progreso lo requiere. El plagio abraza la frase de un autor, utiliza sus expresiones, borra una falsa idea y la sustituye por otra correcta”); los experimentos dadaístas; los ready-made; Pierre Menard (autor del Quijote); Guy Debord y todos los détournements (o desvíos) situacionistas; los juegos combinatorios del oulipo; Georges Perec; William Burroughs; Luther Blisset; Wu Ming; el Critical Art Ensamble (“El plagio pertenece a la cultura posterior al libro, puesto que es en esa sociedad en la que se puede hacer explícito lo que la cultura de los libros, con sus genios y sus autores, tiende a esconder”); Jonathan Lethem (ensamblador de un ensayo brillante, Contra la originalidad, que rastrea los procesos de apropiación y pillaje en la literatura y el arte, con ejemplos que van de Lolita de Nabokov a las canciones de Bob Dylan; este ensayo promiscuo fue escrito de manera íntegra con la técnica del copy-paste); Agustín Fernández Mallo (que tuvo la osadía de poner en circulación El Hacedor (de Borges) Remake, luego retirado de las estanterías por María Kodama), Pablo Katchadjian (acusado por Kodama[1] ante la publicación, en 2009, de El Aleph engordado, es decir, el traslado de las 4,000 palabras originales del célebre cuento a 9,600 bajo la regla de “no quitar ni alterar nada del texto original, ni palabras, ni comas, ni puntos, ni el orden”, de tal forma que si alguien quisiera, podría volver al texto de Borges) o el poeta estadounidense Kenneth Goldsmith (fundador de UbuWeb y autor de la antología cumbre del plagio anarquista, Against Expression), quien alguna vez se preguntó: “¿Por qué sólo los literatos (a diferencia de los músicos, los artistas, los programadores) se siguen escandalizando a estas alturas por el plagio?”.

 

10. Lo que ha sucedido en estos últimos años alrededor de las leyes SOPA y ACTA (Acuerdo Comercial Anti-falsificación), las reacciones en ambos sentidos, a favor y en contra, es sólo el momento más tenso y extraordinariamente complejo de una larga batalla cultural (que hoy se autoproclama como World War Web) entre la industria del copyright (farmacéuticas, editoriales, grandes consorcios televisivos, sociedades de gestión de músicos, escritores y artistas) y una creciente comunidad de usuarios (lectores, espectadores, investigadores, periodistas, consumidores de música, libros, películas, agitadores culturales, programadores y millones de personas que navegan diariamente por la red). Como ha señalado Lessig en su libro Free Culture (cuya versión gratuita en español fue traducida como Cultura Libre, una lectura indispensable para entender el momento actual), se trata en realidad de una lucha que se reaviva cada vez que una innovación tecnológica amenaza con disminuir el poder económico de la industria. En lugar de redefinir su “modelo de negocios”, las compañías han satanizado históricamente al nuevo medio, desde el fm, el disco de acetato, la fotografía, el casete o la videocasetera (comparada en su momento con un serial killer), confundiendo dos términos que hoy vuelven deformados a nuestros oídos: robar y compartir. La forma en que estas palabras se han convertido en sinónimos en el lenguaje de la industria es fundamental para entender el tipo de chantaje que su discurso ha ejercido en los medios y entre los autores mismos, tratando de convencernos de que las descargas en internet están matando la cultura, cuando en realidad sucede al revés: la censura y las sanciones que la industria ha impuesto con sus cabildeos en los congresos de todo el mundo, le están quitando a la cultura el aire que la hace vivir. La libre circulación, el préstamo bibliotecario, la lectura en voz alta, el regalo. Varios estudios recientes sobre los comportamientos de los consumidores culturales indican que los jóvenes que más descargan archivos de música en internet, son también los que más comparten sus propios archivos y los que más consumen discos en las tiendas y asisten a más conciertos. En poco tiempo se convertirán ellos mismos en creadores. Pasar sin intermediaciones de la lectura a la escritura es otro de los efectos fascinantes de las mutaciones que provoca hoy el lenguaje digital (un efecto subterráneo y por eso más corrosivo): la redefinición de las relaciones entre autor y lector (el paso de la vertical de la autoridad, a la horizontal del diálogo). Por supuesto, esta nueva geometría de la barbarie (lectores que se desvían de la norma y escriben desarrapados, sucios, ignorantes, defectuosos, sin respeto por las mayúsculas) incomoda todavía a muchos autores que no toleran el sampleo de sus obras. “La lectura activa es una redada impertinente al coto literario. Los lectores son como nómadas recolectores por campos que no les pertenecen —y los artistas no son capaces de controlar el imaginario de su público del mismo modo que la industria cultural no puede controlar los segundos usos de sus artefactos” (Lethem). Los usuarios activos pertenecen a la estirpe creadora de John Zorn, una estirpe que no merece ser encarcelada por el crimen de dejarse influir (o por el deseo de exaltar las obras de otros, reciclándolas).

11. Se coloca en primer plano una pregunta que desde hace tiempo han venido haciendo diversos activistas del código abierto (un modelo de programación que permite la modificación, copia y mejora de software por parte de los usuarios): ¿qué parte de la cultura es privada y qué otra es un bien común? De un lado están los que consideran que compartir el link o la fotocopia de este ensayo es criminal, algo que te convierte en un pirata en potencia. Del otro, están quienes propugnan porque se respeten los derechos de los autores (el pago legítimo por su trabajo) sin restringir por eso las libertades asociadas al disfrute de las obras. Los primeros ven en la cultura una fuente inagotable de lucro. Los segundos reconocen que hay un valor inmaterial en la imaginación y el conocimiento, un valor que no puede legislarse ni cotizarse del mismo modo que un automóvil. Copyright de un lado, copyleft del otro. La economía del máximo beneficio frente a la economía del regalo. (“Cuando somos conmovidos por la obra de arte —ha escrito Lewis Hyde en The Gift— recibimos algo que no tiene nada que ver con el precio.”) En cualquier caso, se trata de restituir el equilibrio (por ahora perdido) entre el derecho de la industria a recuperar su inversión y obtener una ganancia justa (pero sin monopolios ni especulación ni incremento excesivo en el precio de las mercancías), el derecho de los autores a ser reconocidos como tales y a recibir un incentivo por su creación, pero también el derecho de la comunidad a participar de la cultura. Hasta ahora se han multiplicado a tal punto los ejemplos de editores y escritores que venden más libros impresos y tienen más lectores gracias a la posibilidad de que sus obras se descarguen gratuitamente en internet (pongo un ejemplo aquí del editor de Orsai[2] y otro acá del colectivo Wu Ming[3]) que eso debería ser una muestra suficiente para entender por qué, en efecto, ahora que los medios de reproducción se han democratizado y tienen una irrefrenable naturaleza viral por su capacidad de expansión y multiplicación, es necesario redefinir los derechos de autor y de propiedad intelectual, pero exactamente en sentido contrario al que en estos días pretende avanzar. En dirección del copyleft.



[1] Borges prefiguró el cielo y el infierno del ciberespacio: la Biblioteca de Babel y María Kodama.

[2] http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-7594-2011-12-31.html

[3] http://www.wumingfoundation.com/italiano/outtakes/copyleft_explicado.html

 

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Contraensayo

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1/ La literatura y la industria son dos ambiciones que, como bien dijo Baudelaire, se odian con un odio instintivo y, cuando se encuentran en el mismo camino, es mejor que ninguna se ponga al servicio de la otra, o de lo contrario, se producen todo tipo de abominaciones. Nadie duda a estas alturas quién se ha puesto al servicio de quién. Y no sólo en la literatura. Artistas que practican una coreografía social cada vez más ajena a las preocupaciones de su arte; laboriosos negros literarios (o afroamericanos literarios) que maquilan por la noche los folletones que otros firmarán por la mañana; filósofos de cubículo que profesan a pie de página una filosofía que nunca practican; editores que no son editores sino gerentes de marketing sin sensibilidad ni cultura. Esa es la situación confusa en la que estamos desde que el mercado se convirtió en el único horizonte, infranqueable, de nuestra época.

2/ ¿Y qué vamos a hacer con el mercado? ¿Nos lo vamos a tragar de a poco hasta la indigestión? Imaginemos que la era de la cultura escalafonaria ha llegado para quedarse, que la domesticación es general, que el imperio de lo mismo ha conquistado una prolongada, sórdida e impenetrable recesión estética y vital. Imaginemos que los filósofos se han convertido ya para siempre en burócratas del pensamiento, los escritores en jóvenes promesas adocenadas y correctas, las revistas en réplicas de sí mismas, siempre hablando de los mismos temas, con el mismo estilo, los mismos gestos, el mismo colaborador desfondándose en el maratón de las publicaciones al vapor, las mismas secciones, las mismas formas ensayísticas, los mismos gustos, los mismos homenajes y la misma jerarquía de lo que importa y lo que es insignificante. Imaginemos que nadie se siente incómodo en medio de este paisaje de convenciones monótonas, sin asperezas ideológicas ni sobresaltos del lenguaje. Este sería el momento de lanzar una bomba.

3/ La confusión que ha promovido el mercado en el arte y la literatura ha terminado por depreciar, también, al ensayo. Se repite esta falacia: “El ensayo es el género más comercial”; la he leído en el blog del ensayista mexicano Carlos Oliva[1]; la leo ahora en el “¡Yo acuso! (al ensayo) (y lo hago)” de Heriberto Yépez[2], un escritor de mi generación al que sigo desde hace años con interés creciente (y a veces discrepante).  El primero atiza contra el ensayo por no tratarse siquiera de un género (es decir, por no ceder un ápice de su indefinición radical, de su plasticidad, ante los tentáculos de la clasificación), y ser “apenas un borrador, una forma de la escritura desordenada o en crisis”. (Pecado fundamental del ensayo: ser un género insubordinado, es decir, asistemático y contrario a las formas cerradas —autoritarias— que buscan constreñir en una armonía trucada la prosa inconexa del mundo.) El ensayo, banal y pasajero, dice Oliva, “no puede reflejar mitologías, ni siquiera crear imagologías de larga duración”. Por el contrario, el ensayo produce objetos de consumo: “De forma abyecta y rápida, pone al autor y al lector en un circuito de consumo, donde la escritura, en este caso la escritura como ensayo, se vuelve una mercancía y, como lo vemos en la mayoría de publicaciones donde se aloja este pseudo género, crea un fetiche social”. Pero, ¿de qué ensayos habla Oliva? De los mismos que Heriberto Yépez: los papeles hinchados de la prensa, los maquinazos de las revistas culturales, los papers de Yale, las tesis enmohecidas de la universidad, los artículos coyunturales, la roña reseñil, la verborrea de los congresos, las disquisiciones deportivas, los índices de las revistas certificadas, las memorias políticas, los consejos de jardinería… He aquí el totum revolutum que ellos alegan: “En esta esfera de circulación fetichista y mercantil —insiste Oliva—, no hay diferencias sustanciales entre un ensayo publicado en Caras, en la revista de vuelo de Aeroméxico, en la revista de la unam o, incluso, en revistas de culto, pienso por ejemplo en Granta o en Sur”. ¡El ensayo le gusta a la farándula! Definitivamente, remata Yépez, el ensayo “es un género popular, un género en auge. Y como todos sabemos, lo que está en auge es lo peor, lo más denigrante”.

4/ Decir que el ensayo es el género más comercial es una falacia que sólo ayuda a perpetuar la gran confusión, del mismo modo que llamar filosofía a las prácticas esotéricas de Conny Méndez sólo auxilia al gerente de ventas a lucrar mejor con la desesperación de la gente, alejándola cada vez más de cualquier práctica filosófica verdadera. Dicho de otro modo: nunca la redactriz de Notitas musicales ha llamado ensayo a sus efusiones chismográficas a la hora de cobrar su cheque; en las redacciones, a los artículos se les llama artículos y a quienes los escriben articulistas; en los pasillos de las revistas culturales, los ensayos son mejor conocidos como colaboraciones, y recuerdo que a los maestros de filología hispánica en lugar de ensayos les entregábamos odiosos trabajos para aprobar la materia. Oliva y Yépez confunden la escritura con el yugo laboral, y no es extraño que en México haya cada vez menos ensayistas genuinos y más profesionales sometidos a su empleador. Written essay jobs. En internet las páginas proliferan: “¡Sigue estos diez pasos para hacer un buen trabajo!”. Prosa mecanizada, prosa de maquila, productos verbales de la era post industrial. Nada que indique la presencia auténtica de un ensayo, es decir, de una escritura asociada al pensamiento autónomo y la práctica de un lenguaje sin servidumbres.

5/ No es que el ensayo se haya democratizado, masificado o envilecido; es simplemente que el ensayo se esfumó. Eso que mis amigos ven por todas partes, esa blablatura contingente y a destajo, esos papeles destinados a la basura del próximo día, son las formas en que hoy se evita, cada vez con mayor eficacia, al ensayo. Bajo el dogma contemporáneo: to publish or perish, salido del sistema académico y adoptado de inmediato por la voracidad editorial, el ensayo ha languidecido por la extenuación y el manoseo, vaciándose cada vez más, hasta que deforme y atrofiado (vuelto una criatura inofensiva) lo han invitado a pasearse por todos los congresos del mundo en primera clase. En “A resurgence of essay”, Phillip Lopate advierte sobre una de las mayores fintas de la inflación ensayística: hacer pasar por ensayos a toda esa laboriosa mecanografía por encargo —un producto de la era liberal— que hoy infesta las librerías. Al menos en eso el pragmatismo gringo es claro: lo que Oliva y Yépez insisten en llamar ensayo, por la fuerza de la costumbre o por espíritu de provocación, en el mundo de las grandes editoriales estadounidenses pertenece a la categoría desengrasada, estándar y si se quiere absurda de la prosa sin ficción (non fiction prose), donde proliferan los temas del momento. Los gerentes de ventas no se hacen bolas; ellos saben que si sólo publicaran ensayos, su industria estaría muerta hace tiempo.

6/ La diferencia entre el productor de artículos y el ensayista es radical; es una diferencia estética, económica, muchas veces ética y si se quiere hasta vital. El primero produce una escritura oportunista (coyuntural), donde suele renunciar a sí mismo, rindiendo siempre cuentas a alguien más (la burocracia académica, el editor de periódico o la industria); el segundo, en cambio, cree en la posibilidad, practicada por Montaigne o Thoreau, de convertirse finalmente en sí mismo. Uno se denigra en cuanto olvida sus propias ideas (vive en la separación consumada); el otro crece por el simple hecho de asumir el riesgo de su formación interior. Ambición socrática del ensayo (tantas veces olvidada): conocerse a sí mismo. No se trata de una magnificación del yo neurótico, sino de una excursión peligrosa hacia los dilemas personales (incluso si se escribe sobre otra cosa), un viaje que no excluye la posibilidad de una transformación. ¡Qué peligro un hombre nuevo! Nada de eso es posible en el horizonte de los artículos de consumo masivo, situados estratégicamente en los lobbies de los hoteles, las mesitas de centro y los portales de café: botana para aliviar el aburrimiento de las horas muertas.

7/ El olvido de sí: he aquí el dogma de nuestro tiempo. Ninguna cosa que avive nuestra conciencia sobre las miserias del mundo tal como está, ya no digamos sobre nuestras propias inercias. La no ficción y sus temas de actualidad son un formato útil para reproducir el sistema que hoy se resquebraja para volverse a edificar. Ideas recicladas, de fácil consumo, escritas en un estilo neutro y legible, fáciles de citar. Toda esa abyección que Oliva critica sin concesiones. Sin embargo, al hacerlo, actúa como esos francotiradores que a pesar de su sofisticación, o quizá precisamente debido a ella, equivocan el blanco y en su lugar terminan por derribar a los civiles. Ya hemos visto cómo el ensayo ha sido oficialmente condenado a desaparecer bajo la tiranía de la información, la polémica y el entretenimiento, las tres formas predilectas de la falsa democracia de la cultura de masas. ¿Para qué fustigarlo más? El mercado y la academia, las tecnocracias del conocimiento, lo han puesto hace tiempo de rodillas. Es a esas instancias a las que hay que prenderles fuego. ¿Cómo? ¡Con las armas corrosivas del ensayo!

8/ Pienso en algunas vías de salida. En primer lugar, hay que desescolarizar al ensayo, sacarlo al aire libre, como hacían Montaigne (que amaba pensar a caballo) o Thoreau (que practicaba un pensamiento a campo traviesa). Al entrar al claustro, el ensayo sufrió su primera domesticación. En lugar de la escritura nómada y libre, se fijó el texto formateado (intro-development-exit); en lugar de la digresión (ese paseo anarquizante castigado por los sinodales), la estructura y el orden; en lugar de la brevedad o el juego, el fárrago teórico; en lugar de la imaginación, la objetividad y la racionalidad desapasionadas; en lugar de las propiedades subversivas del humor, la solemnidad y los ídolos del rigor; en lugar de la experiencia personal y autodidacta, el conocimiento de segunda mano; en lugar de la escritura, el lenguaje esotérico del especialista. Desde los reportes de lectura de la educación media hasta las tesis de posgrado, todo está hecho para reencaminar al vago de los géneros literarios, al ocioso y accidental, heterodoxo y subjetivo, el género experimental por definición: el ensayo.

9/ En segundo término: no mutilar. Si te piden un ensayo para una publicación periódica no concedas un ápice en el tema, la extensión, el lenguaje, la visión ni —que me perdonen los editores— el dead line. Es una idiotez pensar en que te volverás ensayista escribiendo reseñas de libros abominables o bajo el yugo del cronómetro. Lo único cierto es que no podrás escribir si no tienes tiempo para pensar (o simplemente para perder el tiempo).

10/ El blog (internet en general) podría ser una zona liberada para el ensayo, una zona apartada de la meritocracia académica y la rentabilidad comercial, es decir, ajena a los intereses de la industria o la nueva escolástica y por eso abierta a la experimentación más radical. En la prosa fragmentaria que el blog propicia, el ensayista puede practicar la insolencia sin temor a los editores y, sobre todo, explorar pacientemente sus posturas más personales, arriesgadas o incómodas, calibrar la relación consigo mismo. El blog como bitácora de nuestros procesos mentales y estéticos. Ya no el libro acabado, inamovible y fijado para siempre, sino una forma abierta y en permanente reconfiguración, con reflexiones ulteriores, diálogos entre imagen y texto, referencias cruzadas, derivas. Y la participación del lector. Si disolvemos las viejas jerarquías que encumbraron al autor, ¿encontraremos tal vez el espacio de una nueva dialéctica? Sin embargo, el blog ha reproducido, a veces con demasiada fidelidad, algunos vicios mediáticos: la polémica pedestre, el insulto, la pobreza en la argumentación, el chisme, la proliferación de los frankensteins del ego, el facilismo y la autopromoción. Aun así, las posibilidades de ese universo son infinitamente más vastas y diversas que las de las rutas ya conocidas. Además, la red parece una zona más propicia para la digresión que la página, y en su forma de saltos y links ha dotado al ensayo, a posteriori, de su residencia natural. En internet y en la nueva realidad digital del texto crecen dimensiones aún no exploradas a fondo para la escritura.

11/ Contrario a lo que escribe Yépez en su ensayo, aunque siempre lo haga con un poco de guasa —ensayista guasón—, creo que el ensayo ha emigrado a la periferia, si es que alguna vez salió de ella, para sobrevivir a su extinción; ha radicalizado su carácter anfibio, inasible, movedizo, su permanente capacidad de ser otra cosa. Por ejemplo, ser crítica ficción, un género antípoda de la non fiction prose, un híbrido inventado por Yépez mismo: ¿qué habría sucedido si Max Brod no hubiera defraudado a Kafka? La respuesta es crítica ficción, la muestra de que el ensayo también practica la imaginación de lo posible, y no sólo la argumentación plomiza. En medio de ese gran sentimiento de acabose que hoy ensombrece a la literatura, el ensayo se ha vuelto tránsfuga, evoluciona, se aproxima a otros géneros, los ayuda a salir del atorón. Como a la novela, que parecía ya muerta hasta que se confundió de nuevo con el ensayo y se oxigenó (pienso en Magris, Coetzee, Levrero, Foster Wallace, Tabarovsky, Chitarroni, Vila-Matas, quien hace poco declaró: “Mezclar a Montaigne con Kafka, esa me parece la dirección”). Hay que releer esos cuentos de Pitol que acaban como ensayos o esos ensayos que terminan como cuentos para alimentar al “monstruo informe” del ensayo, en lugar de engordar sólo a la razón. Hay que ver los video-ensayos de Laura Kipnis, los copy-paste de David Shields o las redirecciones digitales de Ander Monson (diálogos electrónicos entre el ensayo e internet) para ir más allá de los confines de la página o simplemente volver a Montaigne que hizo del ensayo algo más que un género, un arte de vivir, lo mismo que hacen hoy los explosivos Hakim Bey o Michel Onfray, aunque lo hagan desde otros extremos del temperamento y la actitud política.

12/ Desde hace tiempo me gusta pensar en el ensayo como el vago de los géneros literarios, un género indócil y errabundo, una forma de pensar que puede llevarse a cualquier parte. “Mi espíritu no anda si mis piernas no lo mueven”, escribió Montaigne en una frase casi idéntica a esta otra de Rousseau: “Sólo puedo meditar mientras camino. Si me detengo, dejo de pensar; mi mente sólo trabaja con mis piernas”. También Nietzsche expuso en la Gaya ciencia cómo deletreaba sus conjeturas con los pies: “Yo no escribo sólo con la mano; el pie también quiere escribir conmigo. El camino va por mí, firme y valiente, unas veces por el campo, otras por el papel”. El camino va por mí: esa es la forma no fosilizada del ensayo, su anti método. Mientras la academia y el mercado escriben a favor de sus propias convenciones, el ensayo sospecha de toda convención: se ríe del aparato pseudo científico, rechaza la idea de composición, traiciona las expectativas del lector, pone en duda la posibilidad de llegar a alguna parte. “Ni para regresar ni para concluirlo, para eso se emprende el camino”, insiste Montaigne. ¡Oh pecado del ensayo, abjurar del éxito! Nadie le perdona todavía que sea una mera tentativa, que se insubordine ante el valor supremo de la eficacia. El ensayista se niega a producir resultados; para él, perderse es una forma de aprendizaje. ¿Puede haber algo más ajeno a los procedimientos del pensar filosófico o científico que la idea del extravío como un fin en sí mismo? En Elogio de la vagancia, Guillermo Fadanelli lo ha llamado así: el pensar vagabundo, es decir, la posibilidad de que cada hombre obtenga “sus propias conclusiones en vez de seguir a ciegas las ideas de otros”. El ensayo es eso: atreverse a fracasar, como quería Beckett para toda escritura, ahí donde nadie se atreve a fracasar. ¡Y se disgrega como un rebaño sin pastor (un rebaño que ha dejado de ser un rebaño)! Por eso la saña: el ensayo es subversivo. Es lo contrario al orden, la linealidad del discurso, la eficiencia del lenguaje, el axioma, el final. Su recurso más rompedor, la digresión, lo saca siempre de cauce, lo vuelve un descarriado. “Si la digresión cuestiona algo —ha escrito Damián Tabarovsky, autor de Literatura de izquierda— es la jerarquía; impugna toda idea de superioridad (no hay temas más importantes que otros); no concibe las funciones heredadas, los méritos, las distinciones; suspende la homogeneidad, la verticalidad, el prestigio; avanza por desplazamientos; abomina la seducción (la digresión aburre); no reconoce límites (para ella todo tiene que ver con todo); impide la comunicación (es imposible de resumir); la digresión es maleducada, (adopta siempre la forma de la irrupción)”. Por otro lado, la digresión no es rentable, está ligada irremediablemente al aplazamiento. Mientras la finalidad del mercado es acortar el tiempo para disminuir el precio y aumentar la producción, la tarea de la digresión es justo la contraria: suspender el tiempo, retrasándolo al interior de la obra, alejarse de la conclusión, como ese horizonte que va quedando atrás en el espejo retrovisor. En el ensayo se experimenta la temporalidad como recuperación de la experiencia.

13/ Además de réprobo, el ensayista es impúdico: lo vemos pensar frente a nosotros. Al contrario de los filósofos de cubículo, que evitan su propia persona como si obraran como iluminados, el ensayista extrae sus lecciones de la experiencia personal; de ese modo cada ensayo que leemos no sólo “representa lo más que podemos acercarnos a otra mente” (Monson), sino también a otra existencia. La página sería el momento de ese flujo continuo, desordenado y dubitativo del pensamiento donde se experimenta la propia vida como escritura.

14/ Últimamente el ensayo me interesa menos como un paseo (a la manera de Hazlitt, Stevenson o Woolf), que como un paseo llevado hasta el límite, una deriva. Y con eso quiero decir: una desorientación de las influencias consabidas, el desvío de los códigos en los que vivimos. Deriva es el término que inventaron los situacionistas franceses para llamar a sus deambulaciones por los suburbios, una estrategia (estética y política) de paso ininterrumpido hacia territorios no habituales o negados de la ciudad: incursiones en los barrios marginales, las estaciones de trenes abandonadas, los edificios en construcción, los tugurios. Entendida como una renuncia al statu quo, la deriva desatiende las transacciones del espectáculo, el consumo o el trabajo que imponen su hegemonía en la organización urbana. Cuestiona el turismo y la publicidad. Propone la errancia y la inversión de los valores. Detesta la especialización de las actividades urbanas y busca recuperar la experiencia que le ha sido expropiada al hombre contemporáneo. El ensayo que me interesa sería exactamente eso: la trasposición de la caminata bucólica (inofensiva) a través de los meandros de la mente, por la afirmación del riesgo como potencia de la escritura (y la vida).

15/ Una última provocación. El ensayo entendido como deriva (una investigación subjetiva cuyo final nunca está fijado de antemano), más que literario es un género libertario. Lo llamaré contraensayo. ¿Y qué es? Tal y como aquí lo concibo, sería el ensayo que ha asumido que no tiene un lugar propio (ni cuota en la academia ni nicho en el mercado), pero esa falta de lugar, esa forma de situarse al margen de lo que ya es en sí mismo marginal, lejos de llenarlo de resentimiento le permite hacerlo todo, cualquier cosa, lo que le venga en gana. Puede darse el lujo incluso de ensayar. Ser el laboratorio de todas las formas, el lugar de un estallido. El origen de otra prosa. No un género (la novela, el ensayo, esa otra cosa) sino escritura nómada, que deriva, que explora, es decir que no se ha instalado en formas sedentarias que están ya vacías, y que no dialogan más con este mundo. Disgregado y anárquico, contrario a la norma, a medio camino del manifiesto y la diatriba, lanzado a las nuevas formas de pensar que ofrece la red o haciendo la crítica de una escritura domesticada: el contraensayo desea un más allá del ensayo, un extrarradio. Busca hackear(se): reconfigurar los sistemas de pensamiento. El contraensayo es zurdo, piensa el mundo desde otro lugar. Es político porque la crítica siempre es política (y no se puede hacer desde los espacios hegemónicos). Desciende de una línea que viene de las vanguardias aunque no pretenda volver nostálgicamente a ellas. Pero reproyecta en la sensibilidad contemporánea una de sus ideas más peregrinas: la superación de la fractura entre arte y vida. En otra escala (acaso doméstica, menos totalizadora) el contraensayo busca cambiar la (propia) vida. Es un laboratorio no sólo del lenguaje, sino también de la existencia. El contraensayo como escultura de sí. Para empezar.

16/ Pienso, por ejemplo, en mi desempleo voluntario. No se trata simplemente de exhibir el título de ensayista (o bloguera) desocupada, mucho menos de escribir encendidas críticas a la vida activa desde el asiento de la oficina, desde la servidumbre. Se trata de correr el riesgo de dejarlo todo y renunciar al trabajo (o a esa versión del trabajo actual: opresivo, extenuante, abusivo y que nos deja vacíos). Inventarse otra forma de vivir, creando estrategias vitales y estéticas para contrarrestar la indigencia del mundo. El contraensayo no es impostura. Lleva a cabo un cuestionamiento a partir de una toma de conciencia. No es un programa, mucho menos un tratado. Tampoco es prédica ni doctrina. Es probar por uno mismo la creación de un mundo propio, distinto a la vida de segunda mano que nos ofrecen las instituciones del arte, el hiperconsumo, la obsesión tecnológica. “Filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido” (Onfray). Epicuro afirmó que los argumentos de la filosofía son vacuos si no mitigan algún sufrimiento humano. Algo parecido afirma el contraensayo.

17/ Antes de este libro, en los orígenes de Escritos para desocupados, se encuentra un agotamiento físico acumulado que taladraba mi vida. Me sentía decepcionada de la literatura (o lo que quedaba de ella después de leer un suplemento literario o una revista en couché). Pólvora mojada, neutralización del espíritu crítico, resignación o incluso regocijo frente al mercado, mediocridad formal, competencia salvaje por las razones equivocadas (ya no se trataba de defender una postura estética, sino un lugar en el ranking semanal). Los nuevos ismos: conformismo, arribismo, conservadurismo. Y de pronto me vi a mí misma trabajando en un montón de estupideces (televisión incluida) para eso… Trabajaba mucho y me pagaban mal. ¿Pero de qué iba a vivir si ya había tenido mi desencuentro (casi por las mismas razones) con la academia? El espíritu de los tiempos me asfixiaba. Sin embargo, durante un viaje a Buenos Aires, que padecía su propia crisis, tuve una epifanía. Un momento de verdad. Una auténtica conmoción en un lugar y una hora señalada, como aquellas revelaciones que preceden a la conversión (hápax existencial, lo llama Onfray). Me topé con un esténcil. Eso es todo: un rayón en la pared. Pero no era un esténcil cualquiera, era lo que gritaban las calles, la síntesis de una atmósfera cultural emancipatoria que buscaba caminar en sentido contrario al espíritu del fin (o la acumulación material como último horizonte de las aspiraciones humanas). Mata a tu jefe: renuncia, decía el esténcil y lo hacía con humor. Ya lo he contado antes; lo he contado demasiadas veces. Podría creer incluso que me lo he inventado, si no fuera porque conservo la foto. ¿Qué entendí entonces? Que el trabajo es la destrucción del ser. Digan lo que digan los que dicen misa y los managers y los coaches y Freud y las buenas conciencias y los legisladores que ahora aprueban una reforma laboral para esclavos. Tabajar mata. No es metáfora ni eslogan. Las “víctimas necesarias” del neoliberalismo (los suicidas de las fábricas de Shenzen, los quemados a lo bonzo de Telecom, las mujeres de Ciudad Juárez ­—explotadas, desaparecidas y asesinadas—, el karoshi de los japoneses extenuados) actualizan todos los días la violencia del sistema por el trabajo. Muchas otras cosas se aniquilan por esa vía: las aspiraciones individuales, la libido, la dignidad, la imaginación, la mirada crítica, las ganas de vivir, el sistema nervioso, las arterias y el colon. En la jornada de doce horas promedio del trabajo contemporáneo, no hay espacio para la escultura de sí. Tampoco para la empatía o la idea del otro: se propaga la competencia y la lucha salvaje, el sálvese quien pueda, la desconfianza común. Es pura supervivencia, nuestro retorno al estado animal anterior a la comunidad. Y a mí me producía una profunda tristeza. Pero después del abatimiento vino el contraensayo: el experimento en busca de la transfiguración vital.

18/ Nunca antes (ni después) tuve tanto tiempo para pensar como entonces. A los pocos meses de mi desempleo voluntario, me volvieron las ganas de ser con tanta virulencia que me volqué a escribir, fundé una editorial y hasta tuve un hijo. Nadie me puede decir que el ocio no es fecundo. Tumbona Ediciones y Oliverio, este libro que termino ahora, se convirtieron en extensiones de mi libertad recuperada. ¿Qué tiene que ver todo esto con el ensayo? Que la existencia es el ensayo, el espacio del tanteo, el sopesar de contrario. A fin de cuentas, la construcción de uno mismo también es, como el ensayo, un programa inacabado. Me decía: si creo que condenarse a la asfixia decretada por nuestra época es un error y no hago nada en mi vida concreta para contestarla, ¿de qué me sirve escribir? Deseaba resolver esa cojera. De ahí, nuestra editorial (otro contraensayo): una zona antijerárquica que se declararía inconforme frente al estado de cosas, no sólo a través de su catálogo, sino poniendo a prueba otras formas de convivencia. Fundamos una cooperativa, horizontal, sin oficinas, sin chocadores de tarjeta, sin accionistas, sin horarios, sin jefe y, presumiblemente, sin dinero. Nuestra  intención más o menos chiflada era crear para nosotros (un grupo de personas hartas del hartazgo) una nueva modalidad de la existencia, además de ser un lugar que evitaría los circuitos tradicionales y que propiciaría la experimentación, abriendo un espacio a todo aquello que el mercado negaba (el ensayo en primer lugar). Libros con espíritu heterodoxo e irreverente. Libros impuros. Bajo el lema: “El derecho universal a la pereza”, desafiaríamos la lógica de la productividad que había ahogado también a la industria editorial. Publicaríamos pocos libros y tendríamos mucho tiempo libre. Cambiaríamos el principio de la ganancia por la complicidad, la creación y la responsabilidad colectivas. Y pactamos que una vez que esas condiciones desaparecieran de nuestro horizonte para convertirnos en una empresa como las demás, nos esfumaríamos.

19/ “La única pregunta válida es saber cómo vivir” (Annie Le Brun). Esa es la pregunta diaria del contraensayo. En Montaigne, ensayar era una actividad al mismo tiempo reflexiva y vagabunda (hecha de libros, pero también de viajes) que desembocó en una existencia consecuente (cultivar la sensatez en un mundo que se dirigía al caos). Sócrates, Diógenes, Aristipo, Epicuro, Séneca, también fueron filósofos que ejercitaron el pensamiento, pero sólo en función de transfigurar la vida. ¿Y no ha sucedido algo parecido con las prácticas estéticas y filosóficas del andar? Los paseos de Rousseau o Kierkegaard, la flânerie de Baudelaire, las incursiones urbanas del dadaísmo, las derivas situacionistas, los tours por lugares inútiles de Fluxus, el observatorio nómada de Francesco Careri y el grupo Stalker, han sido formas de poner al descubierto la pobreza esencial de una vida que no se pregunta cómo ser vivida. “La Orden de los Caminantes es la Orden de los Hombres Libres”, escribió Thoreau, quien decidió andar sin rumbo fijo, como Diógenes, callejeando lejos de la aldea en busca de la singularidad. “La fórmula para derrumbar al mundo —escribió Débord en 1959— no la fuimos a buscar en los libros, sino vagando junto a cuatro o cinco personas poco recomendables […] Aquello que habíamos comprendido no fuimos a contarlo a la televisión. No aspiramos a los subsidios de la investigación científica ni a los elogios de los intelectuales. Llevamos el aceite a donde estaba el fuego”. De pronto he intuido que el carácter digresivo del ensayo, sus deambulaciones periféricas, guarda un fondo altamente explosivo. El ensayista es un disidente, se rehúsa a ser codificado. O en otras palabras: el contraensayo se parece cada vez más a ese acto sugerido por Debord: abrir los tejados para poder pasear a través de ellos. Se trata de agregar una idea (una sintaxis), donde antes no la había; elegir un mirador distinto al de las representaciones clásicas del poder, las instituciones, las escuelas; asediar la realidad desde ángulos completamente desacostumbrados; dar un salto al vacío fuera de las convenciones; producir un extrañamiento; buscar un más allá de la existencia mutilada a la que nos orilla un mundo inhóspito.

20/ Si las termitas de la reducción, esa forma en que los medios estandarizan la cultura en su nivel más bajo, han tomado al ensayo por rehén, entonces escribamos contraensayos: libres, anarquizantes, imprevisibles, anómalos. Ensayos escritos a varias manos, en colaboración, tumultuosamente o en parejas. Ensayos de código abierto (wiki-ensayos) que propicien las colisiones del yo (todo lo sabremos entre todos). Ensayos escritos en los márgenes o a pie de página, con diagramas de flujo o en Flash; ensayos que se contaminen de la ductilidad del texto digital, la proliferación de links y las intermitencias contemporáneas. Ensayos en red, con digresiones progresivas. Ensayos zurdos que se sustraigan a la serialidad productiva o al mero uso retórico. “El ensayo es el mejor medio para hackear al sistema” (Ander Monson). Después de todo, ensayar, como el andar disidente, es alejarse de cualquier servidumbre mental, llevar el aceite a donde está el fuego.


[1] Carlos Oliva, “Nueva repetición sobre el ensayo”: colivamendoza.blogspot.mx/2008_02_01_archive.html.
[2] Heriberto Yépez, “¡Yo acuso (al ensayo) (y lo hago)!”, en Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual (sel. y pról. de Vivian Abenshushan). México, unam, 2012. pp. 97-102

 

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Cámara de escritores desocupados

20_Cámara de Escritores Desocupados
(tácticas pseudónimas contra la literatura espectacular)

No soy Jerome Rothenberg. Tampoco quisiera ser por mucho más tiempo Vivian Abenshushan, esa marca literaria. ¿Por qué? Porque detesto la economía del control. Además de eso tengo un primo esquizofrénico que vaga desde hace seis años por las calles de Tel Aviv. Se llama Abraham pero le decimos Abi… Abi Abinshushan Abinchunchan Abenchuecan Ave Chucha Aben Chan Chun Ah Chucha Abenshúa Avenís Hushan Abenhausen Bellinghausen Benshushan Shushi Shhhhhhhh. Seguramente Abi habrá padecido tantas veces como yo la confusión del nombre, antes y después de haber probado, en su caso fatalmente, una dosis mal calculada de LSD: Ibn Shoshana “oriundo de Susa” o “hijo de la rosa”, un apellido impronunciable y antiguo. Mis viajes han sido de otra índole, menos psicodélicos, más precarios, menos drásticos que los de mi primo. Pero no por eso menos confusos. En Londres me han tomado por alemana y en Alemania me han preguntado si soy china, maya o azteca. He sido varias veces armenia y una sola vez boliviana y en México nadie cree del todo que sea mexicana. Yo tampoco. Mis documentos oficiales aparecen siempre con nombres distintos y en últimos tiempos he recibido tantas llamadas del buró de crédito preguntando por el señor Viván de los Cobos que he terminado por convencerme de que, finalmente, me he librado del peso cabalístico de mi nombre. Me he vuelto tránsfuga de mí misma o, por lo menos, de ese yo que le importa a los fondos de inversión.

Pero que nadie se confunda; no es exactamente el nombre lo que me pesa. En el fondo, me gusta su sonoridad indecisa y remota, su historia de filólogos y judíos errantes. Me gusta también su esquizofrenia ortográfica, su carácter mudable, su inestabilidad. Lo que me atormenta, lo que me saca de quicio, es que ese carácter volátil y vagamente ridículo haya entrado de pronto en los escaparates de neón del brand system, es decir, en el sistema de la literatura de libre mercado (del libro mercado), donde los autores, incluso los más resistentes, se convierten tarde o temprano en edecanes de su obra. El brand system no es otra cosa que la anulación del individuo por su apariencia vendible, la forma en que nos degradamos a cambio de nuestra membresía social. “El nombre del autor —leo en un artículo reciente del Babelia— es un elemento esencial en la obra literaria. Es la marca que hay que vender y que debe encajar con lo que significa…”. Cuando tengo la mala fortuna de toparme con verdades absolutas como ésta, no me queda más remedio que tratar de imaginar a la luminaria que las proclama sin pudor a los cuatro vientos. ¿Y qué es lo que veo? Un empleado enajenado y exhausto que trabaja horas extra para complacer a una autoridad en la que no cree y que, en el fondo, odia, pero que jamás enfrentará por temor a ser despedido antes de haber pagado su hipoteca. Se trata del mismo servilismo con que los editores, los críticos, los periodistas culturales, los académicos, los escritores y los artistas nos hemos entregado por todas partes a las convenciones más burdas del capital: competir o perecer. To publish or perish. He aquí el nuevo canon de la literatura espectacular, cuyo rudimento más eficaz es la angustia de la ausencia, el miedo a quedar excluido. En este marco de escaparate lo que menos importa es la escritura y lo que se lee en cambio es la actitud del autor, su solvencia cultural. Ya lo sabemos, lo acuciante no es defender una posición estética, sino posicionarse; es decir, mostrar, como si fuera una primicia, las imperfecciones de una obra prematura en todas las ventanas de la celebridad. No es raro que el escritor profesional se preocupe cada vez menos por la falta de ideas que por la falta de visibilidad. Out of sight, out of mind. Lo suyo es estar en todas partes, asistir a todos los actos posibles, ir de aquí para allá con movimientos rápidos (“ser —repite en las mañanas junto con Berkeley— es ser visto”). En Mínima Moralia, Adorno advirtió cómo el intelectual se convertía en un hombre demasiado ocupado: “El trabajo intelectual se lleva a cabo con mala conciencia, como si fuera algo robado a alguna ocupación urgente… Para justificarse a sí mismo, el intelectual se acompaña de gestos de agotamiento, de sobreesfuerzo, de actividad contra reloj que impiden todo tipo de reflexión, que impiden, por tanto, el trabajo intelectual mismo. A menudo parece como si los escritores reservaran para su propia producción justamente las horas que les quedan libres de las obligaciones, de las salidas, de las citas y de las inevitables celebraciones”.

Va esta afirmación como hipótesis: hay una noción que ha domesticado a la escritura: la idea de éxito. Es decir, el afán de dominio de una esfera que no es la del lenguaje (porque el lenguaje es indomable), sino del poder. El éxito en literatura es la confusión de los fines y los medios, la conversión de la página en instrumento de reconocimiento mediático, que es hoy la forma más pujante del ejercicio del poder. La severa divisa de Flaubert ha cambiado de signo: ¡la personalidad lo es todo; la obra nada! Hemos llegado así a la era de las personalidades parloteantes, miles de autores que corren crispados bajo el látigo amable de sus agentes, porque necesitan hacerle un lugar a su obra en la apretada estantería de la oferta literaria. De ese modo, el libro destinado a perdurar es desplazado a diario por el libro sin día después. Ya lo ha dicho el viejo lobo de mar, Jason Epstein, fundador de Anchor Books: hoy los libros duran poco más que el queso y poco menos que el yogurt en las librerías. He aquí una fórmula que clausura toda una época y nos inscribe en el futuro, un futuro empobrecido y confuso, un futuro de ratones hambrientos arrebatándose el queso en los basureros de los supermercados: la obra no perseguirá más franquear los límites del tiempo, sino superar las constricciones del espacio. Una vez que el mito de la trascendencia haya caducado, la batalla de las novedades será campal. Implicará, en primer término, la renuncia del escritor a la soledad y el aislamiento, dos recursos de autosabotaje social sólo tolerables bajo el consuelo gagá de la posteridad. Es comprensible: según un informe reciente del MIT, si las tendencias presentes en industrialización, sobrepoblación, contaminación, agotamiento de recursos naturales y cambio climático continúan al ritmo actual, este planeta estallará (el informe decía: “alcanzará el techo de su crecimiento”) dentro de cincuenta años. Si el tsunami global arrasará con todos los árbitros del futuro, ¿para qué sacrificar las satisfacciones inmediatas de la vanidad? No será extraño ver cómo la desconfianza en el futuro promoverá la hiperactividad de las imprentas, las publicaciones al vapor, la impaciencia de los editores. La escritura del dead line será la escritura de un mundo que se conducirá de manera acrítica hacia su línea de muerte. THIS IS THE END! Ese podría ser el cintillo impreso en todas las portadas con celofán, el mensaje del miedo paralizante promovido por el no-libro del no-futuro. (Descreer de la posteridad es, en última instancia, la mueca nihilista de una cultura que se sabe de antemano póstuma.) Para la escritura del consenso no hay cambio que emprender. Ni literario ni político. Todo lo contrario: de lo que se trata es de recuperar los valores más convencionales, las ideas más superfluas, los riesgos menos tomados. A esa literatura le gusta hacer negocios con el mundo, es una literatura con Wall Street integrado y no le gusta pensar de otro modo, ni siquiera ahora que el Dow Jones se desploma frente a nuestras narices.

Pero no todo está perdido. Cualquiera puede bajarse en la siguiente estación y seguir otro camino, deslindarse. Pero, ¿realmente puede?

Si la neurosis es, como escribió Bernardo Soares, “la contradicción entre los sueños individuales y las aspiraciones colectivas”, yo padezco, a todas horas, ese tipo de neurosis. Me declaro incompetente para procurar el éxito, el ideal que nuestra época ha impuesto como norma. Tal vez por eso nada me parezca más sospechoso que los libros que se adhieren de manera incondicional al pensamiento unánime, los títulos que tranquilizan. Tal vez por eso me incomoden los usos y costumbres del mercado editorial, la forma en que convierten la subjetividad del escritor en mero valor de cambio o intentan seducirlo dándole trato de rock star. Pero tal vez sea esa neurosis, esa inadaptación, la que me ha ido convirtiendo en una máquina mutante, como quería Deleuze, una ausente por tiempo indefinido. Un día estoy, al otro no. Aunque no siempre logre escapar a la codificación (o a mi propia vanidad). La neurosis tiene que ver también con eso. Y con esto otro: escribo de nacimiento con la diestra, pero me inclino a pensar con la siniestra. El diablo es zurdo.

“Desde un punto de vista pragmático, desde la perspectiva del capitalismo actual, el momento en que un escritor publica (no importa qué, no importa dónde) comienza a vivir bajo la lógica del mercado” (Tabarovsky). ¿Y eso qué tiene de malo? Nada, al menos para quienes desean permanecer ahí (para quienes desean legitimarse). Para los otros, para los escritores desesperados, anómalos, insolentes, para los traidores que aún se mofan de la norma y desean escuchar la lengua fuera del poder, en el esplendor de eso que Barthes llamó “la revolución permanente del lenguaje”, para ellos, para nosotros, no hay ingenuidad posible cada vez que nos asamos, como San Lorenzo en la parrilla, dando vueltas alrededor de las preguntas manidas de la prensa. ¿Quién ignora que cualquier potencial de rebelión se pierde en el vértigo del corte a comerciales? Por eso, preocúpate cuando te inviten a la tele. Aunque creas que estás siendo sincero, aunque defiendas una postura estética contraria al decorado del set, la televisión te hará finalmente suya. Te maquillará, te editará, te hará sonreír, te neutralizará, te volverá impotente (remember Bourdieu). Y el público habrá visto tantas veces la portada de tu libro a lo largo de tu semana de promoción que lo dará por leído. Se lo oí decir alguna vez a Julio Ortega: “El exceso de presencia traerá la mayor ausencia”. En otras palabras: la saturación de la imagen, la sobreexposición, suplantará la experiencia solitaria del lector. Algo más: en los medios, la comunicación siempre es transparente, nunca se disgrega ni estalla ni pierde los modales ni guarda silencio ni vacila. Tanta transparencia, tanta buena onda de la tele, aniquila al lenguaje poético y lo devuelve a la cárcel del lenguaje convencional. Lo normaliza. Y algo peor: lo explica. La prensa se ha convertido en la guía de lectura del lector contemporáneo, una guía que vuelve insignificante a la escritura misma (¡todo tiene sentido! ¡adiós a la ambigüedad! ¡viva el bluff de lo universal!).  ¿Para qué escribir libros si más tarde tendrás que explicarlos en vivo y en directo? (“La explicación no es literatura”, a  t  e  n  t  a  m  e  n  t  e, Hemingway.) Después del corte tu obra se habrá integrado al catálogo de lo nuevo, lo recién llegado, lo último, se volverá parte del material con que se recicla el sistema. A menos que seas decididamente blasfemo, a menos que seas rotundo e incómodo y perturbes por un momento esa atmósfera controlada y aséptica, a menos que amenaces de muerte a la conductora del programa con una navaja, como hizo en 1972 el artista estadounidense Chris Burden, no habrá escapatoria. Los medios no tienen exterior, son una puerta cerrada. Es preciso destruir esa puerta o convertirse, ya sin ambigüedad, en un joven escritor mediático y contribuir de manera rutinaria a la dinámica del entretenimiento.

Pero tal vez exista otra salida. Por ejemplo, podríamos simplemente desaparecer, como hizo Arthur Cravan entre la bruma del Golfo de México, o renunciar a las glorias de la personalidad, como B. Traven que permaneció oculto bajo un directorio de nombres mutantes: Ret Marut, Hal Croves, Traven Torsvan, Arnolds, Barker, Berick Traven, B. T. Torsvan, Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Heinrich Otto Baker, Adolf Rudolf Feige Kraus, Martínez, Fred Gaudet, Lainger, Goetz Ohly, Antón Riderschdeit, Robert BeckGran, Arthur Terlelm… Podríamos abdicar de las entrevistas y los reflectores como Pynchon y Salinger, o declararnos en huelga, dejar nuestro puesto vacío, como Robert Walser, héroe del ausentismo, quien alguna vez dijo: “El escritor no es una máquina de escribir, y en ocasiones su silencio tiene la fuerza de un grito. Este silencio es la señal que anuncia una huelga del escritor”. Es sabido que en un congreso de escritores soviéticos, Isaac Babel fue blanco de feroces críticas. Llevaba varios años sin publicar. Todo el mundo cultural manifestó su extrañeza, ¿no sería eso una forma solapada de mostrar su desacuerdo con el comunismo en marcha? Insolente, Babel replicó: “Siento por la literatura tanto respeto, que pierdo el habla, me callo. Tengo fama de gran maestro en el arte del silencio”. Nuestra tentativa podría ser esa: convertirnos en maestros del silencio, quedarnos callados ante la incredulidad de la audiencia nacional.

Se ha hablado demasiado sobre las formas en que el sistema termina por absorber a sus detractores. De lo que se trata aquí entonces es de formular nuevas tácticas para superar la cultura de la decepción, para abrir boquetes en la neurosis del encierro. Una de esas tácticas es la adopción de reputaciones imaginarias, la vuelta a la vieja estrategia del camuflaje literario, el uso de pseudónimos, heterónimos, anónimos. Nada hay más contrario al imperio del estrellato que el sacrificio de la propia imagen, la autoinmolación. Después de todo, el pseudónimo es la forma en que el artista duda sobre el estilo de vida falso en el cual le ha tocado nacer. Duda y luego se transforma para volver a ser libre, para estar de acuerdo consigo mismo. Adoptar un pseudónimo tiene algo de conversión y de renuncia. En el budismo, se abandona el nombre propio para iniciar una vida distinta, para elevarse por encima de la posesión y alcanzar otra altura espiritual. Así sucede con las identidades falsas, que buscan elevarse por encima del bienestar anestésico. El pseudónimo es un descanso del rostro una vez que ese rostro se gastó hasta ser una película delgada sobre objetos sospechosos (un logotipo). En Punks de boutique, Camille de Toledo ha escrito que el pseudónimo es “la única estrategia de resistencia válida contra la transformación de nuestros seres poéticos en vendedores de sopa. El ser del disimulo frente al ser de la promoción”. He aquí una estrategia literaria, pero también una actitud política. Pseudónimo: nom de guerre, nombre de batalla. Atención: la máscara no es una huida, sino una confrontación; un dar la espalda al público para volver a hablar de frente. Pero, al mismo tiempo, es una estrategia de bandolerismo literario, una disidencia recuperada. Hacerse pasar por alguien más permite eludir los puestos de control y romper el blindaje de la publicidad o del poder (o de la autoridad del padre, como le sucedió a Neruda). “No hay control sin identidad, ni identidad sin rostro. Quien esconde el rostro, disuelve la identidad y frustra los procedimientos de control”, dice de nuevo Camille de Toledo. El anonimato nos vuelve inasimilables.

En los años noventa, una vez que las redes del ciberespacio propiciaron un nuevo ambiente de anonimato, una multitud llamada Luther Blisset provocó la segunda gran revolución en la historia de las identidades fabricadas. Sesenta años después de que Pessoa hubiera hecho estallar la idea del individuo como estructura compacta, después de que encarnara la disgregación del hombre moderno (desprovisto de centro) a través de la invención y la práctica extrema de la heteronimia (más de sesenta autores otros, cada uno con su sistema de creencias, su obra, su historia clínica, su metafísica), Luther Blissett invirtió la ecuación de Pessoa y, en lugar de la hazaña de un autor solitario procreando una población infinita de autores ficticios, concibió la identidad colectiva (un solo nombre imaginario animado por un número indeterminado de personas). Luther Blissett fue una reputación abierta, un alias multiusuario, un mito. Cualquiera podía ser Luther Blissett simplemente al adoptar el nombre, y cualquiera podía alimentar desde cualquier lugar del mundo la guerra que había emprendido contra los monopolios oficiales de la información. A través de aquella revolución sin rostro, Blissett logró filtrar una gran cantidad de notas falsas en los medios amarillistas para manipularlos y denunciar, desde el interior, sus mecanismos de simulación. Era la táctica de la máscara-que-desenmascara empleada en la misma época por la guerrilla zapatista, una táctica que se diseminó como metáfora y raíz de nuevas formas de protesta. Entre 1994 y 1999, cientos de artistas, escritores, cibernautas, perfomers, okupas y activistas se desplegaron a lo largo de toda Europa, donde aparecían esténciles, pintas, publicidad intervenida, radios libres y fanzines bajo la misma firma. Luther Blissett estaba en todas partes y, sin embargo, propiamente no existía. Algo más: ese fantasma ubicuo también tuvo la osadía de escribir ficciones amotinadas, novelas a varias manos y voces irreconocibles, novelas-regalo que se desprendían gratuitamente de internet, novelas sin copyright (Q, 54, New Thing y el guión de la película Lavorare con lentezza) escritas bajo una nueva encarnación colectiva, Wu Ming (en chino, “cinco nombres” o “anónimo”). Estos cinco escritores sin nombre no sólo han hecho rechinar las quijadas de los magnates de la edición, sino que han denunciado el efecto nefasto de su expansión voraz, la forma en que los monopolios de la cultura convertían los frutos intangibles del pensamiento y el arte en mercancías cautivas.

No me interesa aquí proponer ningún paradigma ni fundar un movimiento de insurrección cultural. Nada más ajeno a mi neurosis que la posibilidad de un nuevo orden. Sólo reúno ideas que pudieran informarnos sobre el futuro de la escritura, un futuro distinto al de la escritura del consenso y la indigencia. Pienso, por ejemplo, en una comunidad imaginaria de escritores insolventes y tránsfugas. Una Cámara de Escritores Desocupados empeñada en un solo propósito: escribir y esfumarse. Como la de Blissett, ésta sería también una cofradía de fantasmas, hecha de obras sin rostro, un contingente de escritores libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, favores y obligaciones; seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y, por lo tanto, libres para elegir. Y su elección será una escritura difícil y rara, una escritura de la “importunación” macedoniana, llena de recodos y sinuosidades que no agraden al presente; una literatura minada que herirá con frecuencia a sus visitantes y les pedirá correr con ellos algún riesgo, explorar zonas cada vez más escarpadas o réprobas, caminar a tientas entre las fallas del lenguaje. Todo en ella se ocultará (el autor, en primer lugar) y es probable que su secreto nunca llegue a verse por entero. Será una literatura del aplazamiento. Una derogación de la inmediatez. Le gustará postergar la gratificación del lector hasta lo imposible, convencida de que sólo así podrá ofrecerle un placer más intenso y duradero. En cierto modo se acercará tanto a lo no-identificable que quedará en el umbral de la desaparición. Será una literatura invisible, anómala, paradójica, sublevante y dirigida hacia la nada. Aunque en el mundo prevalezca la conciencia de que no hay futuro, esta literatura será escrita con la esperanza de que el futuro le pertenecerá algún día. Para decirlo de otro modo: los escritores de la desaparición inventarán una escritura posterior a su mundo, posterior a la servidumbre y la propiedad, posterior a la mercancía. This is the end! En medio del sentimiento general de acabose, pedirán batirse una vez más frente al lenguaje, saltarán sin paracaídas sobre el abismo. “Nuestra salvación es la muerte, pero nuestra esperanza es vivir”, susurrará el círculo de los escritores suicidas, asesinos del autor. Siguiendo el dictado de un viejo precepto epicúreo, oculta tu vida, su método consistiría en no ser alguien. Rehuirán cualquier forma de codificación, ya sea del mercado, la academia o el Estado. ¿Cómo? Declarando la guerra a la utilidad de los lenguajes entendibles y a los consorcios de la gran solemnidad. Desaparecer, ésa será la finalidad suprema de la Cámara de Escritores Desocupados, que habrá contemplado desde el principio su propia disolución. Enemiga de la comodidad y la costumbre, esta sociedad invisible suspenderá de pronto sus actividades y se fugará entre la bruma del amanecer, sin dejar tras de sí rastro alguno.